canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

Domingo 02 de Agosto de 2015.

 

Acabamos de celebrar el pasado 25 de julio la fiesta de Santiago, nuestro apóstol Santiago, evangelizador ardiente, patrono de España. Y la verdad es que en ese día he sentido una alegría profunda por el don de la fe, gracias a la predicación, trabajos apostólicos, esfuerzos, sacrificios y martirio del apóstol Santiago. No sabemos lo que tenemos con la fe; no hay nada mejor que pueda ocurrirnos en nuestra vida, no hay mejor ni mayor tesoro. Por eso también, una vez más lo confieso, me siento incómodo ante el hecho de que en la totalidad de las Comunidades Autónomas de nuestra España, también la nuestra, no sea día festivo a efectos laborales. Prácticamente la Iglesia se queda casi sola en esta celebración: ella sigue y seguirá manteniendo este día con su máximo rango litúrgico como solemnidad y como día precepto para todos los fieles. La verdad es que no acabo de entender cómo el Patrón de nuestra nación española, de la patria de todos cuantos vivimos en las distintas Comunidades, no nos une en una fiesta común. Y más aún en unos momentos como los que estamos viviendo en que se necesitan gestos que fortalezcan la unidad en la diversidad de las gentes, pueblos y regiones de España. La historia de nuestra patria española está amasada, en efecto, con la figura del Apóstol. Lo queramos o no, los hechos son los hechos, y sin la fe transmitida por los apóstoles ni hay España, ni sin Santiago, o sin Compostela, se puede entender la España que hay.

Además, después de san Benito, es en los caminos de Santiago donde surge la conciencia de Europa; ella se ha encontrado a sí misma alrededor de la memoria de Santiago; ella ha nacido peregrinando hacia la tumba del Apóstol. Y es en nombre de Santiago como se evangeliza gran parte de la América descubierta. Su sepulcro, en Compostela, y su memoria es punto de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Es mucho, en efecto, lo que España, Europa y América deben a Santiago. Su legado, que es el testimonio y la fe de Jesucristo, están en nuestras raíces. Nuestra identidad, la identidad de nuestros pueblos, de los pueblos de Europa y la de los pueblos de América es, en efecto, incomprensible sin el cristianismo. Todo lo que constituye nuestra gloria más propia tiene su origen y consistencia en la fe cristiana que ha configurado el alma de nuestros pueblos. Nuestra cultura y nuestro dinamismo constructivo de humanidad, el reconocimiento y la defensa de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, el profundo sentimiento de justicia y libertad, el amor a la familia y el respeto a la vida, el sentido de tolerancia y de solidaridad, patrimonio todo él del que nos sentimos legítimamente orgullosos, tienen un origen común: la fe cristiana, en cuya base se encuentra el reconocimiento de la verdad del hombre y su pasión por el hombre y su defensa.

Esta verdad y defensa del hombre, de la persona humana y de su libertad, bases de una sociedad democrática y de una convivencia en paz, son inseparables de la fe en el Dios y Padre de Jesucristo, Creador de todo, que ama a cada ser humano por sí mismo, y que, en un supremo gesto de amor, ha enviado su Hijo Único al mundo para que se hiciese hombre y compartiese en todo nuestra condición humana, menos en el pecado, entregase su vida por nosotros, y resucitase vencedor de la muerte para la salvación de todos. Ningún continente ha contribuido más al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes, como el nuestro. Precisamente porque no hay desarrollo ni progreso humano al margen de la verdad del hombre y, menos aún, en contra de ella. Esta verdad del hombre la encontramos en Jesucristo visto y oído, experimentando y palpando en la historia anunciado y testificado por los apóstoles, entre los que se encuentra nuestro Santiago.

Y la verdad nos hace libres. La verdad del hombre en toda su profundidad y extensión es fuente de libertad auténtica. La fe permite al hombre conocerse a fondo, descifrar el enigma de su existencia, situarse justamente en su libertad. Esto, los españoles se lo debemos a Santiago. A él somos deudores de la visión y a precio de la libertad que, lo queramos o no, en el mundo ha venido de la fe.

No pretendo volver a una vieja cristiandad, ni revivir ningún “sueño de Compostela”. Lo que me importa realmente es que España se vuelva a encontrar a sí misma, que sea ella misma, que descubra sus orígenes y avive sus raíces; que reviva su presencia en otros continentes. Nos lo recordó el Papa Benedicto XVI, precisamente en su viaje a Santiago de Compostela. Nuestra sociedad necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. La recuperación de la fiesta de Santiago y avivar la raíces que él nos evoca podrían contribuir en alguna medida a esa reconstrucción, tan necesaria como urgente.

Pido a Dios, por intercesión del Apóstol Santiago con cuya sangre consagró los primeros trabajos de los apóstoles, que fortalezca a la Iglesia con su patrocinio y que mantenga a España en la fidelidad a Jesucristo: esta es su mayor grandeza y su mejor herencia. Vivimos tiempos difíciles para la fe: nos acosan, pero no nos derriban. Serviremos y obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Daremos testimonio valiente de Jesucristo. Que Dios nos conceda ser fieles al mensaje evangélico; que dé fortaleza y valentía a los pastores para que no se arredren ni se echen atrás en el anuncio del Evangelio, en la defensa de la fe y en la defensa del hombre y de sus derechos fundamentales. Que nuestros gobernantes y cuantos les asisten gobiernen con rectitud y trabajen en el bien común, por el bien de todos, que sean capaces de rectificar en lo que deben rectificar; que nuestro pueblo español viva en mutua comprensión y reine en él la paz y la justicia. Que seamos dóciles siempre al Evangelio de Jesucristo y no nos dejemos llevar al retortero por falsas doctrinas, o sucumbir al relativismo imperante, cáncer que nos corroe y destruye. Que defendamos y mantengamos viva llena de vitalidad la verdad del matrimonio y de la familia, que trabajemos por el respeto de la vida y de la dignidad de la persona humana; que pongamos el máximo empeño en la defensa y promoción de un marco legal que permita la educación integral de niños y jóvenes en un contexto de justicia y libertad. Que España se mantenga unida y no se disuelva ni se desintegre en su realidad más propia. Que Dios, que nos ha concedido el que la predicación apostólica arraigara en nuestro suelo patrio, nos conceda también que esta fe se dilate y se purifique sin cesar.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 12de Julio de 2015.

 

Acabo de regresar prácticamente de Ávila donde he pasado tres días en peregrinación con los seminaristas de Valencia con motivo del jubileo teresiano por los quinientos años del centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Ha sido una auténtica inmersión en el universo teresiano: vida, enseñanzas, tiempos y lugares de la Santa. Un verdadero regalo de Dios para cuantos participamos en esta peregrinación.

Allí he tenido ocasión de reflexionar, a la luz del magisterio de Santa Teresa de Jesús, sobre lo que nos acontece en estos momentos (qué actual, siempre vivo, he encontrado el magisterio de la Santa, qué iluminador resulta, y cómo nos centra en lo que es fundamental). Vivimos momentos cruciales. Sin duda, son muchas las realidades, grandes las necesidades y abundantes los problemas que reclaman la solicitud atenta de la Iglesia. No son soluciones o respuestas parciales lo que necesitamos; por supuesto no son solo medidas económicas, ni técnicas solo; algo más substancial, central y hondo necesitamos. Junto a Santa Teresa se ve con mayor viveza el drama de nuestro tiempo; aunque se tuviera casi todo, aunque se pudiera lograr casi todo tecnológicamente hablando, aunque se tuviera todo el poder humano, todo eso puede manifestar, manifiesta de hecho, la mayor de las pobrezas, la mayor de las debilidades, porque, en este momento actual de la historia, el más hondo, vasto y auténtico problema, la mayor de las indigencias y la más absoluta debilidad, es que “Dios desaparece del horizonte de los hombres y con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos” (Benedicto XVI). Se palpan innumerables signos de cómo hoy nuestro mundo se está alejando de Dios y vive como si Dios no existiese, aunque Dios no se aleje de él e, incluso, hasta tal vez le esté aún más cercano porque necesita más de su misericordia, como nos señala una y otra vez el Papa Francisco, Papa de la misericordia que sólo en Dios encontramos.

Podríamos enumerar múltiples realidades y situaciones en las que hoy se está jugando la suerte del hombre y su futuro; no es difícil señalarlas. Detrás de muchas de ellas, sin duda graves, se encuentra el olvido de Dios, la ausencia de Dios, el caminar en dirección opuesta a Él y a su voluntad. No faltan incluso, por desgracia para la humanidad, proyectos sociales, globales, para los que Dios debería desaparecer de la esfera social, de la vida pública y de la conciencia de los hombres, o reducirlo a la esfera privada. Buena parte de este olvido de Dios lo refleja el laicismo sociológico reinante, al menos, en Occidente y con tendencia a extenderse al resto del mundo, en el que Dios no cuenta y conduce a vivir como si Dios no existiera; no faltan tampoco quienes consideran que la afirmación de Dios, de Dios único, es fuente de evasión, inmadurez, división, exclusión y enfrentamiento. Este olvido de Dios se manifiesta así mismo en una amplia y honda secularización de nuestro mundo, y también en la secularización interna de la Iglesia –la más grave–, o en la apostasía silenciosa de Europa, o la falta de esperanza, sobre todo entre sectores jóvenes.

Todo ello refleja la pérdida o debilidad del sentido de Dios, la fragilidad con que se vive la experiencia de Dios y la debilidad para vivir la dimensión pública de la fe. En todo ello está la clave de lo que nos sucede: esto conduce a la destrucción del cosmos y del hombre y aboca a una humanidad sin futuro. Lo que, como consecuencia de esto, está en juego es el hombre. Por eso, “la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios revelado en la Biblia, el que hemos visto y palpado en el rostro humano, en la humanidad de su Hijo único, ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo” (Benedicto XVI). Todo eso lo he vuelto a revivir en Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta; contemplar a Jesucristo muy humanado; sentirse gozosamente hija fiel de la Iglesia”.

Ahí radica tanto el impulso urgente y decidido de una nueva evangelización para la transmisión de la fe –para la que Santa Teresa es gran maestra hoy–, como poner en el centro y en la base de la Iglesia y de su actuación la Palabra de Dios y la Liturgia: la Eucaristía, la oración y la adoración. Pocos hablan de adoración en el centro del futuro de la Iglesia y del servicio de ésta a la humanidad, ¡y depende tanto de ella! Mucho, en efecto, depende de recuperar y vivir la adoración, sobre todo de la Eucaristía, en lo más nuclear de la Iglesia, que tan claramente se percibe en las Madres Carmelitas de Ávila. Urge reavivar por doquier el verdadero sentido de la adoración, profundizar y difundir la verdadera renovación litúrgica querida por el Vaticano II, que está empapada del sentido de la adoración; apremia reavivar en las conciencias la necesidad imperiosa de la adoración, de la Liturgia, de la Eucaristía como adoración y para adorarla, si queremos una Iglesia con vida, santa en sus miembros, con capacidad evangelizadora.

Si queremos una Iglesia conforme pide “Gaudium et Spes”, es preciso poner en la base “Sacrosanctum Concilium”, como hizo el Concilio Vaticano Il. Es necesario en estos momentos dar un nuevo impulso a lo que constituye lo más genuino de la adoración eucarística, tan dentro de la renovación litúrgica conciliar, darlo a conocer, interiorizarlo y aplicarlo fielmente, impulsar un gran movimiento de formación 1itúrgica, para celebrar bien y para participar adecuadamente en la celebración, haciendo de ella un verdadero acto de adoración, que se prolonga en la adoración eucarística fuera de la Misa.

En todo caso, en estos momentos cruciales, teniendo muy en cuenta la lección de Santa Teresa, nos vendría muy bien recordar aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: “corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia... y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Heb 12, 1-3). No nos cansemos de dar razón de nuestra esperanza, que es Cristo, “que tiene palabras de Vida eterna” (Jn 6, 68).


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 5 de Julio de 2015.

 

Ecología integral, ecología humana:

En toda la cuestión ecológica hay en el fondo, e inseparable de ella, una cuestión profundamente humana, antropológica, y contiene o subyace a ella siempre una cuestión moral. La ecología, la crisis o la cuestión ecológica, en modo alguno puede sustraerse ni tampoco puede entenderse separada o al margen del hombre, como tampoco puede entenderse la cuestión antropológica, el cuidado y desarrollo del hombre, sin aquello que comporta la defensa y protección de la naturaleza, del cosmos, del ambiente: no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada a la visión del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. Por eso el Papa Francisco acuña una nueva expresión: ecología integral.

El Papa analiza amplia y detenidamente muchas cuestiones de tipo humano y moral a propósito de la ecología que no voy a desarrollar ahora, pero sí que quiero destacar un punto que considero básico: El tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida, etc. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo que lleve al hombre a adoptar nuevos estilos de vida, a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con todos los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinan las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones. Se ha de educar cada vez más para construir la paz a partir de opciones de gran calado en el ámbito ecológico, personal, familiar, comunitario y político. Todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene fronteras. Según el principio de subsidiariedad, es importante que todos se comprometan en el ámbito que les corresponda, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares, en favor de una responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada en el respeto de la “ecología humana”. Ocuparse del medio ambiente exige una amplia y global visión del mundo –en la que no se puede ignorar al hombre y la visión del hombre conforme al designio de verdad y amor del Creador–; exige también un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el interés particular a una perspectiva que abarque el bien común y de todos. Las relaciones entre las personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo del respeto y de la “caridad en la verdad”: aquel al que el Papa Benedicto XVI apuntaba ya tan lúcidamente en su Encíclica Caritas in Veritate, que tiene tan profundas consecuencias en todos los órdenes, particularmente por cuanto sitúa al hombre inseparable de Dios, su Creador, y de su proyecto de amor y de verdad sobre todo lo creado, como explica y desarrolla con tanta sencillez y claridad el Papa Francisco.

No podemos olvidar algo que es fundamental y que se silencia frecuentemente: El modo en que el hombre trate el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise su estilo de vida, y consiguientemente su misma visión del hombre. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, a los que subyace una concepción sobre el hombre conforme a la verdad que le constituye, aquella impresa en su gramática humana por el Creador. 

La Iglesia tiene una responsabilidad –todos sin excepción la tenemos– respecto a la creación, y la debe hacer valer en público, tiene y siente el deber de ejercer esa responsabilidad en público, no sólo ante sus fieles o en la privacidad de su ámbito, para defender la tierra, el agua y el aire, como dones de Dios creador, dones de la creación que pertenecen a todos porque a todos se los ha dado su Creador. Pero, sobre todo, debe proteger al hombre contra la destrucción de sí mismo; todos, en general, y la Iglesia de manera particular, ha de hacer valer en público y en privado, a tiempo y destiempo, con ocasión y sin ella, el deber de proteger por encima de todo al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo: sólo así defenderá la tierra y el ambiente. “Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza” (CV 51).

Se entiende, a partir de aquí, que “no se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto del ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás”, con la creación, y con Dios. No se puede olvidar, como dije antes, que “una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma”. La Iglesia, por su misma entraña, por el fundamento que la sustenta, Jesucristo, es un SÍ total al hombre, en lo que le constituye su especificidad: el ser persona. Por eso, permanentemente, aboga por el hombre, enseña y defiende algo que es básico, con frecuencia olvidado, pero sin lo que no hay futuro para la humanidad: el hombre mismo, la dignidad y grandeza del ser, de la persona humana, a la que se refiere la misma creación, la cultura y la historia. Por eso, “el Magisterio de la Iglesia manifiesta sus reservas ante una concepción que nos rodea inspirada en el egocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos los seres vivientes… La Iglesia invita, por ello, a plantear la cuestión ecológica respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, como señalamos ya al principio, papel del que, ciertamente, no debe abusar, pero del que tampoco debe abdicar. Ni el naturalismo que equipara el hombre a cualquier otro ser de la creación, ni la absolutización de la técnica y el poder humano que termina por atentar gravemente no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana”.

Esto tiene que ver mucho con la educación, centrada en la persona, inseparable del cosmos, de la creación, de la naturaleza, y en la formación de la persona para que actúe, en conformidad con su identidad, responsablemente, y respetando fielmente la dignidad inviolable que le corresponde a cada ser humano, con derechos y deberes fundamentales y universales, entre los que destaca como primero el derecho y el deber de la vida. Y por eso es preciso, dentro de una ecología integral, alentar la educación de una responsabilidad ecológica que salvaguarde una auténtica “ecología humana” y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquiera en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza.

El problema decisivo, pues, será la capacidad moral global de la sociedad y la educación moral de los hombres. “Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación”, el que reclama una correcta concepción de la relación del hombre con la naturaleza –la suya propia–, más aún, el que exige el reconocimiento de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación.

Se entiende así lo que con tanto vigor dijo ya el Papa Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in Veritate: “Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no les ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra el desarrollo humano integral” (CV 51), a cuyo servicio se ha de poner toda la educación. (Aquí es donde habrá que situar las bases del llamado “pacto escolar”, y sin ello no habrá posibilidad de llegar a un verdadero entendimiento). Esta manera de ver las cosas quedan asumidas y reafirmadas por el Papa Francisco, con grandísimo vigor, en su encíclica Laudato sí.

Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros y con la creación. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente, trastorna el ambiente y daña la sociedad (CV 51).

Todo esto requiere un ulterior y último fundamento, dentro de una ecología integral: La verdad, y el amor que la persona desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger. Su última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y el desarrollo en cuanto que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye –el Amor y la Verdad subsistentes– nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos señala así el camino hacia el verdadero desarrollo (CV 52), que es inseparable de una ecología integral.

El aborto y la ideología de género, incompatibles con la ecología integral 
Por último, me van a permitir, una concreción obligada en la situación actual refiriéndome a las legalizaciones del aborto y a la ideología de género. El aborto es incompatible con una ecología integral; la ideología de género es contradictoria con la ecología en general, y todavía más con una ecología integral. Lo que se está propugnando desde diversas instancias están en contra de la creación y son contradictorias.

Urge superar la ideología de género, si queremos salvar el planeta, al hombre, como era urgente superar el marxismo y su concreción, el comunismo, si queremos recuperar la verdad, la verdad del hombre y salvaguardar el futuro de la sociedad. 


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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