canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 1 de Febrero de 2015.

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Llevo cuatro meses entre vosotros y al servicio vuestro como pastor de esta Iglesia diocesana de Valencia. Han sido cuatro meses intensos de encuentros, de observación, de escucha, de oración. No os extrañéis de que no me haya hecho una visión totalmente formada y precisa, con perfiles y matices de la totalidad: todo llegará. Y por eso pienso que no sería prudente, por mi parte, dar un juicio concreto, y menos definitivo, sobre la situación. Con todo, sí que os puedo decir que tengo una visión general de la situación: Dios me ha concedido mirar esta gran diócesis con mirada de fe, con su mirada, y tener una visión abarcadora del conjunto, escuchar la voz o las voces que de él me llegan, dibujar el cuadro de situación con grandes pinceladas y compartir con vosotros algo de mis apreciaciones y preocupaciones. Ello podría ayudar a situar los eventuales o posibles caminos para seguir en nuestra actuación pastoral diocesana, que concretaremos todavía más entre todos al finalizar los trabajos en los grupos formados para el Itinerario Diocesano para una nueva Evangelización (cuyo final habremos de aligerar un poco), recogiendo y articulando las sugerencias operativas aportadas en estos grupos. 

Sólo me referiré a alguno de esos caminos para no pararnos y seguir avanzando en el camino, sin olvidar que el único camino es Jesucristo, presente en todo cuanto somos y hagamos. Por eso, como he repetido tantas veces, de manera especial con los sacerdotes en nuestros encuentros iniciales, nuestra mirada ha de ponerse enteramente en la persona de Jesucristo, y recorrer el camino, sin retirarnos, con la mirada puesta en Él, “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12). 

Es evidente que nos encontramos en una nueva etapa del mundo, de España, de toda la Iglesia, que, por cierto, no está resultando nada fácil. No somos ajenos en Valencia a esa realidad. ¿Qué hacer en esta etapa, en este nuevo periodo de la historia? ¿Qué "dice el Espíritu a nuestra querida Iglesia" (Ap 2, 7), en esta situación, social, cultural y religiosa que estamos viviendo, tan distinta a la de hace pocos lustros, cada vez más variada y comprometida? ¿Hacia dónde y por dónde encaminar nuestros pasos? El camino nos lo traza el mismo Cristo, presente en la Iglesia, actuante en la historia: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestro caminar, que no puede ser más que un caminar en fe, en esperanza. Jesucristo es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en el presente! está Jesucristo. 

No busquemos, pues, otra respuesta a los grandes retos y desafíos que sin duda se abren ante nosotros. Seamos humildes, por tanto verdaderos y realistas: por mayor empeño que pongamos en dar ingenuamente con "fórmulas mágicas", con grandes planes, con proyectos fabulosos y novedosos, con programas "populistas" –en palabra de moda ahora–, que serían nuestros y nada más que nuestros, obra de nuestras propias manos en las que se confía, no hallaremos otro camino verdadero que Jesucristo para los grandes o pequeños retos y desafíos de nuestro tiempo. 
San Juan Pablo II nos lo recordó con unas palabras bellísimas y lapidarias en su Carta "Al comenzar un nuevo milenio", tan extraordinaria como alentadora: "No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!" (NMI, 29). 

Por eso se trata ahora, por encima de otras cosas y acciones, de buscarle de todo corazón y seguirle con todas las consecuencias y como Él demanda, de escucharlo y contemplarlo, adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Cultivar y avivar el encuentro con Él es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Iglesia, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal y en la diocesana. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo, de "estar con Él", podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia y de nuestra diócesis. A partir de este encuentro y de esta experiencia renovada de Jesucristo, presente en la Iglesia, no dejaremos de comunicar y testificar "lo que hemos visto y oído" cerca de Él. Ninguno de los que hayamos recibido la gracia de la fe en Él podemos eximirnos de dar testimonio del "Evangelio de la alegría", de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, de su vida, de su pasión, muerte, y resurrección, de su permanencia para siempre entre nosotros, del Evangelio de la redención, de la esperanza, que descansa en la victoria sobre el pecado y la muerte por su resurrección. En Cristo, las expectativas más hondas y nobles de la humanidad entera hallan su fundamento más real y firme: la esperanza de todo ser humano se colma por su Victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la paz sobre la violencia, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad y de la caridad sobre todo egoísmo y exclusión. 

Nadie, ningún cristiano, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura en la gracia bautismal, estamos llamados y obligados todos (porque todos hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte, participamos de la libertad gozosa de los hijos de Dios, expresión de la verdad, que nos hace libres y se expresa en la caridad). Se abre un gran tiempo para la misión –en él estamos ya inmersos–, como en los primeros momentos del cristianismo, y no hay tiempo que perder. Ningún cardenal, arzobispo, obispo, sacerdote, persona consagrada, fiel cristiano laico, hombre o mujer, niño, joven, adulto, o anciano, ni los enfermos ni los sanos..., ninguno de los cristianos en la Iglesia, concretamente en esta Iglesia que peregrina en Valencia, en nuestra diócesis, estamos eximidos de la urgencia apremiante de evangelizar. A eso, además, nos compromete y embarca de forma muy concreta el "Itinerario de nueva evangelización" que hemos emprendido en nuestra diócesis el domingo del Bautismo del Señor. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 25 de Enero de 2015.

 

Ante el fenómeno generalizado y amplio, inédito entre nosotros, de las migraciones, muchas veces se escuchan preguntas como estas: "¿Qué hay que hacer para acogerlos? ¿Se deben aceptar todos los que llegan o hay que poner algunos cauces o límites? ¿Qué debe hacer la Iglesia: debe dedicarse a ayudarles en lo material o tiene que intentar su evangelización?".

Creo, intentando responder a algunas de estas preguntas, que lo primero y principal es que haya justicia y caridad, que trasciende y obliga más que la misma justicia; no tener miedo a esta doble exigencia. Conviene recordar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto a este fenómeno, tan característico de nuestro tiempo: "Las naciones más prósperas (y España lo es) tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen". Al mismo tiempo hay que añadir, según la Doctrina Social de la Iglesia, que esto no supone negar a las autoridades públicas el derecho de controlar y limitar los movimientos migratorios cuando existen razones graves y objetivas de bien común, que afectan a los intereses de los mismos emigrantes.
Por esto mismo, es necesario señalar una normativa que, respetando la dignidad inviolable de la persona humana y sus derechos fundamentales - y posibilitando lo que es el ejercicio de la caridad fraterna y la misericordia, inseparable de la justicia- no conduzca a un desbordamiento tal de los inmigrantes que entonces se vean sumidos en una mayor marginación, con todo lo que comporta, por no poder atender debidamente a sus demandas; el desbordamiento puede acarrear un conjunto de injusticias mayores para con ellos y para la población autóctona. Canalizar esto no es racismo ni discriminación.

Para nosotros los cristianos, en todo caso, siempre está la indicación del Señor: "Fui forastero, emigrante, y me acogiste". La acogida no es sólo darle ayuda material. Acoger al emigrante, amar a la persona del emigrante, quererlo de verdad y con obras, servirle, exige también ofrecerle, presentarle, anunciarle el Evangelio con todo respeto a su libertad y sin imposiciones. Si no lo hiciéramos, podríamos traicionarlo y traicionaríamos nuestra identidad cristiana y la misión y el mandato de amor que el Señor nos encomendó. Por eso, estimo que hay que intentar la evangelización de inmigrantes de otras religiones, lo cual no puede confundirse con proselitismo.

En este sentido hay que tener en cuenta que el cristiano, dejándose guiar por el amor a su Maestro que, con su muerte en la cruz, redimió a todos los hombres, abre también sus brazos y su corazón a todos. Debe animarlo la cultura del respeto y de la solidaridad, especialmente cuando se encuentra en ambientes multiculturales y plurireligiosos. Junto con el pan material, es indispensable no descuidar el ofrecimiento del don de la fe, especialmente a través del propio testimonio existencial y siempre con gran respeto a todos. El diálogo no debe esconder el don de la fe, sino exaltarlo. Por otra parte, ¿cómo podríamos tener semejante riqueza sólo para nosotros?

Finalmente, en nuestra diócesis, no podemos dejar de tener muy presente que a nuestras tierras no sólo llegan emigrantes de otras religiones, a las que respetamos y cuyos valores y riquezas reconocemos, sino que llegan muchos que son católicos. Estos fieles católicos no han de verse abandonados pastoralmente. Todo lo contrario. Han de verse especialmente atendidos con toda solicitud por parte de la Iglesia diocesana, a través de sus diversas comunidades. Tenemos un gran deber y responsabilidad en este punto. Y en esa solicitud, el correspondiente organismo diocesano que se ocupa de las migraciones está poniendo un gran y valioso empeño.
Es justo y necesario empeñarse en una nueva evangelización y una catequesis puesta al día, que tienda a reforzar la fe de los emigrantes en los sectores que son más vulnerables ante el proselitismo. Es una labor que exige el compromiso de una Iglesia que se muestre acogedora. Los emigrantes católicos, que confluyen de diversos lugares hacia una determinada Iglesia particular, no deben sentirse abandonados a sus propias fuerzas. Ellos entran a formar parte de la Iglesia "implantada" en el territorio al que han llegado. Por eso deben ser asistidos mediante una pastoral específica y apta para ellos. Los emigrantes tienen derecho a una asistencia religiosa que sea proporcionada a sus necesidades y que no sea menos eficaz que aquella de que gozan los fieles de la diócesis.

En esto estamos y en ello hemos de esforzarnos con todo nuestro empeño expresión de nuestra caridad. La Iglesia diocesana ha de estar cada día más implicada y empeñada en esta atención y en esta cercanía y acogida de los emigrantes que llegan a nuestras tierras.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 11 de Enero de 2014.

 

Hemos iniciado un nuevo año. Nuestra mirada de creyentes se dirige a Dios, suplicando su favor y dándole gracias. Reconocemos que todo bien viene de Él. Necesitamos el auxilio de Dios ante los problemas de paz en el mundo, tan rota y amenazada en tantos sitios: ¡Qué terrible lo que está aconteciendo en Irak, en Siria... en tantos lugares! ¡Qué cruel el exterminio sistemático, exilio y persecución de cristianos en tantos lugares ante la pasividad, de hecho, de otros países o fuerzas internacionales! ¡Qué espantosas las esclavitudes de siempre todavía vigentes en diversos países y las nuevas esclavitudes de la época moderna! ¡Qué necesario es que se consolide de manera definitiva la paz en Oriente Medio, se realice la reconciliación, y se establezca lo que es tan necesario y justo! Necesitamos el auxilio divino ante la ingente tarea de evangelizar a los pobres y llevarles el amor que reclaman, de anunciar el Nombre de Dios y llevar a los hombres a Jesucristo. Necesitamos la fuerza y la sabiduría de lo Alto para ayudar a que los hombres crean, ofreciéndoles con profunda alegría lo mejor que tenemos, el tesoro recibido gratis: la fe en el Dios vivo que el Espíritu Santo alimenta en nosotros. 

La cuestión principal del hombre de siempre, también del de nuestros días, es, con mucho, creer o no creer en Dios, reconocerlo o no reconocerlo, aceptarlo o no aceptarlo, abrirse o no a su amor y a su don de misericordia y ternura que no tiene límites. Dios es el único asunto central y definitivo para el hombre y para la sociedad. El silencio, olvido o abandono de Dios es, sin duda, el acontecimiento más decisivo y la indigencia más dramática de nuestro tiempo. No hay nada que se le pueda comparar en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias. El hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para asumir valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida. El olvido de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma los valores éticos. Una sociedad sin fe es una sociedad más pobre y angosta. Un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que fundamenta su dignidad, y de aquel amor primigenio e infinito que es raíz de su libertad. 

Por esto, siempre, y de manera singular al comenzar este año 2015 en que toda la Iglesia celebra el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, testigo singular de que "sólo Dios basta" y, por el testimonio y enseñanza del Papa Francisco, que tiene sus ojos puestos de hito en hito en Dios Padre misericordioso, también nosotros, aquí en Valencia, necesitamos dirigir nuestra mirada a Dios, avivar nuestra experiencia de Él, acrecentar nuestro conocimiento sapiencial de Él, fortalecer nuestra fe en Él. Y ello, para poder responder a esa pregunta que nos llega con verdadero clamor desde los hombres de hoy, desde situaciones tan distintas y desde experiencias tan diversas, a veces dramáticas: "¿Dónde está vuestro Dios?" 

Al comenzar un nuevo año y durante todo él, es necesario que, desde el gozo agradecido y con verdadero estremecimiento lleno de gran dicha, respondamos a esta pregunta, y hablemos de Dios, confesemos con humildad y confianza nuestra fe en El, y ofrezcamos a todos el testimonio que compartimos con los creyentes de todos los tiempos de que Dios, el sólo y único Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, se nos ha revelado a los hombres, se nos ha dado a conocer, se nos ha hecho cercano, incluso "visible y palpable" en su Hijo, venido en carne en el seno de su Madre, Santa María, siempre virgen. 

Haríamos muy bien todos los cristianos valencianos en ahondar, reavivar y fortalecer el conocimiento de Dios, Dios de misericordia, revelado en el rostro humano de Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Harían muy bien los catequistas y profesores de religión en adentrarse en este conocimiento vivo y profundizado, meditado e interiorizado, para avivar su experiencia de Dios y comunicarla en la catequesis o en la enseñanza religiosa. Haríamos muy bien los sacerdotes en interiorizar y afianzar este conocimiento a través del estudio sosegado, de la meditación y de la oración contemplativa, para predicar a Dios con palabras nuevas y vigorosas que brotan de la experiencia acrecida y renovada de Dios misericordioso. 

Por mi parte, como he dicho desde que llegué a Valencia, en medio del silencio de Dios que lacera nuestro mundo y nuestra cultura, mi ministerio entre vosotros deseo –y así lo pido– que consista principalmente en hacer resonar públicamente, a tiempo y a destiempo y con todos los medios a mi alcance, la palabra sobre Dios, hablar de Dios, como el sólo y único necesario, y pedir que volvamos a Él, exhortar a que centremos toda nuestra vida en Él, porque en Él está la dicha y la salvación que anhelamos. Que Dios me dé fuerzas para no cesar ni cansarme en este anuncio, que me conceda sabiduría y experiencia suya para no hablar de Él con palabras gastadas, sino con palabras vivas y verdaderas, que brotan de la oración, del encuentro con Él, del trato de amistad con el que sabemos nos ama. Necesito orar, necesitamos orar, para tratar con Él y así conocerlo más, intimar con Él, tener experiencia cada día y cada instante renovada de Él y de su amor misericordioso. 

Al comenzar este año 2015 invito a todos –sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos– a escuchar en lo hondo del alma la llamada de Dios a conocerle mejor para amarle más y responderle con un gozoso "sí, Padre". Si perdemos el gusto por Dios, si la misma palabra "Dios" significa poco para algunos, si la pregunta "¿dónde está tu Dios?", que nos dirige una cultura despojada de la fe, llega a inquietarnos demasiado ¿no será porque hablamos poco con Dios? ¿Buscas "pruebas" de Dios? Reza con perseverancia. ¿Buscas fortaleza para una vida esperanzada y justa? Ora en lo escondido al Padre. Quien se encuentra de verdad con el Dios vivo, se pone en seguida en sus manos por la oración, que surge desde el fondo del alma como un impulso incontenible. 

Que el año de gracia que hemos comenzado sea un año en el que los fieles cristianos de Valencia, cualquiera que sea nuestro estado y lugar en la Iglesia, avivemos nuestra vida de oración, para que se renueve y fortalezca nuestra experiencia de Él, para que así hablemos de Dios a un mundo tan necesitado de Él como la tierra reseca está necesitada del agua para que florezca en ella la vida. Nos urge y apremia avivar nuestro conocimiento y experiencia de Dios, Padre misericordioso, fortalecer nuestra fe en Él, acrecentar nuestra vida de oración. Pocas veces mejor que pensar en la oración, como al comienzo de un año nuevo, en el que se nos abren tantas expectativas, se agolpan tantas necesidades, se ponen ante nosotros tantas inquietudes, sufrimientos, gozos y esperanzas, y nos vemos como impulsados a levantar nuestros ojos a Dios en súplica esperanzada o en alabanza agradecida. 

Al comenzar el año de una manera más espontánea, desde todo ello, nos abrimos a la oración. De esta manera confesamos que sin Dios nada podemos hacer, que todas nuestras empresas nos las realiza Él y que nada verdaderamente digno podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia. Pedimos que todo comience en Él como en su fuente y que todo conduzca a Él como a su fin, que todo nos lleve a realizar su designio en favor de los hombres: designio de paz y no de aflicción, designio de amor y de felicidad, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene a este mundo. Invocamos su santo Nombre y le rogamos que nos alcance y colme su copiosa bendición. 

Es tiempo de oración. Ni la renovación y fortalecimiento de la Iglesia, ni la renovación y edificación de nuestro mundo serán posibles si no oramos. Todos debemos orar. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con Él, escucharle, tratar con Él, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, "orar en todo tiempo y no desfallecer". 

No me cansaré de recordar y renovar, una y otra vez, mi invitación a orar. Es la invitación más importante que os puedo hacer, el mensaje más esencial, máxime en estos tiempos de secularización y de eclipse de Dios. El olvido de la oración es olvido de Dios; y el olvido de Dios es olvido del hombre. Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de humanización de nuestro mundo, porque es la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentro su fundamento y su verdad. 

Dijimos los Obispos, hace años en una Instrucción pastoral, "Dios es Amor": "Como la caridad es criterio de la autenticidad de la oración, animando a la oración estamos llamando también a una vida de verdadera solidaridad, de comunión en la Iglesia y de comunión con todos, en particular, con los excluidos y necesitados. Porque... la oración nos convierte al Dios de la misericordia. Jesucristo ora por el testimonio de unidad entre los suyos, vital para suscitar la fe: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17,21) y nos pide que brillen nuestras buenas obras para que el Padre sea glorificado (cf. Mt 5,16)". 

Necesitamos orar más todos. Necesitamos orar el Obispo y los sacerdotes. La oración es fuente de alegría sacerdotal, aliento en los "duros trabajos" del Evangelio, promesa y garantía de fecundidad apostólica. Sin la oración ya podemos esforzarnos, que no "pescaremos nada", aunque breguemos durante toda la noche como los apóstoles en el lago. Que ni el Obispo ni los sacerdotes desfallezcamos en la oración: es un deber que tenemos para con el pueblo que nos ha sido confiado y al que no podemos defraudar; ese es servicio primero y principal de la caridad pastoral. Que nada nos aparte de la oración. La Liturgia de las Horas cada día y una hora de oración diaria nos conferiría una gran fortaleza apostólica. Seamos maestros de oración para nuestro pueblo. 
Pero todos debemos orar para no sucumbir ante tanta tentación como nos acecha, para permanecer en vela y despiertos, para estar en forma y llevar a cabo la obra de evangelización que es nuestra dicha y nuestra identidad más profunda como miembros de la Iglesia. Son "tiempos recios" los que vivimos, y sin la oración no tenemos nada que hacer; seremos como metal que aturde pero sin capacidad para aportar nada verdaderamente valioso. 

Por esto, en este todavía comienzo del año 2015, quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa, la gran Maestra de la oración, testigo de que "sólo Dios basta", toda la comunidad diocesana de Valencia deberíamos centrar nuestra mirada y nuestro corazón en Dios, infinito en su misericordia, revelado en la humanidad de su Hijo, Jesucristo, en quien tenemos, vemos y palpamos todo el Amor, cuya contemplación "saca amor". Quiero, por ello, exhortar a todos, a mí el primero, a todos los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los fieles cristianos a renovar y fortalecer la vida de oración: en las familias, en las parroquias, en los movimientos, en las comunidades. Nuestra Iglesia diocesana será lo que sea nuestra oración. Sin la oración la vida cristiana languidece y se esclerotiza. Aprendamos a orar –que es muy fácil– y enseñemos a orar –que es necesario–. 

Que Dios nos conceda a esta Iglesia diocesana de Valencia el intensificar en cada uno de sus miembros y en cada comunidad el sentido y el gusto por la oración. La vida de oración es el respiro de nuestras almas y prenda cierta de vitalidad cristiana.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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