canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 4 de Enero de 2014.

 

El domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, el día de la familia. Son bien conocidos los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y a la institución familiar, debidos a una cierta mentalidad ambiental hedonista, permisiva e insolidaria. La familia atraviesa dificultades importantes por las presiones que sufre, particularmente con la plaga del divorcio, que cobra especialmente sus víctimas en los hijos, con la mentalidad anti-vida, con la impregnación de una cultura de muerte y de miedo al futuro que reduce el sentido de acogida de la vida, impide su concepción o la elimina antes de nacer, y con la insuficiente protección en los aspectos económico, social y de vivienda o con el injusto tratamiento al que en estos campos muchas familias se ven sometidas. Especial dificultad en estos momentos es el intento de imponer legislaciones que atentan contra el matrimonio y la familia, vulneran la más elemental dignidad y verdad del ser humano, conducen a la quiebra de humanidad o a ahondar en ella, y ponen en peligro, en consecuencia, la estabilidad de la misma sociedad. Lo mismo habría que decir de las políticas antinatalistas o en contra de la vida o que favorecen la muerte de seres inocentes y débiles, constituyendo así un ataque frontal a la familia que está llamada a ser santuario de la vida, matriz de esperanza que en cada vida se alumbra. 

Por eso es tan sumamente necesario y apremiante presentar con autenticidad el ideal de la familia según el designio de Dios, basado en la unidad y fidelidad del matrimonio, abierto a la fecundidad, guiado por el amor, fuente de vida, santuario de la vida. Son estos aspectos los que corresponden mejor a las exigencias del corazón humano, aunque contrasten con las propuestas del mundo, de la moda y aunque haya que ir contra corriente. 

Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia. Esta debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios –económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo– para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. 

La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia, apoyada y asentada en el amor indisoluble e indestructible, abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida, será la base de la paz. La familia es la gran esperanza de la humanidad. Urge y apremia mostrar en realidades concretas, testimoniales, la verdad, la grandeza, la belleza de la familia, asentada sobre el fundamento firme del amor consolidado y real del matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, abierto a la vida, prolongado en el gran don de ese amor que son los hijos cuidados, alimentados, educados, crecidos en el seno de la familia. 

Estamos llamados a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas, en las propias riquezas de naturaleza y gracia que en ellas reside, en la misión que Dios les ha confiado. Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto, muy alto: la verdad de la familia que se realiza en el amor. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio, testimonio, presencia del "evangelio de la familia", la gran y alegre noticia que el mundo necesita para abrirse al futuro, para que haya un futuro grande para la humanidad. 
Debemos dar gracias a Dios por el don de la familia, verdadero camino del hombre, de la humanidad entera y de la Iglesia. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y sobre este mundo para que se promueva, defienda y fortalezca la institución familiar. Necesitamos afirmar el valor insustituible de la familia. Necesitamos abrirnos al don de Dios, y participar de su amor que es el vínculo y la entraña misma de la familia. 

Todo el esfuerzo de la Iglesia ha de encaminarse a que todo hombre, toda familia, pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada una, con cada familia, el camino de la vida –el camino de ser hombre, el camino de la familia, inseparable del ser hombre–. La familia no puede comprenderse hasta el fondo sin Cristo. La exclusión de Cristo de la familia se vuelve contra el hombre. Sólo en Cristo la familia adquiere su plena verdad y su plena realización. Cristo se ofrece como encuentro necesario para cualquier realidad humana, y ninguna tan hondamente humana y fundamental como la familia. Por eso, exhorto a todas las familias cristianas a que ahondéis vuestra adhesión y seguimiento de Jesucristo, a que seáis verdaderas iglesias domésticas donde Él vive, a que seáis lugar de encuentro con Dios, presencia y anuncio del Evangelio, centro de irradiación de la fe en Jesucristo, escuela de vida cristiana y del seguimiento de Él. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Jueves 1 de Enero de 2014.

Iniciamos la andadura de un nuevo año. En este comienzo, ¿con qué otra palabra mejor podría dirigirme a vosotros que con una palabra de felicitación? ¡"Feliz año nuevo", pues, para todos vosotros! Desearía en estos días poder cruzar el umbral de todas las casas, especialmente en las que la enfermedad, el sufrimiento, la pobreza, el dolor o la soledad dejan sentir su peso, y llevar a todos una palabra de consuelo, de fortaleza y de esperanza. 

La felicidad que os deseo es inseparable de la paz. Por eso también mis palabras en estos primeros días del año son: ¡"La paz sea con vosotros; la paz sea con todos, con esta tierra en la que ha nacido el que es y trae la Paz: Jesús"! No es posible un deseo más fundamental que éste. Que el Señor nos libre de todo odio, de toda violencia, de toda destrucción de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz. Que Él nos conceda aquella paz que sólo El mismo nos puede dar. 

Se trata de la plenitud de la paz, radicada en la reconciliación con Dios mismo y en el favor con que Él nos colma. La paz interior que comparten los hermanos mediante el amor y la comunicación fraterna. El "mundo" por sí solo no puede darnos esta paz. Por eso la pedimos para el mundo. Para el hombre en el mundo. Para todos los hombres, para todos los pueblos y naciones, para los pueblos que no la tienen: Siria, Irak..., y tantos otros donde la violencia y la intransigencia se muestran con una crueldad sin nombre. ¡Que este nuevo año sea año de paz, para que los hombres y los pueblos puedan vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios! 
Comienzos de un nuevo año: necesidades y problemas, proyectos y empresas, anhelos e ilusiones, esperanzas y temores se agolpan ante nosotros. Espontáneamente, como hombres de fe, sentimos la necesidad de suplicar la ayuda y el favor de Dios sobre nosotros, sobre todos y cada uno de los hombres, sobre la sociedad y sobre la Iglesia, sobre nuestras familias y nuestros pueblos con sus dificultades, sus expectativas y sus inquietudes. 

Necesitamos el auxilio y el favor de Dios ante los problemas de la paz en el mundo, tan rota y amenazada en tantos sitios. Necesitamos la ayuda divina ante la ingente tarea de evangelizar a los pobres que nos apremia. Necesitamos la fuerza y la sabiduría de lo alto para ayudar a que los hombres crean. Confesamos que sin Dios nada podemos hacer, que todas nuestras empresas nos las realiza Él, que nada verdaderamente digno podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia, que todo bien es don suyo, que lo más preciado como es la vida, la salud y la dicha son dones de su amor. Pedimos que se haga su voluntad: es lo mejor que podemos pedir, porque su voluntad es la que vemos en Jesús y, siempre y en todo, esa voluntad es benevolencia, amor, salvación, misericordia, gracia y vida. Que Él realice entre nosotros y con nosotros su designio: designio de paz y no de aflicción, designio de amor y felicidad, designio de conversión y redención, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene o está en este mundo. Invocamos su santo Nombre y le rogamos que nos alcance y colme su copiosa e inagotable bendición.

Nuevo año: tiempo de oración. Todos debemos orar. Sin la oración nada podemos hacer, porque nada podemos llevar a cabo sin Dios. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con Él, escucharle, tratar con Él, familiarizarnos con su querer, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia, para hacer y acoger su voluntad que es con mucho lo mejor. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, "orar en todo tiempo y sin desfallecer". Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentra su fundamento y su verdad. Con mi afecto y bendición para todos. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo
xmas

Es Navidad: Deseo a todos paz y alegría de corazón, en tiempos que no faltan motivos para la tristeza y la desesperanza, o en días, como los navideños, en los que todo parece ya de por sí alegría. Paz en tiempos en que ésta se encuentra amenazada por la violencia, por el terrorismo, por tantas y tantas cosas contrarias a ella; y en los que la alegría verdadera es sustituida por sucedáneos.
 
 

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