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Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo
xmas

Es Navidad: Deseo a todos paz y alegría de corazón, en tiempos que no faltan motivos para la tristeza y la desesperanza, o en días, como los navideños, en los que todo parece ya de por sí alegría. Paz en tiempos en que ésta se encuentra amenazada por la violencia, por el terrorismo, por tantas y tantas cosas contrarias a ella; y en los que la alegría verdadera es sustituida por sucedáneos.
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canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 21 de Diciembre de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, queridísimas familias, muy queridos sacerdotes y personas consagradas: Me dirijo y os escribo a todos, a toda la comunidad diocesana para convocaros a los actos que celebraremos, D.m., en plena Navidad, el sábado 27 de este mes de diciembre en la víspera del domingo de la Sagrada Familia, fiesta también del don inmenso de todas las familias, para dar gracias por este don, pedir la ayuda de Dios sobre toda familia y reafirmar el valor, la belleza y la grandeza de la familia. Os convoco a reunirnos como los últimos años, aquí en Valencia, venidos desde todas las partes y pueblos de la diócesis, conforme al programa establecido, a compartir gozosamente la alegría grande, indescriptible, verdadera, de este día: el día de la sagrada Familia, el día de la Familia. Es un inmenso regalo de Dios, la familia es un maravilloso don divino. Es lo mejor que tenemos. ¿Qué sería de nosotros sin nuestras familias? ¡Gracias a todos, gracias a las familias, gracias a Dios! 

Esta celebración, en nuestra diócesis de Valencia, habremos de intentar que sea una gran fiesta de la fe de las familias cristianas en Dios que es Amor; una gran fiesta de gozo y de humanidad compartida con todos los que, con nosotros, apuestan por la familia, creen en la familia, viven en familia y la defienden. La concentración y celebración de las familias el día 27 habrá de constituir una gran proclamación para todo el mundo del Evangelio de la familia, santuario del amor y de la vida, escuela de paz, cimiento imprescindible para una nueva civilización del amor. Ese día será una ocasión preciosa para afirmar vibrante y gozosamente, con certeza y valentía, la gran verdad de la familia; ese día expresaremos y manifestaremos, sin poder callarlo, la gran seguridad, la fundada esperanza de que en la familia está el futuro de la humanidad y de cada hombre. Esa reunión de las familias cristianas valencianas, esa asamblea de miles y miles de familias será el gran canto jubiloso de esperanza que se encuentra en la identidad de la familia y de su base y fundamento, que es el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto a la vida, icono de la alianza nupcial de Dios. Aquel encuentro masivo de familias la víspera del domingo de la Sagrada Familia será, sin duda, el testimonio más cierto de que nuestra sociedad valenciana, de que la Iglesia en Valencia unida a toda la Iglesia, tiene futuro porque apostamos por la familia, pequeña iglesia doméstica, signo y morada del Amor, que es Dios. 

Haciendo nuestras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI, en el inolvidable Encuentro Mundial de las familias en Valencia, nos congregaremos, "como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera de sí a los demás. La familia es el ámbito privilegiado donde la persona aprende a dar y a recibir amor". Por eso, tenemos la plena seguridad de que la promoción, fortalecimiento y defensa de la familia, en su verdad inscrita en la naturaleza del hombre por el Creador, es la base para una nueva cultura del amor. Es el centro de la "nueva civilización del amor". Sabemos que lo que es contrario a esa nueva cultura, a esa nueva civilización, y por tanto contrario a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Estamos convencidos que sólo la defensa y afirmación de la familia abrirá el camino, necesario y urgente, hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y su dignidad, hacia la cultura de la vida superando la tenebrosa cultura de la muerte que con tanto poderío nos amenaza. 

Es cierto, vivimos tiempos no fáciles para las familias. La institución familiar se ha convertido en blanco de contradicción: por una parte, es la institución social más valorada en los sondeos de opinión, y, por otra, está siendo sacudida en sus cimientos por graves amenazas claras y sutiles, incluso con legislaciones que no la favorecen como se debiera hacer. La familia se ve acechada hoy, en nuestra cultura y en nuestra sociedad, por un sinfín de graves dificultades, al tiempo que sufre incluso ataques de gran calado, que a nadie se nos oculta. Esta situación es tan delicada, tan grave y de tan graves consecuencias para el futuro del hombre y de la sociedad, que, hoy sin duda, se puede considerar la estabilidad del matrimonio y la salvaguardia y defensa de la familia, su apoyo y reconocimiento público, como el primer problema social. Cuando se ataca, se deteriora, o no se defiende o protege la familia se pervierten las relaciones humanas más sagradas, se llena la historia de muchos hombres y mujeres –en todas las edades– con sufrimiento y desesperanza, y se proyecta una amarga sombra de soledad y desamor sobre la historia colectiva y sobre toda la vida social. La familia debería ser la primera y gran prioridad mundial. Por eso es preciso y apremiante defender y afirmar la familia, como el día 27 haremos. Ante tantas dificultades, la familia es una esperanza grande; en la familia están grandes motivos para el futuro.

Son muchas, sí, las dificultades; a veces, hasta pueden escasear nuestras fuerzas, o debilitarse nuestros ánimos; pero no temamos, no tengamos miedo; contamos con el auxilio, fuerza y fortaleza de Dios. Y lo invocamos, y nos confiamos a sus manos: ¿Qué manos mejores, más amorosas y más fuertes que las suyas? El auxilio nos viene de Él. ¡No tengamos miedo! ¡Abramos las puertas de las familias a Cristo, sólo Él sabe lo que hay en el corazón de las familias! ¡Gracias a todos! ¡Ánimo! ¡Reclamemos nuestros derechos inviolables que corresponden a las familias, reclamemos la protección que se les debe! ¡Adelante!: el Señor está con vosotros, está con vuestras familias, está con todas las familias, a todas las quiere, por todas vela, a todas acompaña, a ninguna le niega su auxilio! ¡Confiemos en Él! 

Os convoco, pues, con todas mis fuerzas, con todo mi afecto, corazón y responsabilidad, a que no faltéis a este encuentro diocesano de las familias el sábado 27 de este mes de diciembre. Os ruego encarecidamente vuestra asistencia y participación. ¡Venid todos!, padres y madres, hijos de todas las edades –niños, jóvenes y adultos–, abuelos... ¡Acudid juntos de todas las parroquias! 

Pido a párrocos, sacerdotes, religiosos, religiosas, asociaciones familiares, movimientos apostólicos de laicos y de la familia, comunidades cristianas de distintos carismas, a las comunidades neocatecumenales, a los miembros y familias del Opus Dei, a los colegios diocesanos y a los colegios y escuelas católicas, a las asociaciones de padres de alumnos, a los niños y jóvenes de los Juniors con sus padres,... a todos, os ruego que no estéis ausentes, que no faltéis. Será muy gozoso juntarnos, vernos y reunirnos todos, compartir juntos el gozo y la alegría del gran don de la familia, compartir la oración que Dios espera y acoge, la Eucaristía que nos hace ser Iglesia, que nos hace ser uno, que nos hace vivir el amor sin límites de Dios en el que radica el fundamento y la alegría de la familia, asentada sobre la verdad que la constituye. 
Os espero a todos: Dios, la Sagrada Familia de Nazaret -Jesús, María y José- nos espera a todos. 

Unido en plegaria y acción de gracias por el don de Dios de las familias, con mis mejores deseos para todas las familias, con mi bendición y mi abrazo de padre, pastor, servidor vuestro y hermano de todos.

+Antonio Cañizares Llovera
Cardenal Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 14 de Diciembre de 2014.

 El pasado lunes celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la siempre Virgen María. En Ella ha brillado, como en ninguna criatura humana, la gracia del Señor. En Ella hacemos memoria agradecida por las grandes obras que el Señor ha hecho con su humilde sierva y con la humillada humanidad. En Ella vemos y palpamos, reconocemos y admiramos la total fidelidad. La memoria que hacemos de la Concepción Inmaculada de María debe convertirse en gratitud, alabanza y adoración sin fin al dador de todo don, Dios, rico en piedad y misericordia.

La Virgen María ha dado el "sí" a Dios más grande y decisivo que nadie concebido de hombre y de mujer haya dado a lo largo de la historia. Tan grande y decisivo, que de ese "sí" ha dependido la salvación y la esperanza del mundo entero. Un "sí" lleno de gozo y confianza. 

María, llena de gracia, toda santa, Virgen Inmaculada, ha vivido toda su vida en una apertura total a Dios, en perfecta armonía con su voluntad; la que no tocó el pecado primero, ni gustó jamás de la amargura y fuerza destructora del pecado, vivió, como humilde esclava, pendiente de su Señor en entera sumisión y en obediencia fiel al que "ha hecho obras grandes en ella y por ella". Y esto siempre, incluso en los momentos más difíciles, que alcanzaron su cumbre junto a la Cruz. 
Ella ha puesto toda su vida en manos de Dios, y no dejará jamás de decir este "sí" suyo, por el que ha venido la salvación y devuelto la esperanza a todos los hombres y pueblos. Como su Hijo, Redentor único de los hombres, cuya existencia histórica se mueve entre el "aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad", de la Encarnación, hasta el "que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres", del Huerto de los Olivos, en Getsemaní. 

La historia de la salvación tiene su punto central en el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, que proclamamos el día de la fiesta de la Inmaculada, situada dentro del Adviento en el camino de su alumbramiento en Belén, que es alumbramiento de una humanidad nueva, concebida ya en el seno virginal y purísimo de su santísima Madre. En la Encarnación, la naturaleza humana, nuestra humanidad, ha sido asumida para redimirla y rescatarla del pecado y de la muerte; en previsión de los méritos de la Redención de su Hijo y para ser digna morada suya, María ha sido ya rescatada en el momento mismo en que fue concebida. San Pablo nos dice en su carta a los Gálatas: "Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley para que recibiéramos el ser hijos por adopción". Estas palabras de Pablo adquieren especial resonancia en esta fiesta, en que leemos en el Evangelio la buena noticia de que Dios, fijando su mirada en María, ha puesto su morada en Ella, ha ennoblecido la naturaleza humana, hasta el punto que su Hacedor no desdeñó hacerse su hechura, en su bendito vientre prendió el Amor. También nosotros nos convertiremos en morada y casa para muchos si nos identificamos con María, con su dócil "sí" al anuncio del Ángel.

Todo en la Virgen María, mujer de fe, dichosa porque ha creído, apunta a su Hijo Jesucristo. En Ella, Él, Hijo único de Dios, ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y se ha hecho hombre: Emmanuel. Nos ha dado a Cristo en persona, y su amor y vive en Él, por Él y para Él, de manera que nada ni nadie puede separarle de su amor. Sabe de su amor y, por eso, como a los criados de las bodas de Caná, también a nosotros nos dice hoy: "Haced lo que Él os diga". En esa breve frase de Caná de Galilea se encierra todo el programa de vida que María, nuestra madre Inmaculada, llevó a cabo como la primera discípula del Señor y que hoy nos enseña. Es un proyecto basado en el cimiento sólido y seguro que se llama Jesucristo. Es el mismo programa que nos puso como gran programa para el Nuevo Milenio, apenas comenzado, San Juan Pablo II: “No, no será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! No se trata de inventar un nuevo programa... Es el de siempre, recogido en el Evangelio y en la Tradición viva. Se centra en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar, e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste", hasta que "aparezca un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia".

Con toda nuestra imperfección y pecado, no queramos otra cosa que vivir en Cristo, conocer a Cristo, dar a conocer a Cristo y ser testigo de su verdad y de su misericordia. Miremos a Cristo y sigámosle. No nos cansemos de proclamarle. En El tenemos todo el gozo, la alegría, la felicidad, la paz. En El sólo, y nada más que en El, está la vida, la salvación y la esperanza. El es el rostro de Dios. Y Dios es el único asunto central para el hombre. Cuando se silencia a Dios o se vive al margen de Él es el hombre el que sufre el más profundo quebranto de su humanidad más propia. 

Por eso, exhorto a todos a que no tengamos miedo a que Cristo sea de verdad nuestro Señor, dueño y maestro, nuestro salvador. No temamos seguirle. No podemos tener miedo a anunciarle, ya que es el único Nombre en el que podemos ser salvos, el camino, la verdad y la vida de todo hombre que viene a este mundo. No podemos tener miedo, por lo mismo, a ser santos porque esa es nuestra vocación: en Cristo hemos sido llamados y elegidos para ser santos e inmaculados, irreprochables, por el amor. En la Virgen Inmaculada, toda santa, resplandece esta llamada. Ella también escuchó las palabras: "No temas, no tengas miedo, a ser morada del que viene a traer la santidad a la tierra". No tengamos miedo, pues, a vivir de verdad el Evangelio de Jesucristo, que es el Evangelio de la caridad, de la felicidad, de las bienaventuranzas, de la misericordia, de la gracia, de la reconciliación y de la paz. No podemos tener miedo a hacer presente el Evangelio en la familia, en la sociedad, en la política, en el mundo laboral y profesional, en la economía, en la enseñanza, en la cultura, en los medios de comunicación social, en todo lo que afecta al hombre y es humano. Por el contrario, hemos de estar precavidos y tener miedo a una Iglesia, a unas comunidades anquilosadas y sin vida, a un ser cristianos sin profundidad religiosa y teologal, a una destrucción del hombre, a una pseudocultura hedonista, a una forma de vivir la fe desentendida de los problemas y sufrimientos de los hombres, a una cultura de la muerte y de la insolidaridad, de la violencia o del terror. De nada ni de nadie hemos de tener miedo: Dios está con el hombre, con cada hombre. En la Encarnación de su Hijo, en cierto modo, se ha unido con cada hombre. En eso se ha manifestado su amor que disipa todo temor. En Cristo tenemos cómo Dios nos ama. Y, como dice San Pablo, "¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús?". 

Al finalizar esta carta, dirijo la mirada a la Santísima Virgen María, la fiel esclava del Señor, que de tal manera colaboró con Dios, que por Ella nos vino la salvación y la vida, y le pido que vuelva sobre todos nosotros sus ojos misericordiosos y nos muestre al fruto bendito de su vientre: Jesús, para que le conozcamos, le amemos, le sigamos, y, como Ella, lo entreguemos a los demás. A Ella, Madre de misericordia, nos encomendamos para que sea Ella, imagen perfecta de la Iglesia, toda santa y llena de gracia, la que nos ayude a ser una Iglesia santa, una Iglesia de santos que testifica ante los hombres que Dios es Dios, Santo; que Ella interceda por todos nosotros, que gemimos en este valle de lágrimas, y sea para todos nosotros maestra y modelo de vida cristiana vivida en plenitud. A Ella, Virgen del Adviento, fuente viva de esperanza, confiamos el presente y el futuro de Valencia, y de toda la humanidad. En Ella se ha cumplido la promesa que es la vida, el deseo de felicidad que la define a pesar de todos los desastres presentes y futuros. Por eso Ella es la revancha más clara y profunda sobre la aparente inutilidad de la vida. Nadie, tampoco nosotros, puede arrancar la realidad de esta flor, la de la Virgen Inmaculada, Madre de Dios. Ella es un hecho que desafía nuestro escepticismo, nuestra ausencia de esperanza. En Ella se muestra la verdad de que para Dios "nada hay imposible". 

Para todos, mi afecto siempre, mi plegaria y mi bendición. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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