canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 28 de Junio de 2015.

 

Expreso mi agradecimiento y mi alegría por la publicación de la Encíclica Laudato Si del Papa Francisco, tan deseada y esperada por muchos. Fiel a su nombre, el Papa afronta el gran tema de la ecología. La Encíclica toma su título del «Cántico de las Criaturas», de San Francisco, en el que el santo de Asís recuerda que la tierra es nuestra hermana, nuestra casa común, de la que formamos parte, porque somos tierra y en ella habitamos y vivimos. Todo su conjunto constituye una extensa, equilibrada y gran defensa de la naturaleza y una llamada vigorosa a su protección, a la que está unida la protección y defensa del hombre, inseparablemente; por ello habla de ecología integral.

No es nuevo su magisterio sobre este tema en la Iglesia, ni en el magisterio de los Papas. Tanto el Beato Pablo VI, como San Juan Pablo II, o como Benedicto XVI ya se ocuparon él, magistralmente, por cierto. Francisco prosigue este magisterio, en plena continuidad con él, lo profundiza y lo amplia, porque así era necesario en estos momentos.

De unos años a esta parte la temática relativa al cuidado y salvaguardia del ambiente natural se encuentra en el mismo centro de un vivo y denso debate. Se han multiplicado las alarmas por el futuro del planeta al considerar la gravedad del efecto de eventos naturales y, sobre todo, teniendo en cuenta –a la vista está– el comportamiento irresponsable y autodestructivo del hombre (sobre todo del hombre occidental) ante la naturaleza. «Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, el hombre corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación. No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultar intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera» (Son palabras de Pablo VI en Octogésima Adveniens, 21).

Por ello, ¿cómo no preocuparse seriamente, hasta convertirse en una cuestión mayor para los Estados del mundo, de los peligros causados por el descuido, e incluso el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado? «¿Cómo, dirá el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de hace unos años, permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertización, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados “prófugos ambientales”, personas que deben abandonar el ambiente en que viven –y con frecuencia también sus bienes– a causa de su deterioro para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud, y al desarrollo?» (M 4). O ¿cómo, dirá el Papa Francisco en esta Encíclica, dar la espalda al clamor, al gemido, que nos llega de la misma tierra, “a la protesta por el daño que le hacemos a la “hermana tierra por el uso irresponsable y el abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella”. Su gemido, unido al de los pobres, interpela nuestra conciencia a “reconocer los pecados contra la creación”.

Es de tanta importancia el tema, que hemos de reconocer que hemos de vincular la preocupación y el cuidado de la naturaleza, ¡nada menos! que al desarrollo futuro de los pueblos y al futuro de la paz en el mundo. La relación del hombre con el ambiente natural y su uso representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad. Al margen de manipulaciones ideológicas que se puedan hacer de esta cuestión y de posibles intereses parciales que nunca faltan, se comprende, ciertamente, que todo cuanto se refiere a la problemática ecológica esté puesto en primer plano de la actualidad. El respeto a lo que ha sido creado tiene grandísima importancia, sin duda alguna, puesto que “la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios”, y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad.

Estamos ante una Encíclica muy importante, que marca un hito en la historia y en el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, como lo marcó en el siglo XIX la Encíclica Rerum Novarum, del Papa León XIII. Conozcámosla, leámosla, y apliquémosla. ¡Gracias, Papa Francisco!

Hago mías, enteramente, las palabras del siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1990: la conciencia ecológica «no debe ser, pues, obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas» (M 3). La nueva conciencia y preocupación ecológica es, a mi entender y lo afirmo sin ningún género de dudas, una de las señales más positivas del momento que vivimos. La cuestión ecológica es, ciertamente, responsabilidad de todos, y entraña para todos un verdadero desafío y un exigente deber moral. Más allá de cuestiones políticas, es una cuestión básica moral.

Para fundamentar la responsabilidad ecológica

El fundamento más profundo y, consiguientemente, más exigente sobre la responsabilidad ecológica, el magisterio de la Iglesia, también el Papa Francisco lo sitúa en el hecho de la creación, obra de Dios mismo, que ha confiado a los hombres. Ésta es la clave de todo.

Así, en concreto, la Iglesia en su visión se distancia clara y netamente de aquellas otras visiones del mundo que excluyen el hecho de la creación y, por consiguiente, no tienen en cuenta o rechazan la intervención de Dios. Las numerosas referencias del Papa a la obra creadora de Dios subrayan y confirman la verdad del origen último del mundo a partir de un acto creador de Dios, sin entrar, sin embargo, en el actual debate de las distintas teorías acerca del origen del mundo.

Al Papa le parece suficiente reafirmar, sobre el fundamento de la Biblia, que el origen del mundo está en un acto creador de Dios: En la naturaleza, el creyente, la Iglesia reconoce el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios. La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1, 20) y de su amor a la humanidad. «El mundo no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar... Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad» (CEC, 295). El mundo es obra del proyecto sapiente de Dios, fruto de su pensamiento, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para “llenar la tierra” y “dominarla” como “administradores” de Dios mismo (cf. Gen 1, 18).

Por tanto, el mundo, la naturaleza, no es algo sagrado, de suyo, ni intocable, sino un don de Dios puesto por Dios en las manos del hombre al que –conforme a Génesis 2, 5– le ha sido confiado la responsabilidad y la tarea de custodiar y cultivar la tierra. La naturaleza no es un absoluto, no es tampoco objeto de culto, como pudiera reclamar una cierta ideología panteista difusa, pero tampoco es una desnuda y amorfa materia de la que se pueda disponer a nuestro antojo, placer, o agrado, producto de dinamismos necesarios u obra del azar, algo meramente fáctico como un montón de materiales disponibles, o algo que ya está determinado de manera definitiva en un dinamismo ciego e inexorable.

Las consecuencias de esas visiones son patentes y el Papa Benedicto XVI lo dijo ya, diáfanamente, en el número 48 de la Encíclica Caritas in Veritate: «Cuando se considera la naturaleza –son palabras del Papa Benedicto–, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades –materiales e inmateriales– respetando el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios» (CV 48). En la armonía entre el Creador, la humanidad y la creación, el hombre ha recibido de Dios mismo el encargo de “dominar” las cosas creadas y “cultivar el jardín” del mundo; al hombre se le ha confiado el proteger y conservar la naturaleza creada por Dios; protegerla, conservarla y perfeccionarla es una tarea que el hombre, todo hombre, ha de llevar a cabo respetando la imagen divina recibida y, por tanto, con la inteligencia y el amor. Debe sentirse responsable de los dones que Dios le ha concedido y continuamente le concede y confía: responsable y guardián de la tierra en la que vive, de la armonía de un orden consistente en sí mismo, que sostiene el equilibrio impreso en su conjunto, cuya fractura, introducida por el pecado del hombre, hace de la tierra y del ambiente una realidad hostil, degradada y degradante.

El hombre tiene en sus manos un don que debe pasar –y, si fuera posible, incluso mejorado– a las generaciones futuras, que son también destinatarias de los mismos dones del Señor. El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de “usar y de abusar”, o de disponer de las cosas creadas como mejor le parezca, arbitrariamente en el fondo, al margen del mandato de Dios. Va siendo creciente, por lo demás, la conciencia que la humanidad tiene de su verdadera interdependencia de la naturaleza, cuyas fuentes, creadas para todos pero limitadas, deben ser protegidas mediante una estrecha colaboración entre todos y entre el conjunto de las naciones. (Hoy, especialmente entre los jóvenes preocupa con razón, por ejemplo, la contaminación del aire y de los mares, el mal recurso de la tierra y la creciente destrucción del medio ambiente. Uno de los mayores problemas de nuestro tiempo es, sin duda, la falta del debido respeto a la naturaleza por parte del hombre).

Esta falta de respeto se ha introducido cuando el ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto.

Se hace particularmente urgente, diría yo, indispensable, que la humanidad renueve y refuerce la alianza entre ser humano y medio ambiente, que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos. Aceptar y comprender la relación entre el Creador, el ser humano y la creación, es fundamental en la cuestión que nos ocupa. Esto es imprescindible para la cuestión ecológica y no se puede olvidar, si queremos de verdad no agravarla sino encontrar soluciones para ella. Por ello, una vez más, volvemos a la gran cuestión que sale por todas las partes: la cuestión de Dios.

El Papa Benedicto XVI lo dijo con su claridad y honestidad intelectual que le caracterizan: «La naturaleza está a nuestra disposición no como un “montón de desechos esparcidos al azar”, sino como un don del Creador que ha diseñado sus estructuras intrínsecas para que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para “guardarla y cultivarla” (Gen 2, 15). Pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo: la salvación del hombre no puede venir únicamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. Por otra parte, también es necesario refutar la posición contraria que mira a su completa tecnificación, porque el ambiente natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto, sino obra admirable del Creador y que lleva en sí una “gramática” que indica finalidad y criterios para un uso inteligente, no instrumental y arbitrario. Reducir completamente la naturaleza a un conjunto de simples datos fácticos acaba siendo fuente de violencia para con el ambiente, provocando además conductas que no respetan la naturaleza del hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no sólo de materia, sino también de espíritu, y, por tanto rica de significados y fines trascendentes, tiene un carácter normativo incluso para la cultura. El hombre interpreta y modera el ambiente natural mediante la cultura, la cual es orientada a su vez por la libertad responsable atenta a los dictámenes de la ley moral» (CV 48).

Y también el Papa Francisco reafirma estos criterios con fuerza en esta encíclica en que nos abre a la ecología integral, que él acuña y que engloba también la ecología humana, que la reafirma en todas sus páginas situándola en un contexto más amplio y envolvente, y, si cabe todavía más comprometido aún. La naturaleza no se puede considerar más importante que la persona humana.
Estamos ante una gran Encíclica que marca, como he dicho, un hito como lo marcó también la gran encíclica social de León XIII, Rerum Novarum; una encíclica en continuidad total y armónica del magisterio de la Iglesia y de los últimos Papas, pero que da un gran paso adelante y abarcante en esta temática tan principal. La encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II ilumina la gran cuestión del siglo XXI que es la cuestión de la vida; esta Encíclica del Papa Francisco prolonga esta gran cuestión situándola, además, en la gran cuestión, decisiva cuestión, que tenemos en este nuevo milenio que es el la ecología integral.

¡Gracias Santo Padre!, por este regalo que nos hace a la humanidad entera, que es un faro de luz para proseguir el camino que Dios nos marca en la creación y en la redención.



+ Antonio Cañizares Llovera

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 21 de Junio de 2015.

 

Dios actúa en medio de nosotros, su misericordia en favor nuestro se manifiesta inmensa con el don con que ha enriquecido a su Iglesia: la ordenación de diez nuevos sacerdotes.

Por medio de los sacerdotes, alter Christus, Cristo está, sacerdote y víctima, presente en nuestro mundo contemporáneo, vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si nos conmovemos contemplando la encarnación del Verbo, en que se despoja de su rango, y se rebaja obedeciendo hasta la muerte de cruz, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe, no sólo de la Eucaristía, sino del sacerdocio que somos.

Nuestro ser sacerdotes es inseparable del sacrificio de Cristo y queda configurado por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero.

Toda nuestra vida de sacerdotes no debiera ser sino una prolongación del sacrificio eucarístico, de Cristo Sacerdote y víctima: nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese cumplir la voluntad del Padre y ese don inseparable de la Vida y del Amor en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor hasta el extremo a los hombres, a los que llama “suyos y sus amigos”.

El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debería ser vivido con ese mismo espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal.

La vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima.

No podemos limitarnos a fundamentar la obligación de ser santos, sacerdotes santos, en la proximidad física de nuestro contacto con Cristo. Hemos de buscarlo mucho más arriba o, si se quiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser sacerdotal de Cristo, único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nuestro ser presencia sacramental de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote está en la base la santidad sacerdotal.

No podemos vivir nuestro sacerdocio, ni hablar del sacerdocio ministerial o sacramental, como de algo añadido a la propia existencia: al contrario, sino como algo que configura enteramente y que identifica la persona del sacerdote ontológicamente: somos por la imposición de manos, sacerdotes, otro Cristo, presencia sacramental de Cristo Sacerdote.

La dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias de poderes ministeriales, también tiene sus exigencias sagradas, de santidad. No podemos ser contradicción ante Dios, ante la Iglesia y ante nuestra conciencia. Ser otros Cristos, ser como Él por nuestro ser sacerdotal nuestros poderes ministeriales –bautizo yo, bautiza Cristo; absuelvo yo, perdona Cristo– está exigiendo una santidad de altura cual corresponde a la dignidad. Por encima de los laicos, decía el viejo Código de Derecho Canónico.

“Hay que ser santos. Grandes santos. Pronto santos. Ser santos, porque Dios lo quiere. Grandes santos porque así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana. Y pronto santos, vosotros seminaristas, aspirantes al sacerdocio, porque debiendo serlo al ser sacerdotes, es poco el tiempo que os falta”, como decía el venerable José María García Lahiguera. “Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y si ya soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?”. “Ved vuestra vocación… Esta vocación os exige que seáis santos. Con menos no cumplís”. Con menos no podemos contentarnos. Este es el futuro. “Solución de todo: Cristo-Evangelio-Sacerdote-Santo. Este es el camino. Ésta es la solución”. Sin la santidad sacerdotal, todo se viene abajo.

“¡Ay de mí si no evangelizare!”. ¡Ay de mí si no soy santo!. Anverso y reverso de una misma realidad sacerdotal. O mejor aún, santidad que evangeliza, evangelización que es santidad. Una y otra inseparables. Por eso, en estos tiempos tan duros, santidad sacerdotal, más que nunca. No para hacer, sino para ser. Ser santo evangeliza, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo evangelizador y evangelio.

Hermanos sacerdotes, os invito a que ¡volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca gracias a nuestro trabajo apostólico el amor a Cristo presente en la Eucaristía, el gran valor de la adoración eucarística; que hagamos, entre todos –cuento con vosotros– de Valencia una diócesis verdaderamente eucarística como la querían San Juan de Ribera, o el Beato cardenal Ciriaco Sancha, o el venerable D. José María García Lahiguera (que impulsemos la adoración perpetua, en las grandes ciudades al menos), porque así lo exige, además, el gran regalo de la inestimable reliquia del santo cáliz de la Última Cena. Así será una Iglesia de los pobres y para los pobres, henchida de caridad y misericordia para con los más necesitados, verdaderamente evangelizadora, testigo y artífice de unidad, de una nueva civilización del amor, de la paz y de la esperanza.

Como la Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Desamparados, cantemos siempre nuestro Magnificat por la infinita misericordia que Dios ha desplegado sobre nosotros y en favor nuestro y, al mismo tiempo, pidamos su auxilio, para que Él, para quien nada le es imposible, nos ayude a mantener siempre vivo el don que ha puesto en nosotros, sacerdotes. Acudimos también a la poderosa intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de los santos y santas valencianas a quienes invocamos para que ayuden a los nuevos sacerdotes en el ministerio de pastores que la Iglesia, os encomienda como ministros y dispensadores de sus misterios, en el que os aseguro por mi parte, mi agradecimiento, mi cercanía total y mi plegaria.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 14 de Junio de 2015.

 

Pocas fiestas tan entrañables para el pueblo cristiano como la de Corpus Christi; pocas con tan profunda y arraigada tradición religiosa y popular en Valencia, y en todos los pueblos de España. No es para menos: Podríamos decir que el Corpus Christi es la fiesta de la alegría del cristiano, porque es la celebración del misterio perenne de Cristo y, por tanto, también de la redención de toda criatura que ansía y anhela la vida de los hijos de Dios. El Señor, al que adoramos en la Eucaristía y paseamos con júbilo por nuestras calles, es el mismo que vivió en la tierra, murió y resucitó y vive en la eternidad; todo cuanto sucede está en Él. Todo se ha hecho por Él, y sin Él nada se hace de cuanto existe; en Él está la Vida y de su plenitud todos hemos recibido; la gracia y la verdad nos llegan por Él.

Esta fiesta es una confesión pública de la fe. En los tiempos que corremos, cuando tantos cristianos ocultan u olvidan sus convicciones, o cuando corrientes muy poderosas la quieren reducir al ámbito de lo privado y apagar su incidencia en la vida de la sociedad, necesitamos de estas manifestaciones públicas de la fe, que, a su vez, expresan cómo la fe afecta a todo lo humano y posee una dimensión pública, como la misma persona tiene también una dimensión esencialmente social y pública. El salir a la calle en este día de Corpus mostrando, en el espacio público, a la mirada y contemplación de los hombres el misterio eucarístico de nuestra fe, a Jesucristo mismo en persona, todo entero, real y verdaderamente presente aquí en su cuerpo, alma y divinidad, nos recuerda también que la fe no se vive en la clandestinidad ni en el anonimato.

¿Cómo no ver o recordar en el testimonio público de fe que ofrecemos sin arrogancia alguna los cristianos, en este día del Corpus, aquel imperativo que señalaba el Papa San Juan Pablo II en la solemne ceremonia de la consagración de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena, de Madrid en 1993: “Vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo, que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida pública”?

La fe que confesamos en el espacio público en la fiesta del Corpus reaviva, pues, entre nosotros la conciencia de que, en la hora presente, “la Iglesia española, fiel a la riqueza espiritual que la ha caracterizado a través de la historia, ha de ser fermento del Evangelio para la animación y transformación de las realidades temporales, con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano. En una sociedad pluralista como la nuestra se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica en los diversos campos de la vida pública” (San Juan Pablo II).

Tengamos muy presente que la fiesta del Corpus Christi conmemora solemnemente lo que todos los días celebramos en la sencilla paz de nuestras iglesias: el Misterio del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Lo ordena a una más grandiosa y espectacular adoración, mayor que la que todos los días podemos tributar los cristianos al Pan vivo bajado del cielo. Dios se nos ha dado como promesa y posesión en una comida sencilla y ordinaria, el pan y el vino. Bajo estos signos de terrena cotidianeidad, Dios mismo se nos da como alimento. Pero esta misma cotidianeidad puede hacernos olvidar la infinitud y la grandeza de lo que celebramos, por lo cual necesitamos de un día especial que nos lo ponga de más manifiesto.

Nos hemos acostumbrado a ello y tal vez no tengamos la lucidez suficiente ni la perspicacia necesaria para percatarnos de que lo que celebramos en este día es, nada menos, que la presencia real en el sentido más pleno del Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía, es decir, la presencia sustancial por la que Cristo, total y completo, Dios y hombre, está presente. Es el mismo que se encarnó, vivió en el seno virginal de su Madre y nació de Ella, pasó haciendo el bien, fue crucificado, muerto y sepultado, y ahora, resucitado y victorioso, vive para siempre junto al Padre, intercediendo por nosotros, y llevando a cabo su obra salvadora por la Iglesia, su Cuerpo histórico, en la que obra, actúa y mora. Con ello afirmamos que Cristo, con todo lo que Él es, está realmente en el centro de la Iglesia, de la historia, del mundo. Cristo no es un personaje simplemente recordado ni tampoco cercano sólo mediante una imagen o un signo; está con nosotros y cumple su obra redentora que se perenniza en el sacrificio eucarístico.

Quien está realmente presente en la Eucaristía está ahí entregándose por nosotros, obrando su salvación, entregando su vida y amándonos hasta el extremo, en un desvivirse por nosotros para que tengamos vida eterna, abundante, plena. Resulta por ello una contradicción unirse a Jesucristo tal como está en la Eucaristía y, al mismo tiempo, reservarse a sí mismo de manera egoísta, es decir sin desvivirse también por los demás. Celebrar esta fiesta del Corpus exige tener la mirada atenta a los sufrimientos y necesidades de nuestros hermanos, los hombres de hoy. Nuestra adoración a Jesucristo, presente en el Pan sagrado, ha de dirigirse inseparablemente a su entrega. La confesión de fe en su presencia eucarística no se puede aislar de nuestro reconocimiento de Él en los pobres y sufridos, en los que no cuentan, con los que Él se identifica. Sin adoración a Dios, al misterio de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, en la Eucaristía no se puede comprender toda la profundidad de la entrega del Dios Santo a los hombres. Y sólo implicados en este movimiento de la entrega a Dios podremos descubrir al pobre, acercarnos a él, y establecer con él una verdadera y sólida comunión.

Que, por la participación en los sagrados misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Dios nos lo conceda.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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