canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 8 de Febrero de 2015.

 

Atención a los sacerdotes

1.- Me refiero, en primer lugar, ¡cómo no!, a los sacerdotes, mis queridísimos e imprescindibles colaboradores, mi gran ayuda, hermanos y amigos. He apreciado con gozo la buena salud de nuestro presbiterio. Soy consciente de vuestras situaciones, me las habéis manifestado en público o en privado, bastantes de vosotros, sacerdotes. No me son ajenos ni vuestro estado de ánimo, ni vuestros logros, ni vuestros deseos y proyectos. He comprobado que nos afectan parecidas problemáticas y preocupaciones a las que se ven en otros lugares del mundo, de nuestro entorno socio-cultural, o de España. Sé de vuestros desvelos pastorales, de cómo habéis tomado parte y os esforzáis en los trabajos del Evangelio, sin duda duros y exigentes; sé muy bien que habéis estado, que estáis, bregando día y noche, y que, en consecuencia, pudiera, incluso, hacer mella el cansancio y hasta un cierto desánimo por la escasez de frutos palpables en los trabajos apostólicos (no olvidar que "éxito" no es nombre de Jesús, nuestro único y buen Pastor). 

Por ello, justamente, habrá que intensificar y fortalecer la dedicación a los sacerdotes, la vida y ministerio sacerdotal, la espiritualidad de los presbíteros, para "volver a echar las redes en el nombre del Señor" una y otra vez, a tiempo y a destiempo. El Papa Juan Pablo II nos regaló un amplio y rico magisterio para nosotros sacerdotes, concretado particularmente en su Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, en las Cartas que nos dirigió a los sacerdotes y Obispos con ocasión del Jueves Santo, en su autobiografía sacerdotal "Don y misterio", y en otros escritos e intervenciones. En la Exhortación Apostólica tenemos una fuente imprescindible para renovar y fortalecer nuestra vida y espiritualidad sacerdotal. Entre otras cosas, la Exhortación del Papa nos invita a la formación permanente entendida en toda su extensión. Propiciar la interiorización de esta Exhortación Apostólica y cuidar la formación permanente de todo el presbiterio, mayores y jóvenes, todos juntos y no por separado, es algo a lo que debemos dedicar todo lo que sea necesario. 
También la Iglesia, mediante la Congregación para el Clero, nos ha regalado el "Directorio sobre el ministerio y vida de los presbíteros", que habrá de conocerse mejor e interiorizarlo para aplicarlo y vivirlo, y así acontezca en nuestra diócesis un renacer y una revitalización sacerdotal con renovado vigor y entusiasmo. 

No podemos omitir aquí la referencia al riquísimo magisterio del Papa Benedicto XVI sobre el sacerdocio, particularmente con ocasión del Año Sacerdotal y también en uno de los volúmenes de sus Obras Completas, publicadas también en español. 

Finalmente, con sus notas características enmarcadas dentro de su talla tan rica y atrayente de pastor y de la difusión del Evangelio de la alegría y de la misericordia, el Papa Francisco nos está ofreciendo pautas y orientaciones muy precisas para nuestra renovación sacerdotal y de la Iglesia, llamada a anunciar y hacer presente en todo el "Evangelio de la alegría". 

Además de conocer e interiorizar este rico y oportunísimo magisterio de los Papas sobre la identidad, vida y misión de los sacerdotes, habremos de ver en nuestra diócesis cómo asumir esas orientaciones para impulsar sin más demora, este año mismo, la renovación de todos nosotros, sacerdotes, en cuyo núcleo siempre habrá de estar la Eucaristía, el Sacramento de la Penitencia, la oración, la Lectio Divina, la caridad pastoral... 

Desde el momento que se hizo público mi nombramiento como Arzobispo de Valencia he tenido, tengo y tendré una atención preferencial por los sacerdotes; lo dije y lo reitero; la atención a los sacerdotes en sus diversas situaciones y circunstancias para mí debe ser, es prioritaria: ¡ayudadme todos en este propósito y rezad por mí! Necesitaré ayuda en este terreno; por eso voy a crear en seguida la Delegación Episcopal para el Clero, cuyos fines, contenidos, estructura, personas, etc. se determinarán provisionalmente y se darán a conocer en breve. Dentro de esta atención a los sacerdotes, merece una atención particularizada la etapa sacerdotal de los cinco primeros años de sacerdocio tras la ordenación, que son tan determinantes y decisivos. Por eso, se va a crear para los sacerdotes en su primer año de ministerio un Convictorio Sacerdotal, ubicado en la calle Comedias, dirigido por un sacerdote que para los neosacerdotes sea un padre, un hermano, un amigo que los guíe, acompañe y ayude; este convictorio, en principio, tendrá un año de duración, ayudará a la fraternidad sacerdotal, favorecerá la vida espiritual, y actuará muy en relación con el Seminario que acaban de finalizar como período de formación para el sacerdocio; ya concluida la etapa del Seminario necesitan una etapa de configuración con Cristo, formación ya en el sacerdocio. El sacerdote encargado, con las ayudas pertinentes dentro de la Delegación Episcopal para el Clero, se ocupará también del primer quinquenio sacerdotal. 

Habrá que fortalecer y cuidar las tres residencias sacerdotales de la diócesis, la atención a los sacerdotes enfermos –servicio que ya se está llevando encomiablemente por un sacerdote–. La atención a los sacerdotes jubilados, mayores, que viven bastante solos hemos de cuidarla con especial esmero: que nunca se sientan solos o que ya no cuentan; todos los miembros del presbiterio, en particular los que tenemos alguna especial responsabilidad con los sacerdotes, debemos visitarlos donde se encuentren, hacerles compañía, estar con ellos, con los sacerdotes mayores que han "gastado y desgastado" su vida como pastores. Continuará el servicio diocesano a los sacerdotes que puedan tener problemas particulares para continuar con las obligaciones del ministerio sacerdotal. Habrá, así mismo, que estudiar y comprobar las necesidades económicas de los sacerdotes, los lugares donde viven, etc. Y también ver los lugares y funciones diocesanas en los están desempeñando su ministerio. En este sentido el equipo de gobierno nos reuniremos, si Dios quiere, para ver o estudiar sacerdote por sacerdote, parroquia por parroquia, institución por institución, si es lo mejor continuar así o tal vez cambiar para ubicarse en el lugar y ocupación más adecuados: no mover como fichas de un tablero, sino como personas, sacerdotes llamados a ser don de Dios para las comunidades en las que están y desempeñan su ministerio. Todo, pues, para los sacerdotes y pensando en ellos: lo primero es la persona. En este orden de cosas, creo que habrá que fijarse, en particular, en los pueblos o núcleos rurales, buscar una redistribución justa y las necesidades, tanto de las comunidades como de los sacerdotes mismos. 

He observado que tenemos una gran necesidad de sacerdotes: en estos momentos, si no fuese por los casi sesenta sacerdotes venidos de fuera a cursar estudios en nuestros centros de formación, la diócesis no podría atender ya y bien, adecuadamente, una buena parte de ella que es servida hoy por estos hermanos (también ellos requieren una atención específica). 

El número de vocaciones en nuestra diócesis, aun habiendo crecido los últimos años, es todavía insuficiente; esto me ha producido una gran preocupación. Os lo confieso; estoy preocupado. Hay que potenciar la pastoral vocacional por todos los medios. La escasez todavía de vocaciones al sacerdocio ministerial, puede ser la señal de un "mal" hondo o de unas "insuficiencias" que necesitan ser atajados; estamos a tiempo. (No podemos olvidar que la Eucaristía hace la Iglesia y que no hay Eucaristía sin sacerdotes, porque así lo ha querido el Señor. Son necesarios los sacerdotes: necesarios para que la Iglesia sea, necesarios también para el futuro de los hombres). 

Esto todavía nos hace ver, como más urgente y apremiante, el promover vocaciones al sacerdocio. En esto estamos comprometidos todos. Siempre y de manera muy particular este año, como ya he dicho, me voy a dedicar, con toda el alma y con todas mis fuerzas, a los sacerdotes: son el corazón vital de la diócesis. Os pido vuestra ayuda total. Habrá que pensar en cómo fortalecer nuestros seminarios, la formación de los aspirantes al sacerdocio en todos estos seminarios, que hemos sentir como muy propios, a cuyos responsables agradezco de todo corazón, y en acción de gracias a Dios, su labor nada fácil, pero apasionante y fundamental. En toda la diócesis, en todas las misas, en la oración de los fieles se incluirán siempre peticiones por las vocaciones sacerdotales –también por las vocaciones a la vida consagrada y a la acción misionera de la diócesis– y por los seminarios y lugares de formación de estas vocaciones. Recomiendo encarecidamente que en los jueves sacerdotales, en la Adoración Eucarística –permanente, nocturna, perpetua– se pida por esta intención. 

Renovación de la pastoral de iniciación cristiana: Atención a la catequesis 

2.- Veo con esperanza la catequesis. He observado cómo en todas las parroquias se lleva a cabo la catequesis, sobre todo con niños y con ocasión de la preparación al sacramento de la Confirmación. Pero creo, sinceramente, que podemos mejorarla y que, además podemos y debemos extenderla a otras edades y situaciones. Habrá que, en concreto, intensificar y extender más la catequesis con jóvenes y adultos. Debo añadir, que aun reconociendo y valorando la acción catequética en la diócesis, hemos de perfeccionarla y mejorarla todavía más, y asumir enteramente los criterios que deben inspirar la catequesis dentro del proceso o itinerario de iniciación cristiana, secundando lo que reclama el Directorio General para la Catequesis, cuya clave de lectura e interpretación es el Catecismo de la Iglesia Católica concebido como elemento básico de la iniciación cristiana. 

He observado, muy en relación con la necesidad grande de mejorar la catequesis, que tenemos también una gran necesidad de formación de catequistas, de consolidación y fortalecimiento de su vida cristiana y espiritual; en éste y en los próximos cursos, siempre, habrá que hacer un gran esfuerzo en este terreno y elaborar un plan de formación integral de catequistas sencillo y operativo; pido la colaboración de todos. 

Necesitamos también instrumentos catequéticos. Hay que utilizar los Catecismos de la Comunidad Cristiana de la Conferencia Episcopal Española; estos son los catecismos aprobados para nuestra diócesis y estos deben ser los que nuestras catequesis tengan en cuenta, no otros. 
Necesitamos, por lo que he podido ver en la diócesis, impulsar la catequesis familiar y también el catecumenado; por eso, desde aquí, recomiendo vivamente a todas las parroquias, sobre todo de la capital y de los núcleos más grandes de población, la puesta en marcha del catecumenado donde los cristianos sean conducidos al redescubrimiento integral de la vida cristiana y a la conversión personal, de manera que se integren de verdad a la comunidad espiritual y sacramental que es la Iglesia. En todo caso, la catequesis deberá tener una inspiración catecumenal y desplegarse en esa misma perspectiva.

Necesitamos en nuestra diócesis una catequesis para una Iglesia en estado de misión y, como he indicado antes, dentro de un proyecto de iniciación cristiana integral que ayude a los cristianos a asumir su bautismo y a favorecer la identidad cristiana, que dé a conocer el misterio salvador de Dios en el servicio de la fe, que ayude a vivir y confesar la fe eclesial en Iglesia y como Iglesia, una fe confesante y confesada; una catequesis que lleve a emprender el camino de la misión al mundo, el que nos lleva a los hombres, y capacite para una presencia real, efectiva y confesante de los cristianos en la vida pública. Necesitamos hacer cristianos. Y se hacen cristianos –bajo la acción de Dios y de su gracia– en los procesos o itinerarios de iniciación cristiana que, este año, hemos de orientar: para eso habrá que hacer un estudio doctrinal y teológico de la iniciación cristina y ofrecer normas concretas y prácticas, posibles, para llevar a cabo en toda la diócesis una renovación pastoral de la iniciación cristiana, tendente a hacer cristianos. Habremos de cuidar de manera particular a los niños: que desde su más tierna infancia sean iniciados integralmente en la fe cristiana en el seno de la familia, que aprendan casi a hablar al mismo tiempo que aprenden a rezar (a decir "papá y mamá" al tiempo que aprenden a decir “Padre Nuestro” y “Santa María", y por ello ayudar a las familias en este cometido). 

Atención a la pastoral y evangelización de los jóvenes

3.- Como en el resto de las diócesis españolas, también en la nuestra, he podido comprobar el grave problema de la evangelización de los jóvenes. Creo que en todos los encuentros sacerdotales en vicarías-arciprestazgos, de una manera u otra, me han sacado o ha salido el tema de la juventud. La juventud está alejada y vive inmersa en una cultura y en una mentalidad que les va vaciando por dentro. No sabemos cómo actuar; pero sí somos conscientes de que es necesario actuar y propiciar una pastoral adecuada a ellos. No cabe ninguna postura derrotista. Habremos de intensificar en las parroquias la formación de jóvenes, y llevar a cabo un esfuerzo de coordinación y planificación pastoral que responda a un planteamiento claramente evangelizador. En este sentido, pido a todos los que trabajan en el ámbito de la enseñanza, principalmente a nuestros colegios, que se apresuren a trabajar y coordinarse, en la diócesis, en una pastoral de juventud clara y decididamente según los criterios de la Iglesia (San Juan Pablo II y otros santos educadores de los jóvenes son un modelo a seguir). 

Tenemos el movimiento diocesano Junior pero, además de renovarlo y fortalecerlo en lo que necesite ser renovado y fortalecido, habrá que propiciar también otros grupos, asociaciones, iniciativas y movimientos de pastoral de juventud. El Espíritu Santo está suscitando nuevos movimientos en la Iglesia; no nos cerremos a esa acción del Espíritu. Con ilusión y con esperanza, con gran comprensión y amor a los jóvenes, sin escamotear las exigencias del Evangelio, nuestra diócesis se ha de aprestar a trabajar, con garbo e ilusión, en este campo pastoral donde está el futuro de la Iglesia y de la sociedad. La Iglesia necesita contar con la generosidad, el deseo de justicia y la capacidad de entrega de una juventud cristiana valiente y decidida. En todo caso toda la pastoral de juventud habrá que revisarla para que se sitúe en ese dinamismo indicado de la diócesis para hacer cristianos, de iniciación cristiana. 

La opción preferencial por los pobres que ha de marcar la acción pastoral de la Iglesia, universal y diocesana –así corresponde a la verdad del Evangelio, a las exigencias de una nueva evangelización, a los signos de los tiempos, a lo que Dios nos está diciendo tan claramente a través del Papa Francisco– se corresponde con la opción preferencial también por los jóvenes, verdaderos pobres hoy; muchos de ellos podemos estimarlos un tanto semejantes a quien se encontró el Buen Samaritano –"robados, heridos, tirados en la cuneta, necesitados de urgencias”– a los que no se les puede abandonar o pasar por alto o lejos de ellos; hemos de comprenderlos, quererlos, como son; que nunca se vean condenados o minusvalorados; que se tenga confianza en ellos, que se les exijan todas las muchas capacidades que tienen y se les presente las exigencias radicales del Evangelio de las que ellos son capaces, que se les ofrezca claramente el seguimiento de Jesucristo, que se les ofrezca enteramente, sin ambigüedades ni recortes, la persona de Jesucristo, que es lo que más necesitan y les importa. 

Atención a las familias y la pastoral familiar

4.- Otro aspecto en el que quiero fijarme es en el de las familias. Doy gracias a Dios por la fuerza que todavía mantiene la familia cristiana en nuestra diócesis. Reconozco todo el peso y la rica trayectoria de los Movimientos Familiares entre nosotros. También me hago eco, con preocupación, del problema de tantos matrimonios jóvenes, entre los veinticinco y cuarenta y cinco años, en los que ha hecho presa la secularización de nuestra sociedad y la influencia de formas de vida que minan las familias por dentro. Creo sinceramente que tenemos que promocionar a todos los niveles la atención a la familia, aprovechando las ricas experiencias con que ya contamos y coordinando la acción de tantos matrimonios cristianos dispuestos a colaborar. Sentimos, además, una poderosa llamada a atender a matrimonios rotos, o en dificultades, o en otras situaciones dolorosas. Nuestra diócesis ha de esforzarse por presentar la verdad, la belleza, la grandeza de la familia, asentada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, fundamentado en el amor verdadero, fiel e indisoluble, abierto a la vida, teniendo muy en el centro la realidad sacramental de lo que entraña el "casarse en el Señor". Este año, y de alguna manera como preparación al próximo Sínodo, nuestra diócesis, a través de la Delegación Diocesana para la Familia, del Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia, y de cuantas personas e instituciones sean necesarias, hemos de potenciar de manera muy destacada cuanto nos está exigiendo una verdadera pastoral de la familia, "Iglesia doméstica, transmisora de la fe", secundando muy en primer término la inolvidable Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de San Juan Pablo II y en fidelidad y continuidad de la gran tradición de la Iglesia. En este campo se juega el futuro del hombre, de la humanidad y de la Iglesia: la familia, no lo olvidemos, es el camino de la Iglesia y de la humanidad. Para eso, habrá de potenciar con medios sencillos y constantes la espiritualidad familiar sobre la piedra angular de Jesucristo. Pido, tanto a la Delegación Diocesana para la pastoral de la Familia y de la Vida, como al Instituto Juan Pablo II, a la Facultad de Teología, a la Facultad de Derecho Canónico, a la Universidad Católica "San Vicente Mártir" y a la Universidad CEU-Cardenal Herrera, que nos ayuden cuanto puedan en este terreno, ya que es mucho lo que pueden y deben colaborar con sus aportaciones específicas.

Como ya señalé antes, las familias tienen un papel insustituible en la transmisión de la fe en el seno familiar, y una responsabilidad básica e inalienable en la iniciación cristiana de sus hijos, y en su educación. Habrá que ayudarles en este cometido suyo mediante instrumentos y acciones específicas y sencillas, ofrecerles materiales para la catequesis familiar, o para la oración en familia.

Fortalecer la vida de caridad en la Iglesia diocesana. La diócesis, como toda la Iglesia, tiene la opción preferencial por los pobres 

5.- La situación social y económica por la que atraviesa Valencia es grave y dolorosa; ahí tenemos los datos del Informe Foessa que constituye una llamada apremiante a la conciencia de los católicos a nuestra solidaridad, a nuestra actuación, y a nuestra esperanza. Es necesario llevar a la conciencia de todos nuestro ser "samaritanos" en medio de las nuevas pobrezas. En esto hay que poner todo nuestro empeño. Este año, nuestra diócesis ha de llevar a cabo un importante esfuerzo por combatir las nuevas pobrezas, ayudar a superar el paro promoviendo iniciativas para crear empleo, y mostrar el rostro de una Iglesia que, fiel a su Señor, anuncia y testifica con obras y palabras el Evangelio de los pobres, y ofrece que es verdad su anuncio del Evangelio de la alegría, de la caridad y de la misericordia, porque hoy, en Valencia, los pobres son evangelizados, los cristianos y las instituciones de Iglesia –todas– estamos en la vanguardia de mostrar verdaderos signos de caridad y justicia. Pido a toda la diócesis –y en toda la diócesis– que sea de verdad un año dedicado de manera muy preferencial al ejercicio de la caridad en todas sus dimensiones, también en su dimensión política. Se nos abre un gran panorama para ejercitar la señal que identifica a los cristianos: la caridad. Habremos de poner todo nuestro empeño en la imaginación y la creatividad de la caridad, un año para ejercitarnos en la caridad. ¡2016, un año para la caridad, para la oración y para la Eucaristía!, de suyo inseparables. 

Ofrezco, en este orden de caso, algunas sugerencias que podrían llevarse a cabo: ¿Por qué en los presupuestos de la diócesis y de sus instituciones no se dedica un tanto por ciento (¿el diezmo? de los mismos) a atender a los pobres? ¿Por qué no se "venden" algunos de los bienes patrimoniales de la Iglesia y se destinan a los pobres? ¿Por qué no se estudia la manera adecuada de compartir algunos bienes –pongamos viviendas– destinándolas a usos sociales, por ejemplo a pisos de asistencia a madres solteras, madres en gestación que no quieren abortar, mujeres víctimas de malos tratos domésticos...? ¿Por qué no nos desprendemos del diezmo de nuestros ingresos personales y hacemos que lleguen a los pobres? ¿Sería posible? ¿Y qué podríamos hacer, con la colaboración de empresarios católicos y de buena voluntad, con sensibilidad social, para crear por cada una de las empresas uno o dos puestos de trabajo en ellas? Ante el grito angustioso que nos llega de los países donde los cristianos están siendo tan perseguidos o se ven obligados a salir de sus países ¿no podríamos crear fondos de becas para que los niños en aquellos u otros países puedan recibir una adecuada educación? ¿Qué deberíamos hacer para atender como pide el Evangelio a los inmigrantes y refugiados que llegan a nosotros? 

En todo el ejercicio de la caridad cristiana de nuestra diócesis –agradeciendo de antemano su importantísima obra– desempeñan un papel fundamental las Cáritas diocesanas, arciprestales o parroquiales. No debería pasar este año sin que cada parroquia –o unida a otras parroquias de la comarca– tuviese una Cáritas parroquial propia. No puedo dejar de mencionar aquí la importante obra de Manos Unidas, cuya campaña anual se aproxima, proyectada hacia el llamado "Tercer Mundo", y pido que también en todas las parroquias exista un equipo colaborador: sería muy bueno y aconsejable. No olvido, agradeciendo de todo corazón cuanto son y hacen, a tantas y tantas otras instituciones que, desde la fe cristiana y como Iglesia, en particular personas consagradas, religiosas y religiosos, hacen presente entre los pobres y los que sufren el Evangelio de la Caridad: con todas ellas todos debiéramos sentirnos muy unidos y ayudarles de tantas maneras como podemos hacerlo. Hay que potenciar y coordinar lo que viene haciéndose en el campo de la caridad y de atención a las pobrezas, las de siempre y las nuevas. 

No querría que pasase este año sin que se hiciese y se divulgase el estudio y reflejo fiel de lo que la Iglesia en Valencia está haciendo en cumplimiento del mandamiento nuevo "Amaos como yo os he amado", a favor de los pobres y los que sufren, en el seguimiento de Jesús, que ha venido a traer la buena noticia a los pobres y necesitados en cualquier forma, anunciar en obras y palabras el Evangelio de la misericordia. Esto, no para hacernos propaganda, sino para conocer y agradecer el don de Dios que manifiesta a través de tantas y tantas personas e instituciones su caridad y animarnos así a secundar y potenciar cada vez más la creatividad y la imaginación de la caridad en nuestra diócesis en los tiempos que corremos. 

También, muy unido a esto, hay que poner todo nuestro empeño en la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia, tan sumamente iluminadora y necesaria en estos tiempos que Dios nos ha dado vivir. ¿Qué podríamos hacer para difundir esta Doctrina Social, sobre todo entre los laicos? Os confieso que estoy decidido a buscar y empeñar todos los medios posibles para que esta enseñanza de la Iglesia sea conocida, penetre en las conciencias de los cristianos, las forme, y les lleve a actuar públicamente desde las convicciones y criterios que esa enseñanza comporta. Hay aquí una tarea muy grande que tendremos que promover en el laicado de Valencia, los centros educativos, la Universidad Católica... Os pido y cuento con toda vuestra colaboración para ello. Subrayo que es muy urgente la formación de los católicos en la vida pública, sin ningún complejo; es algo que demanda el bien común del cual no podemos inhibirnos nadie. 

Y menos aún podemos inhibirnos los cristianos de otras obras de misericordia como es el visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento y de beber al sediento, atender a los que no tienen hogar y acoger al emigrante y refugiado, procurar ropa a los necesitados, ayudar a los encarcelados y exiliados y aportarles la libertad que necesiten, acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido... Son las obras de misericordia elementales que nos muestra la enseñanza básica del Catecismo que habremos de hacer objeto de nuestra predicación, catequesis y enseñanza en los diferentes niveles, y que entrañan una nueva mentalidad necesaria en conformidad con la novedad del Evangelio. La diócesis, a través de las Comisiones diocesanas correspondientes y de otros medios a su alcance, ha de poner en obra estas obras tan en la entraña misma del Evangelio de la caridad y de la misericordia. A estas obras de misericordia y a otras que demandan las nuevas pobrezas de nuestro tiempo no sólo están llamadas y han de entregarse y vivir las personas consagradas; todos estamos llamados, también los fieles cristianos laicos, y éstos de manera especial puesto que viven en el mundo. 

(Continuará y finalizará la semana próxima)

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 1 de Febrero de 2015.

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Llevo cuatro meses entre vosotros y al servicio vuestro como pastor de esta Iglesia diocesana de Valencia. Han sido cuatro meses intensos de encuentros, de observación, de escucha, de oración. No os extrañéis de que no me haya hecho una visión totalmente formada y precisa, con perfiles y matices de la totalidad: todo llegará. Y por eso pienso que no sería prudente, por mi parte, dar un juicio concreto, y menos definitivo, sobre la situación. Con todo, sí que os puedo decir que tengo una visión general de la situación: Dios me ha concedido mirar esta gran diócesis con mirada de fe, con su mirada, y tener una visión abarcadora del conjunto, escuchar la voz o las voces que de él me llegan, dibujar el cuadro de situación con grandes pinceladas y compartir con vosotros algo de mis apreciaciones y preocupaciones. Ello podría ayudar a situar los eventuales o posibles caminos para seguir en nuestra actuación pastoral diocesana, que concretaremos todavía más entre todos al finalizar los trabajos en los grupos formados para el Itinerario Diocesano para una nueva Evangelización (cuyo final habremos de aligerar un poco), recogiendo y articulando las sugerencias operativas aportadas en estos grupos. 

Sólo me referiré a alguno de esos caminos para no pararnos y seguir avanzando en el camino, sin olvidar que el único camino es Jesucristo, presente en todo cuanto somos y hagamos. Por eso, como he repetido tantas veces, de manera especial con los sacerdotes en nuestros encuentros iniciales, nuestra mirada ha de ponerse enteramente en la persona de Jesucristo, y recorrer el camino, sin retirarnos, con la mirada puesta en Él, “iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12). 

Es evidente que nos encontramos en una nueva etapa del mundo, de España, de toda la Iglesia, que, por cierto, no está resultando nada fácil. No somos ajenos en Valencia a esa realidad. ¿Qué hacer en esta etapa, en este nuevo periodo de la historia? ¿Qué "dice el Espíritu a nuestra querida Iglesia" (Ap 2, 7), en esta situación, social, cultural y religiosa que estamos viviendo, tan distinta a la de hace pocos lustros, cada vez más variada y comprometida? ¿Hacia dónde y por dónde encaminar nuestros pasos? El camino nos lo traza el mismo Cristo, presente en la Iglesia, actuante en la historia: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestro caminar, que no puede ser más que un caminar en fe, en esperanza. Jesucristo es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en el presente! está Jesucristo. 

No busquemos, pues, otra respuesta a los grandes retos y desafíos que sin duda se abren ante nosotros. Seamos humildes, por tanto verdaderos y realistas: por mayor empeño que pongamos en dar ingenuamente con "fórmulas mágicas", con grandes planes, con proyectos fabulosos y novedosos, con programas "populistas" –en palabra de moda ahora–, que serían nuestros y nada más que nuestros, obra de nuestras propias manos en las que se confía, no hallaremos otro camino verdadero que Jesucristo para los grandes o pequeños retos y desafíos de nuestro tiempo. 
San Juan Pablo II nos lo recordó con unas palabras bellísimas y lapidarias en su Carta "Al comenzar un nuevo milenio", tan extraordinaria como alentadora: "No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!" (NMI, 29). 

Por eso se trata ahora, por encima de otras cosas y acciones, de buscarle de todo corazón y seguirle con todas las consecuencias y como Él demanda, de escucharlo y contemplarlo, adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Cultivar y avivar el encuentro con Él es la clave para una apasionante renovación de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra Iglesia, y de un renacimiento pastoral en nuestras comunidades, en la Iglesia universal y en la diocesana. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo, de "estar con Él", podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia y de nuestra diócesis. A partir de este encuentro y de esta experiencia renovada de Jesucristo, presente en la Iglesia, no dejaremos de comunicar y testificar "lo que hemos visto y oído" cerca de Él. Ninguno de los que hayamos recibido la gracia de la fe en Él podemos eximirnos de dar testimonio del "Evangelio de la alegría", de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo, de su vida, de su pasión, muerte, y resurrección, de su permanencia para siempre entre nosotros, del Evangelio de la redención, de la esperanza, que descansa en la victoria sobre el pecado y la muerte por su resurrección. En Cristo, las expectativas más hondas y nobles de la humanidad entera hallan su fundamento más real y firme: la esperanza de todo ser humano se colma por su Victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la paz sobre la violencia, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad y de la caridad sobre todo egoísmo y exclusión. 

Nadie, ningún cristiano, en consecuencia, debería eximirse del sagrado deber de comunicar este anuncio salvífico a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A esta tarea, por la misma caridad que nos urge y configura en la gracia bautismal, estamos llamados y obligados todos (porque todos hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte, participamos de la libertad gozosa de los hijos de Dios, expresión de la verdad, que nos hace libres y se expresa en la caridad). Se abre un gran tiempo para la misión –en él estamos ya inmersos–, como en los primeros momentos del cristianismo, y no hay tiempo que perder. Ningún cardenal, arzobispo, obispo, sacerdote, persona consagrada, fiel cristiano laico, hombre o mujer, niño, joven, adulto, o anciano, ni los enfermos ni los sanos..., ninguno de los cristianos en la Iglesia, concretamente en esta Iglesia que peregrina en Valencia, en nuestra diócesis, estamos eximidos de la urgencia apremiante de evangelizar. A eso, además, nos compromete y embarca de forma muy concreta el "Itinerario de nueva evangelización" que hemos emprendido en nuestra diócesis el domingo del Bautismo del Señor. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 25 de Enero de 2015.

 

Ante el fenómeno generalizado y amplio, inédito entre nosotros, de las migraciones, muchas veces se escuchan preguntas como estas: "¿Qué hay que hacer para acogerlos? ¿Se deben aceptar todos los que llegan o hay que poner algunos cauces o límites? ¿Qué debe hacer la Iglesia: debe dedicarse a ayudarles en lo material o tiene que intentar su evangelización?".

Creo, intentando responder a algunas de estas preguntas, que lo primero y principal es que haya justicia y caridad, que trasciende y obliga más que la misma justicia; no tener miedo a esta doble exigencia. Conviene recordar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto a este fenómeno, tan característico de nuestro tiempo: "Las naciones más prósperas (y España lo es) tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen". Al mismo tiempo hay que añadir, según la Doctrina Social de la Iglesia, que esto no supone negar a las autoridades públicas el derecho de controlar y limitar los movimientos migratorios cuando existen razones graves y objetivas de bien común, que afectan a los intereses de los mismos emigrantes.
Por esto mismo, es necesario señalar una normativa que, respetando la dignidad inviolable de la persona humana y sus derechos fundamentales - y posibilitando lo que es el ejercicio de la caridad fraterna y la misericordia, inseparable de la justicia- no conduzca a un desbordamiento tal de los inmigrantes que entonces se vean sumidos en una mayor marginación, con todo lo que comporta, por no poder atender debidamente a sus demandas; el desbordamiento puede acarrear un conjunto de injusticias mayores para con ellos y para la población autóctona. Canalizar esto no es racismo ni discriminación.

Para nosotros los cristianos, en todo caso, siempre está la indicación del Señor: "Fui forastero, emigrante, y me acogiste". La acogida no es sólo darle ayuda material. Acoger al emigrante, amar a la persona del emigrante, quererlo de verdad y con obras, servirle, exige también ofrecerle, presentarle, anunciarle el Evangelio con todo respeto a su libertad y sin imposiciones. Si no lo hiciéramos, podríamos traicionarlo y traicionaríamos nuestra identidad cristiana y la misión y el mandato de amor que el Señor nos encomendó. Por eso, estimo que hay que intentar la evangelización de inmigrantes de otras religiones, lo cual no puede confundirse con proselitismo.

En este sentido hay que tener en cuenta que el cristiano, dejándose guiar por el amor a su Maestro que, con su muerte en la cruz, redimió a todos los hombres, abre también sus brazos y su corazón a todos. Debe animarlo la cultura del respeto y de la solidaridad, especialmente cuando se encuentra en ambientes multiculturales y plurireligiosos. Junto con el pan material, es indispensable no descuidar el ofrecimiento del don de la fe, especialmente a través del propio testimonio existencial y siempre con gran respeto a todos. El diálogo no debe esconder el don de la fe, sino exaltarlo. Por otra parte, ¿cómo podríamos tener semejante riqueza sólo para nosotros?

Finalmente, en nuestra diócesis, no podemos dejar de tener muy presente que a nuestras tierras no sólo llegan emigrantes de otras religiones, a las que respetamos y cuyos valores y riquezas reconocemos, sino que llegan muchos que son católicos. Estos fieles católicos no han de verse abandonados pastoralmente. Todo lo contrario. Han de verse especialmente atendidos con toda solicitud por parte de la Iglesia diocesana, a través de sus diversas comunidades. Tenemos un gran deber y responsabilidad en este punto. Y en esa solicitud, el correspondiente organismo diocesano que se ocupa de las migraciones está poniendo un gran y valioso empeño.
Es justo y necesario empeñarse en una nueva evangelización y una catequesis puesta al día, que tienda a reforzar la fe de los emigrantes en los sectores que son más vulnerables ante el proselitismo. Es una labor que exige el compromiso de una Iglesia que se muestre acogedora. Los emigrantes católicos, que confluyen de diversos lugares hacia una determinada Iglesia particular, no deben sentirse abandonados a sus propias fuerzas. Ellos entran a formar parte de la Iglesia "implantada" en el territorio al que han llegado. Por eso deben ser asistidos mediante una pastoral específica y apta para ellos. Los emigrantes tienen derecho a una asistencia religiosa que sea proporcionada a sus necesidades y que no sea menos eficaz que aquella de que gozan los fieles de la diócesis.

En esto estamos y en ello hemos de esforzarnos con todo nuestro empeño expresión de nuestra caridad. La Iglesia diocesana ha de estar cada día más implicada y empeñada en esta atención y en esta cercanía y acogida de los emigrantes que llegan a nuestras tierras.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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