canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 21 de Junio de 2015.

 

Dios actúa en medio de nosotros, su misericordia en favor nuestro se manifiesta inmensa con el don con que ha enriquecido a su Iglesia: la ordenación de diez nuevos sacerdotes.

Por medio de los sacerdotes, alter Christus, Cristo está, sacerdote y víctima, presente en nuestro mundo contemporáneo, vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si nos conmovemos contemplando la encarnación del Verbo, en que se despoja de su rango, y se rebaja obedeciendo hasta la muerte de cruz, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe, no sólo de la Eucaristía, sino del sacerdocio que somos.

Nuestro ser sacerdotes es inseparable del sacrificio de Cristo y queda configurado por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero.

Toda nuestra vida de sacerdotes no debiera ser sino una prolongación del sacrificio eucarístico, de Cristo Sacerdote y víctima: nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese cumplir la voluntad del Padre y ese don inseparable de la Vida y del Amor en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor hasta el extremo a los hombres, a los que llama “suyos y sus amigos”.

El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debería ser vivido con ese mismo espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal.

La vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima.

No podemos limitarnos a fundamentar la obligación de ser santos, sacerdotes santos, en la proximidad física de nuestro contacto con Cristo. Hemos de buscarlo mucho más arriba o, si se quiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser sacerdotal de Cristo, único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nuestro ser presencia sacramental de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote está en la base la santidad sacerdotal.

No podemos vivir nuestro sacerdocio, ni hablar del sacerdocio ministerial o sacramental, como de algo añadido a la propia existencia: al contrario, sino como algo que configura enteramente y que identifica la persona del sacerdote ontológicamente: somos por la imposición de manos, sacerdotes, otro Cristo, presencia sacramental de Cristo Sacerdote.

La dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias de poderes ministeriales, también tiene sus exigencias sagradas, de santidad. No podemos ser contradicción ante Dios, ante la Iglesia y ante nuestra conciencia. Ser otros Cristos, ser como Él por nuestro ser sacerdotal nuestros poderes ministeriales –bautizo yo, bautiza Cristo; absuelvo yo, perdona Cristo– está exigiendo una santidad de altura cual corresponde a la dignidad. Por encima de los laicos, decía el viejo Código de Derecho Canónico.

“Hay que ser santos. Grandes santos. Pronto santos. Ser santos, porque Dios lo quiere. Grandes santos porque así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana. Y pronto santos, vosotros seminaristas, aspirantes al sacerdocio, porque debiendo serlo al ser sacerdotes, es poco el tiempo que os falta”, como decía el venerable José María García Lahiguera. “Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y si ya soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?”. “Ved vuestra vocación… Esta vocación os exige que seáis santos. Con menos no cumplís”. Con menos no podemos contentarnos. Este es el futuro. “Solución de todo: Cristo-Evangelio-Sacerdote-Santo. Este es el camino. Ésta es la solución”. Sin la santidad sacerdotal, todo se viene abajo.

“¡Ay de mí si no evangelizare!”. ¡Ay de mí si no soy santo!. Anverso y reverso de una misma realidad sacerdotal. O mejor aún, santidad que evangeliza, evangelización que es santidad. Una y otra inseparables. Por eso, en estos tiempos tan duros, santidad sacerdotal, más que nunca. No para hacer, sino para ser. Ser santo evangeliza, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo evangelizador y evangelio.

Hermanos sacerdotes, os invito a que ¡volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca gracias a nuestro trabajo apostólico el amor a Cristo presente en la Eucaristía, el gran valor de la adoración eucarística; que hagamos, entre todos –cuento con vosotros– de Valencia una diócesis verdaderamente eucarística como la querían San Juan de Ribera, o el Beato cardenal Ciriaco Sancha, o el venerable D. José María García Lahiguera (que impulsemos la adoración perpetua, en las grandes ciudades al menos), porque así lo exige, además, el gran regalo de la inestimable reliquia del santo cáliz de la Última Cena. Así será una Iglesia de los pobres y para los pobres, henchida de caridad y misericordia para con los más necesitados, verdaderamente evangelizadora, testigo y artífice de unidad, de una nueva civilización del amor, de la paz y de la esperanza.

Como la Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Desamparados, cantemos siempre nuestro Magnificat por la infinita misericordia que Dios ha desplegado sobre nosotros y en favor nuestro y, al mismo tiempo, pidamos su auxilio, para que Él, para quien nada le es imposible, nos ayude a mantener siempre vivo el don que ha puesto en nosotros, sacerdotes. Acudimos también a la poderosa intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de los santos y santas valencianas a quienes invocamos para que ayuden a los nuevos sacerdotes en el ministerio de pastores que la Iglesia, os encomienda como ministros y dispensadores de sus misterios, en el que os aseguro por mi parte, mi agradecimiento, mi cercanía total y mi plegaria.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 14 de Junio de 2015.

 

Pocas fiestas tan entrañables para el pueblo cristiano como la de Corpus Christi; pocas con tan profunda y arraigada tradición religiosa y popular en Valencia, y en todos los pueblos de España. No es para menos: Podríamos decir que el Corpus Christi es la fiesta de la alegría del cristiano, porque es la celebración del misterio perenne de Cristo y, por tanto, también de la redención de toda criatura que ansía y anhela la vida de los hijos de Dios. El Señor, al que adoramos en la Eucaristía y paseamos con júbilo por nuestras calles, es el mismo que vivió en la tierra, murió y resucitó y vive en la eternidad; todo cuanto sucede está en Él. Todo se ha hecho por Él, y sin Él nada se hace de cuanto existe; en Él está la Vida y de su plenitud todos hemos recibido; la gracia y la verdad nos llegan por Él.

Esta fiesta es una confesión pública de la fe. En los tiempos que corremos, cuando tantos cristianos ocultan u olvidan sus convicciones, o cuando corrientes muy poderosas la quieren reducir al ámbito de lo privado y apagar su incidencia en la vida de la sociedad, necesitamos de estas manifestaciones públicas de la fe, que, a su vez, expresan cómo la fe afecta a todo lo humano y posee una dimensión pública, como la misma persona tiene también una dimensión esencialmente social y pública. El salir a la calle en este día de Corpus mostrando, en el espacio público, a la mirada y contemplación de los hombres el misterio eucarístico de nuestra fe, a Jesucristo mismo en persona, todo entero, real y verdaderamente presente aquí en su cuerpo, alma y divinidad, nos recuerda también que la fe no se vive en la clandestinidad ni en el anonimato.

¿Cómo no ver o recordar en el testimonio público de fe que ofrecemos sin arrogancia alguna los cristianos, en este día del Corpus, aquel imperativo que señalaba el Papa San Juan Pablo II en la solemne ceremonia de la consagración de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena, de Madrid en 1993: “Vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida pública”?

La fe que confesamos en el espacio público en la fiesta del Corpus reaviva, pues, entre nosotros la conciencia de que, en la hora presente, “la Iglesia española, fiel a la riqueza espiritual que la ha caracterizado a través de la historia, ha de ser fermento del Evangelio para la animación y transformación de las realidades temporales, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano. En una sociedad pluralista como la nuestra se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica en los diversos campos de la vida pública” (San Juan Pablo II).

Tengamos muy presente que la fiesta del Corpus Christi conmemora solemnemente lo que todos los días celebramos en la sencilla paz de nuestras iglesias: el Misterio del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Lo ordena a una más grandiosa y espectacular adoración, mayor que la que todos los días podemos tributar los cristianos al Pan vivo bajado del cielo. Dios se nos ha dado como promesa y posesión en una comida sencilla y ordinaria, el pan y el vino. Bajo estos signos de terrena cotidianeidad, Dios mismo se nos da como alimento. Pero esta misma cotidianeidad puede hacernos olvidar la infinitud y la grandeza de lo que celebramos, por lo cual necesitamos de un día especial que nos lo ponga de más manifiesto.

Nos hemos acostumbrado a ello y tal vez no tengamos la lucidez suficiente ni la perspicacia necesaria para percatarnos de que lo que celebramos en este día es, nada menos, que la presencia real en el sentido más pleno del Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía, es decir, la presencia sustancial por la que Cristo, total y completo, Dios y hombre, está presente. Es el mismo que se encarnó, vivió en el seno virginal de su Madre y nació de Ella, pasó haciendo el bien, fue crucificado, muerto y sepultado, y ahora, resucitado y victorioso, vive para siempre junto al Padre, intercediendo por nosotros, y llevando a cabo su obra salvadora por la Iglesia, su Cuerpo histórico, en la que obra, actúa y mora. Con ello afirmamos que Cristo, con todo lo que Él es, está realmente en el centro de la Iglesia, de la historia, del mundo. Cristo no es un personaje simplemente recordado ni tampoco cercano sólo mediante una imagen o un signo; está con nosotros y cumple su obra redentora que se perenniza en el sacrificio eucarístico.

Quien está realmente presente en la Eucaristía está ahí entregándose por nosotros, obrando su salvación, entregando su vida y amándonos hasta el extremo, en un desvivirse por nosotros para que tengamos vida eterna, abundante, plena. Resulta por ello una contradicción unirse a Jesucristo tal como está en la Eucaristía y, al mismo tiempo, reservarse a sí mismo de manera egoísta, es decir sin desvivirse también por los demás. Celebrar esta fiesta del Corpus exige tener la mirada atenta a los sufrimientos y necesidades de nuestros hermanos, los hombres de hoy. Nuestra adoración a Jesucristo, presente en el Pan sagrado, ha de dirigirse inseparablemente a su entrega. La confesión de fe en su presencia eucarística no se puede aislar de nuestro reconocimiento de Él en los pobres y sufridos, en los que no cuentan, con los que Él se identifica. Sin adoración a Dios, al misterio de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en la Eucaristía no se puede comprender toda la profundidad de la entrega del Dios Santo a los hombres. Y sólo implicados en este movimiento de la entrega a Dios podremos descubrir al pobre, acercarnos a él, y establecer con él una verdadera y sólida comunión.

Que, por la participación en los sagrados misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Dios nos lo conceda.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 7 de Junio de 2015.

 

Ocho días después de Pentecostés, celebramos la solemnidad de la santísima Trinidad. Honor y gloria sean dadas al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Alabado y adorado sea por siempre Dios, Uno y Trino, que, en su benevolencia infinita, nos ha dado a conocer su insondable misterio, sólo accesible por revelación. El misterio de Dios desborda nuestro espacio y nuestro tiempo, y aun la creación entera. Lo invade todo, lo penetra todo, lo trasciende todo. Supera nuestra inteligencia y nuestro pensar. Dios es más grande que lo que los hombres podemos imaginar. Sólo Dios puede hablar bien de Dios. Por eso se nos ha revelado y ha querido hacerse familiar a los hombres. Ciertamente, “Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la razón humana... Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios” (Compendio, 45). ¡Qué abismo de generosidad el de Dios, pues ha querido dársenos a conocer para que participemos su misma vida!

Es necesario tomar de nuevo en los labios la palabra “Dios” para besarla, antes que proferirla. Es necesario proferirla con el íntimo estremecimiento y con la suprema reverencia que surgen de la entrega total de la propia vida al misterio sublime que se significa en ella. ¡Gloria y alabanza a la Trinidad Santa en su Unidad!

Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y nos conduce a la verdad plena, los creyentes pueden conocer la intimidad de Dios mismo, Amor eterno e infinito, comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Jesús nos ha revelado el misterio de Dios; nos ha dado a conocer al Padre que está en los cielos: Padre, “no sólo porque es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo que es su Verbo, resplandor de su gloria e impronta de su ser” (Compendio, 46). Quien ve al Hijo, a Jesucristo, ve al Padre; es el rostro de Dios; Él nos ha dado, además, el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo. En este mundo, el misterio insondable de Dios, abismo de amor y de gracia, nadie puede verlo ni conocerlo con sus solas fuerzas, pero Dios mismo se nos dio a conocer en el rostro y en la carne, la humanidad, de Jesús, de modo que podemos afirmar: “Dios es Amor”; “hemos conocido, en efecto, el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”.

Todo en Jesús, que viene del seno del Padre, todo su ser, es una manifestación de Dios. Todo en Él nos remite al Padre y nos revela la intimidad de Dios, lo que ha visto junto al Padre. Su querer, su pensar, su sentir, conforme a su propio testimonio, es el de Dios; su actuar es enteramente el de Dios, implicado por completo en nuestra historia. En una carne como la nuestra nos revelado que el amor es más fuerte que la muerte, que permanece y vence el Amor, porque Dios es Amor; así nos ha revelado la verdad de nuestro gran destino como hombres, y la dignidad de nuestro ser de hombres. 

Afirmando a Dios, afirma al hombre; el reconocimiento de Dios, es reconocimiento del hombre. Jesús salió del Padre, vino a nosotros para traer la condición fundamental de nuestra vida de Dios, para traernos el anuncio de Dios, la presencia de Dios, y así vencer las fuerzas del mal: ha venido para reconciliarnos con Dios, acostumbrarnos a Dios. Dios nos ha dado la vida y nuestra dignidad. Sólo en Dios encontramos nuestra grandeza. Sólo en la amistad con Dios podemos ser libres con la libertad de sus hijos. Sólo en Dios podemos existir, ser nosotros mismos, ser amados y amar. El ser del hombre se enraíza en Dios de manera irrevocable.

Jesús mostró el rostro de Dios, comunión personal de amor en su intimidad, cumpliendo la voluntad del Padre en todo: así, nace pobre, vive pobre y para los pobres; se acerca al sufrimiento de los hombres, como el Buen Samaritano, y comparte ese mismo padecer de los hombres; cura de dolencias y enfermedades; nunca condena, siempre perdona, incluso a quienes lo llevan a la cruz; está en medio de nosotros sirviendo, no busca ser servido; ama a los hombres hasta el extremo, y se entrega por ellos en su Cruz, obra de la violencia y de la injusticia humana, de quienes no toleran que Dios sea misericordia y perdón, y sea Dios de todos y para todos. Esa Cruz, precisamente, es signo de la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo. Así, de esta manera tangible, visible, Jesús nos manifiesta a Dios como amor incondicional por el hombre y la vida de todo hombre: porque en sí mismo es Amor, comunión de personas divinas en una sola divinidad. No sólo nos revela que Dios tiene amor, y que ama a los hombres, sino que es Amor, que en su intimidad, que nos ha querido dar a conocer, es comunión de amor, comunión de Personas, fuente eterna e inagotable de amor. Por eso en Jesucristo, Hijo de Dios, hemos conocido el amor, que el Espíritu derrama en nuestros corazones.

Por la acción del Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad, «quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con Él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los Apóstoles: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”» (Benedicto XVI). La Iglesia sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: Una única naturaleza divina en tres personas; tres personas distintas y solo Dios verdadero. Dios es comunión perfecta, Dios en sí mismo “es Amor”. Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios revela que Él mismo es eterna comunicación de amor.

Esta es nuestra fe: “el misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los bautizados son bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Compendio 44). Aquí radica nuestra fe; aquí radica nuestra vida, vida de hombres, vida de bautizados, vida de cristianos. Al confesar este misterio hoy reconocemos y confesamos inseparablemente que somos imagen y semejanza de Dios, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios uno y trino que es amor; por eso también, en el amor, es donde la persona humana encuentra su verdad y su felicidad.

Así mismo, al proclamar y adorar el misterio del Dios trinitario, estamos reconociendo que somos de Dios y para Dios, que en el centro de nuestra vida está Dios, que la primacía es de Dios, que todo tiene su origen y su término en el Amor, que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Solo si el esplendor de Dios, que es Amor, se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen de Dios, está protegido con una dignidad que nadie puede violar. Dios, uno y trino, es nuestro creador, Dios nos ha dado la vida, nuestra vida. A Él sólo debemos adorar, a Él debemos amar, en Él está toda nuestra vida. Bajo la primacía de Dios nace la prioridad de custodiar la vida, de respetar la dignidad de todo ser humano, de amar a todo hombre, de mirar las cosas y las personas tratándolas con sumo cuidado y consideración. Si quitamos a las criaturas su referencia a Dios, como fundamento trascendente, corren el riesgo de quedar a merced del arbitrio del hombre que puede hacer mal uso de ellas. ¿Cómo separarnos de Dios? ¿Cómo separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado?

¿Cómo es posible que un hombre diga “no” a lo más grande que hay, Dios, que es Padre en el Hijo por el Espíritu Santo, que es Amor? ¿Cómo es posible que no tengamos tiempo para Dios, que nos encerremos en nosotros mismos o que limitemos toda nuestra existencia a nosotros mismos si es en Dios donde todo se ensancha y engrandece sin límites? Seguramente quien dice no a Dios, o no tiene tiempo para Él, o lo considere su antagonista, o le olvide, es porque nunca ha hecho la experiencia de Dios; nunca ha llegado a “gustar” a Dios, nunca ha experimentado ser “tocado” por Dios. A éstos les falta este “contacto”, y, por tanto, “el gusto de Dios”. A nosotros, creyentes, cristianos por la gracia de Dios, se nos ha dado conocer a Dios, gustarlo y experimentarlo. Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo, o por primera vez, el gusto de Dios, que es donde está la vida, la alegría, el futuro, el amor que permanece y da la felicidad y la dicha.

Es bueno en este día, recordar al Papa Benedicto XVI que se preguntaba: «¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo “probar” a Dios? Y respondía: “cuando el hombre está ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que se puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir y comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. 

Ya no percibe lo divino porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre ya no perciba la mirada de Dios, el ser mirado por Él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí”. Centremos nuestra mirada en Él, escuchémosle, estemos con Él, tengamos trato de amistad con Él... orar, gustar a Dios, dedicar tiempo a Dios. La actividad nos absorbe, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior (Benedicto XVI, a los obispos de Suiza). Es lo que nos recuerdan, como verdadero regalo de la Trinidad Santa a la Iglesia, los monjes y las monjas. 

Los monasterios de vida contemplativa son comunidades de oración en medio de las comunidades cristianas, de nuestras ciudades y nuestros pueblos. En ellos se “gusta” a Dios Uno y Trino, se saborea a Dios, en ellos podemos escuchar “la soledad sonora que recrea y enamora”, que afirma y proclama que Dios es Dios, que sólo Él basta, porque Él es plenitud, Soberano y Señor, “origen, guía y meta de todo lo creado”, que “lo invade todo, lo penetra todo y la trasciende todo”. La vida contemplativa, por eso, está en el corazón y en la entraña misma de la vida de la Iglesia y de los hombres.

Desde el claustro, con la vida escondida con Cristo en Dios, dedicada a la plegaria y al silencio, a la adoración y a la contemplación los monjes y las monjas prestan a la Iglesia y a la sociedad uno de los mejores y mayores servicios que se le pueden prestar al hombre de hoy, de nada tan necesitada como de Dios. Los conventos, cerrados en apariencia, por la consagración y contemplación orante, están en realidad profundamente abiertos a la presencia de Dios viva en nuestro mundo humano; por eso son tan necesarios en el mundo.

Hoy más que nunca necesitamos del testimonio y de la existencia de la vida contemplativa. Ellos y ellas, además de su testimonio, ofrecen a Dios sus vidas y las dedican en la oración a toda la Iglesia y por todos los hombres. 

Los cristianos necesitamos el impulso vigoroso, lleno de fuerza del Espíritu, y del testimonio público de la radicalidad de la vida evangélica que viven los contemplativos y las contemplativas. Necesitamos de ellos y de ellas, que nos muestran cómo se ama a Dios por encima de todas las cosas y cómo, cuando así se ama, se ama inseparablemente con un amor pleno a los hombres. Ellos y ellas nos estimulan, en este mundo tan necesitado de Dios, a la pasión por Dios, que es siempre pasión por el hombre porque la pasión por Él lleva de la mano a buscar su justicia y su amor por encima de todo y a comunicarlo a todos. Es necesario que reavivemos esta pasión por Dios, para que se vigorice la irradiación de la verdad, de la bondad, de la misericordia, del amor, en definitiva, de Dios, cuya gloria es que el hombre viva y viva en plenitud de dicha y de libertad verdaderas.

¡Cómo agradecemos a nuestros hermanos contemplativos y a nuestras hermanas contemplativas su oración, que sostiene a la Iglesia entera! Que Dios les pague cuanto, desde el corazón de la Iglesia, hacen por todos. Que Dios les premie tanta generosidad con abundancia copiosa de vocaciones. 



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

Google Translate Widget

Google Translate Widget by Infofru

Author Site Reviewresults