canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 7 de Junio de 2015.

 

Ocho días después de Pentecostés, celebramos la solemnidad de la santísima Trinidad. Honor y gloria sean dadas al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Alabado y adorado sea por siempre Dios, Uno y Trino, que, en su benevolencia infinita, nos ha dado a conocer su insondable misterio, sólo accesible por revelación. El misterio de Dios desborda nuestro espacio y nuestro tiempo, y aun la creación entera. Lo invade todo, lo penetra todo, lo trasciende todo. Supera nuestra inteligencia y nuestro pensar. Dios es más grande que lo que los hombres podemos imaginar. Sólo Dios puede hablar bien de Dios. Por eso se nos ha revelado y ha querido hacerse familiar a los hombres. Ciertamente, “Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la razón humana... Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios” (Compendio, 45). ¡Qué abismo de generosidad el de Dios, pues ha querido dársenos a conocer para que participemos su misma vida!

Es necesario tomar de nuevo en los labios la palabra “Dios” para besarla, antes que proferirla. Es necesario proferirla con el íntimo estremecimiento y con la suprema reverencia que surgen de la entrega total de la propia vida al misterio sublime que se significa en ella. ¡Gloria y alabanza a la Trinidad Santa en su Unidad!

Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y nos conduce a la verdad plena, los creyentes pueden conocer la intimidad de Dios mismo, Amor eterno e infinito, comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Jesús nos ha revelado el misterio de Dios; nos ha dado a conocer al Padre que está en los cielos: Padre, “no sólo porque es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo que es su Verbo, resplandor de su gloria e impronta de su ser” (Compendio, 46). Quien ve al Hijo, a Jesucristo, ve al Padre; es el rostro de Dios; Él nos ha dado, además, el Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo. En este mundo, el misterio insondable de Dios, abismo de amor y de gracia, nadie puede verlo ni conocerlo con sus solas fuerzas, pero Dios mismo se nos dio a conocer en el rostro y en la carne, la humanidad, de Jesús, de modo que podemos afirmar: “Dios es Amor”; “hemos conocido, en efecto, el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”.

Todo en Jesús, que viene del seno del Padre, todo su ser, es una manifestación de Dios. Todo en Él nos remite al Padre y nos revela la intimidad de Dios, lo que ha visto junto al Padre. Su querer, su pensar, su sentir, conforme a su propio testimonio, es el de Dios; su actuar es enteramente el de Dios, implicado por completo en nuestra historia. En una carne como la nuestra nos revelado que el amor es más fuerte que la muerte, que permanece y vence el Amor, porque Dios es Amor; así nos ha revelado la verdad de nuestro gran destino como hombres, y la dignidad de nuestro ser de hombres. 

Afirmando a Dios, afirma al hombre; el reconocimiento de Dios, es reconocimiento del hombre. Jesús salió del Padre, vino a nosotros para traer la condición fundamental de nuestra vida de Dios, para traernos el anuncio de Dios, la presencia de Dios, y así vencer las fuerzas del mal: ha venido para reconciliarnos con Dios, acostumbrarnos a Dios. Dios nos ha dado la vida y nuestra dignidad. Sólo en Dios encontramos nuestra grandeza. Sólo en la amistad con Dios podemos ser libres con la libertad de sus hijos. Sólo en Dios podemos existir, ser nosotros mismos, ser amados y amar. El ser del hombre se enraíza en Dios de manera irrevocable.

Jesús mostró el rostro de Dios, comunión personal de amor en su intimidad, cumpliendo la voluntad del Padre en todo: así, nace pobre, vive pobre y para los pobres; se acerca al sufrimiento de los hombres, como el Buen Samaritano, y comparte ese mismo padecer de los hombres; cura de dolencias y enfermedades; nunca condena, siempre perdona, incluso a quienes lo llevan a la cruz; está en medio de nosotros sirviendo, no busca ser servido; ama a los hombres hasta el extremo, y se entrega por ellos en su Cruz, obra de la violencia y de la injusticia humana, de quienes no toleran que Dios sea misericordia y perdón, y sea Dios de todos y para todos. Esa Cruz, precisamente, es signo de la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, de la verdad sobre la mentira, de la solidaridad sobre el egoísmo. Así, de esta manera tangible, visible, Jesús nos manifiesta a Dios como amor incondicional por el hombre y la vida de todo hombre: porque en sí mismo es Amor, comunión de personas divinas en una sola divinidad. No sólo nos revela que Dios tiene amor, y que ama a los hombres, sino que es Amor, que en su intimidad, que nos ha querido dar a conocer, es comunión de amor, comunión de Personas, fuente eterna e inagotable de amor. Por eso en Jesucristo, Hijo de Dios, hemos conocido el amor, que el Espíritu derrama en nuestros corazones.

Por la acción del Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad, «quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con Él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los Apóstoles: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”» (Benedicto XVI). La Iglesia sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: Una única naturaleza divina en tres personas; tres personas distintas y solo Dios verdadero. Dios es comunión perfecta, Dios en sí mismo “es Amor”. Al mandar a su Hijo y al Espíritu Santo, Dios revela que Él mismo es eterna comunicación de amor.

Esta es nuestra fe: “el misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los bautizados son bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Compendio 44). Aquí radica nuestra fe; aquí radica nuestra vida, vida de hombres, vida de bautizados, vida de cristianos. Al confesar este misterio hoy reconocemos y confesamos inseparablemente que somos imagen y semejanza de Dios, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios uno y trino que es amor; por eso también, en el amor, es donde la persona humana encuentra su verdad y su felicidad.

Así mismo, al proclamar y adorar el misterio del Dios trinitario, estamos reconociendo que somos de Dios y para Dios, que en el centro de nuestra vida está Dios, que la primacía es de Dios, que todo tiene su origen y su término en el Amor, que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Solo si el esplendor de Dios, que es Amor, se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen de Dios, está protegido con una dignidad que nadie puede violar. Dios, uno y trino, es nuestro creador, Dios nos ha dado la vida, nuestra vida. A Él sólo debemos adorar, a Él debemos amar, en Él está toda nuestra vida. Bajo la primacía de Dios nace la prioridad de custodiar la vida, de respetar la dignidad de todo ser humano, de amar a todo hombre, de mirar las cosas y las personas tratándolas con sumo cuidado y consideración. Si quitamos a las criaturas su referencia a Dios, como fundamento trascendente, corren el riesgo de quedar a merced del arbitrio del hombre que puede hacer mal uso de ellas. ¿Cómo separarnos de Dios? ¿Cómo separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado?

¿Cómo es posible que un hombre diga “no” a lo más grande que hay, Dios, que es Padre en el Hijo por el Espíritu Santo, que es Amor? ¿Cómo es posible que no tengamos tiempo para Dios, que nos encerremos en nosotros mismos o que limitemos toda nuestra existencia a nosotros mismos si es en Dios donde todo se ensancha y engrandece sin límites? Seguramente quien dice no a Dios, o no tiene tiempo para Él, o lo considere su antagonista, o le olvide, es porque nunca ha hecho la experiencia de Dios; nunca ha llegado a “gustar” a Dios, nunca ha experimentado ser “tocado” por Dios. A éstos les falta este “contacto”, y, por tanto, “el gusto de Dios”. A nosotros, creyentes, cristianos por la gracia de Dios, se nos ha dado conocer a Dios, gustarlo y experimentarlo. Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo, o por primera vez, el gusto de Dios, que es donde está la vida, la alegría, el futuro, el amor que permanece y da la felicidad y la dicha.

Es bueno en este día, recordar al Papa Benedicto XVI que se preguntaba: «¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo “probar” a Dios? Y respondía: “cuando el hombre está ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que se puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir y comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. 

Ya no percibe lo divino porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre ya no perciba la mirada de Dios, el ser mirado por Él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí”. Centremos nuestra mirada en Él, escuchémosle, estemos con Él, tengamos trato de amistad con Él... orar, gustar a Dios, dedicar tiempo a Dios. La actividad nos absorbe, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior (Benedicto XVI, a los obispos de Suiza). Es lo que nos recuerdan, como verdadero regalo de la Trinidad Santa a la Iglesia, los monjes y las monjas. 

Los monasterios de vida contemplativa son comunidades de oración en medio de las comunidades cristianas, de nuestras ciudades y nuestros pueblos. En ellos se “gusta” a Dios Uno y Trino, se saborea a Dios, en ellos podemos escuchar “la soledad sonora que recrea y enamora”, que afirma y proclama que Dios es Dios, que sólo Él basta, porque Él es plenitud, Soberano y Señor, “origen, guía y meta de todo lo creado”, que “lo invade todo, lo penetra todo y la trasciende todo”. La vida contemplativa, por eso, está en el corazón y en la entraña misma de la vida de la Iglesia y de los hombres.

Desde el claustro, con la vida escondida con Cristo en Dios, dedicada a la plegaria y al silencio, a la adoración y a la contemplación los monjes y las monjas prestan a la Iglesia y a la sociedad uno de los mejores y mayores servicios que se le pueden prestar al hombre de hoy, de nada tan necesitada como de Dios. Los conventos, cerrados en apariencia, por la consagración y contemplación orante, están en realidad profundamente abiertos a la presencia de Dios viva en nuestro mundo humano; por eso son tan necesarios en el mundo.

Hoy más que nunca necesitamos del testimonio y de la existencia de la vida contemplativa. Ellos y ellas, además de su testimonio, ofrecen a Dios sus vidas y las dedican en la oración a toda la Iglesia y por todos los hombres. 

Los cristianos necesitamos el impulso vigoroso, lleno de fuerza del Espíritu, y del testimonio público de la radicalidad de la vida evangélica que viven los contemplativos y las contemplativas. Necesitamos de ellos y de ellas, que nos muestran cómo se ama a Dios por encima de todas las cosas y cómo, cuando así se ama, se ama inseparablemente con un amor pleno a los hombres. Ellos y ellas nos estimulan, en este mundo tan necesitado de Dios, a la pasión por Dios, que es siempre pasión por el hombre porque la pasión por Él lleva de la mano a buscar su justicia y su amor por encima de todo y a comunicarlo a todos. Es necesario que reavivemos esta pasión por Dios, para que se vigorice la irradiación de la verdad, de la bondad, de la misericordia, del amor, en definitiva, de Dios, cuya gloria es que el hombre viva y viva en plenitud de dicha y de libertad verdaderas.

¡Cómo agradecemos a nuestros hermanos contemplativos y a nuestras hermanas contemplativas su oración, que sostiene a la Iglesia entera! Que Dios les pague cuanto, desde el corazón de la Iglesia, hacen por todos. Que Dios les premie tanta generosidad con abundancia copiosa de vocaciones. 



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 31 de Mayo de 2015.

 

Pentecostés, acción de gracias por el don del Espíritu Santo que nos hace ser nuevas criaturas, hijos de Dios, incorporados a Cristo, miembros de su cuerpo que es la Iglesia; que suscita en nosotros la fe que proclama: “Jesús es el Señor”, y que nos conduce ante Dios llamándole “Abba, Padre”. Él reúne a todos los pueblos en la unidad de la Iglesia para llevar a cabo la misma misión de Cristo hasta que Él vuelva, nos conduce hacia la verdad, hace testigos valientes de su Evangelio, infunde en nosotros el amor, la caridad, para que podamos amar con el mismo amor con que Cristo nos ha amado, nos hace santos con la santidad de Dios.

El Espíritu Santo con su gracia actualiza en los santos las mismas actitudes y sentimientos de Jesús en los cuales Dios se ha revelado. Es en los santos donde podemos “ver” de alguna manera a Jesucristo, donde tenemos experiencia de Él y lo palpamos en toda su cercanía, en toda su obra redentora. Por ellos, entramos en comunión con su misma experiencia. Que Dios conceda esta santidad a la Iglesia, que el Espíritu Santo, santifique a toda su Iglesia santa, y a sus miembros. Sólo una Iglesia de santos dará a conocer a Jesucristo, sólo la vida santa, obra del Espíritu de Santidad, conduce a la experiencia del Evangelio; sólo con santos será creíble y audible el Evangelio. Con la fuerza del Espíritu Santo, señor y dador de vida, miremos a los santos y aspiremos a ser santos.

Pidamos el Espíritu de Sabiduría que nos haga llevar la luz y el testimonio de nuestra fe a quienes la tienen debilitada o carecen de ella. Pedimos que venga sobre nosotros la Fuerza de lo alto que nos haga testigos, el Espíritu de la Verdad que nos impulse a anunciar con obras y palabras el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio de alegría y de la caridad, ese evangelio que necesitamos conocer mejor y experimentar con mayor viveza y fuerza. Pedimos el Espíritu Santo para evangelizar, para impulsar entre nosotros decididamente una vigorosa y nueva evangelización, como en los primeros tiempos, con todo ardor y esperanza. Para que entre nosotros acontezca un nuevo Pentecostés, el gran comienzo de la Evangelización.

Pedimos docilidad al Espíritu Santo para dejarnos guiar por Él: hacernos cada vez más semejantes a Cristo y reflejar su imagen. Que nos haga ser hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la verdadera esperanza. Él abre caminos de renovación y es preciso dejarnos conducir por donde Él lleva a su Iglesia, por esas vías de renovación, las marcadas por el Concilio Vaticano II, el gran Pentecostés de los tiempos actuales, que debemos conocer mejor e implantar enteramente.

Pedimos que nos conceda el don de fortaleza, don del Espíritu, para dar testimonio de Cristo con valentía y libertad y proclamar su palabra por los caminos arduos y nuevos por donde se nos pide llevar a cabo hoy la misión evangelizadora, escrutando sus caminos, dejándonos conducir por El hasta la verdad completa y siguiendo sus decisiones.

Le pedimos que nos conceda el don de la caridad apostólica, la de Cristo, Buen Pastor, que vino a reunir los hijos de Dios dispersos, buscar a los pecadores, y ofrecer su vida por ellos. Que sintamos el amor de Cristo por los hombres y amemos a la Iglesia como Él la ama, con un amor profundo y fiel. Que podamos anunciar con toda nuestra persona y con nuestras palabras a todo hombre, particularmente a los más pequeños y pobres, que son amados por Dios.

Le pedimos que nos conduzca por los caminos de la unidad. Fortalecer la unidad que todos seamos uno para que el mundo crea que Él es el Hijo de Dios, el Enviado por el Padre para anunciar a la buena noticia a los pobres, para sanar los corazones afligidos, para redimir a los que andan bajo la esclavitud del pecado, para liberarnos de la muerte y así tengamos vida.

Le pedimos que nos conduzca por los caminos de la santidad, que es un presupuesto fundamental y una condición indispensable e insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. En la base de toda evangelización y de toda renovación está la santidad. Sólo siendo santos, hombres y mujeres de Dios, podemos ser signos de Dios en el mundo, revivir hoy en nuestras tierras la obra misionera de los primeros cristianos y anunciar a Cristo de un modo creíble. Que nos haga santos, testigos de la experiencia de Dios para poder decir: “lo que hemos visto y oído ....”

Le pedimos al Espíritu Santo que nos haga llegar nuestra fe, avivada y fortalecida los hombres: “creí, por eso hablé”. Que nos fuerce a llevar esa fe, que nos remueva desde dentro y no nos deje tranquilos hasta que hagamos partícipes de esa fe, que es luz y vida. Pedimos un nuevo Pentecostés que no nos deje encerrados en los muros de nuestras casas, ni de nuestros templos, ni de nuestros refugios, sino que nos haga salir como a los Apóstoles, a las calles, a las plazas, es decir, allá a donde están los hombres, para anunciarles sin complejos que Dios les ama, que Cristo, ha muerto y ha resucitado por ellos.

Que el Espíritu Santo nos atraiga de tal manera y nos mueva de tal modo que dejemos de una vez para siempre el ser cristianos ocultos y acomplejados, y salgamos con toda libertad y valentía a plena luz, para confesar el nombre de Jesucristo, para entregar la riqueza de la Iglesia, que nos es otra que el Evangelio de Jesucristo, fuerza de salvación para todo el que cree.

Que nos dé esa fuerza interior que no nos permita estar parados o cruzados de brazos ante la situación apremiante de indiferencia religiosa, de increencia, de desaliento, de neopaganismo que padecen muchos de nuestros hermanos.

Que el Espíritu Santo rompa y destruya nuestros miedos y temores, nuestras inercias y rutinas, nuestras comodidades y perezas, nuestras cobardías y complejos, nuestra falta de fe, y nos impulse irresistiblemente a buscar a nuestros hermanos y comunicarles la fe, que es fuente de libertad y de vida, raíz de la esperanza y fundamento firme para servir a los hombres.

Anunciar y hacer presente el Evangelio en los nuevos areópagos del mundo moderno, hacerlo presente, particularmente en la familia, medios de comunicación social, política, el compromiso por la paz, la defensa de la vida el compromiso por el desarrollo y la liberación de los pueblos, la atención a las minorías, la promoción de la mujer y del niño, la salvaguardia de la creación, el mundo de la cultura, de la investigación científica o de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida.

Que nos haga sentir el gozo de la fe para comunicarla. Mientras no vivamos la alegría inmensa de la fe, el gozo inconmensurable de creer, y no nos apremie el amor de Cristo y de los hermanos o no vivamos desde el convencimiento firme de que no da lo mismo creer que no creer, difícilmente podremos salir donde están los hombres para proclamarles el Evangelio de la gracia y de la reconciliación.

Para renovar la humanidad: hombres nuevos que rehagan el entramado, el tejido de nuestra sociedad. No podemos seguir manteniendo una situación en la que la fe y la moral cristianas se arrinconan a la más estricta privacidad, quedando así mutilada de toda influencia de la vida pública y social. Esta es una de las trampas peores en que podemos caer: pensar que la fe es para la esfera religiosa en su sentido más estricto y restringido.

La aceptación del Dios vivo se manifiesta y hace efectivo en todos los órdenes de la vida real del cristiano, en su vida interior de adoración y obediencia liberadora a la santa voluntad de Dios, en la vida matrimonial y familiar, en el ejercicio de la vida profesional y social, en las actividades económicas y políticas, en todo lo que es el tejido real y social en el que de hecho vivimos inmersos y nos realizamos como personas, en la cultura.

La mejor contribución que la Iglesia puede dar a la solución de los problemas que afectan a nuestra sociedad –como la crisis económica, el paro que aflige a tantas familias y a tantos jóvenes, la violencia, el terrorismo, la drogadicción– es ayudar a todos a descubrir la presencia y la gracia de Dios en nosotros, renovarse en la profundidad de su corazón revistiéndose del hombre nuevo que es Jesucristo. Fieles a la riqueza espiritual, seamos fermento del Evangelio para la animación y transformación de las realidades temporales con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano.

En una sociedad pluralista como la nuestra se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito estrictamente privado, olvidando paradójicamente la dimensión pública y social de la persona humana. Salgamos, pues, a la calle, vivamos nuestra fe con alegría, aportemos a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política. Urge y apremia impulsar, con la fuerza del Espíritu Santo, una nueva evangelización. Esta se encuentra principalmente en manos de los fieles laicos. De ellos depende; sin su mediación activa, sin su incorporación decidida y responsable, no será posible esa urgente e inaplazable obra. 

Con esta ocasión quiero hacer una apelación a la conciencia de todos los que formamos la Iglesia diocesana de Valencia a que fortalezcamos en ella la participación de los laicos, a que hagamos todo lo posible para que los cristianos laicos se incorporen con decisión y valentía a la obra de evangelización, a que pongamos todo nuestro empeño en que cada día haya más cristianos militantes dispuestos a mostrar en nuestro mundo, con obras y palabras, el Evangelio de Jesucristo en todo su atractivo y su fuerza de renovación de la sociedad.

“Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia” (San Juan Pablo II). Pero junto a este testimonio, personal e intransferible de cada uno, y por sí mismo, es necesario que los cristianos laicos se asocien. Las asociaciones laicales para el apostolado movimientos y grupos apostólicos son un signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo. Por otra parte, la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes. Se trata, como dice el Papa, de “unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las diversas condiciones sociales. Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones; y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada”. Para ello, el Espíritu Santo ha suscitado en y para la Iglesia diversos grupos y movimientos apostólicos. Todos ellos merecen nuestra atención y nuestro apoyo.

Entre las formas de apostolado asociado, el concilio cita expresamente la Acción Católica, que tanto vigor y frutos ha dado en nuestra diócesis, y que ahora deberíamos alentar, extender y fortalecer. La Acción Católica se ha distinguido por el vínculo más estrecho que ha mantenido con la Jerarquía. Esa ha sido una de las principales razones de los abundantísimos frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo durante sus muchos años de historia. Su fin es la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia en las costumbres y la animación religiosa de la sociedad. De su grado de fidelidad a la Jerarquía y de concordia eclesial depende y dependerá siempre su grado de capacidad para edificar el Cuerpo de Cristo. Nuestra diócesis, como la Iglesia, necesita una Acción Católica vigorosa, con fuerza militante, que impulse una nueva evangelización, que sea una viva irradiación de la comunidad eclesial en su unidad, en su caridad y en su misión de difundir la fe y la santidad en el mundo.

Pido encarecidamente a todas las parroquias de nuestra diócesis que hagan todos los esfuerzos posibles por implantar, donde no esté, o por fortalecer y extender la Acción Católica renovada, donde esté ya establecida, conforme a las nuevas orientaciones de la Conferencia Episcopal Española. No podemos inhibirnos con el pretexto de los defectos reales o supuestos que pueda o haya podido tener la Acción Católica. Una actitud semejante sería contraria a la acción del Espíritu que nos habla a través del Papa, del Concilio, o de la voz de los Obispos que recomienda y pide esa atención y crecimiento de la Acción Católica. Que Dios nos conceda a la diócesis de Valencia, llamada a impulsar una nueva evangelización, el contar con una Acción Católica vigorosa, como antaño, implantada en todas o casi todas las parroquias de nuestra Iglesia diocesana.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 24 de Mayo de 2015.

 

Acabamos de celebrar la Ascensión del Señor, acontecimiento que nos llena de gozo y alegría, y funda y ensancha nuestra esperanza. Ante este hecho bien podemos repetir las palabras del apóstol San Pablo en la lectura de la carta a los Efesios: «Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro propio corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál es la grandeza extraordinaria de su poder para nosotros, los que creemos». 

Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna del Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado. La humanidad de Cristo, semejante en todo a la nuestra, ha entrado en la gloria de los cielos para siempre; nuestra humanidad está ya en los cielos, a donde hemos sido llamados todos, en Cristo y con Cristo, como cuerpo de Cristo, nuestro Señor, nuestra cabeza. La ascensión de Jesucristo a los cielos, su exaltación como Señor de cielos y tierra, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Él fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad, la gloria de los cielos. «El, ascendido hoy hasta lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos, no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su reino» (Prefacio).

La ascensión a los cielos no es el comienzo de la ausencia de Jesús, porque el que subió lo hizo para llenarlo todo como Señor que tiene el universo como estrado de sus pies. La Ascensión implica el misterio de una presencia nueva de Jesús en la Iglesia: «Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos». Como Señor del universo y de la historia, Cabeza de la Iglesia, Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. El mismo y único Jesucristo está en la Iglesia y la Iglesia en Jesucristo. El Cristo total, el cuerpo de Cristo en su unidad y realidad presente, es la cabeza y los miembros. Al Misterio de Cristo pertenece la Iglesia. A la totalidad del misterio salvador de Cristo pertenece también la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora: «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra». Los cristianos no solo actuamos en el mundo recordando y secundando las palabras o enseñanzas de Jesús; es Él mismo quien, por su Espíritu, se sirve de la Iglesia para la salvación de los hombres. Cristo vive en ella, actúa en ella; por medio de ella cumple su misión, lleva a cabo su obra de redención por la palabra, los sacramentos, la vida de los cristianos. Cristo enseña a través de su Iglesia; en ella y por ella reina y comunica su santidad. Con la Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia donde Cristo está presente y actúa. El está unido para siempre con ella.

La Iglesia existe para hacer presente a Cristo en obras y palabras; existe para dar testimonio de Él; para evangelizar; para hacer presente a Cristo en todo. La Iglesia existe para Cristo, es de Cristo, no sería nada sin Cristo. Todo en ella ha de apuntar a Jesucristo; no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de mostrar a Jesucristo en todo. La Iglesia, hoy como ayer y siempre, como en los primeros momentos en que es enviada por el propio Jesús antes de subir a los cielos, se presenta con el mismo anuncio y testimonio de siempre, con la misma y única riqueza y tesoro de siempre: Jesucristo. En Él, y no en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de esperanza para los hombres, para España, para el mundo entero es Cristo; y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la corriente de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor, que está con sus llagas abiertas intercediendo siempre por nosotros ante el Padre.

En los tiempos que se nos ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a dejar que su amor y su gracia, su salvación y su luz, su obra redentora actúen en nosotros, y, por nosotros, en los demás; y nos transformen, nos cambien, nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres nuevos. Todo debería conducir a que los hombres le conozcamos, le amemos y le sigamos como el camino y la pauta inspiradora, la verdad, de nuestra conducta individual, familiar, social y pública, el único programa válido para la renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino que es la fuente misma de la salvación, la salvación misma.

Abrámonos a Él, constantemente y con confianza plena, sin ningún miedo ni temor, y dejémonos renovar y conducir enteramente por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la verdad, descubre la Vida y recorre el Camino que conduce a ella. Los textos de la palabra de Dios definen nuestro ser y nuestra misión: «Id, evangelizad, enseñad, haced discípulos míos, sed mis testigos, daréis testimonio de todo esto». Por el tenor de la vida y el testimonio nuestro, de los cristianos, los hombres de hoy, los que están lejos o alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a otras religiones, los indiferentes, los escépticos, los agnósticos, podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. Él es la única respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo. La única respuesta a la sed insaciable de felicidad se llama Jesucristo; la única medicina para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. Él es la esperanza de toda persona porque es y da la Vida eterna; Él es la palabra de vida venida al mundo en carne para que los hombres tengan vida; Él nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad. Mirando a Cristo, acogiendo a Cristo, siguiendo a Cristo, siendo testigos de Él, presencia suya, es como nosotros y todos los hombres, nuestros familiares y vecinos, nuestros contemporáneos y amigos, nuestros compañeros de trabajo, podrán hallar la única esperanza que pueda dar plenitud de sentido a la vida.

Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo pasado o superado; ningún hombre puede separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa y decorativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. Él es el Señor y reclama espacios en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en este seguimiento de Cristo. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia humana. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se ofrece y propone sin cesar a la libre adhesión de todos para que la alegría de su amor y de su salvación esté en todos, para que los ojos que lo contemplen y le sigan en la fe no miren más al mundo y a la historia con desesperanza. Por eso, la Ascensión del Señor nos invita a que demos testimonio, anunciemos y hagamos discípulos de Jesucristo, porque es donde está el futuro y la vida.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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