canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

 Vivimos momentos cruciales. Sin duda, son muchas las realidades, grandes las necesidades y abundantes los problemas que reclaman la solicitud atenta de la Iglesia. Pero en este momento actual de la historia, el más hondo, vasto y auténtico problema es que “Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos” (Benedicto XVI). Se palpan innumerables signos de cómo hoy nuestro mundo se está alejando de Dios y vive como si Dios no existiese, aunque Dios no se aleje de él e, incluso, hasta tal vez le esté aún más cercano porque necesita más de su misericordia.

Podríamos enumerar múltiples realidades y situaciones en las que hoy se está jugando la suerte del hombre y su futuro; no es difícil señalarlas. Detrás de muchas de ellas, sin duda graves, se encuentra el olvido de Dios, la ausencia de Dios, el caminar en dirección opuesta a Él y a su voluntad. No faltan, incluso, por desgracia para la humanidad, proyectos sociales, globales, para los que Dios debería desaparecer de la esfera social y de la conciencia de los hombres, o reducirlo a la esfera privada. Buena parte de este olvido de Dios lo refleja el laicismo sociológico, reinante, al menos, en Occidente y con tendencia a extenderse al resto del mundo, en el que Dios no cuenta y conduce a vivir como si Dios no existiera; no faltan tampoco quienes consideran que la afirmación de Dios, de Dios único, es fuente de división, exclusión y enfrentamiento. Este olvido de Dios se manifiesta así mismo en una amplia y honda secularización de nuestro mundo, y también en la secularización interna de la Iglesia –la más grave– , o en la apostasía silenciosa de Europa, o la falta de esperanza, sobre todo entre sectores jóvenes. 

Todo ello refleja la pérdida o debilidad del sentido de Dios, la fragilidad con que se vive la experiencia de Dios y la debilidad para vivir la dimensión pública de la fe. En todo ello está la clave de lo que nos sucede: esto conduce a la destrucción del hombre y aboca a una humanidad sin futuro. Lo que, como consecuencia de esto, está en juego es el hombre.

Por eso, “la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios revelado en la Biblia, el que hemos visto y palpado en el rostro humano, en la humanidad de su Hijo único, ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo” (Benedicto XVI). 

Ahí radica tanto el impulso urgente y decidido de una nueva evangelización para la transmisión de la fe, como poner en el centro y en la base de la Iglesia y de su actuación la Palabra de Dios y la Liturgia: la Eucaristía, la oración y la adoración. Pocos hablan de adoración en el centro del futuro de la Iglesia y del servicio de ésta a la humanidad. ¡Y depende tanto de ella! Mucho, en efecto, depende de recuperar y vivir la adoración, sobre todo de la Eucaristía, en lo más nuclear de la Iglesia. 

Urge reavivar por doquier el verdadero sentido de la adoración, profundizar y difundir la verdadera renovación litúrgica querida por el Vaticano II, que está empapada del sentido de la adoración; apremia reavivar en las conciencias la necesidad imperiosa de la adoración, de la Liturgia, de la Eucaristía como adoración y para adorarla, si queremos una Iglesia con vida, santa en sus miembros, con capacidad evangelizadora. Si queremos una Iglesia conforme pide “Gaudium et Spes”, es preciso poner en la base “Sacrosanctum Concilium”, como hizo el Concilio Vaticano II. Es necesario dar un nuevo impulso a lo que constituye lo más genuino de la adoración eucarística, tan dentro de la renovación litúrgica conciliar, darlo a conocer, interiorizarlo y aplicarlo fielmente, impulsar un gran movimiento de formación litúrgica, para celebrar bien y para participar adecuadamente en la celebración, haciendo de ella un verdadero acto de adoración, que se prolonga en la adoración eucarística fuera de la Misa.

En todo caso, en estos momentos cruciales, nos vendría muy bien recordar aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: “corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia … y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Heb 12,1-3). No nos cansemos de dar razón de nuestra esperanza, que es Cristo, “que tiene palabras de Vida eterna” (Jn 6,68),

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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 Beato Pablo VI, «Testigo de la verdad» (I)

El pasado domingo 19 de octubre, al finalizar el Sínodo extraordinario de los Obispos sobre el matrimonio y la familia, en el día en que celebramos la Jornada Mundial por las misiones, fue proclamado beato el Papa Pablo VI, a quien tanto debe la Iglesia y la humanidad entera, también España, a la que quería de verdad y siempre buscó para ella lo mejor, aunque algunos digan o piensen sobre esto de otra manera. Fue un Papa grande y audaz, testigo valiente del Evangelio, que nos confirmó en la fe y en la caridad, en momentos decisivos para Iglesia y el mundo. Murió en un día muy significativo, un domingo y, además, un seis de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, y, de alguna manera, la del propio Papa Montini, hombre sobre todo de fe, y "mártir" de la fe y de la verdad, que tanto quiso a la Iglesia y que tanto sufrió por todos. 

Quiso que su vida "fuese un testimonio de la verdad para imitar así a Jesucristo". Entendió por testimonio: "la custodia, la búsqueda, la profesión de la verdad". Fue el Papa a quien correspondió la misión de proseguir y llevar a puerto las labores del Concilio Vaticano II, convocado e iniciado por el Papa "Bueno", San Juan XXIII, para promover la gran renovación de la Iglesia, fortalecer la comunión en el seno de la Iglesia y la unidad entre los cristianos, entablar un diálogo sincero y constructivo con el mundo y pensamiento contemporáneo, con otras religiones y suscitar un gran dinamismo para que la Iglesia se hiciese presente en el mundo, o mejor hiciese presente en el mundo a Jesucristo, luz de las gentes, la gran esperanza para todos los hombres y todos los pueblos, en quien se esclarecen inseparablemente el misterio de Dios y la grandeza, verdad, dignidad, y vocación profunda y alta del hombre. A él le cupo, al finalizar el Concilio, la difícil y arriesgada tarea de impulsar su aplicación y ponerlo fielmente en práctica, para renovar, fortalecer y hacer crecer a la Iglesia. Por eso fue el Papa de la fe, el Papa de la unidad y del diálogo, el Papa de la nueva evangelización del mundo contemporáneo.

Me gusta recordar el que mes y medio antes de morir, en la última fiesta de San Pedro que celebraría aquí, presintiendo quizá el momento de su partida, hizo balance de su ministerio: el mismo de Pedro, a quien el Señor le confió "confirmar a los hermanos en la fe" y nos dejó, con estremecedoras palabras, lo que para mí es resumen y sello de su pontificado. "He aquí el propósito incansable -dijo-, vigilante, agobiador, que nos ha movido durante estos quince años de pontificado. Fidem servavi (“guardé la fe”), podemos decir hoy, con la humildad y firme conciencia de no haber traicionado nunca la santa verdad. Recordemos, como confirmación de este convencimiento y para confortar nuestro espíritu que continuamente se prepara para el encuentro con el Justo Juez, algunos documentos del pontificado, que han querido señalar las etapas de este nuestro sufrido ministerio de amor y servicio a la fe y a la disciplina".

Entre estos documentos tenemos: Ecclesiam suam (agosto del 64), su primera Encíclica programática, la del diálogo y el encuentro; Mysterium fidei, sobre el misterio eucarístico, centro y clave de la Iglesia (en octubre del 65, última etapa del Concilio); Christi Matri (15 de septiembre del 66), breve y desconocida carta, en la que se ordenan súplicas a la Santísima Virgen ante una situación extremadamente delicada del mundo; Populorum progressio (marzo del 67), con la que iluminó “el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y con la luz suave de la caridad de Cristo” (Benedicto XVI), según las enseñanzas del Concilio, que hizo suyas, para el progreso del mundo; Sacerdotales Coelibatus (en junio del 67), de tan profunda visión sobre el sacerdocio y de tan alta actualidad en los tiempos que corremos; Evangelica testificatio (junio del 71), sobre la vida consagrada; Paterna cum benevolencia (diciembre del 74), para orientar el Año Jubilar de la Reconciliación, precisamente sobre la reconciliación en la vida de la Iglesia; Gaudete in Domino (mayo del 75), páginas bellísimas sobre la verdad de la alegría admirable que brota de Cristo y caracteriza el ser cristiano; Evangelii Nuntiandi, a los diez años del Concilio Vaticano II (diciembre del 75), Exhortación Apostólica postsinodal sobre la evangelización del mundo contemporáneo, “dicha e identidad más profunda de la Iglesia”, de tan grandes y benéficas repercusiones posteriores; y Humanae Vitae (25 de julio del 68), Encíclica verdaderamente profética que ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, en la que se subrayan “los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI), y se expone la verdad del amor y de la sexualidad, en la base misma del matrimonio y de la familia, y, por último, el Credo del Pueblo de Dios (1968), que bien podría resumir su pontificado y que es una luz que debiera alumbrarnos en nuestros días.

¡Qué gran don de Dios para la Iglesia fue el Papa Pablo VI, un “pastor conforme al corazón de Dios”!¡Cuánto necesitamos del testimonio y del aliento de este testigo singular y básico de la fe, de este servidor apasionado y verdadero “mártir” de la fe en los momentos que vive el mundo, cuya necesidad más honda, más urgente y apremiante no es otra que la fe misma. Momentos cruciales para la Iglesia llamada sobre todo y por encima de todo a anunciar el Evangelio, a meter, a inyectar en las venas del mundo, de la historia, de los hombres, la “sangre”, la fuerza vital y vivificadora del Evangelio de Dios, del amor de Dios y de salvación, para que surja una humanidad nueva hecha de hombres nuevos con la novedad de la vida conforme a este Evangelio, el de la fe verdadera que da fundamento al hombre y lo renueva desde su más profundo centro. Es providencial que su beatificación haya sido tras la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, pero inseparable de ellos: los tres forman una unidad con el Vaticano II, “nuevo Pentecostés de nuestro tiempo”.

+ Antonio, Card. Cañizares 
Arzobispo de Valencia

Beato Pablo VI, testigo de la verdad (II)

Necesitamos conocer más y mejor a este Papa, “manso y humilde corazón”, como su Señor, que estuvo para servir y dar su vida por todos. Se le conoce quizá poco, y, sin embargo, deberíamos conocerlo más y mejor porque es tan rica su enseñanza, tan orientativos y sabios sus escritos, tan actual y vivo su magisterio, tan luminosa su palabra y tan ejemplar su vida, tan empeñativos y tan significativos sus gestos y propuestas en pro de la paz, del desarrollo y progreso de los pueblos, de la familia, tan fundamental cuanto dijo e hizo para centrar nuestra vida en Dios y superar la secularización tan lacerante que padecemos tanto tiempo. Si tal conocimiento fuese mayor y mayor también la identificación con su persona y su legado estoy seguro que la Iglesia en nuestros días y el mundo de hoy se verían altamente favorecidos y mejorados. Fue un profeta en muchas cosas, por ejemplo, en la visión que nos proporcionó en su encíclica “Humanae Vitae” tan necesaria en nuestros días y de tan largo alcance para el futuro de los hombres, tan decisiva para comprender la verdad, la grandeza y la belleza del matrimonio, del amor y la sexualidad, aunque esta encíclica sea recibida muy a contracorriente o rechazada por el espíritu hodierno de tantos poderes mundanos; esta encíclica profética ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, y en ella “se subrayan los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI). Por eso resulta muy providencial y constituye un signo de Dios para hoy, el que su beatificación sea en la conclusión del Sínodo extraordinario sobre el matrimonio y la familia. 

También siento como un aldabonazo cuando veo que es beatificado el domingo en que la Palabra de Dios, en la Liturgia, nos habla de Dios, revelado como “el único Señor, no hay otro, fuera de Él, sólo Él es Dios”, “Dad a Dios lo que es de Dios”... Como pocos, el Papa Pablo VI proclamó esto que es lo sustancial de la fe;  por ejemplo, sus alocuciones y discursos del “Año de la Fe de 1967” nos habla de Dios frente al drama de nuestro tiempo, el humanismo ateo, con una fuerza y una clarividencia que hoy necesitamos como nunca. En todo nos lleva a la gran cuestión: la fe. 

No en balde nos dejó el ya citado Credo del Pueblo de Dios (1968), uno de sus principales escritos, como él mismo reconoció en un discurso ante el Colegio Cardenalicio de junio del 78, "para recordar, para reafirmar, para corroborar los puntos capitales de la fe de la Iglesia misma, en un momento en que fáciles ensayos doctrinales parecían sacudir la certeza de tantos sacerdotes y fieles, y requerían un retorno a las fuentes. Gracias al Señor, muchos peligros se han atenuado; no obstante frente a las dificultades que hoy debe afrontar la Iglesia, tanto en el plano doctrinal como disciplinar, Nos seguimos apelando enérgicamente a aquella sumaria profesión de fe, que consideramos un acto importante de nuestro Magisterio pontificio; porque sólo con fidelidad a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, transmitidas por los Padres, podemos tener esa fuerza de conquista y esa luz de la inteligencia y del alma que proviene de la posesión madura y consciente de la Verdad Divina...; ha llegado el momento de la verdad, y es preciso que cada uno tenga conciencia de las propias responsabilidades frente a decisiones que deben salvaguardar la fe, tesoro común que Cristo, el cual es Piedra, es Roca, ha confiado a Pedro, Vicario de la Roca, como le llama san Buenaventura" (Pablo VI). Palabras claves de un sucesor de Pedro que definen su pontificado, que agradeceremos siempre, y que, ahora, proclamado beato, sigue confirmándonos en la fe y en la caridad, en la unidad y en la renovación eclesial, en el diálogo con el mundo para mostrarles a los hombres y entregarles, con obras y palabras, al sólo Dios revelado en el rostro humano de su Hijo.

Así, con razón, es preciso reconocer que fue el Papa de la nueva evangelización. Ahí queda esa Exhortación Apostólica suya, ya citada, “Evangelii Nuntiandi” la gran luz que necesitábamos y que sigue alumbrando con una grandísima fuerza para guiar en estos momentos la evangelización del mundo contemporáneo, que es, en expresión suya, “la dicha y la identidad más profunda de la Iglesia”. Es un signo que su beatificación haya acaecido, precisamente, el día de las misiones, que evoca la urgencia y la identidad de la Iglesia llamada a anunciar el Evangelio a todas las gentes, conscientes, como el mismo Beato nos indicó, de que el hombre de hoy es más sensible al testimonio que a las palabras, que tampoco pueden faltar en un anuncio explícito que dé razón de la esperanza que nos anima y que da sentido a lo que vivimos: Jesucristo.

Nunca podremos agradecer bastante lo que hizo este Papa, cuyo pontificado tuvo un punto álgido en el "Año de la fe" (1967) con aquellos mensajes y discursos tan importantes en que ofrece, en verdadero y claro diálogo con el mundo, la verdad de la fe cristiana a un mundo, a una humanidad, amenazada bajo el drama del humanismo ateo, y en trance de destruirse por el olvido de Dios.

Se sabe que, pocos días después de ser elegido, le dijo a su secretario: "Me son conocidas las voces que llegan de unos diciendo que el nuevo Papa debe ser un innovador, de otros que piden que sea tradicionalista; éstos, que existencialista; aquellos, que más bien debe ser un profeta arriesgado. Mi única respuesta: el Papa es el Papa y nada más". En aquellas delicadas circunstancias, claves y extremadamente difíciles, confesó al querido y recordado D. Marcelo González, cardenal que aplicó el Concilio como pocos: "Hemos de seguir adelante con mucha paciencia. ¡Hay que seguir! Algunos dicen que yo tendría que actuar de otro modo, pero me he trazado mi norma de conducta. Tengo una luz encendida; y el que quiera verla que la vea: es mi predicación continua y mi llamada a los sacerdotes, a los religiosos, a los fieles, a todos. Otras medida no creo oportuno tomar". 

Ese fue su actuar, actuar de Papa. Hoy podemos decir con toda razón: "¡Gracias a Dios que nos dio aquel Papa, un Papa santo y sabio, libre, hombre de Dios, amigo fuerte de Dios, que nos confirmó en la fe y en la verdad, y nos mantuvo en ella".

+ Antonio, Card. Cañizares 
Arzobispo de Valencia

 

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Hemos celebrado, un año más, la Jornada Mundial por las misiones, día del Domund. Ocasión privilegiada para recordar la permanente validez y la urgencia del mandato misionero, que constituye la Iglesia: Ella existe para llevar el Evangelio, la alegría inmensa del Evangelio a todos los rincones de la tierra: a decir y compartir con obras y palabras que Dios es nuestro Señor y que ama a los hombres, con predilección por los pobres, esta es la gran noticia que llena de alegría a todos, que es necesario compartir; Dios está por el hombre y todos pueden vivir con esa alegría de ser amados sin límite por Él, todos pueden participar de esta alegría compartiendo con todos la verdad de que son amados, porque nosotros, los que creemos, nos acercamos a todos, a los pobres, a los que sufren, amándolos de verdad, llevándoles el gozo y la alegría de nuestro amor, de nuestra entrega, de nuestro servicio, de nuestra cercanía, que es la del amor de Dios que les quiere.

En todas las partes del mundo atravesamos una situación muy difícil, que se agrava en los llamados "países de misión", a veces sentidos tan lejanos, pero que son tan cercanos y tan amados por los misioneros que nunca faltan en esos lugares dando la vida literalmente por esos pueblos y sus gentes con generosidad y entrega tales que sólo se comprenden desde la caridad que anima la misión: la que brota de Dios, nuestro solo y único Señor. Vivimos un mundo capaz de lo mejor y de lo peor, desde donde nos llega a la Iglesia un poderoso y apremiante llamamiento a ser evangelizado. Se repite aquel grito angustioso que Pablo escuchó: "¡Ayudadnos!". La ayuda que se nos pide, en medio de tantas cosas que necesita, tiene un nombre: la caridad en la verdad, real y sin condiciones, el amor verdadero y real, la pasión por el hombre que sana, libera, alienta, da luz, esperanza, y otorga y devuelve dignidad y grandeza a todo hombre. La ayuda que la Iglesia, interpelada por este clamor humano universal, ofrece desde siempre y que recoge todo esto, lo resume, lo lleva más allá, y le ofrece todo su sentido y fuerza para alcanzarlo entregando el Evangelio: Jesucristo mismo en persona. "No tengo oro ni plata", dice san Pedro al paralítico que demanda su ayuda a la puerta del templo de Jerusalén, "lo que tengo te doy: en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!". Esta es la riqueza y la ayuda que la Iglesia ofrece y da, Jesucristo, que nos muestra en nuestra propia humanidad, en nuestra propia carne, en nuestros sufrimientos y dolores que Dios es Dios, el único Señor que vence los poderes del mal y los poderes que esclavizan, subyugan y amenazan al hombre. Esta es la gran riqueza, la gran palabra, el testimonio, la verdad que el mundo de hoy, los pueblos y los hombres abrumados por tantas miserias, dolores y necesidades, necesitan y piden, sin saberlo a veces, para que se puedan poner en camino, y andar hacia una realidad enteramente nueva, con una humanidad en verdad nueva, y con esperanza firme.

Cuando se vive el encuentro y la experiencia de Jesucristo, cuando se le conoce y se le sigue, dejándolo todo y teniendo a Él como único Dueño y Señor, se sabe que esto que acabo de decir es verdad, que no hay riqueza ni tesoro que se le pueda comparar y que no nos pertenece porque es para todos. Cuando se vive con Él y desde Él, se sabe que es verdad que Él es el alimento que sacia el hambre más grande del corazón del hombre, que busca, hambrea y espera; se sabe que Él es la más plena, grande e insospechada riqueza, que no se puede comprar con todo el oro y la plata del mundo y que no perece ni es utilizable por unos pocos en provecho propio y egoísta; quien le sigue a Él, que, por lo demás, lo pide todo, sabe que Él llena el corazón del hombre y sacia sus anhelos más hondos, que Él cura heridas del camino, que en Él se encuentra alivio, descanso y ánimo en el cansancio y abatimiento de los días, que sólo Él tiene palabras y hechos de vida eterna, y que en Él se halla la misericordia, el perdón, la comprensión y la reconciliación que todo hombre necesita para poder vivir. Todo esto es el amor, la caridad, la ayuda que los hombres y pueblos, todos hoy, en situaciones muy diversas y con connotaciones muy particulares, necesitan y buscan. 

Todo este amor, y más allá de lo que se puede hasta soñar, se encuentra en Jesucristo. La Iglesia, a lo largo de más de dos milenios, da fe ininterrumpidamente hasta los últimos rincones o confines de la tierra proclama y testifica que es verdad, cierto con la mayor de las certezas posible, que en Jesucristo se encuentra el perdón y la misericordia sin límite que necesitamos los hombres para vivir con esperanza y confianza; que en Él se encuentra el amor real sin barreras ni ribera alguna porque ha dado su vida por todos los hombres –ahí está el amor, el mayor amor– y ha venido a servirnos y no servirse de nosotros ni de nadie; en Él se halla a manos llenas la reconciliación y la paz tan urgente y apremiante, y la mayor de las mansedumbres que descarta toda violencia; también la cercanía a los enfermos y a los que sufren, la identificación con todos los crucificados de tantas formas en estos momentos; en Él tenemos al "buen samaritano" que no pasa de largo sino que se acerca a todo hombre malherido, despojado y tirado a la vera del camino para sanarle y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar; en Él, además, se nos ha devuelto la dignidad perdida, una dignidad inviolable, la de ser con Él mismo hijos de Dios; y, por eso, en Él y con Él se descubre y aprende la grandeza de ser hombre, lo que vale todo hombre, nuestro hermano. En Él ha sido vencida de manera decisiva y definitiva la muerte: la vida, vida plena y eterna es nuestro destino. Todo esto y muchísimo más encontramos en Jesucristo, Hijo de Dios, Dios con nosotros, Dios con el Hombre sin vuelta atrás y para siempre, rostro humano de Dios que es Amor; así nos muestra que sólo Dios es Dios, nuestro solo y único Señor. ¿Cómo callar esto y ocultarlo o dejar de ir a todos los rincones de la tierra para anunciarlo y hacerlo presente allí, si es la "ayuda" que se está pidiendo y necesitando? Esta es la razón de ser de las misiones y de los misioneros. Se entiende que hombres y mujeres consagren su vida a la misión. Y se entiende que hombres y mujeres, en lugares donde nadie quiere ir, ellos estén allí dando su vida, incluso físicamente, haciendo presente el Amor que es Dios.

Ante el Domund de este año, doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras que han hecho de las "misiones" la razón de ser de su vida; particularmente doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras de nuestra diócesis de Valencia, que están siendo la “avanzadilla” de nuestra Iglesia particular en tantas partes del mundo, a quienes agradezco todo cuanto son y están haciendo, enviados por esta iglesia en Valencia, que los quiere, les recuerda, está con ellos, por ellos ora y les ayuda: ayuda, oración, cercanía que deben acrecentarse cada día más entre nosotros. Dios nos llama a que la diócesis de Valencia sea cada día con mayor intensidad y extensión una diócesis misionera: Dios quiere de Valencia, tan enriquecida por tantísimas gracias y dones suyos, que sea una iglesia, una diócesis misionera, así mostrará con mayor claridad, que los “talentos” recibidos no los esconde, sino que los multiplica. 

Los misioneros y misioneras proclaman sin fin, con obras, gestos y palabras, las gracias y los dones de Dios, el don de su amor sin límites ni barreras. No pocas veces este "sin fin" llega hasta el derramamiento de la sangre: de ellos, ¡cuántos han sido y están siendo testigos, mártires, de la fe! Gracias a ellos se ha podido dilatar el designio o querer de Dios de hacer partícipes de su amor y misericordia, ceñidor y base de la unidad consumada entre las gentes. A ellos va mi recuerdo y el de todos, lleno de agradecimiento, acompañado de la oración y de la ayuda y cercanía que necesiten. Su ejemplo es estímulo y sostén para los fieles cristianos, y todo hombre de buena voluntad. Podemos sentir ánimo viéndonos rodeados de un número tan grande de testigos que con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar en todos los continentes el Evangelio del Amor, de Dios que ama a los hombres hasta el extremo, y apuesta por el hombre. Los necesitamos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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