canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 15 de Marzo de 2015.

 

Proseguimos el camino cuaresmal en el que seguimos escuchando un poderoso llamamiento a la conversión, a dirigir nuestra mirada a Jesucristo, a abrir nuestros oídos a la Palabra de Dios. Nuestra mirada está fija de hito en hito contemplando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Contemplamos el misterio central de la fe, la obra de la salvación realizada por el Señor en su Pascua. Ahí nos encontramos con el misterio del amor desbordante de Dios. Dios nos lo ha dado todo, nos ha dado a su Hijo: ahí está la prueba de su amor.

Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿Quién ha podido o puede merecer un privilegio semejante? Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita bondad exaltando la libre elección divina y su deseo no de condenar, sino de admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo. Todo es don de Dios; la vida humana es un don; toda nuestra existencia y nuestra historia está llena del don de Dios, de su amor del que nos hace participar por pura gratuidad suya, y, por eso, nuestra vida no debería dejar de estar puesta gratuitamente al servicio de los demás.

La llamada a la conversión es llamada a abrirnos y aceptar el don de Dios; aceptar a Dios mismo y dejar que su don, su amor, su misericordia configure por completo nuestras vidas. Por eso, como dice el profeta Isaías, lo que Dios quiere de nosotros, la conversión que nos reclama de cada uno es ésta: "liberar a los oprimidos; partir nuestro pan con el hambriento; hospedar a los pobres sin techo; vestir al que vemos desnudo y no cerrarnos a nuestra propia carne". Dios nos insta a convertirnos, a dejar que su amor esté en nosotros ante tantos sufrimientos, carencias y dificultades que aquejan a tantísimos y tantísimos hermanos nuestros.

"Como creyentes hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la gratuidad. Habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra parte, darla a los hermanos de manera gratuita. Y el primer don que hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. Como creyentes, hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la «gratuidad», entregándonos a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al prójimo. Amar a los hermanos, dedicarse a ellos, es una constatación de que todo lo hemos recibido gratis de Dios" (Benedicto XVI). No podemos quedarnos sordos y pasivos ante las constantes e inmensas llamadas que recibimos a dar gratis lo que gratis hemos recibido. La pobreza y las necesidades de un número cada vez más creciente de hermanos destruye la dignidad de hombres y desfigura la humanidad entera. El Evangelio de la conversión nos apremia a esto. Cuanto mayor es la necesidad de los demás, más urgente es para el creyente la tarea de servirles, de ayudarles, de darnos a ellos sin esperar nada a cambio.

El mundo valora las relaciones con los demás en función del interés y del provecho propio, dando lugar a una visión egocéntrica de la existencia en la que, demasiado a menudo, no queda lugar para los pobres y los débiles. Por el contrario, toda persona, incluso la menos dotada, ha de ser acogida y amada por sí misma, más allá de las cualidades y defectos. Más aún, cuanto mayor es la dificultad en la que se encuentra, más ha de ser objeto de nuestro amor. Éste es el amor del que la Iglesia da testimonio a través de innumerables instituciones, haciéndose cargo de enfermos, marginados, pobres y oprimidos. De este modo, los cristianos se convierten en apóstoles de esperanza y constructores de la civilización del amor" (Benedicto XVI).

Es la hora de convertirnos a Dios para vivir con sentimientos y actitudes de comprensión, en una lógica de magnanimidad y de fraternidad, de donación gratuita de cuanto somos y tenemos. Es hora de convertirnos a Dios, caridad infinita, viviendo su caridad en nosotros. Es hora de vivir la caridad evangélica, signo privilegiado de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario, "que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación. Es una situación que hoy afecta a grandes áreas de la sociedad y cubre con su sombra de muerte a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia. Quien se dedica solo a acumular tesoros en la tierra, no se enriquece en orden a Dios. No se ha de retardar el tiempo en el que el pobre Lázaro pueda sentarse junto al rico para compartir el mismo banquete, sin verse obligado a alimentarse de lo que cae de la mesa. La extrema pobreza es fuente de violencia, de rencores y escándalos. Poner remedio a esto es una obra de paz por un nuevo comportamiento que tiene en la base el de Dios mismo, dar gratis lo que hemos recibido y es don. Es necesario recordar siempre, y de manera especial en el tiempo cuaresmal de conversión, que no se debe dar un valor absoluto ni a los bienes de la tierra, porque no son Dios, ni al dominio o a la pretensión de dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece, porque todo es de Dios, todo es don gratuito de su inmensa bondad y amor.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 8 de Marzo de 2015.

 

"El Seminario es corazón de la diócesis". Esta frase no es ciertamente una frase retórica, ni un slogan publicitario. Refleja la realidad más propia de lo que entraña el seminario. El futuro de una diócesis, en efecto, depende en gran medida del seminario diocesano, porque es, como dijera Benedicto XV, sede "de donde se difunde la vida espiritual hacia todas las venas de la Iglesia". O dicho con otras palabras: el seminario es el lugar, el tiempo, el proceso, el método, y, sobre todo, la comunidad educativa promovida por el Obispo donde se forman los sacerdotes, que, no lo olvidemos, son siempre necesarios e imprescindibles para que exista la Iglesia, "sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).

A los sacerdotes, hombres escogidos por Dios de entre los hombres, en los que se perpetúa sacramentalmente el sacerdocio de Cristo, les son conferidos, por la unción y la imposición de las manos de la ordenación sacerdotal, el poder y la facultad de que la redención salvífica se transmita a la humanidad. Sólo ellos entregan a Cristo mismo en persona por la celebración de la Eucaristía, sólo por ellos nos llega la gracia purificadora y reconciliadora del perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia. Como se ha escrito, si el sacerdocio “desapareciera, todavía podría seguir existiendo la fe, pero lentamente se extinguiría en una agonía implacable la riqueza espiritual antes existente en una comunidad determinada.

Por otra parte, finalizado el "itinerario para la renovación eclesial" en nuestra diócesis, e iniciado el nuevo "itinerario para la evangelización", en el que nos hemos embarcado la Iglesia diocesana, nuestra mirada se dirige a Jesucristo, para contemplar su rostro y seguirle. Tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”, confiando en la palabra de Cristo iNavega mar adentro!... Estos itinerarios deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. No ignorando en modo alguno, al contrario, que hay que buscar "ser" antes que "hacer", sin duda "iniciativa concreta", fundamental y empeñativa, absolutamente prioritaria, es ocuparnos de nuestro seminario como instrumento particularmente necesario para posibilitar ese "ser", o suscitar ese "dinamismo nuevo", o alentar "el renovado impulso en la vida cristiana" al que nos empuja el Espíritu en esta nueva etapa de nuestra historia. Si queremos –y ciertamente lo queremos– que nuestra Diócesis, con la primacía de la gracia, recobre un renovado vigor en el seguimiento de Jesucristo, o que se sitúe en el camino de la santidad conforme a su vocación o que se fortalezca su capacidad para el anuncio del Evangelio y apostando por la caridad, sea testimonio vivo de Dios amor y se proyecte hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano, si queremos esto es preciso que nuestro seminario sea lo primero y vaya delante de la comunidad diocesana en el proyecto pastoral.

En este "Día del Seminario", que celebraremos el día 8 de marzo, no puedo dejar de compartir con todos vosotros mi gran preocupación y dolor por el reducido número –aunque sea mayor que en gran parte de las diócesis españolas– de quienes piden el ingreso en nuestro seminario diocesano. Si a esto se añade que la edad media del Clero de la Diócesis se hace cada vez más avanzada y de que crece la amplitud de nuevas necesidades pastorales que atender, sobre todo en la atención a los Jóvenes, hay motivos más que sobrados para inquietarse seriamente.

Me vais a permitir que me exprese con toda sinceridad. Creo, como me decía un viejo amigo, que fue Obispo, que "a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ofrece, hoy por hoy, bastantes espacios de libertad, sana diversión, desarrollo cultural y religioso para que pueda nacer y mantenerse entre ellos una vocación de servicio al hombre y a la comunidad asumida justamente como vocación al sacerdocio. Una sociedad cuyos adultos tienen por valores los más altos el dinero, la comodidad y los goces de la posesión y el consumo difícilmente puede esperar que en su seno surjan vocaciones al sacerdocio. Muchos jóvenes y adolescentes acusan, desde los años tempranos de la niñez, el conflicto inducido en lo más profundo de sus almas por la vida dividida de las familias, que profesan la fe católica y la practican, pero llevan una vida cuyos criterios, fuentes de inspiración y modelos nada tienen que ver con el Evangelio. Este conflicto es de suyo mortal para el nacimiento y mantenimiento de la vocación sacerdotal y aun para la misma fe cristiana y adhesión a la Iglesia". Claro está, esa situación real reclama de nuestra diócesis el que con verdadera decisión y valentía, con creatividad y convicción, nos aprestemos a crear espacios para los jóvenes donde pueda surgir la vocación, que trabajemos con ellos sin ningún temor, y que, al mismo tiempo, nos centremos en una pastoral familiar de la que, a pesar de todos los buenos deseos, necesitamos potenciar y fortalecer.

Por otra parte, creo que estaremos de acuerdo, en general, detrás de casi todas las vocaciones sacerdotales, en el origen de aquellos que han hecho el eje de su vida el ministerio sacerdotal, de ordinario, ha habido un sacerdote que los invitó explícitamente a seguir este camino y, de alguna manera, se les ofreció como modelo que merecía la pena asumir para la propia vida. Con esto quiero decir que es preciso que los sacerdotes invitemos y llamemos explícitamente, de manera personal, en trato de tú a tú, a seguir el camino del sacerdocio. Los sacerdotes, en un trato personal que hemos de fomentar sin temor con los Jóvenes, debemos hablar de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y de una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana; así mismo, en ese trato amistoso, llamémosle diálogo pastoral o acompañamiento personal o dirección espiritual, debemos proponer de modo explícito y firme la vocación al sacerdocio como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades para ello.
Todos, en la diócesis, estamos implicados en esta urgencia. Y, entre otras muchas cosas que se puedan llevar a cabo, hay una que está en las manos de todos, y que todos podemos y debemos hacer: orar por las vocaciones. No olvidemos jamás que la llamada y la respuesta misma son siempre don de Dios, y hay que implorarlo de quien es el dador de todo don y dádiva que procede del cielo. No dejemos de orar, al menos, en todas y cada una de las Eucaristías que se celebren en nuestra diócesis.

Ayudemos al Seminario, no escatimemos nada para él. Así os lo pido, hincándome de rodillas ante todos, y así lo espero de todos y cada uno de los fieles de la Iglesia que peregrina en Valencia.



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 1 de Marzo de 2015.

 

Con la imposición de la ceniza, los cristianos iniciamos la semana pasada el tiempo de Cuaresma: Tiempo de renovación interior, de regeneración espiritual, camino de vuelta a Dios para centrar nuestra vida y nuestra mirada en Él, por encima de todo. Sólo Él es necesario. Cuarenta días para, con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y que vive, proseguir nuestro camino hacia Él y tras Él, sin retirarnos, por las sendas de la penitencia, la oración, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la renovación moral, la conversión, el afianzamiento y consolidación de la fe inseparable de la caridad operante. ¡Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos los cristianos y haríamos a los demás, a la sociedad entera, si escuchásemos el mensaje que para esta Cuaresma nos ha dirigido el Papa Francisco! Cambiarían mucho las cosas si acogiésemos y pusiésemos en práctica lo que él nos dice con tanta sencillez y verdad. 

Iniciamos la Cuaresma con un tiempo revuelto por los escándalos y situaciones de quiebra moral, que a todos nos afectan. Se tiene la sensación de que vale todo, de que el fin justifica los medios, de que se puede poner en peligro el bien común de un país y su estabilidad democrática con tal de conseguir intereses, lucros y éxitos propios. Se tiene la sensación de que la corrupción lo invade todo, y que la adoración del becerro de oro tiene cada día más adoradores. Gracias a Dios, la corrupción no lo invade todo porque hay más fuerza moral de lo que parece, gracias a Él y por esa fuerza moral real que Él mismo infunde y mantiene; ni vencerán aquellos que, sin moral o sin importarles mucho la moral ni el bien ni el hombre, tratan de alcanzar ciertas cotas de éxito o de un pretendido desarrollo o "solución" a problemas, a costa de lo que sea, sin importar demasiado el desorden moral que acarrea; y, gracias a Dios también, los adoradores del becerro de oro sean los que sean, no tienen ningún futuro. Lo cierto es que se ha perdido sensibilidad moral y que existe y se extiende una especie de adormecimiento moral, un no saber discernir ya qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo. La sociedad está como dormida moralmente, está como embotada y necesita salir de su aturdimiento. 

Ante la situación que estamos viviendo, no olvido el documento clarividente "La verdad os hará libres" de los Obispos españoles, en 1991, motivado por ciertos hechos sin duda preocupantes, y por la atmósfera que los envolvía, más preocupante aún. Se percibía, entonces como ahora, un cierto adormecimiento de la conciencia moral. La Conferencia Episcopal, tras madura reflexión y prolongado estudio de meses, en continuidad con el abundante magisterio episcopal, en fidelidad al magisterio eclesial, con originalidad y valentía, alumbró su Instrucción Pastoral "La verdad os hará libres", de la que, entonces y ahora, nos congratulamos. 

En este importante documento, que bien iría para meditar y volver a enseñar en esta Cuaresma, podemos leer cosas que parecen dichas hoy y para hoy, como éstas, que transcribo a continuación: "Proponer las exigencias morales de la vida nueva en Cristo, exigencias postuladas por el Evangelio, es un elemento irrenunciable de la misión evangelizadora" de la Iglesia "particularmente urgente en las actuales circunstancias de nuestra sociedad. En los últimos tiempos, en efecto, se ha producido una profunda crisis de la conciencia y vida moral de la sociedad española que se refleja también en la comunidad católica. Esta crisis está afectando no sólo a las costumbres, sino también a los criterios y principios inspiradores de la conducta moral y, así, ha hecho vacilar la vigencia de los valores fundamentales éticos" (n. 1). Y añade el texto: "Nos preocupa muy hondamente este deterioro moral de nuestro pueblo. Y, en particular, nos duele que el conjunto de los creyentes participen en mayor o menor grado de este deterioro, máxime cuando la comunidad católica, de tanto peso en nuestra sociedad, con esta desmoralización no está en condiciones de poder cumplir con sus responsabilidades en este campo y contribuir a la recuperación moral de nuestro pueblo. La Iglesia tiene, en estas circunstancias, una misión urgente: colaborar en la revitalización moral de nuestra sociedad. Para ello los católicos deben proponer la moral cristiana en todas sus exigencias y originalidad". Esto era lo que les movía a ofrecer a los católicos y a todos, algunas "consideraciones sobre la conciencia moral ante la situación moral" de la sociedad (n. 2). Los Obispos ofrecían tal colaboración con humildad, confianza, y la firme convicción de la fe de la Iglesia que es siempre un "sí" al hombre. Por eso afirmaban: "Tenemos unas certezas de las que vivimos y se las ofrecemos a todos... La Iglesia y los cristianos no tenemos más palabras que ésta: Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. 14,5), pero ésta no la podemos olvidar, no la dejaremos morir" (n. 3). 

Esta es aportación fundamental y necesaria, entonces y ahora, a la situación que atravesamos y que los cristianos podemos y debemos ofrecer. En las condiciones que estamos, sólo Dios puede salvarnos. En nuestro querido país se ha intentado –sin éxito, por cierto, aunque parezca lo contrario– expulsar a Dios de la vida para que los hombres y mujeres fuesen más dóciles a las órdenes de los poderes de diverso tipo y se entregasen en cuerpo y alma a los imperativos de la economía y de una presunta modernización y liberalización. 

Hay que hablar claro: el desarme moral lo han favorecido muchos intereses y también poderes que han presionado directa o indirectamente la sociedad española para liberar al español de toda preocupación ética y hacer de él un "liberado", un agente dinámico y agresivo en lo económico como valor supremo y un hombre con una libertad casi omnímoda en su actuar. Se ha renunciado al suelo donde hacer pie para poder remontar nuestra caída humana, y, así, se ha pretendido echar a Dios a empujones del centro de la vida de los hombres hacia sus márgenes. Nada queda sobre lo que asentar la vida del hombre, salvo esa Realidad única que se ha pretendido expulsar. Por eso, los cristianos, en estos momentos, hemos de estar en primera fila, sin escondemos, y ofrecer lo que tenemos, la gran riqueza que hemos recibido y es para todos, en la que podemos fundamentar y asentar la vida del hombre y, por tanto, de la sociedad. 

En el estado de cosas en el que nos encontramos, preocupa el repliegue de los cristianos y sus comunidades. En el desplome de los fundamentos de la vida humana los cristianos deberíamos dar testimonio, públicamente y con audacia, además, con firme y alegre convicción, de que sólo Dios puede salvamos y que Dios nos ofrece su salvación en la existencia histórica, muerte y resurrección de Jesucristo. Los cristianos y las comunidades cristianas no podemos dejar de anunciar el Evangelio a todos. Es necesario que al hombre de hoy, enredado en tantas y tales contradicciones de las que no puede salir por sí mismo, le salga al encuentro Dios mismo con su ofrecimiento de una vida nueva y la resurrección. A esto también nos invita la Cuaresma de este año, en la que, además, habría que intensificar la oración por España. 


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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