canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 10 de Mayo de 2015.

 

Nos aproximamos con paso veloz a la fiesta de Nuestra Señora, la Mare de Déu dels Desamparats, nuestra Madre del Cielo y Patrona nuestra. Permitidme que en esta comunicación de cada semana me dirija a Ella presentándole mi plegaria:

Madre de los buenos valencianos, que esta Iglesia que peregrina en Valencia y que estos hijos tuyos que tanto te queremos, por tu intercesión de Madre amorosa, alcancemos la fuerza del Espíritu de amor que lo hace todo nuevo. Necesitamos un mundo nuevo, hecho de hombres y mujeres nuevos que reconocen a Dios, que viven de su amor y dan testimonio de este amor defendiendo al hombre, apostando por el hombre, por su dignidad inviolable, y por la garantía de sus derechos fundamentales que le corresponden por ser hombre y que no son fruto de las mayorías parlamentarias ni de los consensos políticos, ni de los estadios culturales.

Te pedimos que el vigor del Espíritu Santo penetre a todos y haga de nosotros testigos de esa misericordia entrañable de Dios que Tú, en tu canto del Magnificat alabas y cantas agradecida y gozosa, por siempre y para siempre, en favor de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de los sencillos. Que ese Amor, que es el Hijo de Dios venido al mundo en carne en tu seno virginal, esté en nosotros y lo comuniquemos a los hombres para que también ellos puedan tener la experiencia y la alegría desbordante de la cercanía de Dios y de su amor, que no pasa de largo del hombre y que se inclina, para curarlo, ante el hombre despojado de su dignidad y grandeza y, herido, tirado en la cuneta sin que se le atienda. Te pedimos, Madre, que, gracias a tu fidelidad de sierva y a tu permanecer junto a la Cruz de Hijo donde nos fuiste dada por Madre nuestra, podamos gustar en la tierra lo que esperamos gozar, como Tú y contigo y todos los bienaventurados en el cielo: el ver y el estar con Dios.

“No puedo, ante Ti, Patrona y Madre de Valencia, dejar de mencionar a las familias, a las familias de todo el mundo, a las familias de España, a las familias de nuestra tierra valenciana. Ayuda a esta diócesis tuya de Valencia a proclamar, confirmar y vivir el Evangelio de la familia, santuario de la vida. Virgen María de los Desamparados, Madre de la sagrada Familia, ayuda a la humanidad a comprender que el bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia, que su futuro se fragua en la familia, y que es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se va en el debate social y público, superar y renovar la cultura dominante y divulgada por fortísimos poderes mediáticos, por desgracia, tan en contra de la verdad y exigencias verdaderas de la familia. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, defenderla y ayudarla mediante las medidas sociales adecuadas. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender el fundamento de la familia, que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. Inseparablemente tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como de dotar a ésta de los medios necesarios –jurídicos, económicos, educativos, de vivienda y trabajo– para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza, y de asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. Auxílianos a todos en la ayuda que debemos prestar a la familia, porque no ayudarla debidamente constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad –como nos están mostrando los hechos– por derroteros de crisis y destrucción de incalculables consecuencias. Datos de estudios recientísimos sobre la familia en Europa –también en España– nos muestran realidades y síntomas de gran preocupación en el presente y para el futuro”. 

Madre de la Sagrada Familia, Madre nuestra que nos fuiste dada al pie de la Cruz, dada a la Iglesia como su Madre: La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es “salvar la familia”, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la verdad de la familia es la base de una nueva cultura del amor y de la vida. Es el centro de un mundo nuevo, de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, y su dignidad, constituye una amenaza para él y para la vida. Sólo la proclamación, testimonio y defensa de la familia y del esplendor de su verdad, abrirá el camino hacia la nueva civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida, hacia la paz que se asienta, junto con la justicia y la libertad, en la verdad y en el amor. Sólo la familia es esperanza de la humanidad. Ayúdanos, madre, y sé tú nuestra esperanza, la esperanza de las familias valencianas, la esperanza de la diócesis de Valencia hecha de familias, y que es la gran familia que a todos acoge.

“Danos fuerzas para ayudar a que las familias, en medio de las grandes y graves dificultades que hoy las envuelven, tomen conciencia de sus capacidades y energías, y confíen más en sí mismas, en sus capacidades educadoras, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión de transmisión de la vida, del amor y de la fe que Dios les ha confiado. Mira, madre de los Desamparados, necesitamos que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontar el vuelo, y se remonten muy alto como les corresponde. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y para esta tan apasionante tarea que a todos nos incumbe. Contamos con el auxilio y la ayuda tuyos, Santa María. Por eso, nos dirigimos a ti, Madre de Dios y de los Desamparados, e imploramos tu auxilio. Sabemos que no nos falta. No hay mayor desamparo, Madre, que la familia rota, o no contar con la familia, o vivir inmerso en la mentira de una realidad que la niega. Por ello, acuérdate de manera especial de los desamparados de la familia".

Ante tu imagen querida, Virgen Santa de los desamparados, de nuevo como en Caná, escuchamos tus palabras que nos dicen: “Haced lo que Él os diga”, acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta inspiradora de vuestra conducta individual, familiar, social y pública. En tus palabras de Caná comprendemos que Cristo es “nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo al que conformarnos, nuestro único médico que debe curarnos, nuestro único pastor que ha de alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificarnos, y nuestro único todo en toda las cosas que debe bastarnos” (S. Luis M Grignon de Monfort). Así seremos dichosos, se adelantará la hora del vino nuevo, la hora del Dios-con-nosotros, la hora de un mundo verdaderamente nuevo que surge de la Cruz y resurrección de Jesucristo”.

El domingo, escucharemos al final del Evangelio que será proclamado: “Desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. “Cada u de nosatres, cada u dels valencians ha d’acollir a Maria en casa, com a Mare. Acollir a Maria es introduir-la en l’espai espiritual de nostra existència, de nostra interioritat. Amar-la i venerar-la como a mare. Fer que ella estiga present en la nostra vida. Acollir a Maria és rebre-la amb la fe, la confiança i l’amor que requereixen sa maternitat espiritual i establir amb ella una relació de devoció filial. Viure espiritualment en ella, dirigir-nos a ella en nostra oració freqüent. Acollir a Maria como a Mare en la pròpia casa es respondre al do que ha fet el Senyor en nostra personal donació. L’acceptació y el reiconeixement de sa funció materna en la nostra vida espiritual comporta la filial entrega a Maria. I esta entrega nos ha de dur, necessariament, a entrar en el radi d’acció d’aquella caritat materna en la que la mare del Redentor cuida del germans del seu Fill! Qui introduís a Maria en sa pròpia casa, es dir, qui viu baix la seua influència i inspiració, ha d’acabar participant de les seues disposicions fonamentals d’entrega i de servici, d’obediència al Pare i d’amor als germans fins I’extrem que ella aprengué de son propi Fill, sobre tot al peu de la creu” (Mons. Miguel Roca Cabanellas).

Con todos quisiera unirme, y acudir a la Virgen querida. Para todos mi plegaria y bendición. Que Ella bendiga y proteja a todos; que a todos acompañe siempre en su caminar, y os conduzca a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 3 de Mayo de 2015.

 

Después de casi dos milenios de cristianismo, cuando la voz de Jesucristo ha llegado a casi todas las partes, sentimos con una intensidad cada día mayor la necesidad de orar pidiendo a Dios, llenos de esperanza, que mande a su Iglesia obreros del Evangelio, que suscite vocaciones a la vida consagrada, a la acción misionera, al ministerio sacerdotal. El mundo que vivimos parece que nos está diciendo: “en la nueva sociedad, en el futuro de un mundo nuevo, laico y adulto que fabricamos los hombres, no habrá ya sacerdotes, ni vida consagrada; no vayáis, jóvenes, por esos caminos, buscad otra profesión”. Así parece pensar el mundo de hoy. Pero precisamente por esto mismo, ante esta manera de pensar y al escuchar esas voces, comprendemos, por el contrario, que hay una gran necesidad, aún mayor que en otros tiempos, de sacerdotes y de hombres y mujeres enamorados de Jesucristo, consagrados a Él y a su Iglesia, al anuncio y presencia del Evangelio, al servicio de los hombres.

Porque siempre, pero particularmente el mundo en el que vivimos hoy, con su cultura o pseudocultura de alejamiento y silenciamiento de Dios que quiebran al hombre en su humanidad más propia y la destruye, la Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres y mujeres que vivan entregados por completo, enteramente, al servicio del Evangelio de Jesucristo. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. Todos tenemos, en efecto, necesidad de Jesucristo. A veces sin saberlo pero, a través de múltiples e incomprensibles caminos, lo buscamos insistentemente, lo invocamos constantemente, lo deseamos ardientemente. Él es el esperado y deseado por todos. Se diga lo que se diga. Porque en Él está la dicha, el amor, la vida, la paz, la alegría, todo.

Nosotros, los hombres y mujeres de hoy, necesitamos de Cristo para recorrer los caminos de la vida. Y Él necesita de nosotros, de hombres y mujeres, para seguir presente acá en los años venideros. ¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El? ¿Qué sería de nuestra humanidad si no se le anunciase el Evangelio de paz y de gracia, de amor y de perdón? ¿Qué sería de nuestra sociedad si se extinguiese la voz y la luz del Evangelio? Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Por eso dirigimos esta petición al “Dueño de la mies”. Por eso, nuestra oración perseverante al “Dueño de la mies” rogándole envíe obreros a su mies, que es inmensa, es muy grande y espera esos obreros. Oración que ha de ser constante, pero que se intensifica al llegar estas fechas, en las que las comunidades eclesiales de todo el mundo se unen con un solo corazón y deseo en esta petición común, cuando hemos celebrado la fiesta del Buen Pastor.

Nuestro mundo, sacudido por transformaciones lacerantes “necesita, más que nunca, del testimonio de hombres y mujeres de buena voluntad y, especialmente, del de vidas consagradas a los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no falte la luz de las más altas conquistas del espíritu” (San Juan Pablo II). Nuestra sociedad de hoy, en tantos aspectos rica, pero en tantos otros tremendamente empobrecida, está especialmente indigente de Dios. Por ello, tiene necesidad de hombres y mujeres que den testimonio de Dios como Dios ante un mundo que lo niega o lo olvida; que afirmen con sus vidas y su palabra, sin rodeos, el amor de Dios a todos y a cada uno; que nos traigan a la memoria algo que solemos olvidar fácilmente: que en el mundo venidero “Dios lo será todo en todos”; que muestren el valor de la gratuidad en un mundo en el que todo se compra y se vende.

La mies de Dios es grande y espera obreros: “la gente espera heraldos que les lleven el Evangelio de la paz, la buena nueva de Dios que se hizo hombre”. En el Occidente rico, concretamente en España, «es verdad que la mies podría ser mucha. Sin embargo, hacen falta muchas personas dispuestas a trabajar en la mies de Dios. Hoy sucede lo mismo que aconteció cuando el Señor se compadeció de las multitudes que parecían ovejas sin pastor, personas que probablemente sabían muchas cosas, pero no sabían cómo orientar bien su vida. ¡Señor, mira la tribulación de nuestro tiempo que necesita mensajeros del Evangelio, testigos tuyos, personas que señalen el camino que lleva a la “vida de abundancia”! ¡Mira al mundo y envía obreros! Con esta petición llamamos a la puerta de Dios!» (Benedicto XVI).

Tenemos necesidad de sacerdotes que hagan presente a Cristo, buen Pastor, que ha venido a proclamar la buena noticia a los pobres y la libertad a los cautivos. Necesitamos sacerdotes que impulsen, promuevan y lleven a cabo las necesidades, tan inmensas y tan inabarcables, de la evangelización. Sacerdotes para salir al encuentro de los alejados, para atender a los jóvenes, a los marginados; sacerdotes para los hombres del campo y de la ciudad, para los pueblos pequeños y para las grandes capitales, para los intelectuales y los trabajadores, para los que sufren y para los desalentados; sacerdotes capaces de iluminar la fe y la vida de quienes viven en situaciones difíciles; sacerdotes que anuncien el Evangelio de Jesucristo, que perpetúen el memorial de la Cena del Señor en las distintas comunidades cristianas, que perdonen los pecados en el nombre del Señor y conduzcan por caminos de reconciliación, de unidad y de paz entre las gentes. Sacerdotes que hagan crecer la llama del reconocimiento de Dios y de su Reino en todas las personas, en todas las familias, en todos los ambientes y en todos los pueblos. Los hombres de hoy, en lo más profundo de su ser, aunque lo nieguen –más entonces aún– «esperan a Dios, esperan una luz que les indique el camino; esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre estas palabras: “Los obreros son pocos”» (Benedicto XVI). 

Hay que decirlo con fuerza, el mundo en que vivimos sigue necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos dichosos de la Buena Nueva en el ministerio sacerdotal. Faltan sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigos de Dios en el mundo, entregando la vida por completo a esa tarea. Es hermoso saber que podemos evidenciar a Dios como la realidad más gratuita de todas y las más necesaria de modo primordial, porque sin ella pierden sentido las cosas y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Sin sacerdotes no hay Iglesia ni evangelización. Por eso y para eso necesitamos orar: para que Dios envíe abundantes y santos sacerdotes.

Todos en la Iglesia estamos convocados a una magna empresa: llevar a cabo una nueva evangelización de nuestro mundo. Es verdad que esta nueva evangelización no se llevará a cabo sin los seglares. Pero la mayor participación de los seglares en esta gigantesca empresa exigirá, está exigiendo ya, la presencia de un mayor número de sacerdotes y de personas consagradas. Sin el trabajo y el ministerio de los sacerdotes, o sin la aportación de la vida consagrada, se resiente todo el trabajo del resto de los demás en la Iglesia. La ausencia de sacerdotes o de personas consagradas no se puede suplir con seglares. Se trata de unas vocaciones complementarias. Es necesario orar por las vocaciones sacerdotales y para una vida consagrada. Es necesario, además, “promover una cultura vocacional que sepa reconocer y comprender aquella aspiración profunda del hombre, que lo lleva a descubrir que solo Cristo puede decirle toda la verdad sobre su vida ...: la vida es don totalmente gratuito y no existe otro modo de vivir digno del hombre fuera de la perspectiva del don de sí mismo. Cristo, Buen Pastor, invita hoy a todo hombre a reconocerse en esta verdad... esta cultura de la vocación constituye el fundamento de la cultura de la vida nueva, que es vida de agradecimiento y gratuidad, de responsabilidad y de confianza; en el fondo, es la cultura del deseo de Dios, que da la gracia de apreciar al hombre por sí mismo, y de reivindicar constantemente su dignidad frente a todo aquello que puede oprimirlo en el cuerpo y en el espíritu" (San Juan Pablo 11).

“Rogad al Dueño de la mies que mande obreros”. Esto significa: la mies existe; pero Dios quiere servirse de los hombres para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres y mujeres. Dios necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en comunión divina de alegría y amor” (Benedicto XVI). Con esta petición tan urgente y apremiante: “Manda obreros a tu mies”, estamos llamando insistentemente a la puerta del Señor. Gracias a Dios, en nuestra diócesis, esta llamada a la puerta del Señor, está siendo insistente: cada día se ora, en nuestra diócesis, por las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la acción misionera. «Pero con esta misma petición el Señor llama a la puerta de nuestro corazón. ¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez demasiado grande para mí? ¿No soy yo demasiado pequeño para esto? “No temas”, le dijo el ángel a María. “No temas, te he llamado por tu nombre”, nos dice Dios mediante el profeta Isaías, a nosotros, a cada uno de nosotros. ¿A dónde vamos, si respondemos “sí” a la llamada del Señor?». A estar con Él y ser enviados a predicar el Evangelio. «Estar con Él y, como enviados, salir al encuentro de la gente... Estar con Él y ser enviados son dos cosas inseparables. Sólo quienes están “con Él” aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con Él no pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo. Es lo que sucedió a Andrés, que le dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”. “Y lo llevó a Jesús” añade el Evangelista» (Benedicto XVI).

Haciendo mías, por eso, las palabras del siempre querido y recordado Papa San Juan Pablo II, “¡me dirijo, sobre todo, a vosotros, queridos jóvenes! Dejaos interpelar por el amor de Cristo, reconoced su voz que resuena en el templo de vuestro corazón, acoged su mirada luminosa y penetrante que abre los caminos de vuestras vidas a los horizontes de la misión de la Iglesia, empeñada, hoy más que nunca, en enseñar al hombre su verdadero ser, su fin, su suerte, y en descubrir a las almas fieles las inefables riquezas de la caridad de Cristo. No tengáis miedo de la radicalidad de sus exigencias, porque Jesús, que os amó primero, está pronto a dar cuanto Él os pide. Si Él os exige mucho es porque sabe que podéis dar mucho. ¡Jóvenes, echad una mano a la Iglesia para conservar el mundo joven! ¡Responded la cultura de la muerte con la cultura de la vida!”.

“Rogad al Dueño de la mies”, quiere decir también: «no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa, ante todo, orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”. Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción a fin de que nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría del Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad de dar su “si”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el “si”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios» (Benedicto XVI).

No tengamos miedo nadie; pero singularmente, queridos jóvenes, no tengáis miedo vosotros de escuchar la llamada y seguir al Señor. Dejaos conducir por el Dueño de la mies. El sabe más y quiere más y mejor que nosotros. Tal vez no sepáis qué es lo que el Señor quiere. Por eso, y para eso, hay que estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino: a los signos y acontecimientos, personas, encuentros. Es preciso estar atentos en todo. Hay que entrar, necesariamente, en amistad con Jesús, en una relación personal con Él, que sabemos nos quiere y nos elige para que seamos sus amigos; debéis vivir una amistad cada día más estrecha, íntima y honda con Él; ahí es donde podremos descubrir qué es lo que Él quiere de nosotros y para nosotros. Hay que prestar también atención, queridos jóvenes a lo que soy, a mis posibilidades. Para esto se requiere, por una parte, valentía; por otra, “humildad, confianza y apertura”, discernimiento; por eso, también, se requiere la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia, de los sacerdotes, de la familia. “¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero sólo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará” (Benedicto XVI).

Por eso, ante el Señor, en compañía y amistad con Él, le decimos: “Envía obreros a tu mies”. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 26 de Abril de 2015.

 

Con qué realismo sigue resonando, alegre para todos, para creyentes y no creyentes, el anuncio pascual: «Al que vosotros entregasteis, Dios lo resucitó entre los muertos y nosotros somos testigos», les dicen los apóstoles a los jefes del pueblo. ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! 

Éste es el gran mensaje de la Pascua que llena de alegría y trae la paz, y llama a una vida nueva, a una conversión: la de la fe; a una nueva mentalidad: la de la fe; esto es: Dios, que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. El anuncio de la resurrección de Jesús es el verdadero fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (Cf 1 Co 15, 14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían como rehenes. Sin embargo, con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

Por mucho que tratemos de disimularlo, que nos lo ocultemos, particularmente en nuestros tiempos, la muerte es el mayor enigma de la vida. Si morimos para siempre, todo se lo habría tragado y aniquilado la muerte. No hay desilusión ni decepción que pueda medirse con la de la muerte. Ningún esfuerzo por la justicia o por mejorar la condición humana, ningún amor por feliz que sea, pueden sustraerse a la sombra que sobre ellas echa la muerte. En el fondo, la muerte lo deja todo sin valor y sin fuerza. Pero la ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra: la muerte no tiene la última palabra. Porque Dios está por la vida. Al resucitar a Jesucristo, ha sido vencida definitivamente la muerte.

Podemos fiarnos incondicionalmente de Dios en cualquier callejón sin salida. La resurrección de Jesús significa que Dios ha actuado, que interviene en la historia, que quiere y puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Ella nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. En Cristo, Dios, vida y amor, ha triunfado para siempre. La muerte, el odio, la violencia, la injusticia han quedado heridos de muerte de manera definitiva. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación decisiva, la respuesta a la pregunta sobre quién reina realmente, si el mal o el bien, el odio o el amor, la venganza o el perdón, la violencia o la paz, la libertad o la esclavitud, la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es: Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe qué significa ser hombre en toda su densidad y verdad, en toda su hondura y en el gozo de ser esa criatura tan maravillosa que Dios ha querido, y como Él la ha querido y la quiere: llamado a la vida, vida eterna, vida plena y dichosa, vida llena de amor, vida divina en él. La resurrección de Jesucristo es la señal última y plena de la verdad de Jesucristo, verdad de Dios y verdad del hombre.


Si Cristo no hubiese resucitado realmente, no habría tampoco esperanza verdadera y firme para el hombre: en el fondo, querría decir, nada más y nada menos, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, o los que no tienen conciencia. Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con la violencia cruel e injusta sufrida, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación ni de la vida querida por Dios, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor y la Vida sobre el odio y la muerte.

La resurrección nos abre a la esperanza, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él, seguir a Cristo, a la vocación que él nos llama nos llena de alegría y esperanza. El hombre no puede dejar de esperar, ni vivir resignado o satisfecho simplemente a lo que hay, a no ser que pague el precio de tanta muerte y miseria, es decir, de mutilarse en su humanidad. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección de la carne, de la que es primicia la resurrección de Jesucristo, el cristianismo, de suyo, perdería su fuerza salvadora y se reduciría a una mera ética sin fuerza ni capacidad para aportar las grandes y verdaderas razones para vivir o para ofrecer algo consistente y con vigor para impulsar la renovación de nuestro mundo.

La resurrección no es un fenómeno marginal de la fe cristiana, menos aún un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón, su centro. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección, en efecto, todo quedaría reducido a los mitos de Sísifo –mero resignarse a lo que hay–, o de Prometeo –la prepotencia de la fuerza del hombre dejado a sí mismo–, o de Narciso –es decir, la autocomplacencia y el goce efímero egoísta y subjetivista–. Sin la esperanza que brota de la resurrección todo podría quedar reducido al cálculo del hombre y a los poderes de este mundo, todo podría valer con tal de alcanzar las metas siempre efímeras de nuestra tierra.

En estos años se ha debilitado la fe en la resurrección. Es un contrasentido declararse cristiano y negar o dejar a un lado la fe en la resurrección. En el cristianismo lo que lo dice y decide todo es el encuentro personal con Jesucristo «que me amó y entregó su vida por mí», y ahora, resucitado, vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo. Dejarse ganar por este acontecimiento es lo decisivo. No se trata primariamente de una sabiduría ni de una práctica, sino de algo que ocurre efectivamente entre Jesucristo y la persona del cristiano, que lo toma desde su raíz, lo compromete y le renueva desde dentro con una vida nueva.

Así lo entendieron los primeros discípulos que vieron a Jesucristo y lo palparon resucitado. «Pedro, los apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los “testigos” de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la aceptación de su mensaje. También el cristiano, en la época y en el lugar en que vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en Él, camino, verdad vida, y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía. El “testimonio pascual” se convierte de este modo, en la característica específica del cristiano» (San Juan Pablo II). Su existencia es para dar testimonio de Él en una vida nueva que se rige por el amor; su vivir es llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido para traer la reconciliación, el perdón y la paz. La señal de Cristo resucitado es la paz, la que Él sólo puede dar, la que surge de la victoria de Dios, del amor y de la vida sobre el odio y la muerte, de la justicia y del perdón sobre la venganza y la injusticia, de la verdad sobre la mentira, de la libertad sobre las cadenas del mal que nos atenazan y esclavizan, de la paz y la reconciliación sobre la guerra o la confrontación. La resurrección de Jesucristo, su primer saludo a los discípulos, ya Resucitado, proclama y entrega la esperanza de la paz, de la paz verdadera asentada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. Que la paz del Resucitado esté con todos.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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