canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Viernes 3 de Abril de 2015.

 

Víspera de su muerte. Atardecer en Jerusalén. Jesús cena con sus discípulos su última cena: Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía, día del amor fraterno. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Había deseado ardientemente que llegase este momento, el de entregarse enteramente y convertirse para siempre en nuestro. Deseo de Dios mismo que anhela dársenos como don, como regalo, como paz. Por ello, tomó el pan: "Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros". Después tomó el cáliz con el vino, y dijo: “Es la nueva Alianza en mi sangre derramada por vosotros". "Por vosotros", "por nosotros": ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza, la esperanza para el mundo entero. "Por vosotros", es el amor de Jesús que nos redime y nos salva. Ahí está el amor de Cristo que se nos da en comunión para que nosotros, en comunión con Él, nos amemos y demos a los demás: "haced esto en conmemoración mía". No podemos participar en el banquete eucarístico si no tenemos caridad. Y no podemos tener caridad si no edificamos la comunidad cristiana sobre la Eucaristía: "Amaos como yo os he amado".

Pocas horas antes de ser entregado, la tarde en la que el huracán de la violencia se precipita sobre el Príncipe de la paz, Jesús mismo, manso y humilde, pacífico, se rebaja, se pone los atuendos de esclavo, la ropa de nuestra miseria, se arrodilla ante cada uno de sus discípulos, y les lava los pies. Así es Jesús: ahí está todo el sentido de su vida y de su pasión: despojarse de su rango, servir y no ser servido, inclinarse ante nuestros sucios pies, la inmundicia de nuestras vidas, lavarnos, purificarnos y acondicionarnos como comensales para que nos sentemos a la mesa con Dios que nos invita.

"Fracaso" de Viernes Santo: la mirada se centra en el Crucificado. Ajusticiado y condenado por leyes humanas, tras un proceso injusto, sin razón, como tantos condenados a lo largo de la historia. Ahí palpamos la gravedad de la miseria del pecado del hombre. En Jesús, humillado, destrozado y colgado de un madero, como "un varón de dolores", contemplamos a Dios que, porque tanto ama a los hombres, ha entregado su vida en su propio Hijo. La sangre de la cruz es la sangre de Dios. Ese es el precio de cada hombre; lo que vale a los ojos de Dios. Escándalo y locura de la cruz lo contrario del poder que oprime y aplasta o de la realeza que domina; lo contrario de la demostración apodíctica o de la sabiduría "razonable" que guarda la vida y busca seguridad, lo contrario de la eficacia y de la utilidad, lo contrario de los ideales abstractos o de las utopías alienantes, lo contrario de la huida fácil ante la miseria, lo contrario de la soberanía sublime e impasible de la divinidad alejada del sufrimiento conforme a nuestras ideas humanas espontáneas que de Dios interesadamente nos hacemos. "Todo está consumado. E, inclinando la cabeza, entregó su espíritu". Silencio de la cruz. Silencio de tantos crucificados a lo largo de la historia, amasados con la Cruz de Jesucristo. Viernes Santo de los tiempos actuales: miseria y hambre, violencia, de millones de hermanos en Irak, Paquistán, Nigeria, en la India, en Hispanoamérica, millones de criaturas no nacidas que no verán nunca la luz, desgraciados enganchados en la droga, enfermos desahuciados, ancianos abandonados, padres sin trabajo, ...ese largo via-crucis que se une al de Jesús, lleno de sangres y heridas, lleno de dolor y envuelto en escarnio y abandono. Viernes Santo del siglo XXI incluido en el Viernes Santo de Jesucristo. Grito de socorro de nuestro tiempo en solicitud de ayuda al Padre. Grito transformado en oración al Dios siempre cercano. Pero ¿podremos orar con sincero corazón mientras no limpiemos la sangre de los vejados y no sequemos sus lágrimas? ¿No es el gesto de la Verónica lo mínimo para que sea legítima nuestra oración? Jesús crucificado es la paradoja de un Amor que, desde la humillación, desgarra la tiniebla y el desorden establecido de este mundo, con la luz nueva que viene de Dios viviente que le resucita de entre los muertos y lo glorifica.

Sábado Santo: esperanza silenciosa en Dios, confianza en su poder y su fuerza. Dios conserva su poder sobre la historia y no la ha entregado a las fuerzas ciegas y a las leyes inexorables de la naturaleza. La ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra. No hay nada inexorable e irremediable; todo puede ser reemprendido, salvado, perdonado, vivificado. La muerte ha sido vencida. "No tengáis miedo", les dice el ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro en el que han puesto el viernes a Jesús para ungir su cuerpo. "No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús el Crucificado. No está aquí. ¡Ha resucitado! No busquéis entre los muertos al que vive". Este es el gran anuncio, el gran pregón para todos los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de la crucifixión, y la pesada losa con que sellaron su tumba, no han podido retener la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin reservas en la misma cruz y ha brillado todopoderosa en el alba de la mañana de la resurrección. Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresarle para siempre al Autor de la vida, Jesucristo, han sido rotos, no han podido con El.

Vigilia de Pascua, Día de resurrección: Todo queda iluminado y revelado. Todo queda salvado. Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido; sería alguien que fue alguna vez. Eso significaría que Dios no interviene en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Todo ello querría decir, por su parte, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos, los que no tienen conciencia. Muchos hombres, y en modo alguno sólo los malvados, quisieran efectivamente que no hubiera tribunal alguno pues confunden la justicia con el cálculo mezquino y se apoyan más en el miedo que en el amor confiado. De una huida semejante no nace la salvación, sino la triste alegría de quienes consideran peligrosa la justicia de Dios y desean que no exista. Así se hace visible, no obstante, que la Pascua significa que Dios ha actuado. “¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo!"


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 29 de Marzo de 2015.

 

Estamos en los umbrales de la Semana por excelencia "Santa". Entraremos a ella con veneración y asombro, con fe y esperanza, con profundo agradecimiento ante tanto amor que Dios nos muestra y entrega en su Hijo, con sentimientos de piedad y corazón contrito y humillado; llenos de gozo porque sabemos que ha llegado "la hora de la verdad", la hora en que es glorificado el Hijo del Hombre, la hora de Dios y de la esperanza que no defrauda para la humanidad entera. Porque en ella contemplamos y vivimos, de manera particularmente intensa, el Misterio de Jesucristo que se muestra, en toda su densidad, en los acontecimientos de su pasión, muerte y resurrección, que estos días actualizan las celebraciones litúrgicas y se expresan plásticamente en las manifestaciones de la devoción popular.

A pesar de la fuerte secularización que nos envuelve –de la que se ve afectada la celebración de la Semana Santa, a veces vaciada de su contenido o reducida a una expresión cultural–, los cristianos de Valencia queremos celebrarla en toda su verdad. En los templos y en las calles, en los corazones de cada fiel cristiano de Valencia, templos vivos de Dios, queremos, en efecto, que sean días de fe reavivada por la escucha de la Palabra de Dios, la lectura de la Pasión de Jesucristo, la contemplación de su rostro y de su cuerpo escarnecido colgado del madero o glorioso triunfador de la muerte.

Queremos vivir con piedad religiosa, en estos días santos, los misterios fundamentales de nuestra fe que constituyen, junto con la Encarnación y venida en carne del Hijo del Dios vivo, Jesucristo, el centro y la cima de toda la historia humana, la clave y el sentido de todo. Queremos que, en esta Semana, sean vividos por nosotros con fervor hondo y sincero los misterios acaecidos en Jerusalén en tiempo de Poncio Pilato, que han cambiado la faz de la tierra y la han hecho brillar con la luz inextinguible de la redención que se extiende a todos los hombres y pueblos, a toda realidad de nuestro mundo.

Pedimos a Dios nos dé su gracia, nos ayude con su auxilio, para que la participación en la liturgia, en las visitas al "Monumento" donde se encuentra el Señor Sacramentado o en las vigilias de oración, en los "Via Crucis" que hagamos, en las procesiones o en otras manifestaciones de la piedad popular, en los momentos intensos de oración sencilla y auténtica, en las obras de penitencia y de caridad de estas jornadas, nos llenemos de cuanto estos días celebramos de la fuerza vivificadora de la salvación que procede de la Cruz y de la Resurrección del único Nombre, Cristo, que se nos ha dado a los hombres para la salvación de todos.

Que Dios nos conceda a todos el vivir estos días en un ambiente de oración intensa y verdadera, en adoración humilde y en acción de gracias, en plegaria confiada por las necesidades de todos para que a todos alcance la alegría de esta salvación, en contemplación de tanto amor por nosotros para que, de ahí, saquemos amor para amar con ese mismo amor que en derroche de gracia y sabiduría vemos y palpamos en los misterios de la Pascua.

Que venga a nosotros el auxilio de la gracia divina, que sea una Semana Santa celebrada en verdad. Una Semana, arranque y aliento para el resto de las semanas, vivida en conformidad plena con la verdad auténtica que en ella se contiene: la del amor de Dios que nos ama hasta el extremo para que su amor esté en nosotros y nos amemos como Él nos ha amado en su Hijo Jesucristo, aclamado por los pequeños, los niños y sencillos con palmas y ramos de olivo en su entrada en Jerusalén, hecho pan y vino –cuerpo y sangre–, partido y derramado por nosotros, traicionado, acusado injustamente, apresado y llevado a los tribunales inicuos, condenado y ajusticiado como un malhechor, con los hombros cargados y abrumados por nuestros delitos, colgado del madero de la cruz fuera de la ciudad, sepultado en un sepulcro que ni siquiera es suyo, resucitado, triunfador de la muerte, piedra angular sobre la que únicamente se puede edificar una humanidad nueva.

Sentimos la llamada para celebrar con verdad, a vivir de manera especialmente fuerte la caridad que brota del costado abierto de Cristo y de su Cuerpo entregado, con obras de caridad significativas, con limosnas, con visitas a los enfermos y a los pobres y desamparados. No podemos olvidar que el Jueves Santo, día de la Institución de la Eucaristía o memorial del que se entrega por nosotros habiendo amado hasta el extremo a los suyos, es el "Día del amor fraterno", inseparable de los demás días de esta Semana, porque forma una unidad con ellos. Como la Cena del Jueves Santo, en que Jesús lavó los pies a los discípulos y nos deja el testamento como alianza nueva y eterna de ese amor entregado por todos los hombres, toda la Semana y todo el año no debería ser otra cosa que expresión y realidad viva de su mismo amor: hacer lo mismo que Él ha hecho y nos ha dejado.

Nuestros corazones y miradas, nuestros pensamientos y deseos como discípulos de Jesús, como cristianos, estos días se recogerán en un interior contemplativo, mirando a la cruz, oteando la alborada de la mañana de Pascua en la que quedan rotas todas las cadenas y amenazas de mal y de muerte que pesan sobre la humanidad entera, sobre todo en estos momentos de oscuridad que nos envuelve particularmente por los horrores de las guerras y tanta violencia desatada. Ante la Cruz, ante Cristo que cuelga del madero para el perdón de nuestros pecados y liberarnos de la muerte, traer la paz y la reconciliación, inundarnos con la infinita y divina misericordia, y darnos y llenarnos de vida plena, desfilan estos días como un calvario, siempre el mismo, tanto sufrimiento y tanto horror, tanta herida y tanta sangre, tanta muerte y tanta amenaza de aniquilación, tanta injusticia y tanta violencia como aqueja nuestro mundo, como se ceba en todos los crucificados con Cristo a lo largo de los tiempos de nuestro propio tiempo. ¿Qué se puede hacer?

«Los Evangelios cuentan que a un hombre llamado Simón, “le obligaron a llevar su cruz” y que había algunas mujeres que los seguían, llorando, a lo largo de todo el camino hasta el lugar de la crucifixión. La tradición narra que una mujer de nombre Verónica enjugó el rostro de Jesús con un lienzo. El Evangelio de San Juan nos dice que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena, así como el discípulo a quien Él quería”. Los fieles no abandonaron al Hijo de Dios escondido en el Hijo del Hombre que sufría. También para nosotros, Jesús en la Cruz se convierte en la prueba de nuestra fe y en el juicio de Dios sobre nuestra conducta» (San Juan Pablo II).

Celebrar, en consecuencia, la Semana Santa en verdad reclama unirnos a Cristo crucificado, unirnos en Él y con Él a los crucificados y sufrientes de nuestro tiempo, a las víctimas de la violencia, a los que padecen el desamor, para mostrarles el amor redentor, para que puedan "ver" a Jesús, que ha dado su vida por ellos y quieren conocerlo, verlo y palparlo, como nosotros lo hemos visto y palpado en su cercanía de infinita compasión, misericordia y amor por todos.

A todos deseo que esta Semana sea muy santa, es decir, llena de fe y de amor, abierta a la esperanza. Que sea una Semana dichosa porque en nosotros se enraíza el Amor que cuelga de la Cruz, ese amor extremo y pleno que se nos ha dado y con el que podemos amar, amarnos unos a otros, como Él nos ha amado. Que sean días abiertos de par en par a la paz, la verdadera paz, la que solo Él puede dar, la que brota de su sangre derramada para la reconciliación y el perdón, la que surge llena de vida nueva con la victoria de la resurrección; esa paz con la que el Señor, triunfador del odio y de la muerte, nos saluda a todos y nos la entrega para que demos testimonio de ella y la hagamos presente entre los hombres, como Él está presente, en medio nuestro, hasta el fin de los siglos. ¡Esta semana es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de la victoria de la resurrección de Jesucristo, garantía segura de nuestra resurrección, que llena de sentido la vida!


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 22 de Marzo de 2015.

 

Celebramos la fiesta de San José en toda la Iglesia, y con un especial relieve la celebramos en Valencia. Esta fiesta no debería apartarnos del camino cuaresmal, al contrario. Porque esta figura excepcional nos lleva de la mano a lo que constituye este camino de Cuaresma. San José, sin duda, es una figura cercana y querida para el corazón del pueblo de Dios, la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia, una figura que invita a cantar incesantemente la misericordia del Señor, porque el Señor ha hecho con él obras grandes, y ha manifestado su infinita misericordia en favor de los hombres. No podemos olvidar que la figura de san José, aun permaneciendo más bien oculta y en el silencio, reviste una importancia fundamental en la historia de la salvación. A él le confió Dios la custodia de sus tesoros más preciosos: su Hijo único, venido en carne, y su Madre Santa, siempre Virgen. A él obedeció Jesucristo, el autor de nuestra salvación; en él tenemos el gran intercesor ante el Hijo de Dios, Redentor nuestro, que nació de la Virgen María, su esposa; de él aprendió a crecer en estatura, en sabiduría y gracia, a trabajar con manos de hombre; en él tenemos el ejemplo del hombre fiel y creyente, y del siervo prudente.

Son poquísimas las alusiones a san José en los Evangelios, sólo en Mateo y en Lucas; sin embargo, con una gran sobriedad, nos ofrecen los trazos que delinean esta figura singular, en la que Dios ha encontrado la docilidad total para llevar a cabo sus promesas. José, desposado con María, era del linaje de David. Así unió a Jesús a la descendencia davídica, de modo que, cumpliendo las promesas sobre el Mesías, el Hijo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, puede llamarse verdaderamente «Hijo de David». David no verá a su sucesor prometido, «cuyo trono durará para siempre», porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía de Natán, es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios, escucha su palabra que le llega a través del Ángel mensajero, la acoge, la obedece, se fía, cuando éste le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Y José «hizo lo que le dijo y le había mandado el Ángel».

Mateo dice de José, «como era un hombre justo obedeció al mandato». Ser justo es decirlo todo de José; no solo que era un hombre bueno y comprensivo; es decir, sencillamente, la reciedumbre y solidez de toda su persona que se caracteriza en su identidad más propia, hasta definirlo por vivir de la fe, como «el justo vive de la fe»; por confiar plenamente en el Señor, y, así, ser bendecido enteramente por Dios, como el árbol que crece junto a las aguas del río. El justo es el que camina en la ley del Señor y escucha sus mandatos, el que vive en la total comunión con el querer divino y realiza su verdad, el que permanece firme en la fidelidad inquebrantable de Dios, y toma parte en su misma consistencia, que es la de Dios mismo: el justo es el hombre de las bienaventuranzas bien arraigado en Dios. 

Para José, como el justo que es probado y acreditado, llega el momento de la prueba, una dura prueba para su fe y fidelidad. Prometido de María pero que, antes de vivir con ella, descubre su misteriosa maternidad y queda turbado. El evangelista Mateo subraya, precisamente, que «como era justo, no quería repudiarla y, por tanto, resolvió despedirla en secreto». En la noche, en sueños, el ángel le hizo comprender que era obra del Espíritu Santo; y José, fiándose de Dios, renunciando a sí mismo y a su criterio, a su manera de ver las cosas y a su proyecto propio, accede y coopera con el plan de la salvación: deja a Dios ser Dios, sin imponerle ningún molde o criterio humano previo, preestablecido por el hombre. Cierto que la intervención divina en su vida no podía menos que turbar su corazón, sumida en la oscuridad de la noche y de la falta de luz en esos momentos. Y es que confiarse en Dios no significa ver todo claro según nuestros criterios, no significa realizar lo que hemos proyectado; confiarse en Dios quiere decir expropiarse, es decir, vaciarse de sí mismos, renunciar a sí mismos, porque sólo quien acepta perderse por Dios puede ser "justo", con la justicia o verdad de Dios, como san José; es decir, puede conformar su propia voluntad y querer con Dios, con su designio, y así vivir y caminar en la verdad y la luz.

En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de fidelidad y de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente. En él vemos la fe de nuestro padre Abrahán, padre de los creyentes. En José encontramos a un auténtico heredero de la misma fe de Abraham; fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífico. En verdad, como dice la carta a los Hebreos acerca de Abrahán, también José «creyó contra toda esperanza». Se fió enteramente de Dios. Vemos en esa fe, la misma fe de su esposa, María, que dice: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». En esa fe, y por ella precisamente, vemos cómo está unido a su esposa para cumplir la voluntad de Dios, para hacer lo que Dios quiere, para escuchar y obedecer la Palabra de Dios, lo que Dios manda, y así cumplir el designio de Dios: «Dichoso él porque ha escuchado la palabra de Dios», la ha acogido, y la ha obedecido, sin ninguna certeza humana, solamente fiado de lo que el mensajero le ha trasmitido. Como el mismo Jesús, hecho hombre en el seno de María por obra del Espíritu Santo y confiado a la custodia de José: «Me has dado Señor un cuerpo, aquí estoy, ¡oh! Dios, para cumplir tu voluntad».

Esta grandeza de José, que es la grandeza de la fe, como la de María, resalta aún más, porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo –el de la humildad y el del ocultamiento– en su existencia terrena. Es José, como lo dibujaba San Juan Pablo II, el hombre del silencio, del «silencio de Nazaret». Es el estilo que lo caracteriza en toda su existencia: como en la noche del nacimiento de Jesús, o escuchando al anciano Simeón, o cuando Jesús es hallado en el templo y recuerda a sus padres que tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, porque sólo Dios es nuestro Padre y «toda paternidad viene de Dios». Podemos considerar a san José, bendito y dichoso, porque él fue el primero al que se le confió directamente el misterio de la encarnación, el cumplimiento de las promesas de Dios, del Dios con nosotros, Emmanuel. Y, como María, guardó este secreto escondido a los siglos y revelado en la plenitud de los tiempos. Guardó en su corazón y lo custodió: porque el "secreto" era el Hijo de María, a quien El habría de poner el nombre de Jesús, el "Salvador" de todos los hombres, Mesías y Señor. El Padre celestial ha puesto al frente de su Familia a José, servidor fiel y prudente, y le ha confiado, haciendo las veces de padre, el cuidado diario en la tierra de su único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo nuestro Señor; un cuidado realizado en la obediencia, la humildad y en el silencio. A él le cupo el honor y la gloria de criar a Jesús, esto es, de alimentar y enseñar a Jesús, de conducirle por los caminos de la vida para aprender a ser hombre, para aprender a trabajar como hombre, amar como hombre con corazón de hombre, a insertarse en una historia y una tradición concreta, aquella del Pueblo de Dios elegido y amado, educarle como hombre, e, incluso, educarle en la plegaria de aquel pueblo a rezar como hombre. ¡Qué maravilla que el Hijo de Dios se sometiese así a José y aprendiese a obedecer y a caminar en la vida del hombre junto a José!

¡Qué bien refleja todo esto aquel maravilloso cuadro de El Greco en la sacristía de la catedral de Toledo, a decir de los especialistas una de las pinturas más bellas y mejores del pintor toledano de adopción!: Jesús, niño es conducido lleno de gozo por José, que le mira atentamente con una mirada de ternura y de fe incomparables, caminando con él, de la mano de él, con esos ojos puestos en Jesús y, en el horizonte, o mejor en el cielo, recorriendo los caminos de la vida con José. ¡Qué ejemplo tan grande tenemos todos para ser servidores de los otros, para servir a Cristo, para servir silenciosamente a Cristo, que se identifica con los pobres, los enfermos, los que sufren, los desvalidos, los que están solos, . .los ancianos! Dios nos concede un guía y un protector, aliento y luz, con el estímulo sencillo y grande de san José.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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