pessina_augustoEl límite como condición necesaria

En Estados Unidos, Peter Singer, filósofo de la universidad de Princeton e influyente bioético (famoso como padre de los derechos de los animales), defendiendo tesis abortistas escribió en el «Scotsman» del 15 de agosto que «la pertenencia a la especie Homo sapiens no es suficiente para conferir un derecho a la vida».

 

El mismo día  se hizo eco de él en LifeSiteNews.com el rabino Bonnie Margulis, uno de los líderes de la Religious Coalitionfor Reproductive Choices de Wisconsin, sosteniendo que eliminar el derecho al aborto violaría la «esencia misma del ser humano».

Mientras tanto, se siguen creando en laboratorio nuevas líneas celulares obtenidas de embriones humanos, algunas de las cuales se realizan como pruebas in vitro para reducir el uso de animales en la experimentación. Una coalición de importantes patrocinadores de la investigación biomédica y grupos de pacientes presentaron hace pocos meses un documento conjunto para pedir al Parlamento europeo que siga financiando las investigaciones con células embrionarias humanas.


Ya son frecuentes en muchas partes del mundo los experimentos clínicos que utilizan células obtenidas de embriones humanos para verificar tanto su tolerabilidad como su eficacia. También en Italia se llevan a cabo experimentos con células embrionarias/fetales que, se subraya, provendrían de abortos espontáneos. Pero esperar que eso constituya un camino ético es un espejismo. 
Un estudio científico recién publicado en «BioResearch Open Access» (1, n. 4, agosto de 2012) ha demostrado que, incluso después de 18 años de la congelación, las células embrionarias humanas mantienen su pluripotencia y se podrían utilizar en terapias celulares. Por esto se sugiere la práctica de la congelación y del banking de embriones humanos como una estrategia biomédica eficaz para las terapias celulares en amplia escala.


En este panorama caracterizado por una búsqueda afanosa de resultados y de éxito, llega otra voz desde Italia, donde en Rímini se ha iniciado el Meeting para la amistad entre los pueblos, que propone como tema una frase de don Giussani: «La naturaleza del hombre es relación con el  infinito». Impresiona la sencillez de la propuesta: mirar a fondo nuestra propia naturaleza para darnos cuenta de que nuestra vida aspira a algo «más». Porque, como repitió Benedicto XVI en México y en Cuba, «el hombre tiene necesidad del infinito».


Para experimentar esta necesidad basta la sencillez de corazón en la vida diaria, y se la descubre sobre todo donde se manifiesta la propia debilidad. Como escribió Romano Guardini, «lo eterno no está en relación con la vida biológica, sino con la persona. La consciencia de esta perennidad crece en la medida en que la caducidad se acepta  sinceramente. Quien trata de evitarla, esconderla o negarla, nunca tomará consciencia de ella. Lo contingente deja trasparentar lo absoluto».


Así pues, el desafío no consiste en superar el límite con las propias fuerzas, sino en aceptarlo como condición necesaria para descubrir que existe una relación  «última y misteriosa» que nos define. Esta relación, de la que ninguna investigación científica, médica, biológica y neurológica,  podrá prescindir, hace que al ser humano  (incluida su estructura biológica) no se lo pueda reducir, ni manipular ni disponer de él.


Este fue también el testimonio de Jérôme Lejeune, de cuyo proceso de beatificación hace pocos meses se concluyó en París la fase diocesana, y al que el mismo Meeting dedica una exposición. Un fundador de la genética clínica, descubridor de las causas de varios síndromes genéticos  (entre ellos el de Down), al cual, por sus posiciones, le negaron el premio Nobel. De hecho, él solía definir a todo hombre como «único e insustituible» precisamente en virtud de su relación con el infinito.

 

Augusto Pessina, Universidad de Milán
19 de agosto de 2012
 
Fuente: Editoriales de L'Osservatore Romano

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