canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 29 de Marzo de 2015.

 

Estamos en los umbrales de la Semana por excelencia "Santa". Entraremos a ella con veneración y asombro, con fe y esperanza, con profundo agradecimiento ante tanto amor que Dios nos muestra y entrega en su Hijo, con sentimientos de piedad y corazón contrito y humillado; llenos de gozo porque sabemos que ha llegado "la hora de la verdad", la hora en que es glorificado el Hijo del Hombre, la hora de Dios y de la esperanza que no defrauda para la humanidad entera. Porque en ella contemplamos y vivimos, de manera particularmente intensa, el Misterio de Jesucristo que se muestra, en toda su densidad, en los acontecimientos de su pasión, muerte y resurrección, que estos días actualizan las celebraciones litúrgicas y se expresan plásticamente en las manifestaciones de la devoción popular.

A pesar de la fuerte secularización que nos envuelve –de la que se ve afectada la celebración de la Semana Santa, a veces vaciada de su contenido o reducida a una expresión cultural–, los cristianos de Valencia queremos celebrarla en toda su verdad. En los templos y en las calles, en los corazones de cada fiel cristiano de Valencia, templos vivos de Dios, queremos, en efecto, que sean días de fe reavivada por la escucha de la Palabra de Dios, la lectura de la Pasión de Jesucristo, la contemplación de su rostro y de su cuerpo escarnecido colgado del madero o glorioso triunfador de la muerte.

Queremos vivir con piedad religiosa, en estos días santos, los misterios fundamentales de nuestra fe que constituyen, junto con la Encarnación y venida en carne del Hijo del Dios vivo, Jesucristo, el centro y la cima de toda la historia humana, la clave y el sentido de todo. Queremos que, en esta Semana, sean vividos por nosotros con fervor hondo y sincero los misterios acaecidos en Jerusalén en tiempo de Poncio Pilato, que han cambiado la faz de la tierra y la han hecho brillar con la luz inextinguible de la redención que se extiende a todos los hombres y pueblos, a toda realidad de nuestro mundo.

Pedimos a Dios nos dé su gracia, nos ayude con su auxilio, para que la participación en la liturgia, en las visitas al "Monumento" donde se encuentra el Señor Sacramentado o en las vigilias de oración, en los "Via Crucis" que hagamos, en las procesiones o en otras manifestaciones de la piedad popular, en los momentos intensos de oración sencilla y auténtica, en las obras de penitencia y de caridad de estas jornadas, nos llenemos de cuanto estos días celebramos de la fuerza vivificadora de la salvación que procede de la Cruz y de la Resurrección del único Nombre, Cristo, que se nos ha dado a los hombres para la salvación de todos.

Que Dios nos conceda a todos el vivir estos días en un ambiente de oración intensa y verdadera, en adoración humilde y en acción de gracias, en plegaria confiada por las necesidades de todos para que a todos alcance la alegría de esta salvación, en contemplación de tanto amor por nosotros para que, de ahí, saquemos amor para amar con ese mismo amor que en derroche de gracia y sabiduría vemos y palpamos en los misterios de la Pascua.

Que venga a nosotros el auxilio de la gracia divina, que sea una Semana Santa celebrada en verdad. Una Semana, arranque y aliento para el resto de las semanas, vivida en conformidad plena con la verdad auténtica que en ella se contiene: la del amor de Dios que nos ama hasta el extremo para que su amor esté en nosotros y nos amemos como Él nos ha amado en su Hijo Jesucristo, aclamado por los pequeños, los niños y sencillos con palmas y ramos de olivo en su entrada en Jerusalén, hecho pan y vino –cuerpo y sangre–, partido y derramado por nosotros, traicionado, acusado injustamente, apresado y llevado a los tribunales inicuos, condenado y ajusticiado como un malhechor, con los hombros cargados y abrumados por nuestros delitos, colgado del madero de la cruz fuera de la ciudad, sepultado en un sepulcro que ni siquiera es suyo, resucitado, triunfador de la muerte, piedra angular sobre la que únicamente se puede edificar una humanidad nueva.

Sentimos la llamada para celebrar con verdad, a vivir de manera especialmente fuerte la caridad que brota del costado abierto de Cristo y de su Cuerpo entregado, con obras de caridad significativas, con limosnas, con visitas a los enfermos y a los pobres y desamparados. No podemos olvidar que el Jueves Santo, día de la Institución de la Eucaristía o memorial del que se entrega por nosotros habiendo amado hasta el extremo a los suyos, es el "Día del amor fraterno", inseparable de los demás días de esta Semana, porque forma una unidad con ellos. Como la Cena del Jueves Santo, en que Jesús lavó los pies a los discípulos y nos deja el testamento como alianza nueva y eterna de ese amor entregado por todos los hombres, toda la Semana y todo el año no debería ser otra cosa que expresión y realidad viva de su mismo amor: hacer lo mismo que Él ha hecho y nos ha dejado.

Nuestros corazones y miradas, nuestros pensamientos y deseos como discípulos de Jesús, como cristianos, estos días se recogerán en un interior contemplativo, mirando a la cruz, oteando la alborada de la mañana de Pascua en la que quedan rotas todas las cadenas y amenazas de mal y de muerte que pesan sobre la humanidad entera, sobre todo en estos momentos de oscuridad que nos envuelve particularmente por los horrores de las guerras y tanta violencia desatada. Ante la Cruz, ante Cristo que cuelga del madero para el perdón de nuestros pecados y liberarnos de la muerte, traer la paz y la reconciliación, inundarnos con la infinita y divina misericordia, y darnos y llenarnos de vida plena, desfilan estos días como un calvario, siempre el mismo, tanto sufrimiento y tanto horror, tanta herida y tanta sangre, tanta muerte y tanta amenaza de aniquilación, tanta injusticia y tanta violencia como aqueja nuestro mundo, como se ceba en todos los crucificados con Cristo a lo largo de los tiempos de nuestro propio tiempo. ¿Qué se puede hacer?

«Los Evangelios cuentan que a un hombre llamado Simón, “le obligaron a llevar su cruz” y que había algunas mujeres que los seguían, llorando, a lo largo de todo el camino hasta el lugar de la crucifixión. La tradición narra que una mujer de nombre Verónica enjugó el rostro de Jesús con un lienzo. El Evangelio de San Juan nos dice que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena, así como el discípulo a quien Él quería”. Los fieles no abandonaron al Hijo de Dios escondido en el Hijo del Hombre que sufría. También para nosotros, Jesús en la Cruz se convierte en la prueba de nuestra fe y en el juicio de Dios sobre nuestra conducta» (San Juan Pablo II).

Celebrar, en consecuencia, la Semana Santa en verdad reclama unirnos a Cristo crucificado, unirnos en Él y con Él a los crucificados y sufrientes de nuestro tiempo, a las víctimas de la violencia, a los que padecen el desamor, para mostrarles el amor redentor, para que puedan "ver" a Jesús, que ha dado su vida por ellos y quieren conocerlo, verlo y palparlo, como nosotros lo hemos visto y palpado en su cercanía de infinita compasión, misericordia y amor por todos.

A todos deseo que esta Semana sea muy santa, es decir, llena de fe y de amor, abierta a la esperanza. Que sea una Semana dichosa porque en nosotros se enraíza el Amor que cuelga de la Cruz, ese amor extremo y pleno que se nos ha dado y con el que podemos amar, amarnos unos a otros, como Él nos ha amado. Que sean días abiertos de par en par a la paz, la verdadera paz, la que solo Él puede dar, la que brota de su sangre derramada para la reconciliación y el perdón, la que surge llena de vida nueva con la victoria de la resurrección; esa paz con la que el Señor, triunfador del odio y de la muerte, nos saluda a todos y nos la entrega para que demos testimonio de ella y la hagamos presente entre los hombres, como Él está presente, en medio nuestro, hasta el fin de los siglos. ¡Esta semana es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de la victoria de la resurrección de Jesucristo, garantía segura de nuestra resurrección, que llena de sentido la vida!


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 22 de Marzo de 2015.

 

Celebramos la fiesta de San José en toda la Iglesia, y con un especial relieve la celebramos en Valencia. Esta fiesta no debería apartarnos del camino cuaresmal, al contrario. Porque esta figura excepcional nos lleva de la mano a lo que constituye este camino de Cuaresma. San José, sin duda, es una figura cercana y querida para el corazón del pueblo de Dios, la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia, una figura que invita a cantar incesantemente la misericordia del Señor, porque el Señor ha hecho con él obras grandes, y ha manifestado su infinita misericordia en favor de los hombres. No podemos olvidar que la figura de san José, aun permaneciendo más bien oculta y en el silencio, reviste una importancia fundamental en la historia de la salvación. A él le confió Dios la custodia de sus tesoros más preciosos: su Hijo único, venido en carne, y su Madre Santa, siempre Virgen. A él obedeció Jesucristo, el autor de nuestra salvación; en él tenemos el gran intercesor ante el Hijo de Dios, Redentor nuestro, que nació de la Virgen María, su esposa; de él aprendió a crecer en estatura, en sabiduría y gracia, a trabajar con manos de hombre; en él tenemos el ejemplo del hombre fiel y creyente, y del siervo prudente.

Son poquísimas las alusiones a san José en los Evangelios, sólo en Mateo y en Lucas; sin embargo, con una gran sobriedad, nos ofrecen los trazos que delinean esta figura singular, en la que Dios ha encontrado la docilidad total para llevar a cabo sus promesas. José, desposado con María, era del linaje de David. Así unió a Jesús a la descendencia davídica, de modo que, cumpliendo las promesas sobre el Mesías, el Hijo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, puede llamarse verdaderamente «Hijo de David». David no verá a su sucesor prometido, «cuyo trono durará para siempre», porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía de Natán, es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios, escucha su palabra que le llega a través del Ángel mensajero, la acoge, la obedece, se fía, cuando éste le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Y José «hizo lo que le dijo y le había mandado el Ángel».

Mateo dice de José, «como era un hombre justo obedeció al mandato». Ser justo es decirlo todo de José; no solo que era un hombre bueno y comprensivo; es decir, sencillamente, la reciedumbre y solidez de toda su persona que se caracteriza en su identidad más propia, hasta definirlo por vivir de la fe, como «el justo vive de la fe»; por confiar plenamente en el Señor, y, así, ser bendecido enteramente por Dios, como el árbol que crece junto a las aguas del río. El justo es el que camina en la ley del Señor y escucha sus mandatos, el que vive en la total comunión con el querer divino y realiza su verdad, el que permanece firme en la fidelidad inquebrantable de Dios, y toma parte en su misma consistencia, que es la de Dios mismo: el justo es el hombre de las bienaventuranzas bien arraigado en Dios. 

Para José, como el justo que es probado y acreditado, llega el momento de la prueba, una dura prueba para su fe y fidelidad. Prometido de María pero que, antes de vivir con ella, descubre su misteriosa maternidad y queda turbado. El evangelista Mateo subraya, precisamente, que «como era justo, no quería repudiarla y, por tanto, resolvió despedirla en secreto». En la noche, en sueños, el ángel le hizo comprender que era obra del Espíritu Santo; y José, fiándose de Dios, renunciando a sí mismo y a su criterio, a su manera de ver las cosas y a su proyecto propio, accede y coopera con el plan de la salvación: deja a Dios ser Dios, sin imponerle ningún molde o criterio humano previo, preestablecido por el hombre. Cierto que la intervención divina en su vida no podía menos que turbar su corazón, sumida en la oscuridad de la noche y de la falta de luz en esos momentos. Y es que confiarse en Dios no significa ver todo claro según nuestros criterios, no significa realizar lo que hemos proyectado; confiarse en Dios quiere decir expropiarse, es decir, vaciarse de sí mismos, renunciar a sí mismos, porque sólo quien acepta perderse por Dios puede ser "justo", con la justicia o verdad de Dios, como san José; es decir, puede conformar su propia voluntad y querer con Dios, con su designio, y así vivir y caminar en la verdad y la luz.

En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de fidelidad y de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente. En él vemos la fe de nuestro padre Abrahán, padre de los creyentes. En José encontramos a un auténtico heredero de la misma fe de Abraham; fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífico. En verdad, como dice la carta a los Hebreos acerca de Abrahán, también José «creyó contra toda esperanza». Se fió enteramente de Dios. Vemos en esa fe, la misma fe de su esposa, María, que dice: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». En esa fe, y por ella precisamente, vemos cómo está unido a su esposa para cumplir la voluntad de Dios, para hacer lo que Dios quiere, para escuchar y obedecer la Palabra de Dios, lo que Dios manda, y así cumplir el designio de Dios: «Dichoso él porque ha escuchado la palabra de Dios», la ha acogido, y la ha obedecido, sin ninguna certeza humana, solamente fiado de lo que el mensajero le ha trasmitido. Como el mismo Jesús, hecho hombre en el seno de María por obra del Espíritu Santo y confiado a la custodia de José: «Me has dado Señor un cuerpo, aquí estoy, ¡oh! Dios, para cumplir tu voluntad».

Esta grandeza de José, que es la grandeza de la fe, como la de María, resalta aún más, porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo –el de la humildad y el del ocultamiento– en su existencia terrena. Es José, como lo dibujaba San Juan Pablo II, el hombre del silencio, del «silencio de Nazaret». Es el estilo que lo caracteriza en toda su existencia: como en la noche del nacimiento de Jesús, o escuchando al anciano Simeón, o cuando Jesús es hallado en el templo y recuerda a sus padres que tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, porque sólo Dios es nuestro Padre y «toda paternidad viene de Dios». Podemos considerar a san José, bendito y dichoso, porque él fue el primero al que se le confió directamente el misterio de la encarnación, el cumplimiento de las promesas de Dios, del Dios con nosotros, Emmanuel. Y, como María, guardó este secreto escondido a los siglos y revelado en la plenitud de los tiempos. Guardó en su corazón y lo custodió: porque el "secreto" era el Hijo de María, a quien El habría de poner el nombre de Jesús, el "Salvador" de todos los hombres, Mesías y Señor. El Padre celestial ha puesto al frente de su Familia a José, servidor fiel y prudente, y le ha confiado, haciendo las veces de padre, el cuidado diario en la tierra de su único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo nuestro Señor; un cuidado realizado en la obediencia, la humildad y en el silencio. A él le cupo el honor y la gloria de criar a Jesús, esto es, de alimentar y enseñar a Jesús, de conducirle por los caminos de la vida para aprender a ser hombre, para aprender a trabajar como hombre, amar como hombre con corazón de hombre, a insertarse en una historia y una tradición concreta, aquella del Pueblo de Dios elegido y amado, educarle como hombre, e, incluso, educarle en la plegaria de aquel pueblo a rezar como hombre. ¡Qué maravilla que el Hijo de Dios se sometiese así a José y aprendiese a obedecer y a caminar en la vida del hombre junto a José!

¡Qué bien refleja todo esto aquel maravilloso cuadro de El Greco en la sacristía de la catedral de Toledo, a decir de los especialistas una de las pinturas más bellas y mejores del pintor toledano de adopción!: Jesús, niño es conducido lleno de gozo por José, que le mira atentamente con una mirada de ternura y de fe incomparables, caminando con él, de la mano de él, con esos ojos puestos en Jesús y, en el horizonte, o mejor en el cielo, recorriendo los caminos de la vida con José. ¡Qué ejemplo tan grande tenemos todos para ser servidores de los otros, para servir a Cristo, para servir silenciosamente a Cristo, que se identifica con los pobres, los enfermos, los que sufren, los desvalidos, los que están solos, . .los ancianos! Dios nos concede un guía y un protector, aliento y luz, con el estímulo sencillo y grande de san José.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 15 de Marzo de 2015.

 

Proseguimos el camino cuaresmal en el que seguimos escuchando un poderoso llamamiento a la conversión, a dirigir nuestra mirada a Jesucristo, a abrir nuestros oídos a la Palabra de Dios. Nuestra mirada está fija de hito en hito contemplando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Contemplamos el misterio central de la fe, la obra de la salvación realizada por el Señor en su Pascua. Ahí nos encontramos con el misterio del amor desbordante de Dios. Dios nos lo ha dado todo, nos ha dado a su Hijo: ahí está la prueba de su amor.

Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿Quién ha podido o puede merecer un privilegio semejante? Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita bondad exaltando la libre elección divina y su deseo no de condenar, sino de admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo. Todo es don de Dios; la vida humana es un don; toda nuestra existencia y nuestra historia está llena del don de Dios, de su amor del que nos hace participar por pura gratuidad suya, y, por eso, nuestra vida no debería dejar de estar puesta gratuitamente al servicio de los demás.

La llamada a la conversión es llamada a abrirnos y aceptar el don de Dios; aceptar a Dios mismo y dejar que su don, su amor, su misericordia configure por completo nuestras vidas. Por eso, como dice el profeta Isaías, lo que Dios quiere de nosotros, la conversión que nos reclama de cada uno es ésta: "liberar a los oprimidos; partir nuestro pan con el hambriento; hospedar a los pobres sin techo; vestir al que vemos desnudo y no cerrarnos a nuestra propia carne". Dios nos insta a convertirnos, a dejar que su amor esté en nosotros ante tantos sufrimientos, carencias y dificultades que aquejan a tantísimos y tantísimos hermanos nuestros.

"Como creyentes hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la gratuidad. Habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra parte, darla a los hermanos de manera gratuita. Y el primer don que hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. Como creyentes, hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la «gratuidad», entregándonos a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al prójimo. Amar a los hermanos, dedicarse a ellos, es una constatación de que todo lo hemos recibido gratis de Dios" (Benedicto XVI). No podemos quedarnos sordos y pasivos ante las constantes e inmensas llamadas que recibimos a dar gratis lo que gratis hemos recibido. La pobreza y las necesidades de un número cada vez más creciente de hermanos destruye la dignidad de hombres y desfigura la humanidad entera. El Evangelio de la conversión nos apremia a esto. Cuanto mayor es la necesidad de los demás, más urgente es para el creyente la tarea de servirles, de ayudarles, de darnos a ellos sin esperar nada a cambio.

El mundo valora las relaciones con los demás en función del interés y del provecho propio, dando lugar a una visión egocéntrica de la existencia en la que, demasiado a menudo, no queda lugar para los pobres y los débiles. Por el contrario, toda persona, incluso la menos dotada, ha de ser acogida y amada por sí misma, más allá de las cualidades y defectos. Más aún, cuanto mayor es la dificultad en la que se encuentra, más ha de ser objeto de nuestro amor. Éste es el amor del que la Iglesia da testimonio a través de innumerables instituciones, haciéndose cargo de enfermos, marginados, pobres y oprimidos. De este modo, los cristianos se convierten en apóstoles de esperanza y constructores de la civilización del amor" (Benedicto XVI).

Es la hora de convertirnos a Dios para vivir con sentimientos y actitudes de comprensión, en una lógica de magnanimidad y de fraternidad, de donación gratuita de cuanto somos y tenemos. Es hora de convertirnos a Dios, caridad infinita, viviendo su caridad en nosotros. Es hora de vivir la caridad evangélica, signo privilegiado de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario, "que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación. Es una situación que hoy afecta a grandes áreas de la sociedad y cubre con su sombra de muerte a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia. Quien se dedica solo a acumular tesoros en la tierra, no se enriquece en orden a Dios. No se ha de retardar el tiempo en el que el pobre Lázaro pueda sentarse junto al rico para compartir el mismo banquete, sin verse obligado a alimentarse de lo que cae de la mesa. La extrema pobreza es fuente de violencia, de rencores y escándalos. Poner remedio a esto es una obra de paz por un nuevo comportamiento que tiene en la base el de Dios mismo, dar gratis lo que hemos recibido y es don. Es necesario recordar siempre, y de manera especial en el tiempo cuaresmal de conversión, que no se debe dar un valor absoluto ni a los bienes de la tierra, porque no son Dios, ni al dominio o a la pretensión de dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece, porque todo es de Dios, todo es don gratuito de su inmensa bondad y amor.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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