canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

 Beato Pablo VI, «Testigo de la verdad» (I)

El pasado domingo 19 de octubre, al finalizar el Sínodo extraordinario de los Obispos sobre el matrimonio y la familia, en el día en que celebramos la Jornada Mundial por las misiones, fue proclamado beato el Papa Pablo VI, a quien tanto debe la Iglesia y la humanidad entera, también España, a la que quería de verdad y siempre buscó para ella lo mejor, aunque algunos digan o piensen sobre esto de otra manera. Fue un Papa grande y audaz, testigo valiente del Evangelio, que nos confirmó en la fe y en la caridad, en momentos decisivos para Iglesia y el mundo. Murió en un día muy significativo, un domingo y, además, un seis de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, y, de alguna manera, la del propio Papa Montini, hombre sobre todo de fe, y "mártir" de la fe y de la verdad, que tanto quiso a la Iglesia y que tanto sufrió por todos. 

Quiso que su vida "fuese un testimonio de la verdad para imitar así a Jesucristo". Entendió por testimonio: "la custodia, la búsqueda, la profesión de la verdad". Fue el Papa a quien correspondió la misión de proseguir y llevar a puerto las labores del Concilio Vaticano II, convocado e iniciado por el Papa "Bueno", San Juan XXIII, para promover la gran renovación de la Iglesia, fortalecer la comunión en el seno de la Iglesia y la unidad entre los cristianos, entablar un diálogo sincero y constructivo con el mundo y pensamiento contemporáneo, con otras religiones y suscitar un gran dinamismo para que la Iglesia se hiciese presente en el mundo, o mejor hiciese presente en el mundo a Jesucristo, luz de las gentes, la gran esperanza para todos los hombres y todos los pueblos, en quien se esclarecen inseparablemente el misterio de Dios y la grandeza, verdad, dignidad, y vocación profunda y alta del hombre. A él le cupo, al finalizar el Concilio, la difícil y arriesgada tarea de impulsar su aplicación y ponerlo fielmente en práctica, para renovar, fortalecer y hacer crecer a la Iglesia. Por eso fue el Papa de la fe, el Papa de la unidad y del diálogo, el Papa de la nueva evangelización del mundo contemporáneo.

Me gusta recordar el que mes y medio antes de morir, en la última fiesta de San Pedro que celebraría aquí, presintiendo quizá el momento de su partida, hizo balance de su ministerio: el mismo de Pedro, a quien el Señor le confió "confirmar a los hermanos en la fe" y nos dejó, con estremecedoras palabras, lo que para mí es resumen y sello de su pontificado. "He aquí el propósito incansable -dijo-, vigilante, agobiador, que nos ha movido durante estos quince años de pontificado. Fidem servavi (“guardé la fe”), podemos decir hoy, con la humildad y firme conciencia de no haber traicionado nunca la santa verdad. Recordemos, como confirmación de este convencimiento y para confortar nuestro espíritu que continuamente se prepara para el encuentro con el Justo Juez, algunos documentos del pontificado, que han querido señalar las etapas de este nuestro sufrido ministerio de amor y servicio a la fe y a la disciplina".

Entre estos documentos tenemos: Ecclesiam suam (agosto del 64), su primera Encíclica programática, la del diálogo y el encuentro; Mysterium fidei, sobre el misterio eucarístico, centro y clave de la Iglesia (en octubre del 65, última etapa del Concilio); Christi Matri (15 de septiembre del 66), breve y desconocida carta, en la que se ordenan súplicas a la Santísima Virgen ante una situación extremadamente delicada del mundo; Populorum progressio (marzo del 67), con la que iluminó “el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y con la luz suave de la caridad de Cristo” (Benedicto XVI), según las enseñanzas del Concilio, que hizo suyas, para el progreso del mundo; Sacerdotales Coelibatus (en junio del 67), de tan profunda visión sobre el sacerdocio y de tan alta actualidad en los tiempos que corremos; Evangelica testificatio (junio del 71), sobre la vida consagrada; Paterna cum benevolencia (diciembre del 74), para orientar el Año Jubilar de la Reconciliación, precisamente sobre la reconciliación en la vida de la Iglesia; Gaudete in Domino (mayo del 75), páginas bellísimas sobre la verdad de la alegría admirable que brota de Cristo y caracteriza el ser cristiano; Evangelii Nuntiandi, a los diez años del Concilio Vaticano II (diciembre del 75), Exhortación Apostólica postsinodal sobre la evangelización del mundo contemporáneo, “dicha e identidad más profunda de la Iglesia”, de tan grandes y benéficas repercusiones posteriores; y Humanae Vitae (25 de julio del 68), Encíclica verdaderamente profética que ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, en la que se subrayan “los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI), y se expone la verdad del amor y de la sexualidad, en la base misma del matrimonio y de la familia, y, por último, el Credo del Pueblo de Dios (1968), que bien podría resumir su pontificado y que es una luz que debiera alumbrarnos en nuestros días.

¡Qué gran don de Dios para la Iglesia fue el Papa Pablo VI, un “pastor conforme al corazón de Dios”!¡Cuánto necesitamos del testimonio y del aliento de este testigo singular y básico de la fe, de este servidor apasionado y verdadero “mártir” de la fe en los momentos que vive el mundo, cuya necesidad más honda, más urgente y apremiante no es otra que la fe misma. Momentos cruciales para la Iglesia llamada sobre todo y por encima de todo a anunciar el Evangelio, a meter, a inyectar en las venas del mundo, de la historia, de los hombres, la “sangre”, la fuerza vital y vivificadora del Evangelio de Dios, del amor de Dios y de salvación, para que surja una humanidad nueva hecha de hombres nuevos con la novedad de la vida conforme a este Evangelio, el de la fe verdadera que da fundamento al hombre y lo renueva desde su más profundo centro. Es providencial que su beatificación haya sido tras la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, pero inseparable de ellos: los tres forman una unidad con el Vaticano II, “nuevo Pentecostés de nuestro tiempo”.

+ Antonio, Card. Cañizares 
Arzobispo de Valencia

Beato Pablo VI, testigo de la verdad (II)

Necesitamos conocer más y mejor a este Papa, “manso y humilde corazón”, como su Señor, que estuvo para servir y dar su vida por todos. Se le conoce quizá poco, y, sin embargo, deberíamos conocerlo más y mejor porque es tan rica su enseñanza, tan orientativos y sabios sus escritos, tan actual y vivo su magisterio, tan luminosa su palabra y tan ejemplar su vida, tan empeñativos y tan significativos sus gestos y propuestas en pro de la paz, del desarrollo y progreso de los pueblos, de la familia, tan fundamental cuanto dijo e hizo para centrar nuestra vida en Dios y superar la secularización tan lacerante que padecemos tanto tiempo. Si tal conocimiento fuese mayor y mayor también la identificación con su persona y su legado estoy seguro que la Iglesia en nuestros días y el mundo de hoy se verían altamente favorecidos y mejorados. Fue un profeta en muchas cosas, por ejemplo, en la visión que nos proporcionó en su encíclica “Humanae Vitae” tan necesaria en nuestros días y de tan largo alcance para el futuro de los hombres, tan decisiva para comprender la verdad, la grandeza y la belleza del matrimonio, del amor y la sexualidad, aunque esta encíclica sea recibida muy a contracorriente o rechazada por el espíritu hodierno de tantos poderes mundanos; esta encíclica profética ha marcado una etapa nueva y esperanzadora sobre la vida y su transmisión, y en ella “se subrayan los fuertes vínculos existentes entre la ética de la vida y la ética social” (Benedicto XVI). Por eso resulta muy providencial y constituye un signo de Dios para hoy, el que su beatificación sea en la conclusión del Sínodo extraordinario sobre el matrimonio y la familia. 

También siento como un aldabonazo cuando veo que es beatificado el domingo en que la Palabra de Dios, en la Liturgia, nos habla de Dios, revelado como “el único Señor, no hay otro, fuera de Él, sólo Él es Dios”, “Dad a Dios lo que es de Dios”... Como pocos, el Papa Pablo VI proclamó esto que es lo sustancial de la fe;  por ejemplo, sus alocuciones y discursos del “Año de la Fe de 1967” nos habla de Dios frente al drama de nuestro tiempo, el humanismo ateo, con una fuerza y una clarividencia que hoy necesitamos como nunca. En todo nos lleva a la gran cuestión: la fe. 

No en balde nos dejó el ya citado Credo del Pueblo de Dios (1968), uno de sus principales escritos, como él mismo reconoció en un discurso ante el Colegio Cardenalicio de junio del 78, "para recordar, para reafirmar, para corroborar los puntos capitales de la fe de la Iglesia misma, en un momento en que fáciles ensayos doctrinales parecían sacudir la certeza de tantos sacerdotes y fieles, y requerían un retorno a las fuentes. Gracias al Señor, muchos peligros se han atenuado; no obstante frente a las dificultades que hoy debe afrontar la Iglesia, tanto en el plano doctrinal como disciplinar, Nos seguimos apelando enérgicamente a aquella sumaria profesión de fe, que consideramos un acto importante de nuestro Magisterio pontificio; porque sólo con fidelidad a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia, transmitidas por los Padres, podemos tener esa fuerza de conquista y esa luz de la inteligencia y del alma que proviene de la posesión madura y consciente de la Verdad Divina...; ha llegado el momento de la verdad, y es preciso que cada uno tenga conciencia de las propias responsabilidades frente a decisiones que deben salvaguardar la fe, tesoro común que Cristo, el cual es Piedra, es Roca, ha confiado a Pedro, Vicario de la Roca, como le llama san Buenaventura" (Pablo VI). Palabras claves de un sucesor de Pedro que definen su pontificado, que agradeceremos siempre, y que, ahora, proclamado beato, sigue confirmándonos en la fe y en la caridad, en la unidad y en la renovación eclesial, en el diálogo con el mundo para mostrarles a los hombres y entregarles, con obras y palabras, al sólo Dios revelado en el rostro humano de su Hijo.

Así, con razón, es preciso reconocer que fue el Papa de la nueva evangelización. Ahí queda esa Exhortación Apostólica suya, ya citada, “Evangelii Nuntiandi” la gran luz que necesitábamos y que sigue alumbrando con una grandísima fuerza para guiar en estos momentos la evangelización del mundo contemporáneo, que es, en expresión suya, “la dicha y la identidad más profunda de la Iglesia”. Es un signo que su beatificación haya acaecido, precisamente, el día de las misiones, que evoca la urgencia y la identidad de la Iglesia llamada a anunciar el Evangelio a todas las gentes, conscientes, como el mismo Beato nos indicó, de que el hombre de hoy es más sensible al testimonio que a las palabras, que tampoco pueden faltar en un anuncio explícito que dé razón de la esperanza que nos anima y que da sentido a lo que vivimos: Jesucristo.

Nunca podremos agradecer bastante lo que hizo este Papa, cuyo pontificado tuvo un punto álgido en el "Año de la fe" (1967) con aquellos mensajes y discursos tan importantes en que ofrece, en verdadero y claro diálogo con el mundo, la verdad de la fe cristiana a un mundo, a una humanidad, amenazada bajo el drama del humanismo ateo, y en trance de destruirse por el olvido de Dios.

Se sabe que, pocos días después de ser elegido, le dijo a su secretario: "Me son conocidas las voces que llegan de unos diciendo que el nuevo Papa debe ser un innovador, de otros que piden que sea tradicionalista; éstos, que existencialista; aquellos, que más bien debe ser un profeta arriesgado. Mi única respuesta: el Papa es el Papa y nada más". En aquellas delicadas circunstancias, claves y extremadamente difíciles, confesó al querido y recordado D. Marcelo González, cardenal que aplicó el Concilio como pocos: "Hemos de seguir adelante con mucha paciencia. ¡Hay que seguir! Algunos dicen que yo tendría que actuar de otro modo, pero me he trazado mi norma de conducta. Tengo una luz encendida; y el que quiera verla que la vea: es mi predicación continua y mi llamada a los sacerdotes, a los religiosos, a los fieles, a todos. Otras medida no creo oportuno tomar". 

Ese fue su actuar, actuar de Papa. Hoy podemos decir con toda razón: "¡Gracias a Dios que nos dio aquel Papa, un Papa santo y sabio, libre, hombre de Dios, amigo fuerte de Dios, que nos confirmó en la fe y en la verdad, y nos mantuvo en ella".

+ Antonio, Card. Cañizares 
Arzobispo de Valencia

 

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Hemos celebrado, un año más, la Jornada Mundial por las misiones, día del Domund. Ocasión privilegiada para recordar la permanente validez y la urgencia del mandato misionero, que constituye la Iglesia: Ella existe para llevar el Evangelio, la alegría inmensa del Evangelio a todos los rincones de la tierra: a decir y compartir con obras y palabras que Dios es nuestro Señor y que ama a los hombres, con predilección por los pobres, esta es la gran noticia que llena de alegría a todos, que es necesario compartir; Dios está por el hombre y todos pueden vivir con esa alegría de ser amados sin límite por Él, todos pueden participar de esta alegría compartiendo con todos la verdad de que son amados, porque nosotros, los que creemos, nos acercamos a todos, a los pobres, a los que sufren, amándolos de verdad, llevándoles el gozo y la alegría de nuestro amor, de nuestra entrega, de nuestro servicio, de nuestra cercanía, que es la del amor de Dios que les quiere.

En todas las partes del mundo atravesamos una situación muy difícil, que se agrava en los llamados "países de misión", a veces sentidos tan lejanos, pero que son tan cercanos y tan amados por los misioneros que nunca faltan en esos lugares dando la vida literalmente por esos pueblos y sus gentes con generosidad y entrega tales que sólo se comprenden desde la caridad que anima la misión: la que brota de Dios, nuestro solo y único Señor. Vivimos un mundo capaz de lo mejor y de lo peor, desde donde nos llega a la Iglesia un poderoso y apremiante llamamiento a ser evangelizado. Se repite aquel grito angustioso que Pablo escuchó: "¡Ayudadnos!". La ayuda que se nos pide, en medio de tantas cosas que necesita, tiene un nombre: la caridad en la verdad, real y sin condiciones, el amor verdadero y real, la pasión por el hombre que sana, libera, alienta, da luz, esperanza, y otorga y devuelve dignidad y grandeza a todo hombre. La ayuda que la Iglesia, interpelada por este clamor humano universal, ofrece desde siempre y que recoge todo esto, lo resume, lo lleva más allá, y le ofrece todo su sentido y fuerza para alcanzarlo entregando el Evangelio: Jesucristo mismo en persona. "No tengo oro ni plata", dice san Pedro al paralítico que demanda su ayuda a la puerta del templo de Jerusalén, "lo que tengo te doy: en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!". Esta es la riqueza y la ayuda que la Iglesia ofrece y da, Jesucristo, que nos muestra en nuestra propia humanidad, en nuestra propia carne, en nuestros sufrimientos y dolores que Dios es Dios, el único Señor que vence los poderes del mal y los poderes que esclavizan, subyugan y amenazan al hombre. Esta es la gran riqueza, la gran palabra, el testimonio, la verdad que el mundo de hoy, los pueblos y los hombres abrumados por tantas miserias, dolores y necesidades, necesitan y piden, sin saberlo a veces, para que se puedan poner en camino, y andar hacia una realidad enteramente nueva, con una humanidad en verdad nueva, y con esperanza firme.

Cuando se vive el encuentro y la experiencia de Jesucristo, cuando se le conoce y se le sigue, dejándolo todo y teniendo a Él como único Dueño y Señor, se sabe que esto que acabo de decir es verdad, que no hay riqueza ni tesoro que se le pueda comparar y que no nos pertenece porque es para todos. Cuando se vive con Él y desde Él, se sabe que es verdad que Él es el alimento que sacia el hambre más grande del corazón del hombre, que busca, hambrea y espera; se sabe que Él es la más plena, grande e insospechada riqueza, que no se puede comprar con todo el oro y la plata del mundo y que no perece ni es utilizable por unos pocos en provecho propio y egoísta; quien le sigue a Él, que, por lo demás, lo pide todo, sabe que Él llena el corazón del hombre y sacia sus anhelos más hondos, que Él cura heridas del camino, que en Él se encuentra alivio, descanso y ánimo en el cansancio y abatimiento de los días, que sólo Él tiene palabras y hechos de vida eterna, y que en Él se halla la misericordia, el perdón, la comprensión y la reconciliación que todo hombre necesita para poder vivir. Todo esto es el amor, la caridad, la ayuda que los hombres y pueblos, todos hoy, en situaciones muy diversas y con connotaciones muy particulares, necesitan y buscan. 

Todo este amor, y más allá de lo que se puede hasta soñar, se encuentra en Jesucristo. La Iglesia, a lo largo de más de dos milenios, da fe ininterrumpidamente hasta los últimos rincones o confines de la tierra proclama y testifica que es verdad, cierto con la mayor de las certezas posible, que en Jesucristo se encuentra el perdón y la misericordia sin límite que necesitamos los hombres para vivir con esperanza y confianza; que en Él se encuentra el amor real sin barreras ni ribera alguna porque ha dado su vida por todos los hombres –ahí está el amor, el mayor amor– y ha venido a servirnos y no servirse de nosotros ni de nadie; en Él se halla a manos llenas la reconciliación y la paz tan urgente y apremiante, y la mayor de las mansedumbres que descarta toda violencia; también la cercanía a los enfermos y a los que sufren, la identificación con todos los crucificados de tantas formas en estos momentos; en Él tenemos al "buen samaritano" que no pasa de largo sino que se acerca a todo hombre malherido, despojado y tirado a la vera del camino para sanarle y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar; en Él, además, se nos ha devuelto la dignidad perdida, una dignidad inviolable, la de ser con Él mismo hijos de Dios; y, por eso, en Él y con Él se descubre y aprende la grandeza de ser hombre, lo que vale todo hombre, nuestro hermano. En Él ha sido vencida de manera decisiva y definitiva la muerte: la vida, vida plena y eterna es nuestro destino. Todo esto y muchísimo más encontramos en Jesucristo, Hijo de Dios, Dios con nosotros, Dios con el Hombre sin vuelta atrás y para siempre, rostro humano de Dios que es Amor; así nos muestra que sólo Dios es Dios, nuestro solo y único Señor. ¿Cómo callar esto y ocultarlo o dejar de ir a todos los rincones de la tierra para anunciarlo y hacerlo presente allí, si es la "ayuda" que se está pidiendo y necesitando? Esta es la razón de ser de las misiones y de los misioneros. Se entiende que hombres y mujeres consagren su vida a la misión. Y se entiende que hombres y mujeres, en lugares donde nadie quiere ir, ellos estén allí dando su vida, incluso físicamente, haciendo presente el Amor que es Dios.

Ante el Domund de este año, doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras que han hecho de las "misiones" la razón de ser de su vida; particularmente doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras de nuestra diócesis de Valencia, que están siendo la “avanzadilla” de nuestra Iglesia particular en tantas partes del mundo, a quienes agradezco todo cuanto son y están haciendo, enviados por esta iglesia en Valencia, que los quiere, les recuerda, está con ellos, por ellos ora y les ayuda: ayuda, oración, cercanía que deben acrecentarse cada día más entre nosotros. Dios nos llama a que la diócesis de Valencia sea cada día con mayor intensidad y extensión una diócesis misionera: Dios quiere de Valencia, tan enriquecida por tantísimas gracias y dones suyos, que sea una iglesia, una diócesis misionera, así mostrará con mayor claridad, que los “talentos” recibidos no los esconde, sino que los multiplica. 

Los misioneros y misioneras proclaman sin fin, con obras, gestos y palabras, las gracias y los dones de Dios, el don de su amor sin límites ni barreras. No pocas veces este "sin fin" llega hasta el derramamiento de la sangre: de ellos, ¡cuántos han sido y están siendo testigos, mártires, de la fe! Gracias a ellos se ha podido dilatar el designio o querer de Dios de hacer partícipes de su amor y misericordia, ceñidor y base de la unidad consumada entre las gentes. A ellos va mi recuerdo y el de todos, lleno de agradecimiento, acompañado de la oración y de la ayuda y cercanía que necesiten. Su ejemplo es estímulo y sostén para los fieles cristianos, y todo hombre de buena voluntad. Podemos sentir ánimo viéndonos rodeados de un número tan grande de testigos que con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar en todos los continentes el Evangelio del Amor, de Dios que ama a los hombres hasta el extremo, y apuesta por el hombre. Los necesitamos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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Iniciamos la celebración del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, la gran santa española- abulense, copatrona de España. Los españoles,-y particularmente los abulenses con toda razón-, nos gloriamos de nuestra santa más universal y sentimos y palpamos la cercanía de la gracia de Dios que sobre nosotros, en la ciudad amurallada, ha hecho morada en la persona de Teresa de Cepeda y Ahumada. Nos sentimos y somos agraciados y privilegiados por la inmensa bondad de Dios, porque tenemos la inmensa dicha de contar entre nosotros a alguien tan nuestra y tan de Dios, tan cercana a nosotros y tan adentrada en la espesura de Dios, que nos puede guiar con maestría en el camino de Dios y hacia El, en el camino de su amor, donde se halla la verdadera felicidad, la fuente inagotable de la vida, el origen y fundamento de todo bien, la raíz y la base para nuestra esperanza.

Todo en la ciudad más alta de España, Ávila, -todo un símbolo- conserva el recuerdo de su hija predilecta. "La Santa", lugar de su nacimiento y casa solariega; la parroquia de san Juan donde fue bautizada; la catedral, con la Virgen de la Caridad, que aceptó su temprana consagración; el Convento de Gracia donde se educó con María de Briceño; la Encarnación que acogió su vocación religiosa y donde llegó al culmen de su experiencia mística; la Virgen de la Soterraña en la parroquia de san Vicente, donde oró camino de su primera fundación; San José, primer “palomarcico” teresiano, de donde salió Teresa, como “andariega de Dios” a fundar por toda España. Los pueblos de Ávila, pero también España entera, la reconocemos como “nuestra”, la invocamos como patrona, la admiramos y la miramos como guía y modelo incomparable.

Necesitamos volver a santa Teresa de Jesús, "arroyo que lleva a la fuente" de agua viva, que sacia el corazón sediento del hombre, sediento del Dios vivo. Ella es "resplandor que conduce a la luz. Y su luz es Cristo": Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; esperanza de los pueblos; Maestro de sabiduría, libro vivo en que Teresa aprendió las verdades, en el único en que podemos aprender la Verdad de Dios y la verdad del hombre, que nos hace libres con la libertad de los hijos de Dios; piedra angular sobre la que se edifica la historia.

Este año jubilar del quinto centenario de la Santa aprovechémoslo para volver a Santa Teresa de Jesús, a su espiritualidad y a sus escritos. Ahí aprendemos y saboreamos esa sabiduría eterna de Dios y manifestada en el tiempo, en la carne, en la humanidad del Hijo de Dios, único camino de la Iglesia, único camino de Dios al hombre y del hombre a Dios, único camino del hombre a cada hombre. Necesitamos volver a santa Teresa hoy más que nunca en este mundo de eclipse de lo divino, de pérdida del sentido de trascendencia y de quiebra de lo humano. Lo necesitan, sobre todo, los jóvenes hambrientos de trascendencia en sus vidas y de testigos de esa trascendencia, de nada tan necesitados como de Dios, porque tienen sed de vida, de amor, de esperanza, de felicidad y plenitud, de humanidad verdadera: y sólo Dios es esa plenitud. Sólo El es la Vida y fuente de la Vida. Sólo El es el amor que hace renacer constantemente una esperanza firme más allá de todo lo que produce hastío, desamor y mentira. Necesitamos la enseñanza y el testimonio de la Santa porque faltando el sentido de Dios, va perdiéndose hoy el auténtico sentido del hombre y el hombre se vuelve contra el hombre, y porque tratando de eliminar a Dios vamos eliminando al hombre y produciendo su destrucción.

Necesitamos seguir los pasos de la Santa Andariega de Avila, Teresa de Jesús, para descubrir al "Jesús de Teresa", del que tan necesitados estamos todos los hombres, porque El es nuestro Redentor, el único que tiene palabras de vida eterna, el único nombre en el que los hombres podemos hallar misericordia y perdón, reconciliación y paz, medicina para nuestras heridas y palabra de comprensión para nuestra fragilidad pecadora. Nuestra Santa universal, Doctora y Maestra de toda la Iglesia, no tuvo otro vivir que Cristo, porque supo apropiarse la riqueza de la Iglesia, la única que tiene, que no es otra que Jesucristo, y a ella entregó su vida. Necesitamos seguir los pasos de esta mujer santa y no dejarse engañar por nadie que trate de mostrarnos otro camino distinto al que ella siguió, otro camino distinto que el del conocimiento y el de la experiencia de Jesucristo, que únicamente se adquiere dentro de la Iglesia : en el trato y amistad con El en la oración; en la Eucaristía donde El se nos entrega con una confianza ilimitada y nos hace participar en su misma vida; en la Penitencia donde El se nos entrega como perdón y gracia reconciliadora; y en la escucha de su palabra, recogidas en las Escrituras transmitidas y leídas en la Iglesia. Este año teresiano es una ocasión propicia y providencial para recuperar y fortalecer más aún todo esto en nuestra diócesis de Valencia.

Viendo a Santa Teresa, Teresa de Jesús, me vienen a la mente como dichas por ella, aquellas impresionantes palabras del Papa San Juan Pablo II, elegido Papa precisamente en fechas inmediatas al día de la Santa : "No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su fuerza salvadora las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. No tengáis miedo. Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo El lo sabe. A menudo el hombre se siente invadido por la duda, que se transforma en desesperación. Permitid por tanto, os lo ruego, os lo imploro con humildad y confianza: permitid a Cristo que hable al hombre".

Esto nos dijo el sucesor de Pedro, al que tan unida, como hija fiel de la Iglesia, estuvo santa Teresa, al que tanto quiso, por el que tanto rogó y al que tanto ayudó en vida. Y esto nos diría, nos dice también hoy la Santa. Ella nos ruega que nos abramos a Cristo, que le acojamos, que es lo mejor que puede decirnos y pedirnos santa Teresa, lo mejor que nos puede pasar. 

Como humilde protegido suyo desde mi nacimiento el día de su fiesta hasta hoy, en mis primeros pasos como Arzobispo de esta porción del pueblo de Dios que peregrina en Valencia, humildemente y con toda confianza, me presento ante ella y me postro ante sus pies para pedirle y rogarle, para suplicarle con toda mi alma: que nos ayude, que nos proteja, que interceda por nosotros. Pongo en sus manos esta Iglesia diocesana de Valencia, y le digo y pido:”Teresa de Jesús, Teresa de Ávila, Teresa de España, fiel hija de la Iglesia, que amaste y amas con verdadera pasión de hija a la santa Madre Iglesia, ayúdanos a amar como tú a la Iglesia, a sentir con la Iglesia, a vivir el gozo de ser Iglesia, a fortalecer nuestra comunión y nuestra unidad. A ti, Madre Teresa, encomiendo esta Iglesia que peregrina en Valencia, ayúdanos a reemprender y hacer camino juntos contigo como peregrinos para formar la familia santa de los hijos de Dios, donde vivamos el amor de Dios, nos amemos con ese amor y seamos sacramento del amor de Dios en vida y servicio entregada enteramente en favor de los hombres, especialmente de los últimos, llevándoles el Evangelio de Jesucristo para que crean y se conviertan, le amen y le sigan. En fidelidad a la llamada de Dios, en esta hora de Dios, que es el tiempo que nos es dado vivir, queremos ser fieles a Dios, buscar, encontrar y cumplir su voluntad: y su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que palpen su amor misericordioso. Queremos ser Iglesia, que ,como tú, anunciemos a Jesucristo, para que los hombres crean y vivan en Cristo, con El y desde El, y así alcancen vida eterna y se sientan queridos por Dios que se vuelca en derroche de amor en favor a los hombres, sobre de sus predilectos que son los últimos, los pobres, los enfermos, los que lloran... Sabemos que esto no es posible si no se lleva a cabo una renovación de nuestra Iglesia, de las personas que las formamos, de las instituciones. Y esta renovación es la vida interior, es la vida santa. Que nos conduzca, pues, por los caminos de la santidad, tus caminos. Sólo una Iglesia de santos podrá evangelizar nuestro mundo”.

“Santa Teresa de Jesús, modelo de juventud, que tanto atraes a los jóvenes, que tanta fuerza de vida tienes y que tan grande humanidad nos muestras, te encomiendo los jóvenes de nuestra diócesis. Por ellos te ruego, guíalos, que te descubran, que les ayudemos a descubrirte. Los jóvenes, como nadie, necesitan a Cristo, Camino, verdad y Vida. Enséñanos a mostrarles a Cristo. El Papa San Juan Pablo II dijo cuando vino a tu pueblo, a Avila, dirigiéndose a los jóvenes con palabras casi tuyas : "Quiero ofrecer como mensaje a la juventud: En este tiempo es menester amigos fuertes de Dios". Necesitamos jóvenes “amigos fuertes de Dios”. No está en los métodos, no está en las organizaciones, tú lo sabes; todo está en la amistad con Dios, todo radica en la amistad con el Amigo que es Jesús, el único que no defrauda. Enséñanos a ir a los jóvenes”.

“Teresa de Jesús, Teresa de Ávila, Teresa de la Iglesia que es la gran familia de Dios, ahora que se está celebrando en Roma el Sínodo extraordinario de los Obispos, convocado y presidido por el Papa Francisco, sobre el matrimonio y la familia, te encomiendo a las familias, a los matrimonios, a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y para formar nuevas familias, que descubran, vivan y muestren la verdad, la grandeza y la belleza del matrimonio y así puedan renovar nuestro mundo, el tejido humano y social de nuestra sociedad. Que siguiendo tus enseñanzas y bajo tu protección las familias sean los santuarios de la vida, sedes de la cultura de la vida, hogar de la nueva civilización del amor, iglesia doméstica, lugar de encuentro con Dios, centro de irradiación de la fe, escuela de vida cristiana. El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Que nos esforcemos y con tu ayuda lo consigamos en salvar y promover los valores y exigencias de la familia”.

“Tú, Santa Teresa de Jesús, querida madre Teresa, eres Doctora universal de la Iglesia, maestra de la sabiduría, porque has preferido la sabiduría de Dios a todos los cetros de la tierra. Necesitamos esa sabiduría: La sabiduría de Dios que nos lleva a saborear la verdad suya y la verdad del hombre, inseparable del amor y de la misericordia. Tú eres maestra que muestras la verdad, la verdad que nos hace libres, la verdad que se hace en el amor. Necesitamos una cultura nueva, la única capaz de humanizar nuestro mundo tan deshumanizado, que es la cultura del amor y de la verdad. Necesitamos generar una nueva cultura. España lo necesita, lo necesita también Valencia. El Evangelio de Jesucristo, como tú nos lo muestras, tiene una capacidad inmensa de humanización y creación de cultura. Danos tu luz y tu sabiduría para que acertemos en estos momentos a orientar ámbitos, espacios, personas e instituciones, comunidades cristianas, parroquias vivas que configuren esa nueva cultura y nueva civilización del amor y de la verdad, porque creen en el hombre y apuesten decididamente por su verdad; que crean que el camino de la sociedad y de la Iglesia no es otro que el hombre tal y como es querido por Dios en Jesucristo, donde se dé el gozo de la verdad. En tus manos pongo esta diócesis, sin duda muy querida por ti, en tus manos pongo España, tan tuya, a ti te las confío, a ti te imploro para que la sabiduría que te ha guiado, la verdadera sabiduría que procede de Dios y le asiste en su trono, sea la única que a nosotros nos guíe.

Que Dios bendiga a todos y que santa Teresa nos proteja en este Año Jubilar, que, en nuestra diócesis, como en toda España, como en toda la Iglesia, será un año, sin duda y con toda seguridad, de una lluvia de abundantes gracias del Cielo.




Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia

 
 

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