canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 26 de Abril de 2015.

 

Con qué realismo sigue resonando, alegre para todos, para creyentes y no creyentes, el anuncio pascual: «Al que vosotros entregasteis, Dios lo resucitó entre los muertos y nosotros somos testigos», les dicen los apóstoles a los jefes del pueblo. ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! 

Éste es el gran mensaje de la Pascua que llena de alegría y trae la paz, y llama a una vida nueva, a una conversión: la de la fe; a una nueva mentalidad: la de la fe; esto es: Dios, que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. El anuncio de la resurrección de Jesús es el verdadero fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (Cf 1 Co 15, 14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían como rehenes. Sin embargo, con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

Por mucho que tratemos de disimularlo, que nos lo ocultemos, particularmente en nuestros tiempos, la muerte es el mayor enigma de la vida. Si morimos para siempre, todo se lo habría tragado y aniquilado la muerte. No hay desilusión ni decepción que pueda medirse con la de la muerte. Ningún esfuerzo por la justicia o por mejorar la condición humana, ningún amor por feliz que sea, pueden sustraerse a la sombra que sobre ellas echa la muerte. En el fondo, la muerte lo deja todo sin valor y sin fuerza. Pero la ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra: la muerte no tiene la última palabra. Porque Dios está por la vida. Al resucitar a Jesucristo, ha sido vencida definitivamente la muerte.

Podemos fiarnos incondicionalmente de Dios en cualquier callejón sin salida. La resurrección de Jesús significa que Dios ha actuado, que interviene en la historia, que quiere y puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Ella nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. En Cristo, Dios, vida y amor, ha triunfado para siempre. La muerte, el odio, la violencia, la injusticia han quedado heridos de muerte de manera definitiva. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación decisiva, la respuesta a la pregunta sobre quién reina realmente, si el mal o el bien, el odio o el amor, la venganza o el perdón, la violencia o la paz, la libertad o la esclavitud, la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es: Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe qué significa ser hombre en toda su densidad y verdad, en toda su hondura y en el gozo de ser esa criatura tan maravillosa que Dios ha querido, y como Él la ha querido y la quiere: llamado a la vida, vida eterna, vida plena y dichosa, vida llena de amor, vida divina en él. La resurrección de Jesucristo es la señal última y plena de la verdad de Jesucristo, verdad de Dios y verdad del hombre.


Si Cristo no hubiese resucitado realmente, no habría tampoco esperanza verdadera y firme para el hombre: en el fondo, querría decir, nada más y nada menos, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, o los que no tienen conciencia. Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con la violencia cruel e injusta sufrida, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación ni de la vida querida por Dios, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor y la Vida sobre el odio y la muerte.

La resurrección nos abre a la esperanza, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él, seguir a Cristo, a la vocación que él nos llama nos llena de alegría y esperanza. El hombre no puede dejar de esperar, ni vivir resignado o satisfecho simplemente a lo que hay, a no ser que pague el precio de tanta muerte y miseria, es decir, de mutilarse en su humanidad. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección de la carne, de la que es primicia la resurrección de Jesucristo, el cristianismo, de suyo, perdería su fuerza salvadora y se reduciría a una mera ética sin fuerza ni capacidad para aportar las grandes y verdaderas razones para vivir o para ofrecer algo consistente y con vigor para impulsar la renovación de nuestro mundo.

La resurrección no es un fenómeno marginal de la fe cristiana, menos aún un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón, su centro. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección, en efecto, todo quedaría reducido a los mitos de Sísifo –mero resignarse a lo que hay–, o de Prometeo –la prepotencia de la fuerza del hombre dejado a sí mismo–, o de Narciso –es decir, la autocomplacencia y el goce efímero egoísta y subjetivista–. Sin la esperanza que brota de la resurrección todo podría quedar reducido al cálculo del hombre y a los poderes de este mundo, todo podría valer con tal de alcanzar las metas siempre efímeras de nuestra tierra.

En estos años se ha debilitado la fe en la resurrección. Es un contrasentido declararse cristiano y negar o dejar a un lado la fe en la resurrección. En el cristianismo lo que lo dice y decide todo es el encuentro personal con Jesucristo «que me amó y entregó su vida por mí», y ahora, resucitado, vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo. Dejarse ganar por este acontecimiento es lo decisivo. No se trata primariamente de una sabiduría ni de una práctica, sino de algo que ocurre efectivamente entre Jesucristo y la persona del cristiano, que lo toma desde su raíz, lo compromete y le renueva desde dentro con una vida nueva.

Así lo entendieron los primeros discípulos que vieron a Jesucristo y lo palparon resucitado. «Pedro, los apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los “testigos” de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la aceptación de su mensaje. También el cristiano, en la época y en el lugar en que vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en Él, camino, verdad vida, y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía. El “testimonio pascual” se convierte de este modo, en la característica específica del cristiano» (San Juan Pablo II). Su existencia es para dar testimonio de Él en una vida nueva que se rige por el amor; su vivir es llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido para traer la reconciliación, el perdón y la paz. La señal de Cristo resucitado es la paz, la que Él sólo puede dar, la que surge de la victoria de Dios, del amor y de la vida sobre el odio y la muerte, de la justicia y del perdón sobre la venganza y la injusticia, de la verdad sobre la mentira, de la libertad sobre las cadenas del mal que nos atenazan y esclavizan, de la paz y la reconciliación sobre la guerra o la confrontación. La resurrección de Jesucristo, su primer saludo a los discípulos, ya Resucitado, proclama y entrega la esperanza de la paz, de la paz verdadera asentada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. Que la paz del Resucitado esté con todos.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 19 de Abril de 2015.

 

En el segundo domingo de Pascua de Resurrección, por decisión especial del Papa San Juan Pablo II, celebramos el Domingo de la Misericordia, que se ha manifestado tan inmensa e infinita en los acontecimientos que estos días estamos celebrando: los acontecimientos de la Pascua del Señor, de su muerte y resurrección gloriosa. Es verdad, la misericordia de Dios llena la tierra. Es cierto, damos fe de ello: "Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia" (Sal 32). Nuestra esperanza está puesta por completo en la misericordia infinita de Dios que nunca se acaba y se renueva cada mañana.

Sólo en la misericordia de Dios podemos, debemos esperar; somos testigos, como canta la Santísima Virgen María, de que es verdad: la misericordia del Señor llega ininterrumpidamente a sus fieles de generación en generación. Toda la historia humana es muestra fehaciente de que Dios no abandona al hombre y que actúa en la historia humana para llevar a toda la realidad creada a una plenitud salvífica. Nosotros no estamos a merced de fuerzas oscuras, ni vivimos de forma solitaria nuestra libertad, sino que dependemos de la acción del Señor, poderoso y amoroso, rico en misericordia, que tiene para nosotros un "reino" por instaurar, sede de una manifestación de piedad, de ternura, de bondad, de gracia, de justicia: de misericordia que no tiene vuelta atrás.

La misericordia de Dios que llena toda la tierra y acompaña al hombre en toda su historia llega a su punto culminante en la persona de su Hijo, enviado por Él y venido al mundo en carne, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Bien podemos decir que Jesús, en la integridad de su persona y su misterio, de su vida, de su palabra, y de su obra, es la misma misericordia de Dios hecha carne de nuestra carne que, de manera irrevocable y para siempre, se ha unido al hombre y se ofrece a todos. En la resurrección de Jesús se nos ha dado, en verdadero derroche de gracia y de sabiduría, la plenitud de la misericordia y se nos ha concedido conocer y probar que Dios es Amor, que tiene un corazón que se compadece y libera de la miseria humana. Nosotros somos testigos, por la resurrección de Jesucristo, de que Dios no abandona al hombre definitivamente, de que, en Jesús, se ha unido al hombre de manera irrevocable, se ha empeñado en favor del hombre, y no lo deja ni dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. Caminará siempre sobre las aguas procelosas de la historia y lo acompañará en su Iglesia hasta la orilla serena, de paz y de felicidad. La resurrección de Cristo es la manifestación plena de la misericordia de Dios: en ella han sido vencidas para siempre las fuerzas del mal y las olas que baten con fuerza sobre el edificio de la Iglesia. Sabemos bien que de Dios podemos fiarnos incondicionalmente en cualquier callejón sin salida, ante lo que amenaza de muerte al hombre o reclama aliento y ánimo de vida, y que podemos poner en Él toda nuestra confianza, confiar en Él y confiarnos a Él como un niño en brazos de su madre, pues "los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre". Por eso, nosotros, el Domingo de la Misericordia y siempre, suplicamos al Señor, que su "misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de Él".

"El culto a la Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión que forma parte de la fe y de la oración del cristiano". La misericordia es también la forma de ser cristiano: "Sed misericordiosos, dice Jesús, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es lo que recordamos y confesamos el domingo, aniversario, además, de la muerte del Papa San Juan Pablo ll, evangelizador de la misericordia. De manera muy especial y viva, reconocemos, proclamamos y alabamos la misericordia de Dios, invocamos a Dios con toda sencillez y confianza de hijos necesitados como "Dios de misericordia infinita", y le damos gracias porque "es eterna su misericordia". Es necesario que, a plena luz, con todo lo que somos y con todos los medios de que dispongamos, testifiquemos y anunciemos esto en tiempos como los nuestros en que siguen y agravan las tribulaciones, los sufrimientos y las pruebas, las heridas abiertas del Crucificado, pero en los que también sigue de manera irrevocable la esperanza de Jesús, vencedor de toda muerte y de toda destrucción humana. De momento nos toca sufrir un poco en pruebas diversas. “¡Cuanta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde dominan el odio y la sed de venganza, donde la guerra conduce al dolor y a la muerte de inocentes, es necesaria la gracia de la misericordia que aplaque las mentes y los corazones, y haga brotar la paz. Donde falta el respeto por la vida y la dignidad del hombre, es necesario el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Es necesaria la misericordia para asegurar que toda injusticia en el mundo encuentre su término en el esplendor de la verdad" (San Juan Pablo II).

La Humanidad de hoy se ve acechada por "nuevos peligros" que acosan al origen y al fin de la vida, a través del aborto, de las "manipulaciones genéticas", la eutanasia, o el debilitamiento de la familia. "A menudo, el hombre de hoy vive como si Dios no existiese, e incluso se pone a sí mismo en el lugar de Dios. Se arroga el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana. Quiere decidir, mediante manipulaciones genéticas, la vida del hombre, y determinar los límites de la muerte". Se observa una tendencia en la sociedad de hoy, con muchos medios a su alcance, que quiere eliminar la religión, más aún, a Dios mismo, tanto de la vida pública como de la privada". El olvido de Dios, rico en misericordia, su desaparición del horizonte y universo de una cultura dominante que lo ignora o rechaza es el peor mal que acecha a la humanidad de nuestro tiempo, su quiebra más profunda. Esta tendencia, que pretende imponerse como cultura dominante, además, "al rechazar las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia", que es donde está el futuro del hombre. De diversas formas trata de amordazar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente en la cultura y en la conciencia de los pueblos. Todo ello ha condicionado, sobre todo, al siglo XX, un siglo marcado de forma particular por el misterio de la iniquidad, que sigue definiendo la realidad del mundo en este nuevo siglo, todavía dentro de su primera década. Estamos viviendo momentos complicados en el mundo, en nuestra sociedad. Con toda honestidad, y con una fe viva, es preciso reconocer que estamos necesitados de la misericordia de Dios para reemprender el camino con esperanza; estamos grandísimamente necesitados del testimonio y anuncio de Dios vivo y misericordioso; ésta es la cuestión esencial y necesitamos, en tiempos de dispersión y quiebra, centrarnos en lo esencial: la experiencia, testimonio, anuncio e invocación constante y confiada de Dios misericordioso, revelado en el rostro humano y con entrañas de misericordia de su Hijo venido en carne. Para nosotros, en la situación que vivimos, para el mundo y para el hombre "sólo existe una fuente de esperanza: la misericordia de Dios", que se ha manifestado tan grande al resucitar a su Hijo de entre los muertos y hacernos renacer por Él, resucitado de entre los muertos, a una esperanza viva e incorruptible. Hermanos, en estos días y allá donde estemos, queremos repetir con fe, con la fe misma de los santos Apóstoles: “¡Jesús confío en Ti!”, que eres la misericordia de Dios.

Éste es el gran anuncio de futuro para el mundo: "De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios, tenemos particular necesidad en nuestro tiempo, en que el hombre experimenta el desconcierto ante las múltiples manifestaciones del mal. Es necesario que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo profundo de los corazones llenos de sufrimiento, de inquietud y de incertidumbre, pero, al mismo tiempo, con una fuente inefable de esperanza" dentro de ellos. El manantial de esa fuente es Cristo, el Hijo único del Padre, rico en misericordia. Sólo la resurrección, manifestación y plasmación suprema de la misericordia divina, nos abre a la esperanza grande, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él. Porque el duelo que se trabó entre la vida y la muerte, se ha inclinado de manera definitiva y sin vuelta atrás del lado de la Vida, del lado del Amor, del lado de la misericordia de Dios. Ese duelo secular que acompaña toda la historia de la humanidad y de la Iglesia, y que con tan fuerte intensidad se ha manifestado en los últimos cien años, desemboca en el triunfo del Señor de la Vida, el que es la revelación y la entrega del Amor misericordioso de Dios, cuya gloria es que el hombre viva, de Dios que ha resucitado a Jesucristo, de Jesucristo resucitado, cuyo signo y saludo, y envío y misión es la paz y la misericordia y el perdón.

Que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda a todos mantenernos vivos en esta confianza, que es nuestra victoria, y que demos testimonio valiente de esto, del Evangelio de la misericordia que se concentra y expresa en la resurrección de Jesucristo. Acojámonos y confiémonos a la misericordia de Dios. Acudamos a la Santísima Virgen Madre, madre de misericordia y del amor misericordioso, y que Ella nos ayude a confiar.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 12 de Abril de 2015.

 

«Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta...
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!»
(Secuencia Pascual).

«Vieron y creyeron. Hasta entonces no habían entendido la Escritura que El había de resucitar de entre los muertos». Nosotros, los cristianos, también creemos que Cristo ha resucitado, así lo profesamos en el centro de nuestra profesión de fe: «Fue muerto y sepultado, resucitó al tercer día».

«No tengáis miedo», les dice el ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. «Sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí; Ha resucitado, según lo había dicho» (Mt 28). Éste es el gran anuncio para los cristianos de hoy; éste es el gran pregón para los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de esta crucifixión no ha podido retener la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin reservas en la misma cruz. Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresarle para siempre al Autor de la Vida, Jesucristo, han sido rotos, no han podido con Él. No busquemos entre los muertos al que está vivo. ¡Ánimo, yo he vencido al mundo! (Jn 16, 33), asegura el Señor.

Ésta es nuestra fe. Ésta es nuestra victoria: la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y a la muerte. La resurrección de Jesús de entre los muertos es el núcleo de nuestra fe. Ella es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la Iglesia tiene para creer, el fundamento para su esperanza, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte. La fe cristiana es fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del Hijo de Dios «venido en carne» y crucificado, y de su resurrección de entre los muertos.

Por eso también nosotros resucitaremos, y si nosotros no resucitamos, «si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (1 Co 15, 13). Pero entonces nuestra fe carece de sentido, no tiene fundamento ni consistencia, seríamos los más desgraciados de los hombres, seguiríamos hundidos aún en nuestros pecados. Por esto dice san Pablo: «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación; vana también vuestra fe (1 Co 15, 17)».

Si Cristo no ha resucitado y si nosotros no resucitamos, entonces Cristo no es el Hijo único de Dios venido en carne, sólo sería un hombre y un ejemplo para la lucha, un ideal inalcanzable o un modelo para los más fuertes. De hecho, muchos hoy están fascinados por Jesús, como hombre libre, como fiel a Dios y a sí mismo hasta la muerte, como hombre enteramente para los demás, como profeta de un mundo más justo y fraterno. Pero no admiten su resurrección. Entonces Él no es el salvador, no nos habría redimido ni rescatado de los poderes de la muerte y del pecado; no nos habría salvado. Continuaríamos en la soledad, cargados con el pesado fardo de nuestra miseria sin poder deshacernos de él y, encima, con la terrible tarea imposible de alcanzarla por nuestra parte, de liberarnos de la muerte y alcanzar la vida para siempre. No habría salvación para el hombre. Si Jesucristo no ha resucitado, entonces Él no pasa de ser un mártir ejemplar; lo bueno quedaría en El, pero nosotros seguiríamos igual inmersos en la miseria del pecado y del mal y presos en el dominio de una muerte con la que todo quedaría acabado. La esperanza humana sería una pobre esperanza, una mera resignación, una esperanza limitada a unos bienes o a un recuerdo, nada más; la muerte continuaría dominando de manera inexorable. Sin la Resurrección, el Crucificado no nos salva; y la Iglesia, y nosotros, con ella, no tendríamos más qué decir que nuestra predicación es absurda y que nuestra fe carece de sentido. Pero es que también la vida carecería de sentido. Porque para qué amar, trabajar, casarse, luchar, esforzarse. Todo sería vanidad, ilusión.

Nos urge y nos apremia anunciar a Cristo que ha resucitado de entre los muertos. Sobre esta verdad, sobre esta piedra angular se asienta todo y sin ella no hay posibilidad de edificar la humanidad. No podemos silenciarla. Es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida. Ésta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza del corazón, sin reserva alguna.

Pero no olvidemos que el que ha resucitado es el que ha sido crucificado. «Ved los agujeros de los clavos en mis manos y en mis pies; ved el costado abierto», le dice a Tomás que no acaba de creer que había resucitado. Y es que Cristo, el Resucitado, sin la cruz y sin la concreción histórica de Jesús, sería solamente un mito fácilmente manipulable, una estéril proyección de nuestras aspiraciones, un fantasma o un ideal que se crea conforme a los usos o situaciones del momento.

Con el Crucificado resucitado se hace presente de verdad el Señorío de Dios, su Reino. Aquello que se había iniciado en la vida pública de Jesús, anuncio y promesa de que el Reino de Dios había llegado, y que parecía anulado después con su muerte, eso aparece ahora con nueva y poderosa eficacia. Dios, en efecto, está y es verdaderamente cercano a los pobres, a los pecadores, a los enfermos, a los fracasados de la historia, a los muertos sepultados en la tierra. Su amor creador y fiel va a llevar a cabo las esperanzas más profundas del hombre que el hombre viva, que el hombre viva en plenitud, que el hombre viva para siempre, que el hombre alcance la felicidad y la dicha supremas que sólo Dios, el Amor infinito puede dar y colmar.

Por eso la Iglesia proclama con todo lo que es y con toda su voz que Cristo ha vencido a la muerte, que El que ha muerto en la Cruz revela la plenitud de la Vida y nos ha traído la Vida, vida eterna.

El mundo de hoy que parece querer la muerte de Dios, el silenciamiento de Dios, su confinamiento al sepulcro y al olvido, su expulsión de nuestro mundo al mundo de los muertos, necesita escuchar el mensaje de la Resurrección, abrirse a Él, detenerse y pensar que si Dios ha muerto, que si Cristo no vive, también para el hombre se le cierra toda esperanza. La muerte de Dios puede comportar, está comportando, desgraciadamente la muerte del hombre, el olvido del hombre.


Hago mías unas palabras del Papa San Juan Pablo II en una mañana de Pascua como ésta, «Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud su propia vida, para que el hombre que viene de Dios, viva en Dios. Cristo ha resucitado. Él es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado. No rechacéis a Cristo vosotros, los que construís el mundo humano. No lo rechacéis vosotros, los que, de cualquier manera y en cualquier sector, construís el mundo de hoy y de mañana; el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información (el mundo de la familia y de las relaciones sociales, el mundo del trabajo y el del comercio, el mundo del ocio o de cualquier espacio humano donde el hombre se construye y desarrolla su vida)... No rechacéis a Cristo. iÉl es la piedra angular!, sobre la que se construye la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros. Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino constructor o destructor de la propia existencia" (San Juan Pablo II, Mensaje de Pascua, 1980).

Como el mismo Papa dijo en el inicio de su pontificado: Abramos de par en par nuestras puertas a Cristo, al Redentor que vive. No tengamos miedo. Acojamos a Cristo resucitado en nuestras propias vidas. Y seremos hombres nuevos y se alumbrará una nueva primavera para la Iglesia y para el mundo, se abrirá paso una nueva humanidad hecha de hombres nuevos con la novedad del Bautismo y de la vida conforme al Evangelio de la Resurrección. Acojamos a Cristo, el Amor que ha triunfado sobre el odio y vive para siempre, y será posible una civilización del amor, una nueva cultura, la cultura de la solidaridad y de la vida.

Exultemos de gozo en este día. Porque se nos ha abierto para todos los hombres la gran esperanza del gran Día en que actuó el Señor. Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel, Cristo, que, al despuntar el alba de un nuevo Día, ha roto la tiranía de la muerte y ha revelado la fuerza divina de la Vida. Él es el único nombre en el que podemos ser salvos. Él es nuestra esperanza.

«Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa».


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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