canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

Domingo 20 de Septiembre de 2015.

Hemos celebrado la apertura oficial de curso de la facultad de Teología de Valencia coincidiendo todavía con el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, Doctora Universal de la Iglesia, y en las vísperas, casi en los umbrales de la preparación del «Año de la Misericordia», al que el Papa nos convoca, y el «Año jubilar eucarístico» que tendremos en Valencia. El magisterio de Santa Teresa es para nosotros guía y acicate para el quehacer de esta Facultad de Teología que está llamada a entrar dentro de la verdadera sabiduría, la de la Cruz, a saborearla, gustar de ella y difundirla; nos sentimos con el grato deber de profundizar en la fe que ha de articularse con la razón, y de dar razón de la esperanza que nos anima. La teología está llamada y ha de profundizar en la fe, conducir a la oración, fortalecer la vida espiritual, confirmar en la comunión eclesial. Sabemos muy bien que una teología que no profundice en la fe, que no conduzca a la oración, que no arraigue la vida en Dios y en su Iglesia puede ser un discurso de palabras sobre Dios, pero no podría ser nunca un auténtico razonar articulado con la fe en Dios, el Dios vivo, el Dios que es, cuya esencia es el amor, la misericordia. La luz y el dinamismo que ha de animar la teología corresponde al dinamismo presente en la fe misma.

De ahí que la teología sólo será auténtica en la Iglesia, como unidad de fe. «Solamente cuando la enseñanza de los teólogos está en sintonía con la enseñanza de los obispos unidos con el Papa, el Pueblo de Dios puede saber con certeza que esta enseñanza es “la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre” (Judas 3)» (S. Juan Pablo 11).

Es uno de los aspectos que aprendemos en la Santa Doctora, cuyos escritos, cuya vida, experiencia humana y espiritual, sabiduría de lo alto tanto necesitamos en el quehacer de la Facultad. La Teología, en nuestra Facultad, como todo en ella, está llamada a concentrar su reflexión en lo que son sus temas radicales y decisivos: el misterio de Dios, del Dios Trinitario, que en Jesucristo se ha revelado como el Dios-amor­misericordia; el misterio de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que con su vida y mensaje, con su muerte y resurrección, ha iluminado definitivamente los aspectos más profundos de la existencia humana; el misterio del hombre, que en la tensión insuperable entre su finitud y su aspiración ilimitada, lleva dentro de sí mismo la pregunta irrenunciable del sentido último de su vida.

En todo esto el magisterio de santa Teresa es altamente iluminador. Al hablarnos de Dios con la fuerza que ella tiene, al mostrarnos en su vida, cuyo secreto nos desvela y comunica, todo lo que Dios es y significa para el alma humana, para el hombre más auténtico, y al regalarnos la verdad de Dios con aquella experiencia vital que la distinguía, Santa Teresa está invitándonos a una “determinada determinación” de entrar a fondo en el auténtico sentido de la vida. Ese es su camino, el camino de perfección que libera y salva. El que pido para los hombres de hoy, para que en nuestro tiempo surja una humanidad nueva y renovada.

Los hombres de este todavía comienzos de milenio necesitamos de maestros, testigos de sabiduría, como santa Teresa; necesitamos ser conducidos por esos maestros como la Santa para ser conducidos por los senderos del encuentro con Dios, del fiarnos y confiarnos al Dios único y verdadero, del ir de la mano del Hijo único de Dios, Jesucristo, muy humanado y llagado, para alcanzar la verdad que libera y engrandece por encima de todo, que es reconciliación, paz, perdón de los pecados. El hombre de nuestros días, tan torturado y empequeñecido, tan quebrado en su humanidad más propia, tan enfrentado a los otros, tan amenazado de tantas maneras, necesita de una mano que le ayude a ir en la búsqueda de Dios, el que sólo basta, donde se encuentra la verdad y la sabiduría; necesita de un guía certero, experto profundamente humano, conocedor del corazón del hombre y de su misma fragilidad quebradiza, para que le lleve hasta ese encuentro que sacia, recrea, enamora y esperanza. Esa guía y ayuda nos la ofrece Santa Teresa, la que es enteramente de Jesús, el Hijo de Dios humanado y llagado. Porque ella es toda entera de Jesucristo, el único que conoce al Padre, camino único de Dios a nosotros y de nosotros a Él, es por lo que la Santa es guía y maestra.

En este curso que ahora iniciamos en nuestra Facultad, necesitamos escuchar y seguir a la Santa Andariega, que se dejó inundar y conducir por el Espíritu de la sabiduría, aprendida de la contemplación de su único Maestro, humanado y llagado, crucificado, Jesucristo, para, ir tras sus huellas y centrar toda nuestra vida en el conocimiento, seguimiento y amor de Jesucristo el único que llena, sacia y salva. Nadie puede decir “Jesús es el Señor”, tan necesario para nuestra Facultad y para todos, si no se lo concede y guía a su conocimiento el Espíritu, a quien hemos invocado en esta celebración. Que El os guíe a profesores y alumnos en vuestras tareas, que Él conduzca a todos a la contemplación y aprendizaje de la sabiduría de la Cruz.

En los tiempos de eclipse de Dios y de noche oscura que padecemos los humanos por la secularización, la increencia, el ateísmo, el deterioro moral y el paganismo imperantes, Santa Teresa de Jesús es testigo vibrante del Dios vivo y de su amor misericordioso. Un testigo impresionante de Dios, que rompe su silencio junto a nosotros sus pobres y oscuros hermanos. Dios no ha muerto. Dios es el Amor. Santa Teresa le ha “visto”, le ha “oído”, le ha “sentido”, vive conscientemente en su llama, a ella se le ha llenado el alma de sol.

En ella se da la síntesis de contemplación y acción en una gran altura, en una de las cimas más señeras de la historia. Es una mujer admirable, síntesis armoniosa de contrastes mujer tan divina y tan humana, tan humilde y por eso tan valiente y osada, tan sencilla y tan extraordinaria, tan contemplativa y tan activa. Todo verdadero y todo auténtico en ella. Y, así, aunque su alta vida contemplativa la invitaba a la soledad, no se dio en ella el riesgo de encerrarse en si misma; al contrario, supo abrir su vida y entregarla a las exigencias del amor, supo poner en ella un sentido apostólico total, supo servir sin desmayo a la sociedad y a la Iglesia. Así de simple y básico es lo que ahora necesitamos: esa síntesis, esa unidad de vida interior desplegada en amor y servicio; todo se resume ahí, es por ese camino por donde encontraremos esperanza y alegría.

Los caminos de la verdadera sabiduría, que ha de vivirse y saborearse en nuestra Facultad son, en efecto, de esperanza y alegría. Empapada de esa sabiduría, por ello, Santa Teresa es la “doctora de la alegría cristiana”, que debería reinar entre nosotros en esta Facultad. Tan llena de alegría tiene su boca que nunca cansa. Por eso mismo necesitamos de su magisterio de alegría; y, cautivados por su palabra verdadera, volver una y otra vez junto a ella, para escucharla; así recuperaremos la alegría auténtica y honda que el mundo necesita y es la que debería impregnar nuestra Facultad. Es la que desde aquí deseo a todos. La alegría que brota siempre del amor y que es inseparable de él.

Porque Dios es Amor, misericordia. Esta es la palabra clave de toda la revelación que El nos ha hecho de su misterio, sobre todo en la Cruz, y de sus designios de amor sobre nosotros. Para este fin de amor fuimos creados. Para este fin de amor nos ha dado a su Hijo. Se nos da el Amor para que le amemos. Este amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Este amor que pedimos del Espíritu esta mañana debería empaparnos como la esponja en el agua, para poder así devolverle amor y repartir amor a los hombres hermanos. Todo ha de ser para provecho de los hombres, para “aprovechar almas”, como repetía una y otra vez la Santa.

«Deseo grandísimo, decía, más que suelo, siento en mí que tenga Dios personas que con todo desasimiento le sirvan y que en nada de lo de aquí se detengan, en especial letrados, que como veo las grandes necesidades de la Iglesia, que éstas me afligen tanto que me parece cosa de burla tener por otra cosa pena, y así no hago sino encomendarlos a Dios, porque veo que haría más provecho una persona del todo perfecta, con hervor verdadero de amor de Dios, que muchas con tibieza. Siento mucho la perdición de tantas almas». Esta es su gran lección, la que hoy necesitamos aprender y asimilar, y la que esta mañana quisiera transmitiros, escuchando la Palabra de Dios, y abriéndonos al don del Espíritu que nos ha concedido el magisterio de Santa Teresa. Así no permaneceremos ni impasibles ante tanta necesidad de nuestros hermanos, ni cruzados de brazos ante la urgencia apremiante de evangelizar de nuevo, como si de la primera vez se tratare, al mundo que es el nuestro. Es lo que debe hacer nuestra Facultad que, como todo en la Iglesia, ha de continuar la misma misión de Jesucristo, traer el amor y la misericordia del Señor que reconcilia, pacífica y salva.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

Domingo 13 de Septiembre de 2015.

«Fui forastero y me acogiste». Son palabras que, como el resto del capítulo veinticinco de San Mateo, siempre nos interpelan con una fuerza provocadora que nos llama a la conversión. Hoy nos interpelan todavía más aún ante la emergencia que plantea los últimos días la avalancha a Europa de refugiados, de perseguidos, de hermanos nuestros que miran a nuestros países como la solución a sus inmensos problemas de hambre, de carencia de lo mínimo necesario para vivir con sus familias con cierta decencia en los países de origen, de falta de libertad a la que se ven sometidos en sus tierras que tienen que abandonar, e incluso de terribles persecuciones a causa de su fe. Las escenas que nos llegan, las situaciones que vemos o que adivinamos son tremendas, terribles, y golpean nuestras conciencias. Se ha convertido en nuestros días en preocupación preponderante de los Estados que, en justicia, se ven interpelados y urgidos a buscar soluciones y a proceder adecuadamente, con justicia, sin que traiga consecuencias imprevisibles para los propios países. Una situación dramática que nos hace pensar y no cruzarnos de brazos. 

Ante este fenómeno tan generalizado y masivo de la emigración, con motivaciones tan diversas y complejas, de proporciones tan gigantescas, de dramaticidad tan intensa y de urgencia tan grave, moviéndose tantos cientos y cientos de miles, en gran parte personas muy pobres y necesitadas de todo, que lo arriesgan todo a la desesperada, de un lugar a otro buscando casa, pan, libertad, condiciones más dignas para sí y para la familia, las palabras del Señor cobran una fuerza todavía mayor y llaman a la conciencia de la Iglesia, a la conciencia de cada uno y a la de la sociedad en su conjunto.

Siempre hubo migraciones. Son un motor de la historia. Aunque ahora los movimientos migratorios de estos días, que tanto han alarmado a Occidente, sobre todo Europa, tienen unas características nuevas y presentan una problemática muy propia, variopinta y compleja, cargada de hondo dramatismo y de profundas repercusiones. 

Lo primero que esta realidad reclama de todos y reclama particularmente de la Iglesia es el sentirnos al lado de los emigrantes, como si del Señor se tratara, ya que con ellos se identifica y cuya amargura Él también tuvo que soportar en los primeros años de su vida terrena, y que ahora soporta en ellos mismos: algo, y mucho, todo, hay que hacer por ellos. Aceptarlos y acogerlos cordialmente para que se sientan reconocidos en toda su dignidad de hermanos, sentirnos solidarios de veras con los que sufren en su carne los efectos de la marginación y de la pobreza a la que, con frecuencia y por desgracia, se ven impelidos tantos y tantos emigrantes que vienen de otros países buscando otras condiciones de vida, simplemente vivir. Ofrecerles hospitalidad, ser hospitalarios de verdad, sin exclusiones o posturas discriminatorias.

Nosotros los cristianos, llamados a vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios, no podemos dejar de escuchar, acoger y cumplir aquellas palabras que recoge la Sagrada Escritura: «Si un emigrante se instala en vuestra tierra no le molestaréis: será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto» (Lev 19, 33). Y en otro pasaje: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te rescató de allí; por eso te mando que procedas así” (Deut 24, 17). Es un mandato de Dios el proceder de este modo con los inmigrantes. Un mandato que nos lleva a nuestra actuación personal y a reclamar y posibilitar que así sean tratados por la sociedad a través de las leyes pertinentes. No podemos ser pusilánimes, ni acobardarnos, tampoco perder la cabeza y dejarnos llevar solo por sentimientos. Toda prudencia es poca, pero toda libertad y confianza en Dios, que nos grita a través del clamor desesperado de sus hijos más pobres y desgraciados, la necesitamos sin olvidar que la caridad no tiene límites. Es verdad que, de inmediato, surgen sentimientos de indignación y tristeza, no exentos de vergüenza, acompañados de compasión y movidos a la solidaridad; pero esto no basta y no arregla nada o poquísimo. Es necesario asumir los sentimientos de Dios y actuar. 

En este domingo en que escribo esta carta leo la Palabra de Dios que nos dice en esta situación precisa: «Decid a los cobardes de corazón, “sed fuertes, no temáis; mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”». «No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso al favoritismo... ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?». Y favoritismo sería: primero los nuestros, después lo que podamos. Dios no admite acepciones; ha elegido a los pobres del mundo: es claro y determinante. ¿A qué esperamos? Nos falta confianza ante la promesa de Dios a los que le aman, y no hay otra manera de amarle que amando, dando, sirviendo a los pobres que sufren, sobre cuyo amor nos juzgará al final de nuestros días. No podemos permanecer indiferentes ante este hecho de tan grandes magnitudes en nuestro tiempo. 

Nada verdaderamente humano puede dejar indiferente al seguidor de Jesucristo. Y uno de los tres o cuatro asuntos en que se juega el destino del hombre sobre la tierra en los próximos decenios es este que nos interpela como una verdadera emergencia mundial. La emigración es un derecho que no se puede negar. Hay que reaccionar ante este hecho, mostrar sensibilidad especial hacia él. Habrá que darle sus cauces, innegablemente; reclamar muchas reformas y cambios en la sociedad mundial y favorecer en los países de origen nuevas condiciones de vida; habrá que posibilitar un nuevo orden internacional justo y humano; los países receptores de emigrantes habrán de cumplir con el deber de ordenar la inmigración para evitar conflictos y evitar que, en un plano no lejano, pierdan su identidad y su unidad. En todo caso es necesario que las legislaciones sean generosas y equitativas, promotoras de la justicia y la paz y atentas a la solidaridad real y efectiva. ¿Qué se hace en los países de origen y con los países de origen? ¿Cuáles son las motivaciones y las causas que están produciendo esta catástrofe mundial? ¿Quiénes están dentro y detrás de estos movimientos que no son casuales? ¿Cuál es, aunque sea una pregunta políticamente incorrecta, el juego de, digamos, el autollamado «Estado islámico», el yihadismo u otros movimientos que favorecen esta situación tan dramática? ¿Qué se espera que sea del futuro de Europa, de los países europeos, dentro de pocos años? Hemos de ser lúcidos y prudentes, que no significa, en modo alguno, desatender ya y sin más demora a nuestros hermanos que nos llegan y que claman y gritan buscando justamente una situación distinta a la que están soportando, sufriendo con gran dolor en su origen. No podemos pasar de largo y dar un rodeo con comentarios que señalan culpables o dan soluciones para los que tienen el poder de los pueblos. Habrá que actuar sin ponerse nerviosos, pero actuar; habrá que actuar colaborando con los poderes públicos, con los Estados y gobiernos que correspondan, pero actuar sin más dilaciones y paliar esta situación hasta que se encuentren soluciones globales y verdaderas; habrá que actuar denunciando, pero la denuncia sola no soluciona las cosas, hay que atender a los que nos llegan sabiendo que aquí los vamos a recibir como hermanos: «Obras quiere el Señor», diría santa Teresa de Jesús. Para eso hay que reconocer que no estamos preparados: que no tenemos la suficiente fe, ni somos capaces de mayor caridad, heroica caridad, ni de mayor misericordia y nos coge sin saber qué hacer y cómo hacer: pero hay que hacer algo. 

Nuestra comunidad eclesial, la Iglesia que está en Valencia, la diócesis de Valencia, como cuando en la multiplicación de los panes aquel chico con cinco panes y dos peces –poco, muy poco para lo que se necesitaba– puso todo a disposición del Señor, así también ahora cuanto tenemos y pueda ayudar está puesto en manos de los que nos llegan, con el debido discernimiento, para ayudarles: pisos, viviendas, locales, ropas, alimentos, ayudas económicas, servicios jurídicos..., todos y todo para ayudar, con valentía, firmeza, decisión, confianza. Por eso ruego a los organismos de Cáritas, a la Delegación de Migraciones, a las instituciones, a las congregaciones de vida consagrada, a las parroquias..., a todos, que nos movilicemos, y hagamos posible el gran milagro que en estos momentos necesitamos en el mundo, en Europa y en España. Para eso es urgentísimo avivar nuestra fe en Dios: y ahí tenemos la oración. 

Sepan quienes están en la responsabilidad pública y política en nuestros pueblos y ciudades, Comunidad Autonómica y responsables estatales, que nos tienen a su disposición, dispuestos a colaborar, y buscar soluciones conjuntas justas, sin olvidar que esta realidad tan dolorosa no puede oscurecer la lucidez necesaria para salvaguardar nuestra patria común, que tiene unas raíces que hacen posible esta acogida: las raíces cristinas, que son de caridad, justicia y misericordia. Si desaparecen estas raíces todo se vendrá abajo. Me permito añadir que no podemos olvidar que esta emergencia es una llamada a la comunidad internacional, a un nuevo orden justo, y una exigencia de reciprocidad, sobre todo, en países del área cultural y religiosa con suficientes medios de la que nos llegan estos hermanos nuestros. 

Que todo el pueblo cristiano eleve súplicas confiadas al Padre común para que se encuentren caminos de solución a las dolorosas e injustas situaciones por las que pasan tantos hermanos nuestros, que, por razones diversas, han tenido que abandonar sus familias, su patria, sus tierras, buscando condiciones de vida humana más dignas. Introdúzcanse preces en la oración de los fieles por esta intención. Convóquense vigilias y encuentros de oración y adoración. No endurezcamos nuestro corazón: «En casa hay sitio para un hermano más». 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

Domingo 02 de Agosto de 2015.

 

Acabamos de celebrar el pasado 25 de julio la fiesta de Santiago, nuestro apóstol Santiago, evangelizador ardiente, patrono de España. Y la verdad es que en ese día he sentido una alegría profunda por el don de la fe, gracias a la predicación, trabajos apostólicos, esfuerzos, sacrificios y martirio del apóstol Santiago. No sabemos lo que tenemos con la fe; no hay nada mejor que pueda ocurrirnos en nuestra vida, no hay mejor ni mayor tesoro. Por eso también, una vez más lo confieso, me siento incómodo ante el hecho de que en la totalidad de las Comunidades Autónomas de nuestra España, también la nuestra, no sea día festivo a efectos laborales. Prácticamente la Iglesia se queda casi sola en esta celebración: ella sigue y seguirá manteniendo este día con su máximo rango litúrgico como solemnidad y como día precepto para todos los fieles. La verdad es que no acabo de entender cómo el Patrón de nuestra nación española, de la patria de todos cuantos vivimos en las distintas Comunidades, no nos une en una fiesta común. Y más aún en unos momentos como los que estamos viviendo en que se necesitan gestos que fortalezcan la unidad en la diversidad de las gentes, pueblos y regiones de España. La historia de nuestra patria española está amasada, en efecto, con la figura del Apóstol. Lo queramos o no, los hechos son los hechos, y sin la fe transmitida por los apóstoles ni hay España, ni sin Santiago, o sin Compostela, se puede entender la España que hay.

Además, después de san Benito, es en los caminos de Santiago donde surge la conciencia de Europa; ella se ha encontrado a sí misma alrededor de la memoria de Santiago; ella ha nacido peregrinando hacia la tumba del Apóstol. Y es en nombre de Santiago como se evangeliza gran parte de la América descubierta. Su sepulcro, en Compostela, y su memoria es punto de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Es mucho, en efecto, lo que España, Europa y América deben a Santiago. Su legado, que es el testimonio y la fe de Jesucristo, están en nuestras raíces. Nuestra identidad, la identidad de nuestros pueblos, de los pueblos de Europa y la de los pueblos de América es, en efecto, incomprensible sin el cristianismo. Todo lo que constituye nuestra gloria más propia tiene su origen y consistencia en la fe cristiana que ha configurado el alma de nuestros pueblos. Nuestra cultura y nuestro dinamismo constructivo de humanidad, el reconocimiento y la defensa de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, el profundo sentimiento de justicia y libertad, el amor a la familia y el respeto a la vida, el sentido de tolerancia y de solidaridad, patrimonio todo él del que nos sentimos legítimamente orgullosos, tienen un origen común: la fe cristiana, en cuya base se encuentra el reconocimiento de la verdad del hombre y su pasión por el hombre y su defensa.

Esta verdad y defensa del hombre, de la persona humana y de su libertad, bases de una sociedad democrática y de una convivencia en paz, son inseparables de la fe en el Dios y Padre de Jesucristo, Creador de todo, que ama a cada ser humano por sí mismo, y que, en un supremo gesto de amor, ha enviado su Hijo Único al mundo para que se hiciese hombre y compartiese en todo nuestra condición humana, menos en el pecado, entregase su vida por nosotros, y resucitase vencedor de la muerte para la salvación de todos. Ningún continente ha contribuido más al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes, como el nuestro. Precisamente porque no hay desarrollo ni progreso humano al margen de la verdad del hombre y, menos aún, en contra de ella. Esta verdad del hombre la encontramos en Jesucristo visto y oído, experimentando y palpando en la historia anunciado y testificado por los apóstoles, entre los que se encuentra nuestro Santiago.

Y la verdad nos hace libres. La verdad del hombre en toda su profundidad y extensión es fuente de libertad auténtica. La fe permite al hombre conocerse a fondo, descifrar el enigma de su existencia, situarse justamente en su libertad. Esto, los españoles se lo debemos a Santiago. A él somos deudores de la visión y a precio de la libertad que, lo queramos o no, en el mundo ha venido de la fe.

No pretendo volver a una vieja cristiandad, ni revivir ningún “sueño de Compostela”. Lo que me importa realmente es que España se vuelva a encontrar a sí misma, que sea ella misma, que descubra sus orígenes y avive sus raíces; que reviva su presencia en otros continentes. Nos lo recordó el Papa Benedicto XVI, precisamente en su viaje a Santiago de Compostela. Nuestra sociedad necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. La recuperación de la fiesta de Santiago y avivar la raíces que él nos evoca podrían contribuir en alguna medida a esa reconstrucción, tan necesaria como urgente.

Pido a Dios, por intercesión del Apóstol Santiago con cuya sangre consagró los primeros trabajos de los apóstoles, que fortalezca a la Iglesia con su patrocinio y que mantenga a España en la fidelidad a Jesucristo: esta es su mayor grandeza y su mejor herencia. Vivimos tiempos difíciles para la fe: nos acosan, pero no nos derriban. Serviremos y obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Daremos testimonio valiente de Jesucristo. Que Dios nos conceda ser fieles al mensaje evangélico; que dé fortaleza y valentía a los pastores para que no se arredren ni se echen atrás en el anuncio del Evangelio, en la defensa de la fe y en la defensa del hombre y de sus derechos fundamentales. Que nuestros gobernantes y cuantos les asisten gobiernen con rectitud y trabajen en el bien común, por el bien de todos, que sean capaces de rectificar en lo que deben rectificar; que nuestro pueblo español viva en mutua comprensión y reine en él la paz y la justicia. Que seamos dóciles siempre al Evangelio de Jesucristo y no nos dejemos llevar al retortero por falsas doctrinas, o sucumbir al relativismo imperante, cáncer que nos corroe y destruye. Que defendamos y mantengamos viva llena de vitalidad la verdad del matrimonio y de la familia, que trabajemos por el respeto de la vida y de la dignidad de la persona humana; que pongamos el máximo empeño en la defensa y promoción de un marco legal que permita la educación integral de niños y jóvenes en un contexto de justicia y libertad. Que España se mantenga unida y no se disuelva ni se desintegre en su realidad más propia. Que Dios, que nos ha concedido el que la predicación apostólica arraigara en nuestro suelo patrio, nos conceda también que esta fe se dilate y se purifique sin cesar.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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