papa210412Un viaje de paz, ciertamente, ha sido el que Benedicto XVI ha llevado a cabo en Líbano. Quienes lo observan han sido, en general, los medios de comunicación.

Con comentarios de signo positivo que han subrayado la valentía del Papa. El itinerario en las tierras donde el cristianismo nació y se desarrolló en los primeros siglos ha tenido, sin embargo, un sentido mucho más profundo, en algún modo síntesis de todos los viajes del Pontífice, al mostrar el verdadero rostro de la Iglesia.

 

Los días libaneses permanecerán en los anales del pontificado por más de un motivo. Ante todo por la atención que la Santa Sede desde siempre, y ahora Benedicto XVI, reservan a Oriente Medio. En efecto, basta recordar que aquí el Papa ha venido cuatro veces en menos de seis años, visitando Turquía, Israel, Jordania, Territorios palestinos, Chipre y Líbano. Para sostener a los cristianos y afirmar la necesidad de la convivencia entre las religiones.

Particular significado ha asumido la visita al país de los cedros, como bien entendió el presidente Michel Sleiman, quien estuvo presente, más allá de lo previsto, en todos los encuentros públicos de la visita. Acogido con un calor no de fachada, a Benedicto XVI pudieron verle en persona muchísimos libaneses, tal vez sólo por un momento, tras largas esperas en los bordes de las vías de Beirut, donde el último día fue despedido con ramas de olivo.

El Papa correspondió la atención, la simpatía y el afecto con un apoyo importante a Líbano, pequeña nación moderna pero de raíces antiquísimas y bíblicas, desde siempre acostumbrada a la convivencia, en una historia frecuentemente dramática pero que en sus momentos más felices ha constituido un ejemplo para toda la región. Y así la presentó el Papa en el discurso de despedida del país, evocando la madera de los cedros de Líbano destinados al lugar más sagrado del santuario de Dios.

Así el deseo de Benedicto XVI es que también hoy Líbano siga estando ahí presente, como espacio de armonía que sea testimonio de la existencia de Dios y de la comunión entre los hombres, “cualquiera que sea su sensibilidad política, comunitaria y religiosa”. Por lo tanto una tarea ejemplar en una región martirizada desde hace demasiado tiempo por violencias y guerras, hasta la tragedia siria, que varias veces ha vuelto en las palabras y gestos de Papa.

El Pontífice con su visita deja mucho, y no sólo en Líbano. Empezando por el exigente documento Ecclesia in Medio Oriente, nacido de la asamblea especial del sínodo de los obispos dedicada a la región. Un texto, traducido también en árabe, entregado personalmente por Benedicto XVI no sólo a los representantes de las diversas comunidades católicas, sino igualmente a los mayores representantes de las otras confesiones cristianas y del islam. Y precisamente los líderes musulmanes libaneses han escuchado al Papa con interés y respeto.

De estos días libaneses queda sobre todo un hecho: muchísimos han sido los que han visto en este hombre de Dios amable y hecho transparente por los años —en un viaje que ha querido y mantenido con una valentía impresionante— el verdadero rostro de la Iglesia. Rostro que Benedicto XVI ha sabido mostrar a todos, explicándolo después en un comentario improvisado ante los patriarcas católicos tras el encuentro con los jóvenes. Diciendo que la identidad cristiana se resume en el corazón abierto de Jesús.

g.m.v.
18 de septiembre de 2012
 
Fuente: L'Osservatore Romano. Editoriales

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