canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 8 de Marzo de 2015.

 

"El Seminario es corazón de la diócesis". Esta frase no es ciertamente una frase retórica, ni un slogan publicitario. Refleja la realidad más propia de lo que entraña el seminario. El futuro de una diócesis, en efecto, depende en gran medida del seminario diocesano, porque es, como dijera Benedicto XV, sede "de donde se difunde la vida espiritual hacia todas las venas de la Iglesia". O dicho con otras palabras: el seminario es el lugar, el tiempo, el proceso, el método, y, sobre todo, la comunidad educativa promovida por el Obispo donde se forman los sacerdotes, que, no lo olvidemos, son siempre necesarios e imprescindibles para que exista la Iglesia, "sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).

A los sacerdotes, hombres escogidos por Dios de entre los hombres, en los que se perpetúa sacramentalmente el sacerdocio de Cristo, les son conferidos, por la unción y la imposición de las manos de la ordenación sacerdotal, el poder y la facultad de que la redención salvífica se transmita a la humanidad. Sólo ellos entregan a Cristo mismo en persona por la celebración de la Eucaristía, sólo por ellos nos llega la gracia purificadora y reconciliadora del perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia. Como se ha escrito, si el sacerdocio “desapareciera, todavía podría seguir existiendo la fe, pero lentamente se extinguiría en una agonía implacable la riqueza espiritual antes existente en una comunidad determinada.

Por otra parte, finalizado el "itinerario para la renovación eclesial" en nuestra diócesis, e iniciado el nuevo "itinerario para la evangelización", en el que nos hemos embarcado la Iglesia diocesana, nuestra mirada se dirige a Jesucristo, para contemplar su rostro y seguirle. Tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”, confiando en la palabra de Cristo iNavega mar adentro!... Estos itinerarios deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. No ignorando en modo alguno, al contrario, que hay que buscar "ser" antes que "hacer", sin duda "iniciativa concreta", fundamental y empeñativa, absolutamente prioritaria, es ocuparnos de nuestro seminario como instrumento particularmente necesario para posibilitar ese "ser", o suscitar ese "dinamismo nuevo", o alentar "el renovado impulso en la vida cristiana" al que nos empuja el Espíritu en esta nueva etapa de nuestra historia. Si queremos –y ciertamente lo queremos– que nuestra Diócesis, con la primacía de la gracia, recobre un renovado vigor en el seguimiento de Jesucristo, o que se sitúe en el camino de la santidad conforme a su vocación o que se fortalezca su capacidad para el anuncio del Evangelio y apostando por la caridad, sea testimonio vivo de Dios amor y se proyecte hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano, si queremos esto es preciso que nuestro seminario sea lo primero y vaya delante de la comunidad diocesana en el proyecto pastoral.

En este "Día del Seminario", que celebraremos el día 8 de marzo, no puedo dejar de compartir con todos vosotros mi gran preocupación y dolor por el reducido número –aunque sea mayor que en gran parte de las diócesis españolas– de quienes piden el ingreso en nuestro seminario diocesano. Si a esto se añade que la edad media del Clero de la Diócesis se hace cada vez más avanzada y de que crece la amplitud de nuevas necesidades pastorales que atender, sobre todo en la atención a los Jóvenes, hay motivos más que sobrados para inquietarse seriamente.

Me vais a permitir que me exprese con toda sinceridad. Creo, como me decía un viejo amigo, que fue Obispo, que "a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ofrece, hoy por hoy, bastantes espacios de libertad, sana diversión, desarrollo cultural y religioso para que pueda nacer y mantenerse entre ellos una vocación de servicio al hombre y a la comunidad asumida justamente como vocación al sacerdocio. Una sociedad cuyos adultos tienen por valores los más altos el dinero, la comodidad y los goces de la posesión y el consumo difícilmente puede esperar que en su seno surjan vocaciones al sacerdocio. Muchos jóvenes y adolescentes acusan, desde los años tempranos de la niñez, el conflicto inducido en lo más profundo de sus almas por la vida dividida de las familias, que profesan la fe católica y la practican, pero llevan una vida cuyos criterios, fuentes de inspiración y modelos nada tienen que ver con el Evangelio. Este conflicto es de suyo mortal para el nacimiento y mantenimiento de la vocación sacerdotal y aun para la misma fe cristiana y adhesión a la Iglesia". Claro está, esa situación real reclama de nuestra diócesis el que con verdadera decisión y valentía, con creatividad y convicción, nos aprestemos a crear espacios para los jóvenes donde pueda surgir la vocación, que trabajemos con ellos sin ningún temor, y que, al mismo tiempo, nos centremos en una pastoral familiar de la que, a pesar de todos los buenos deseos, necesitamos potenciar y fortalecer.

Por otra parte, creo que estaremos de acuerdo, en general, detrás de casi todas las vocaciones sacerdotales, en el origen de aquellos que han hecho el eje de su vida el ministerio sacerdotal, de ordinario, ha habido un sacerdote que los invitó explícitamente a seguir este camino y, de alguna manera, se les ofreció como modelo que merecía la pena asumir para la propia vida. Con esto quiero decir que es preciso que los sacerdotes invitemos y llamemos explícitamente, de manera personal, en trato de tú a tú, a seguir el camino del sacerdocio. Los sacerdotes, en un trato personal que hemos de fomentar sin temor con los Jóvenes, debemos hablar de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y de una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana; así mismo, en ese trato amistoso, llamémosle diálogo pastoral o acompañamiento personal o dirección espiritual, debemos proponer de modo explícito y firme la vocación al sacerdocio como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades para ello.
Todos, en la diócesis, estamos implicados en esta urgencia. Y, entre otras muchas cosas que se puedan llevar a cabo, hay una que está en las manos de todos, y que todos podemos y debemos hacer: orar por las vocaciones. No olvidemos jamás que la llamada y la respuesta misma son siempre don de Dios, y hay que implorarlo de quien es el dador de todo don y dádiva que procede del cielo. No dejemos de orar, al menos, en todas y cada una de las Eucaristías que se celebren en nuestra diócesis.

Ayudemos al Seminario, no escatimemos nada para él. Así os lo pido, hincándome de rodillas ante todos, y así lo espero de todos y cada uno de los fieles de la Iglesia que peregrina en Valencia.



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 1 de Marzo de 2015.

 

Con la imposición de la ceniza, los cristianos iniciamos la semana pasada el tiempo de Cuaresma: Tiempo de renovación interior, de regeneración espiritual, camino de vuelta a Dios para centrar nuestra vida y nuestra mirada en Él, por encima de todo. Sólo Él es necesario. Cuarenta días para, con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y que vive, proseguir nuestro camino hacia Él y tras Él, sin retirarnos, por las sendas de la penitencia, la oración, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la renovación moral, la conversión, el afianzamiento y consolidación de la fe inseparable de la caridad operante. ¡Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos los cristianos y haríamos a los demás, a la sociedad entera, si escuchásemos el mensaje que para esta Cuaresma nos ha dirigido el Papa Francisco! Cambiarían mucho las cosas si acogiésemos y pusiésemos en práctica lo que él nos dice con tanta sencillez y verdad. 

Iniciamos la Cuaresma con un tiempo revuelto por los escándalos y situaciones de quiebra moral, que a todos nos afectan. Se tiene la sensación de que vale todo, de que el fin justifica los medios, de que se puede poner en peligro el bien común de un país y su estabilidad democrática con tal de conseguir intereses, lucros y éxitos propios. Se tiene la sensación de que la corrupción lo invade todo, y que la adoración del becerro de oro tiene cada día más adoradores. Gracias a Dios, la corrupción no lo invade todo porque hay más fuerza moral de lo que parece, gracias a Él y por esa fuerza moral real que Él mismo infunde y mantiene; ni vencerán aquellos que, sin moral o sin importarles mucho la moral ni el bien ni el hombre, tratan de alcanzar ciertas cotas de éxito o de un pretendido desarrollo o "solución" a problemas, a costa de lo que sea, sin importar demasiado el desorden moral que acarrea; y, gracias a Dios también, los adoradores del becerro de oro sean los que sean, no tienen ningún futuro. Lo cierto es que se ha perdido sensibilidad moral y que existe y se extiende una especie de adormecimiento moral, un no saber discernir ya qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo. La sociedad está como dormida moralmente, está como embotada y necesita salir de su aturdimiento. 

Ante la situación que estamos viviendo, no olvido el documento clarividente "La verdad os hará libres" de los Obispos españoles, en 1991, motivado por ciertos hechos sin duda preocupantes, y por la atmósfera que los envolvía, más preocupante aún. Se percibía, entonces como ahora, un cierto adormecimiento de la conciencia moral. La Conferencia Episcopal, tras madura reflexión y prolongado estudio de meses, en continuidad con el abundante magisterio episcopal, en fidelidad al magisterio eclesial, con originalidad y valentía, alumbró su Instrucción Pastoral "La verdad os hará libres", de la que, entonces y ahora, nos congratulamos. 

En este importante documento, que bien iría para meditar y volver a enseñar en esta Cuaresma, podemos leer cosas que parecen dichas hoy y para hoy, como éstas, que transcribo a continuación: "Proponer las exigencias morales de la vida nueva en Cristo, exigencias postuladas por el Evangelio, es un elemento irrenunciable de la misión evangelizadora" de la Iglesia "particularmente urgente en las actuales circunstancias de nuestra sociedad. En los últimos tiempos, en efecto, se ha producido una profunda crisis de la conciencia y vida moral de la sociedad española que se refleja también en la comunidad católica. Esta crisis está afectando no sólo a las costumbres, sino también a los criterios y principios inspiradores de la conducta moral y, así, ha hecho vacilar la vigencia de los valores fundamentales éticos" (n. 1). Y añade el texto: "Nos preocupa muy hondamente este deterioro moral de nuestro pueblo. Y, en particular, nos duele que el conjunto de los creyentes participen en mayor o menor grado de este deterioro, máxime cuando la comunidad católica, de tanto peso en nuestra sociedad, con esta desmoralización no está en condiciones de poder cumplir con sus responsabilidades en este campo y contribuir a la recuperación moral de nuestro pueblo. La Iglesia tiene, en estas circunstancias, una misión urgente: colaborar en la revitalización moral de nuestra sociedad. Para ello los católicos deben proponer la moral cristiana en todas sus exigencias y originalidad". Esto era lo que les movía a ofrecer a los católicos y a todos, algunas "consideraciones sobre la conciencia moral ante la situación moral" de la sociedad (n. 2). Los Obispos ofrecían tal colaboración con humildad, confianza, y la firme convicción de la fe de la Iglesia que es siempre un "sí" al hombre. Por eso afirmaban: "Tenemos unas certezas de las que vivimos y se las ofrecemos a todos... La Iglesia y los cristianos no tenemos más palabras que ésta: Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. 14,5), pero ésta no la podemos olvidar, no la dejaremos morir" (n. 3). 

Esta es aportación fundamental y necesaria, entonces y ahora, a la situación que atravesamos y que los cristianos podemos y debemos ofrecer. En las condiciones que estamos, sólo Dios puede salvarnos. En nuestro querido país se ha intentado –sin éxito, por cierto, aunque parezca lo contrario– expulsar a Dios de la vida para que los hombres y mujeres fuesen más dóciles a las órdenes de los poderes de diverso tipo y se entregasen en cuerpo y alma a los imperativos de la economía y de una presunta modernización y liberalización. 

Hay que hablar claro: el desarme moral lo han favorecido muchos intereses y también poderes que han presionado directa o indirectamente la sociedad española para liberar al español de toda preocupación ética y hacer de él un "liberado", un agente dinámico y agresivo en lo económico como valor supremo y un hombre con una libertad casi omnímoda en su actuar. Se ha renunciado al suelo donde hacer pie para poder remontar nuestra caída humana, y, así, se ha pretendido echar a Dios a empujones del centro de la vida de los hombres hacia sus márgenes. Nada queda sobre lo que asentar la vida del hombre, salvo esa Realidad única que se ha pretendido expulsar. Por eso, los cristianos, en estos momentos, hemos de estar en primera fila, sin escondemos, y ofrecer lo que tenemos, la gran riqueza que hemos recibido y es para todos, en la que podemos fundamentar y asentar la vida del hombre y, por tanto, de la sociedad. 

En el estado de cosas en el que nos encontramos, preocupa el repliegue de los cristianos y sus comunidades. En el desplome de los fundamentos de la vida humana los cristianos deberíamos dar testimonio, públicamente y con audacia, además, con firme y alegre convicción, de que sólo Dios puede salvamos y que Dios nos ofrece su salvación en la existencia histórica, muerte y resurrección de Jesucristo. Los cristianos y las comunidades cristianas no podemos dejar de anunciar el Evangelio a todos. Es necesario que al hombre de hoy, enredado en tantas y tales contradicciones de las que no puede salir por sí mismo, le salga al encuentro Dios mismo con su ofrecimiento de una vida nueva y la resurrección. A esto también nos invita la Cuaresma de este año, en la que, además, habría que intensificar la oración por España. 


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 22 de Febrero de 2015.

 

Miércoles de Ceniza. Se abre para los cristianos el tiempo de Cuaresma. A quienes se les impuso la ceniza escucharon unas palabras que resumen el sentido de estos cuarenta días: "Conviértete y cree en el Evangelio". De eso se trata: de convertirse, de volver a Dios, de poner los ojos en Jesucristo, rostro de Dios, y seguir su mismo camino que nos conduce a la salvación, el camino de la verdad y de la misericordia, la senda del amor a Dios y al prójimo. 
Este tiempo nos invita a que aprendamos a ver el mundo con la misma mirada de Jesucristo, es decir, con la misma mirada de Dios: mirada compasiva, mirada de amor. Vio a la muchedumbre que tenía hambre, y sintió lástima; vio al grupo grande que le seguía y lo miró con compasión porque andaban como rebaño sin pastor; con cariño miró al joven rico; miró al ciego de hito en hito que grita a su paso: “¡Hijo de David ten compasión de mí!”, y le pregunta: "¿qué quieres que haga por ti?", "Que vea, Señor", le responde. Mirada siempre compasiva, llena de misericordia, para con la pecadora, para con Pedro que le había negado tres veces; mirada de dolor y lágrimas contemplando la Jerusalén que le rechaza y le va a condenar a muerte; mirada de solidaridad en el sufrimiento con la madre viuda de Naím que acaba de perder su joven hijo. Cómo mira lo hondo del corazón del Buen ladrón en la Cruz. Mira con la mirada de la verdad. Siempre es la compasión, siempre es la ternura, siempre es el perdón. Y con qué alegría y gozo también mira al campo, las flores, los pájaros, las labores del ama de casa, o los trabajos de los labradores y de los pescadores; es la mirada limpia y verdadera de Dios que se goza en su propia creación que hizo buena, muy buena, y se alegra con lo que hace el hombre, fiel a su verdad. 

La mirada conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que, por el proyecto divino, todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes, las defiende de los lobos aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación. ¡Qué bello y esperanzador es contemplar tal maravilla! ¡Qué cambio en el corazón del hombre y en el mundo se opera cuando se mira de este modo! Tener los mismos ojos de Jesús y mirar como Él, es ver las cosas con la mirada de Dios, de verdad y de amor, que cambia la faz de la tierra. Necesitamos ver las cosas como Dios las ve, necesitamos convertirnos a Dios, para ver las cosas como Él las ve y para que cambien de este modo los corazones de los hombres y el mundo en que vivimos, para que todo sea según Dios. Esta es la gran cuestión: convertirse a Dios, volver a Él, dejar que Él entre la vida, pensar como Él, querer como Él y lo que Él quiere, vivir con sus mismos sentimientos, actuar como Él, asumir sus mismas costumbres, seguirle a Él, identificarse con Él: esto es convertirse, esto es mirar con los ojos de Jesús, rostro de Dios, mirar, pensar, querer, actuar de Dios mismo. 

Por ello urge y apremia, a mí el primero, seguir a Jesucristo, emprender el camino, sin retirarse de él, con la mirada puesta en Jesucristo, Hijo de Dios colgado del madero de la Cruz, Salvador y esperanza única, resucitado, vencedor de la muerte y del maligno. Este es el presente y el futuro del hombre, esta es la vida nueva y la humanidad renovada, este es el secreto que conduce a la dicha que nada ni nadie puede arrebatar, la dicha del amor infinito de Dios, el sabernos amados hasta el extremo, inmersos en su misericordia, y haciendo partícipes a todos de ese amor, de esa compasión y ese perdón sin límites que desborda todo. Con sencillez y gozo, ofrezco esto, esta dicha, a todos, no la impongo a nadie; pero tampoco puedo callar ni ocultar este ofrecimiento, pues no sería leal con los demás. 

En Cristo, por gracia de Cristo, accede el hombre a la libertad de la verdad que se realiza en el amor, en Cristo accede a la grandeza de la filiación divina y a la vida eterna, vocación de todo hombre, en Él accede a la salvación plena y eterna vencida la muerte y rotas las cadenas que esclavizan del pecado, del odio, la mentira, la injusticia o la violencia. Sólo Él puede llegar a la verdad de las criaturas y renovarlas. Nada se puede separar de Él y de su amor sin que se altere su verdad y su dignidad. Ningún pueblo ni ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede conscientemente separarse sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, vale decir también nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. Él es el Señor y reclama espacio en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida: nuestra inteligencia no vive sin esta memoria; nuestra voluntad no se rige sin esta obediencia; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en esta conformidad con Él, esto es en su comunión. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se propone sin cesar a la libre adhesión de todos. Los ojos que lo han contemplado en la fe no pueden mirar más al mundo y a la historia con desesperanza. El corazón que se ha abierto a Él, se ha abierto a todos y cada uno de los hombres, singularmente de los pobres, los despreciados, los malheridos y maltratados por la vida, y no se cierra a su propia carne, ni en sus propias certezas. Esta es nuestra fe, éste es el Evangelio, la gran noticia que el mundo necesita y ofrecemos para ver y mirar con los mismos ojos y la misma mirada del amor, de la compasión, de la verdad, de la misericordia, del perdón, de la ternura y de la esperanza. Convertirse, acoger este Evangelio, acoger a Jesucristo, creer en Él: Este es el mensaje y la llamada de la Cuaresma, que escuchamos al imponérsenos la ceniza, memoria y recordatorio de lo pobre y lo débiles que somos: "Conviértete y cree en el Evangelio". Que nadie tema de Cristo: es quien nos hará capaces de vencer con su amor tanto odio, tanta violencia, tanta falta de entendimiento entre los hombres. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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