canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 25 de Enero de 2015.

 

Ante el fenómeno generalizado y amplio, inédito entre nosotros, de las migraciones, muchas veces se escuchan preguntas como estas: "¿Qué hay que hacer para acogerlos? ¿Se deben aceptar todos los que llegan o hay que poner algunos cauces o límites? ¿Qué debe hacer la Iglesia: debe dedicarse a ayudarles en lo material o tiene que intentar su evangelización?".

Creo, intentando responder a algunas de estas preguntas, que lo primero y principal es que haya justicia y caridad, que trasciende y obliga más que la misma justicia; no tener miedo a esta doble exigencia. Conviene recordar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto a este fenómeno, tan característico de nuestro tiempo: "Las naciones más prósperas (y España lo es) tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen". Al mismo tiempo hay que añadir, según la Doctrina Social de la Iglesia, que esto no supone negar a las autoridades públicas el derecho de controlar y limitar los movimientos migratorios cuando existen razones graves y objetivas de bien común, que afectan a los intereses de los mismos emigrantes.
Por esto mismo, es necesario señalar una normativa que, respetando la dignidad inviolable de la persona humana y sus derechos fundamentales - y posibilitando lo que es el ejercicio de la caridad fraterna y la misericordia, inseparable de la justicia- no conduzca a un desbordamiento tal de los inmigrantes que entonces se vean sumidos en una mayor marginación, con todo lo que comporta, por no poder atender debidamente a sus demandas; el desbordamiento puede acarrear un conjunto de injusticias mayores para con ellos y para la población autóctona. Canalizar esto no es racismo ni discriminación.

Para nosotros los cristianos, en todo caso, siempre está la indicación del Señor: "Fui forastero, emigrante, y me acogiste". La acogida no es sólo darle ayuda material. Acoger al emigrante, amar a la persona del emigrante, quererlo de verdad y con obras, servirle, exige también ofrecerle, presentarle, anunciarle el Evangelio con todo respeto a su libertad y sin imposiciones. Si no lo hiciéramos, podríamos traicionarlo y traicionaríamos nuestra identidad cristiana y la misión y el mandato de amor que el Señor nos encomendó. Por eso, estimo que hay que intentar la evangelización de inmigrantes de otras religiones, lo cual no puede confundirse con proselitismo.

En este sentido hay que tener en cuenta que el cristiano, dejándose guiar por el amor a su Maestro que, con su muerte en la cruz, redimió a todos los hombres, abre también sus brazos y su corazón a todos. Debe animarlo la cultura del respeto y de la solidaridad, especialmente cuando se encuentra en ambientes multiculturales y plurireligiosos. Junto con el pan material, es indispensable no descuidar el ofrecimiento del don de la fe, especialmente a través del propio testimonio existencial y siempre con gran respeto a todos. El diálogo no debe esconder el don de la fe, sino exaltarlo. Por otra parte, ¿cómo podríamos tener semejante riqueza sólo para nosotros?

Finalmente, en nuestra diócesis, no podemos dejar de tener muy presente que a nuestras tierras no sólo llegan emigrantes de otras religiones, a las que respetamos y cuyos valores y riquezas reconocemos, sino que llegan muchos que son católicos. Estos fieles católicos no han de verse abandonados pastoralmente. Todo lo contrario. Han de verse especialmente atendidos con toda solicitud por parte de la Iglesia diocesana, a través de sus diversas comunidades. Tenemos un gran deber y responsabilidad en este punto. Y en esa solicitud, el correspondiente organismo diocesano que se ocupa de las migraciones está poniendo un gran y valioso empeño.
Es justo y necesario empeñarse en una nueva evangelización y una catequesis puesta al día, que tienda a reforzar la fe de los emigrantes en los sectores que son más vulnerables ante el proselitismo. Es una labor que exige el compromiso de una Iglesia que se muestre acogedora. Los emigrantes católicos, que confluyen de diversos lugares hacia una determinada Iglesia particular, no deben sentirse abandonados a sus propias fuerzas. Ellos entran a formar parte de la Iglesia "implantada" en el territorio al que han llegado. Por eso deben ser asistidos mediante una pastoral específica y apta para ellos. Los emigrantes tienen derecho a una asistencia religiosa que sea proporcionada a sus necesidades y que no sea menos eficaz que aquella de que gozan los fieles de la diócesis.

En esto estamos y en ello hemos de esforzarnos con todo nuestro empeño expresión de nuestra caridad. La Iglesia diocesana ha de estar cada día más implicada y empeñada en esta atención y en esta cercanía y acogida de los emigrantes que llegan a nuestras tierras.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 18 de Enero de 2015.

 

Entre las súplicas más fervientes y apremiantes, la Iglesia implora del Señor que prospere la unidad entre todos los cristianos de las diversas Confesiones hasta alcanzar la plena comunión. Urge y apremia la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son, ciertamente, más que las que nos separan y así testimoniar al mundo la decidida voluntad de todos los discípulos de Cristo de conseguir lo más pronto posible la unidad en la certeza de que "nada hay imposible para Dios". 

Ésta es la súplica que, desde la misma noche santa de la institución de la Eucaristía, la noche en que iba a ser entregado por todos, sigue dirigiendo Jesucristo al Padre: "Que todos sean uno". Ante nuestros ojos tenemos el reto de la unidad de los cristianos para que el mundo crea. Es éste un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo.

La llamada a la unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano II renovó con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el corazón de los creyentes. Cristo llama a todos los discípulos a la unidad. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para reunir en unidad a los que andan dispersos. Él ha entregado su cuerpo para que seamos un cuerpo con Él, y ha derramado su sangre para la reconciliación y la unión de todos los hombres en Él con el Padre por el Espíritu Santo. Él nos ha dado su Espíritu Santo para la unidad, y ha constituido su Iglesia como sacramento de la unión íntima con Dios y la unidad de todo el género humano. 

La vocación de la Iglesia es la unidad. Le urge, pues, a la Iglesia buscar con verdadero ardor y empeño la unión de los discípulos de Jesucristo, de cuantos creen en Él, para poder ser lo que es. No es una cuestión de segundo orden o que solo afecte a unos pocos dentro de la Iglesia o de las iglesias. Nos afecta sustancialmente a todos los que somos cristianos. Necesitamos redescubrir la esencia del misterio de la Iglesia que se manifiesta en Pentecostés. Frente a la Babel dispersa y dividida por el pecado, Pentecostés, nacimiento de la Iglesia y sustancia de la Iglesia, es misterio y llamada a la unidad. De que redescubramos esto depende, mucho más de lo que creemos los mismos cristianos, el futuro no sólo de la Iglesia, sino de la fe, de Europa y del mundo entero. 

A pesar de esta vocación, hay en la Iglesia terribles pecados contra la unidad. Persiste en ella, desgarrándola, la ruptura de la Edad Media y del comienzo de la Edad Moderna que tan trágicas consecuencias ha traído para la humanidad y particularmente para Europa. La Iglesia se siente llamada a abordar con particular empeño la tarea de la unión de los cristianos. Las divisiones debilitan la fuerza del testimonio cristiano ante la increencia y secularización de nuestro tiempo, ante tanta indiferencia religiosa y mentalidad pagana como nos envuelve, ante el empuje de los fundamentalismos y de las sectas o ante una religiosidad difusa de espaldas al Dios personal. Estos son los grandes riesgos para el hombre de hoy que solamente podrán ser superados desde el cumplimiento de la voluntad del Señor: "Que todos sean uno... Yo en ellos y Tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta, y el mundo pueda reconocer así que Tú me has enviado, y que los amas a ellos como me amas a mí". 

"Todos somos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, aun siendo éstos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo. A nosotros se nos pide secundar este don sin caer en ligerezas y reticencias al testimoniar la verdad, sino más bien actualizando generosamente las directrices trazadas por el Concilio y por los sucesivos documentos de la Santa Sede" (S. Juan Pablo II). El momento que vivimos, de manera particular, anima a todos a un examen de conciencia y a oportunas iniciativas ecuménicas. Hay que proseguir sin duda el diálogo doctrinal, pero sobre todo esforzarse en la oración ecuménica. Oración que se ha intensificado después del Concilio, pero que debe aumentarse todavía comprometiendo cada vez más a los cristianos, en sintonía con la gran invocación de Cristo, antes de la pasión: "que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros (Jn 17,21)".

Promover la unidad y sostener el esfuerzo de cuantos trabajan por esta causa será, de modo especialmente intensa, la oración de la Iglesia universal, de nuestra diócesis de Valencia y de todas las parroquias y comunidades durante el próximo Octavario por la unidad de los cristianos, que comenzará el próximo domingo, 18 de enero, y finalizará el 25, conmemoración de la conversión de San Pablo. Sólo en la verdad puede haber verdadera unión. Una unidad en la verdad de la misma y única fe que brota de la aceptación de la misma y única Revelación, que nos ha sido dada de una vez para siempre en el Hijo de Dios hecho hombre. No se trata de modificar el depósito de la fe, ni de cambiar el significado de los dogmas, ni de adaptar la verdad a los gustos de una época. ¿Quién consideraría legítima una reconciliación entre hermanos separados y una unidad lograda a costa de la verdad? La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al íntegro contenido de la verdad revelada. 

Nos urge y apremia "promover cualquier paso útil en el difícil y valiente camino de la unidad, tan rico de alegría". Camino difícil, pero no imposible: para Dios nada hay imposible. Nos pone en ese camino la oración incesante que este año debería de ser algo muy prioritario en nuestra diócesis, como vengo insistiendo a tiempo y a destiempo, pues la unidad es un don del Espíritu, es un don de Dios. 


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 11 de Enero de 2014.

 

Hemos iniciado un nuevo año. Nuestra mirada de creyentes se dirige a Dios, suplicando su favor y dándole gracias. Reconocemos que todo bien viene de Él. Necesitamos el auxilio de Dios ante los problemas de paz en el mundo, tan rota y amenazada en tantos sitios: ¡Qué terrible lo que está aconteciendo en Irak, en Siria... en tantos lugares! ¡Qué cruel el exterminio sistemático, exilio y persecución de cristianos en tantos lugares ante la pasividad, de hecho, de otros países o fuerzas internacionales! ¡Qué espantosas las esclavitudes de siempre todavía vigentes en diversos países y las nuevas esclavitudes de la época moderna! ¡Qué necesario es que se consolide de manera definitiva la paz en Oriente Medio, se realice la reconciliación, y se establezca lo que es tan necesario y justo! Necesitamos el auxilio divino ante la ingente tarea de evangelizar a los pobres y llevarles el amor que reclaman, de anunciar el Nombre de Dios y llevar a los hombres a Jesucristo. Necesitamos la fuerza y la sabiduría de lo Alto para ayudar a que los hombres crean, ofreciéndoles con profunda alegría lo mejor que tenemos, el tesoro recibido gratis: la fe en el Dios vivo que el Espíritu Santo alimenta en nosotros. 

La cuestión principal del hombre de siempre, también del de nuestros días, es, con mucho, creer o no creer en Dios, reconocerlo o no reconocerlo, aceptarlo o no aceptarlo, abrirse o no a su amor y a su don de misericordia y ternura que no tiene límites. Dios es el único asunto central y definitivo para el hombre y para la sociedad. El silencio, olvido o abandono de Dios es, sin duda, el acontecimiento más decisivo y la indigencia más dramática de nuestro tiempo. No hay nada que se le pueda comparar en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias. El hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para asumir valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida. El olvido de Dios quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma los valores éticos. Una sociedad sin fe es una sociedad más pobre y angosta. Un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que fundamenta su dignidad, y de aquel amor primigenio e infinito que es raíz de su libertad. 

Por esto, siempre, y de manera singular al comenzar este año 2015 en que toda la Iglesia celebra el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, testigo singular de que "sólo Dios basta" y, por el testimonio y enseñanza del Papa Francisco, que tiene sus ojos puestos de hito en hito en Dios Padre misericordioso, también nosotros, aquí en Valencia, necesitamos dirigir nuestra mirada a Dios, avivar nuestra experiencia de Él, acrecentar nuestro conocimiento sapiencial de Él, fortalecer nuestra fe en Él. Y ello, para poder responder a esa pregunta que nos llega con verdadero clamor desde los hombres de hoy, desde situaciones tan distintas y desde experiencias tan diversas, a veces dramáticas: "¿Dónde está vuestro Dios?" 

Al comenzar un nuevo año y durante todo él, es necesario que, desde el gozo agradecido y con verdadero estremecimiento lleno de gran dicha, respondamos a esta pregunta, y hablemos de Dios, confesemos con humildad y confianza nuestra fe en El, y ofrezcamos a todos el testimonio que compartimos con los creyentes de todos los tiempos de que Dios, el sólo y único Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, se nos ha revelado a los hombres, se nos ha dado a conocer, se nos ha hecho cercano, incluso "visible y palpable" en su Hijo, venido en carne en el seno de su Madre, Santa María, siempre virgen. 

Haríamos muy bien todos los cristianos valencianos en ahondar, reavivar y fortalecer el conocimiento de Dios, Dios de misericordia, revelado en el rostro humano de Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Harían muy bien los catequistas y profesores de religión en adentrarse en este conocimiento vivo y profundizado, meditado e interiorizado, para avivar su experiencia de Dios y comunicarla en la catequesis o en la enseñanza religiosa. Haríamos muy bien los sacerdotes en interiorizar y afianzar este conocimiento a través del estudio sosegado, de la meditación y de la oración contemplativa, para predicar a Dios con palabras nuevas y vigorosas que brotan de la experiencia acrecida y renovada de Dios misericordioso. 

Por mi parte, como he dicho desde que llegué a Valencia, en medio del silencio de Dios que lacera nuestro mundo y nuestra cultura, mi ministerio entre vosotros deseo –y así lo pido– que consista principalmente en hacer resonar públicamente, a tiempo y a destiempo y con todos los medios a mi alcance, la palabra sobre Dios, hablar de Dios, como el sólo y único necesario, y pedir que volvamos a Él, exhortar a que centremos toda nuestra vida en Él, porque en Él está la dicha y la salvación que anhelamos. Que Dios me dé fuerzas para no cesar ni cansarme en este anuncio, que me conceda sabiduría y experiencia suya para no hablar de Él con palabras gastadas, sino con palabras vivas y verdaderas, que brotan de la oración, del encuentro con Él, del trato de amistad con el que sabemos nos ama. Necesito orar, necesitamos orar, para tratar con Él y así conocerlo más, intimar con Él, tener experiencia cada día y cada instante renovada de Él y de su amor misericordioso. 

Al comenzar este año 2015 invito a todos –sacerdotes, personas consagradas, fieles cristianos laicos– a escuchar en lo hondo del alma la llamada de Dios a conocerle mejor para amarle más y responderle con un gozoso "sí, Padre". Si perdemos el gusto por Dios, si la misma palabra "Dios" significa poco para algunos, si la pregunta "¿dónde está tu Dios?", que nos dirige una cultura despojada de la fe, llega a inquietarnos demasiado ¿no será porque hablamos poco con Dios? ¿Buscas "pruebas" de Dios? Reza con perseverancia. ¿Buscas fortaleza para una vida esperanzada y justa? Ora en lo escondido al Padre. Quien se encuentra de verdad con el Dios vivo, se pone en seguida en sus manos por la oración, que surge desde el fondo del alma como un impulso incontenible. 

Que el año de gracia que hemos comenzado sea un año en el que los fieles cristianos de Valencia, cualquiera que sea nuestro estado y lugar en la Iglesia, avivemos nuestra vida de oración, para que se renueve y fortalezca nuestra experiencia de Él, para que así hablemos de Dios a un mundo tan necesitado de Él como la tierra reseca está necesitada del agua para que florezca en ella la vida. Nos urge y apremia avivar nuestro conocimiento y experiencia de Dios, Padre misericordioso, fortalecer nuestra fe en Él, acrecentar nuestra vida de oración. Pocas veces mejor que pensar en la oración, como al comienzo de un año nuevo, en el que se nos abren tantas expectativas, se agolpan tantas necesidades, se ponen ante nosotros tantas inquietudes, sufrimientos, gozos y esperanzas, y nos vemos como impulsados a levantar nuestros ojos a Dios en súplica esperanzada o en alabanza agradecida. 

Al comenzar el año de una manera más espontánea, desde todo ello, nos abrimos a la oración. De esta manera confesamos que sin Dios nada podemos hacer, que todas nuestras empresas nos las realiza Él y que nada verdaderamente digno podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia. Pedimos que todo comience en Él como en su fuente y que todo conduzca a Él como a su fin, que todo nos lleve a realizar su designio en favor de los hombres: designio de paz y no de aflicción, designio de amor y de felicidad, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene a este mundo. Invocamos su santo Nombre y le rogamos que nos alcance y colme su copiosa bendición. 

Es tiempo de oración. Ni la renovación y fortalecimiento de la Iglesia, ni la renovación y edificación de nuestro mundo serán posibles si no oramos. Todos debemos orar. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con Él, escucharle, tratar con Él, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de su cercanía, gozar de su gracia. No cesemos de orar. Es preciso, absolutamente necesario, como nos dice Jesús, "orar en todo tiempo y no desfallecer". 

No me cansaré de recordar y renovar, una y otra vez, mi invitación a orar. Es la invitación más importante que os puedo hacer, el mensaje más esencial, máxime en estos tiempos de secularización y de eclipse de Dios. El olvido de la oración es olvido de Dios; y el olvido de Dios es olvido del hombre. Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de humanización de nuestro mundo, porque es la garantía de la recuperación de lo humano, que sólo en Dios encuentro su fundamento y su verdad. 

Dijimos los Obispos, hace años en una Instrucción pastoral, "Dios es Amor": "Como la caridad es criterio de la autenticidad de la oración, animando a la oración estamos llamando también a una vida de verdadera solidaridad, de comunión en la Iglesia y de comunión con todos, en particular, con los excluidos y necesitados. Porque... la oración nos convierte al Dios de la misericordia. Jesucristo ora por el testimonio de unidad entre los suyos, vital para suscitar la fe: «que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea» (Jn 17,21) y nos pide que brillen nuestras buenas obras para que el Padre sea glorificado (cf. Mt 5,16)". 

Necesitamos orar más todos. Necesitamos orar el Obispo y los sacerdotes. La oración es fuente de alegría sacerdotal, aliento en los "duros trabajos" del Evangelio, promesa y garantía de fecundidad apostólica. Sin la oración ya podemos esforzarnos, que no "pescaremos nada", aunque breguemos durante toda la noche como los apóstoles en el lago. Que ni el Obispo ni los sacerdotes desfallezcamos en la oración: es un deber que tenemos para con el pueblo que nos ha sido confiado y al que no podemos defraudar; ese es servicio primero y principal de la caridad pastoral. Que nada nos aparte de la oración. La Liturgia de las Horas cada día y una hora de oración diaria nos conferiría una gran fortaleza apostólica. Seamos maestros de oración para nuestro pueblo. 
Pero todos debemos orar para no sucumbir ante tanta tentación como nos acecha, para permanecer en vela y despiertos, para estar en forma y llevar a cabo la obra de evangelización que es nuestra dicha y nuestra identidad más profunda como miembros de la Iglesia. Son "tiempos recios" los que vivimos, y sin la oración no tenemos nada que hacer; seremos como metal que aturde pero sin capacidad para aportar nada verdaderamente valioso. 

Por esto, en este todavía comienzo del año 2015, quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa, la gran Maestra de la oración, testigo de que "sólo Dios basta", toda la comunidad diocesana de Valencia deberíamos centrar nuestra mirada y nuestro corazón en Dios, infinito en su misericordia, revelado en la humanidad de su Hijo, Jesucristo, en quien tenemos, vemos y palpamos todo el Amor, cuya contemplación "saca amor". Quiero, por ello, exhortar a todos, a mí el primero, a todos los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los fieles cristianos a renovar y fortalecer la vida de oración: en las familias, en las parroquias, en los movimientos, en las comunidades. Nuestra Iglesia diocesana será lo que sea nuestra oración. Sin la oración la vida cristiana languidece y se esclerotiza. Aprendamos a orar –que es muy fácil– y enseñemos a orar –que es necesario–. 

Que Dios nos conceda a esta Iglesia diocesana de Valencia el intensificar en cada uno de sus miembros y en cada comunidad el sentido y el gusto por la oración. La vida de oración es el respiro de nuestras almas y prenda cierta de vitalidad cristiana.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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