canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 3 de Mayo de 2015.

 

Después de casi dos milenios de cristianismo, cuando la voz de Jesucristo ha llegado a casi todas las partes, sentimos con una intensidad cada día mayor la necesidad de orar pidiendo a Dios, llenos de esperanza, que mande a su Iglesia obreros del Evangelio, que suscite vocaciones a la vida consagrada, a la acción misionera, al ministerio sacerdotal. El mundo que vivimos parece que nos está diciendo: “en la nueva sociedad, en el futuro de un mundo nuevo, laico y adulto que fabricamos los hombres, no habrá ya sacerdotes, ni vida consagrada; no vayáis, jóvenes, por esos caminos, buscad otra profesión”. Así parece pensar el mundo de hoy. Pero precisamente por esto mismo, ante esta manera de pensar y al escuchar esas voces, comprendemos, por el contrario, que hay una gran necesidad, aún mayor que en otros tiempos, de sacerdotes y de hombres y mujeres enamorados de Jesucristo, consagrados a Él y a su Iglesia, al anuncio y presencia del Evangelio, al servicio de los hombres.

Porque siempre, pero particularmente el mundo en el que vivimos hoy, con su cultura o pseudocultura de alejamiento y silenciamiento de Dios que quiebran al hombre en su humanidad más propia y la destruye, la Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres y mujeres que vivan entregados por completo, enteramente, al servicio del Evangelio de Jesucristo. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. Todos tenemos, en efecto, necesidad de Jesucristo. A veces sin saberlo pero, a través de múltiples e incomprensibles caminos, lo buscamos insistentemente, lo invocamos constantemente, lo deseamos ardientemente. Él es el esperado y deseado por todos. Se diga lo que se diga. Porque en Él está la dicha, el amor, la vida, la paz, la alegría, todo.

Nosotros, los hombres y mujeres de hoy, necesitamos de Cristo para recorrer los caminos de la vida. Y Él necesita de nosotros, de hombres y mujeres, para seguir presente acá en los años venideros. ¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El? ¿Qué sería de nuestra humanidad si no se le anunciase el Evangelio de paz y de gracia, de amor y de perdón? ¿Qué sería de nuestra sociedad si se extinguiese la voz y la luz del Evangelio? Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Por eso dirigimos esta petición al “Dueño de la mies”. Por eso, nuestra oración perseverante al “Dueño de la mies” rogándole envíe obreros a su mies, que es inmensa, es muy grande y espera esos obreros. Oración que ha de ser constante, pero que se intensifica al llegar estas fechas, en las que las comunidades eclesiales de todo el mundo se unen con un solo corazón y deseo en esta petición común, cuando hemos celebrado la fiesta del Buen Pastor.

Nuestro mundo, sacudido por transformaciones lacerantes “necesita, más que nunca, del testimonio de hombres y mujeres de buena voluntad y, especialmente, del de vidas consagradas a los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no falte la luz de las más altas conquistas del espíritu” (San Juan Pablo II). Nuestra sociedad de hoy, en tantos aspectos rica, pero en tantos otros tremendamente empobrecida, está especialmente indigente de Dios. Por ello, tiene necesidad de hombres y mujeres que den testimonio de Dios como Dios ante un mundo que lo niega o lo olvida; que afirmen con sus vidas y su palabra, sin rodeos, el amor de Dios a todos y a cada uno; que nos traigan a la memoria algo que solemos olvidar fácilmente: que en el mundo venidero “Dios lo será todo en todos”; que muestren el valor de la gratuidad en un mundo en el que todo se compra y se vende.

La mies de Dios es grande y espera obreros: “la gente espera heraldos que les lleven el Evangelio de la paz, la buena nueva de Dios que se hizo hombre”. En el Occidente rico, concretamente en España, «es verdad que la mies podría ser mucha. Sin embargo, hacen falta muchas personas dispuestas a trabajar en la mies de Dios. Hoy sucede lo mismo que aconteció cuando el Señor se compadeció de las multitudes que parecían ovejas sin pastor, personas que probablemente sabían muchas cosas, pero no sabían cómo orientar bien su vida. ¡Señor, mira la tribulación de nuestro tiempo que necesita mensajeros del Evangelio, testigos tuyos, personas que señalen el camino que lleva a la “vida de abundancia”! ¡Mira al mundo y envía obreros! Con esta petición llamamos a la puerta de Dios!» (Benedicto XVI).

Tenemos necesidad de sacerdotes que hagan presente a Cristo, buen Pastor, que ha venido a proclamar la buena noticia a los pobres y la libertad a los cautivos. Necesitamos sacerdotes que impulsen, promuevan y lleven a cabo las necesidades, tan inmensas y tan inabarcables, de la evangelización. Sacerdotes para salir al encuentro de los alejados, para atender a los jóvenes, a los marginados; sacerdotes para los hombres del campo y de la ciudad, para los pueblos pequeños y para las grandes capitales, para los intelectuales y los trabajadores, para los que sufren y para los desalentados; sacerdotes capaces de iluminar la fe y la vida de quienes viven en situaciones difíciles; sacerdotes que anuncien el Evangelio de Jesucristo, que perpetúen el memorial de la Cena del Señor en las distintas comunidades cristianas, que perdonen los pecados en el nombre del Señor y conduzcan por caminos de reconciliación, de unidad y de paz entre las gentes. Sacerdotes que hagan crecer la llama del reconocimiento de Dios y de su Reino en todas las personas, en todas las familias, en todos los ambientes y en todos los pueblos. Los hombres de hoy, en lo más profundo de su ser, aunque lo nieguen –más entonces aún– «esperan a Dios, esperan una luz que les indique el camino; esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre estas palabras: “Los obreros son pocos”» (Benedicto XVI). 

Hay que decirlo con fuerza, el mundo en que vivimos sigue necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos dichosos de la Buena Nueva en el ministerio sacerdotal. Faltan sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigos de Dios en el mundo, entregando la vida por completo a esa tarea. Es hermoso saber que podemos evidenciar a Dios como la realidad más gratuita de todas y las más necesaria de modo primordial, porque sin ella pierden sentido las cosas y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Sin sacerdotes no hay Iglesia ni evangelización. Por eso y para eso necesitamos orar: para que Dios envíe abundantes y santos sacerdotes.

Todos en la Iglesia estamos convocados a una magna empresa: llevar a cabo una nueva evangelización de nuestro mundo. Es verdad que esta nueva evangelización no se llevará a cabo sin los seglares. Pero la mayor participación de los seglares en esta gigantesca empresa exigirá, está exigiendo ya, la presencia de un mayor número de sacerdotes y de personas consagradas. Sin el trabajo y el ministerio de los sacerdotes, o sin la aportación de la vida consagrada, se resiente todo el trabajo del resto de los demás en la Iglesia. La ausencia de sacerdotes o de personas consagradas no se puede suplir con seglares. Se trata de unas vocaciones complementarias. Es necesario orar por las vocaciones sacerdotales y para una vida consagrada. Es necesario, además, “promover una cultura vocacional que sepa reconocer y comprender aquella aspiración profunda del hombre, que lo lleva a descubrir que solo Cristo puede decirle toda la verdad sobre su vida ...: la vida es don totalmente gratuito y no existe otro modo de vivir digno del hombre fuera de la perspectiva del don de sí mismo. Cristo, Buen Pastor, invita hoy a todo hombre a reconocerse en esta verdad... esta cultura de la vocación constituye el fundamento de la cultura de la vida nueva, que es vida de agradecimiento y gratuidad, de responsabilidad y de confianza; en el fondo, es la cultura del deseo de Dios, que da la gracia de apreciar al hombre por sí mismo, y de reivindicar constantemente su dignidad frente a todo aquello que puede oprimirlo en el cuerpo y en el espíritu" (San Juan Pablo 11).

“Rogad al Dueño de la mies que mande obreros”. Esto significa: la mies existe; pero Dios quiere servirse de los hombres para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres y mujeres. Dios necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en comunión divina de alegría y amor” (Benedicto XVI). Con esta petición tan urgente y apremiante: “Manda obreros a tu mies”, estamos llamando insistentemente a la puerta del Señor. Gracias a Dios, en nuestra diócesis, esta llamada a la puerta del Señor, está siendo insistente: cada día se ora, en nuestra diócesis, por las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la acción misionera. «Pero con esta misma petición el Señor llama a la puerta de nuestro corazón. ¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez demasiado grande para mí? ¿No soy yo demasiado pequeño para esto? “No temas”, le dijo el ángel a María. “No temas, te he llamado por tu nombre”, nos dice Dios mediante el profeta Isaías, a nosotros, a cada uno de nosotros. ¿A dónde vamos, si respondemos “sí” a la llamada del Señor?». A estar con Él y ser enviados a predicar el Evangelio. «Estar con Él y, como enviados, salir al encuentro de la gente... Estar con Él y ser enviados son dos cosas inseparables. Sólo quienes están “con Él” aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con Él no pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo. Es lo que sucedió a Andrés, que le dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”. “Y lo llevó a Jesús” añade el Evangelista» (Benedicto XVI).

Haciendo mías, por eso, las palabras del siempre querido y recordado Papa San Juan Pablo II, “¡me dirijo, sobre todo, a vosotros, queridos jóvenes! Dejaos interpelar por el amor de Cristo, reconoced su voz que resuena en el templo de vuestro corazón, acoged su mirada luminosa y penetrante que abre los caminos de vuestras vidas a los horizontes de la misión de la Iglesia, empeñada, hoy más que nunca, en enseñar al hombre su verdadero ser, su fin, su suerte, y en descubrir a las almas fieles las inefables riquezas de la caridad de Cristo. No tengáis miedo de la radicalidad de sus exigencias, porque Jesús, que os amó primero, está pronto a dar cuanto Él os pide. Si Él os exige mucho es porque sabe que podéis dar mucho. ¡Jóvenes, echad una mano a la Iglesia para conservar el mundo joven! ¡Responded la cultura de la muerte con la cultura de la vida!”.

“Rogad al Dueño de la mies”, quiere decir también: «no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa, ante todo, orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”. Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción a fin de que nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría del Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad de dar su “si”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el “si”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios» (Benedicto XVI).

No tengamos miedo nadie; pero singularmente, queridos jóvenes, no tengáis miedo vosotros de escuchar la llamada y seguir al Señor. Dejaos conducir por el Dueño de la mies. El sabe más y quiere más y mejor que nosotros. Tal vez no sepáis qué es lo que el Señor quiere. Por eso, y para eso, hay que estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino: a los signos y acontecimientos, personas, encuentros. Es preciso estar atentos en todo. Hay que entrar, necesariamente, en amistad con Jesús, en una relación personal con Él, que sabemos nos quiere y nos elige para que seamos sus amigos; debéis vivir una amistad cada día más estrecha, íntima y honda con Él; ahí es donde podremos descubrir qué es lo que Él quiere de nosotros y para nosotros. Hay que prestar también atención, queridos jóvenes a lo que soy, a mis posibilidades. Para esto se requiere, por una parte, valentía; por otra, “humildad, confianza y apertura”, discernimiento; por eso, también, se requiere la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia, de los sacerdotes, de la familia. “¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero sólo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará” (Benedicto XVI).

Por eso, ante el Señor, en compañía y amistad con Él, le decimos: “Envía obreros a tu mies”. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 26 de Abril de 2015.

 

Con qué realismo sigue resonando, alegre para todos, para creyentes y no creyentes, el anuncio pascual: «Al que vosotros entregasteis, Dios lo resucitó entre los muertos y nosotros somos testigos», les dicen los apóstoles a los jefes del pueblo. ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! 

Éste es el gran mensaje de la Pascua que llena de alegría y trae la paz, y llama a una vida nueva, a una conversión: la de la fe; a una nueva mentalidad: la de la fe; esto es: Dios, que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. El anuncio de la resurrección de Jesús es el verdadero fundamento de la esperanza de la humanidad. En efecto, si Cristo no hubiera resucitado, no sólo sería vana nuestra fe (Cf 1 Co 15, 14), sino también nuestra esperanza, porque el mal y la muerte nos tendrían como rehenes. Sin embargo, con su muerte, Jesús ha quebrantado y vencido la férrea ley de la muerte, extirpando para siempre su raíz ponzoñosa.

Por mucho que tratemos de disimularlo, que nos lo ocultemos, particularmente en nuestros tiempos, la muerte es el mayor enigma de la vida. Si morimos para siempre, todo se lo habría tragado y aniquilado la muerte. No hay desilusión ni decepción que pueda medirse con la de la muerte. Ningún esfuerzo por la justicia o por mejorar la condición humana, ningún amor por feliz que sea, pueden sustraerse a la sombra que sobre ellas echa la muerte. En el fondo, la muerte lo deja todo sin valor y sin fuerza. Pero la ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra: la muerte no tiene la última palabra. Porque Dios está por la vida. Al resucitar a Jesucristo, ha sido vencida definitivamente la muerte.

Podemos fiarnos incondicionalmente de Dios en cualquier callejón sin salida. La resurrección de Jesús significa que Dios ha actuado, que interviene en la historia, que quiere y puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Ella nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. En Cristo, Dios, vida y amor, ha triunfado para siempre. La muerte, el odio, la violencia, la injusticia han quedado heridos de muerte de manera definitiva. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación decisiva, la respuesta a la pregunta sobre quién reina realmente, si el mal o el bien, el odio o el amor, la venganza o el perdón, la violencia o la paz, la libertad o la esclavitud, la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es: Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe qué significa ser hombre en toda su densidad y verdad, en toda su hondura y en el gozo de ser esa criatura tan maravillosa que Dios ha querido, y como Él la ha querido y la quiere: llamado a la vida, vida eterna, vida plena y dichosa, vida llena de amor, vida divina en él. La resurrección de Jesucristo es la señal última y plena de la verdad de Jesucristo, verdad de Dios y verdad del hombre.


Si Cristo no hubiese resucitado realmente, no habría tampoco esperanza verdadera y firme para el hombre: en el fondo, querría decir, nada más y nada menos, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, o los que no tienen conciencia. Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con la violencia cruel e injusta sufrida, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación ni de la vida querida por Dios, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor y la Vida sobre el odio y la muerte.

La resurrección nos abre a la esperanza, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él, seguir a Cristo, a la vocación que él nos llama nos llena de alegría y esperanza. El hombre no puede dejar de esperar, ni vivir resignado o satisfecho simplemente a lo que hay, a no ser que pague el precio de tanta muerte y miseria, es decir, de mutilarse en su humanidad. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección de la carne, de la que es primicia la resurrección de Jesucristo, el cristianismo, de suyo, perdería su fuerza salvadora y se reduciría a una mera ética sin fuerza ni capacidad para aportar las grandes y verdaderas razones para vivir o para ofrecer algo consistente y con vigor para impulsar la renovación de nuestro mundo.

La resurrección no es un fenómeno marginal de la fe cristiana, menos aún un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y del que más tarde haya podido deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón, su centro. Perdida la fe y la esperanza en la resurrección, en efecto, todo quedaría reducido a los mitos de Sísifo –mero resignarse a lo que hay–, o de Prometeo –la prepotencia de la fuerza del hombre dejado a sí mismo–, o de Narciso –es decir, la autocomplacencia y el goce efímero egoísta y subjetivista–. Sin la esperanza que brota de la resurrección todo podría quedar reducido al cálculo del hombre y a los poderes de este mundo, todo podría valer con tal de alcanzar las metas siempre efímeras de nuestra tierra.

En estos años se ha debilitado la fe en la resurrección. Es un contrasentido declararse cristiano y negar o dejar a un lado la fe en la resurrección. En el cristianismo lo que lo dice y decide todo es el encuentro personal con Jesucristo «que me amó y entregó su vida por mí», y ahora, resucitado, vive y tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo. Dejarse ganar por este acontecimiento es lo decisivo. No se trata primariamente de una sabiduría ni de una práctica, sino de algo que ocurre efectivamente entre Jesucristo y la persona del cristiano, que lo toma desde su raíz, lo compromete y le renueva desde dentro con una vida nueva.

Así lo entendieron los primeros discípulos que vieron a Jesucristo y lo palparon resucitado. «Pedro, los apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los “testigos” de la Resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único y sorprendente dependería la fe en Él y la aceptación de su mensaje. También el cristiano, en la época y en el lugar en que vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en Él, camino, verdad vida, y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía. El “testimonio pascual” se convierte de este modo, en la característica específica del cristiano» (San Juan Pablo II). Su existencia es para dar testimonio de Él en una vida nueva que se rige por el amor; su vivir es llevar a cabo la misma misión de Cristo que ha venido para traer la reconciliación, el perdón y la paz. La señal de Cristo resucitado es la paz, la que Él sólo puede dar, la que surge de la victoria de Dios, del amor y de la vida sobre el odio y la muerte, de la justicia y del perdón sobre la venganza y la injusticia, de la verdad sobre la mentira, de la libertad sobre las cadenas del mal que nos atenazan y esclavizan, de la paz y la reconciliación sobre la guerra o la confrontación. La resurrección de Jesucristo, su primer saludo a los discípulos, ya Resucitado, proclama y entrega la esperanza de la paz, de la paz verdadera asentada en los sólidos pilares del amor y de la justicia, de la verdad y de la libertad. Que la paz del Resucitado esté con todos.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 19 de Abril de 2015.

 

En el segundo domingo de Pascua de Resurrección, por decisión especial del Papa San Juan Pablo II, celebramos el Domingo de la Misericordia, que se ha manifestado tan inmensa e infinita en los acontecimientos que estos días estamos celebrando: los acontecimientos de la Pascua del Señor, de su muerte y resurrección gloriosa. Es verdad, la misericordia de Dios llena la tierra. Es cierto, damos fe de ello: "Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia" (Sal 32). Nuestra esperanza está puesta por completo en la misericordia infinita de Dios que nunca se acaba y se renueva cada mañana.

Sólo en la misericordia de Dios podemos, debemos esperar; somos testigos, como canta la Santísima Virgen María, de que es verdad: la misericordia del Señor llega ininterrumpidamente a sus fieles de generación en generación. Toda la historia humana es muestra fehaciente de que Dios no abandona al hombre y que actúa en la historia humana para llevar a toda la realidad creada a una plenitud salvífica. Nosotros no estamos a merced de fuerzas oscuras, ni vivimos de forma solitaria nuestra libertad, sino que dependemos de la acción del Señor, poderoso y amoroso, rico en misericordia, que tiene para nosotros un "reino" por instaurar, sede de una manifestación de piedad, de ternura, de bondad, de gracia, de justicia: de misericordia que no tiene vuelta atrás.

La misericordia de Dios que llena toda la tierra y acompaña al hombre en toda su historia llega a su punto culminante en la persona de su Hijo, enviado por Él y venido al mundo en carne, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Bien podemos decir que Jesús, en la integridad de su persona y su misterio, de su vida, de su palabra, y de su obra, es la misma misericordia de Dios hecha carne de nuestra carne que, de manera irrevocable y para siempre, se ha unido al hombre y se ofrece a todos. En la resurrección de Jesús se nos ha dado, en verdadero derroche de gracia y de sabiduría, la plenitud de la misericordia y se nos ha concedido conocer y probar que Dios es Amor, que tiene un corazón que se compadece y libera de la miseria humana. Nosotros somos testigos, por la resurrección de Jesucristo, de que Dios no abandona al hombre definitivamente, de que, en Jesús, se ha unido al hombre de manera irrevocable, se ha empeñado en favor del hombre, y no lo deja ni dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. Caminará siempre sobre las aguas procelosas de la historia y lo acompañará en su Iglesia hasta la orilla serena, de paz y de felicidad. La resurrección de Cristo es la manifestación plena de la misericordia de Dios: en ella han sido vencidas para siempre las fuerzas del mal y las olas que baten con fuerza sobre el edificio de la Iglesia. Sabemos bien que de Dios podemos fiarnos incondicionalmente en cualquier callejón sin salida, ante lo que amenaza de muerte al hombre o reclama aliento y ánimo de vida, y que podemos poner en Él toda nuestra confianza, confiar en Él y confiarnos a Él como un niño en brazos de su madre, pues "los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre". Por eso, nosotros, el Domingo de la Misericordia y siempre, suplicamos al Señor, que su "misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de Él".

"El culto a la Misericordia divina no es una devoción secundaria, sino una dimensión que forma parte de la fe y de la oración del cristiano". La misericordia es también la forma de ser cristiano: "Sed misericordiosos, dice Jesús, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es lo que recordamos y confesamos el domingo, aniversario, además, de la muerte del Papa San Juan Pablo ll, evangelizador de la misericordia. De manera muy especial y viva, reconocemos, proclamamos y alabamos la misericordia de Dios, invocamos a Dios con toda sencillez y confianza de hijos necesitados como "Dios de misericordia infinita", y le damos gracias porque "es eterna su misericordia". Es necesario que, a plena luz, con todo lo que somos y con todos los medios de que dispongamos, testifiquemos y anunciemos esto en tiempos como los nuestros en que siguen y agravan las tribulaciones, los sufrimientos y las pruebas, las heridas abiertas del Crucificado, pero en los que también sigue de manera irrevocable la esperanza de Jesús, vencedor de toda muerte y de toda destrucción humana. De momento nos toca sufrir un poco en pruebas diversas. “¡Cuanta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde dominan el odio y la sed de venganza, donde la guerra conduce al dolor y a la muerte de inocentes, es necesaria la gracia de la misericordia que aplaque las mentes y los corazones, y haga brotar la paz. Donde falta el respeto por la vida y la dignidad del hombre, es necesario el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Es necesaria la misericordia para asegurar que toda injusticia en el mundo encuentre su término en el esplendor de la verdad" (San Juan Pablo II).

La Humanidad de hoy se ve acechada por "nuevos peligros" que acosan al origen y al fin de la vida, a través del aborto, de las "manipulaciones genéticas", la eutanasia, o el debilitamiento de la familia. "A menudo, el hombre de hoy vive como si Dios no existiese, e incluso se pone a sí mismo en el lugar de Dios. Se arroga el derecho del Creador de interferir en el misterio de la vida humana. Quiere decidir, mediante manipulaciones genéticas, la vida del hombre, y determinar los límites de la muerte". Se observa una tendencia en la sociedad de hoy, con muchos medios a su alcance, que quiere eliminar la religión, más aún, a Dios mismo, tanto de la vida pública como de la privada". El olvido de Dios, rico en misericordia, su desaparición del horizonte y universo de una cultura dominante que lo ignora o rechaza es el peor mal que acecha a la humanidad de nuestro tiempo, su quiebra más profunda. Esta tendencia, que pretende imponerse como cultura dominante, además, "al rechazar las leyes divinas y los principios morales, atenta abiertamente contra la familia", que es donde está el futuro del hombre. De diversas formas trata de amordazar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente en la cultura y en la conciencia de los pueblos. Todo ello ha condicionado, sobre todo, al siglo XX, un siglo marcado de forma particular por el misterio de la iniquidad, que sigue definiendo la realidad del mundo en este nuevo siglo, todavía dentro de su primera década. Estamos viviendo momentos complicados en el mundo, en nuestra sociedad. Con toda honestidad, y con una fe viva, es preciso reconocer que estamos necesitados de la misericordia de Dios para reemprender el camino con esperanza; estamos grandísimamente necesitados del testimonio y anuncio de Dios vivo y misericordioso; ésta es la cuestión esencial y necesitamos, en tiempos de dispersión y quiebra, centrarnos en lo esencial: la experiencia, testimonio, anuncio e invocación constante y confiada de Dios misericordioso, revelado en el rostro humano y con entrañas de misericordia de su Hijo venido en carne. Para nosotros, en la situación que vivimos, para el mundo y para el hombre "sólo existe una fuente de esperanza: la misericordia de Dios", que se ha manifestado tan grande al resucitar a su Hijo de entre los muertos y hacernos renacer por Él, resucitado de entre los muertos, a una esperanza viva e incorruptible. Hermanos, en estos días y allá donde estemos, queremos repetir con fe, con la fe misma de los santos Apóstoles: “¡Jesús confío en Ti!”, que eres la misericordia de Dios.

Éste es el gran anuncio de futuro para el mundo: "De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios, tenemos particular necesidad en nuestro tiempo, en que el hombre experimenta el desconcierto ante las múltiples manifestaciones del mal. Es necesario que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo profundo de los corazones llenos de sufrimiento, de inquietud y de incertidumbre, pero, al mismo tiempo, con una fuente inefable de esperanza" dentro de ellos. El manantial de esa fuente es Cristo, el Hijo único del Padre, rico en misericordia. Sólo la resurrección, manifestación y plasmación suprema de la misericordia divina, nos abre a la esperanza grande, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él. Porque el duelo que se trabó entre la vida y la muerte, se ha inclinado de manera definitiva y sin vuelta atrás del lado de la Vida, del lado del Amor, del lado de la misericordia de Dios. Ese duelo secular que acompaña toda la historia de la humanidad y de la Iglesia, y que con tan fuerte intensidad se ha manifestado en los últimos cien años, desemboca en el triunfo del Señor de la Vida, el que es la revelación y la entrega del Amor misericordioso de Dios, cuya gloria es que el hombre viva, de Dios que ha resucitado a Jesucristo, de Jesucristo resucitado, cuyo signo y saludo, y envío y misión es la paz y la misericordia y el perdón.

Que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda a todos mantenernos vivos en esta confianza, que es nuestra victoria, y que demos testimonio valiente de esto, del Evangelio de la misericordia que se concentra y expresa en la resurrección de Jesucristo. Acojámonos y confiémonos a la misericordia de Dios. Acudamos a la Santísima Virgen Madre, madre de misericordia y del amor misericordioso, y que Ella nos ayude a confiar.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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