canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 1 de Marzo de 2015.

 

Con la imposición de la ceniza, los cristianos iniciamos la semana pasada el tiempo de Cuaresma: Tiempo de renovación interior, de regeneración espiritual, camino de vuelta a Dios para centrar nuestra vida y nuestra mirada en Él, por encima de todo. Sólo Él es necesario. Cuarenta días para, con la mirada puesta en Jesucristo, crucificado y que vive, proseguir nuestro camino hacia Él y tras Él, sin retirarnos, por las sendas de la penitencia, la oración, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la renovación moral, la conversión, el afianzamiento y consolidación de la fe inseparable de la caridad operante. ¡Cuánto bien nos haríamos a nosotros mismos los cristianos y haríamos a los demás, a la sociedad entera, si escuchásemos el mensaje que para esta Cuaresma nos ha dirigido el Papa Francisco! Cambiarían mucho las cosas si acogiésemos y pusiésemos en práctica lo que él nos dice con tanta sencillez y verdad. 

Iniciamos la Cuaresma con un tiempo revuelto por los escándalos y situaciones de quiebra moral, que a todos nos afectan. Se tiene la sensación de que vale todo, de que el fin justifica los medios, de que se puede poner en peligro el bien común de un país y su estabilidad democrática con tal de conseguir intereses, lucros y éxitos propios. Se tiene la sensación de que la corrupción lo invade todo, y que la adoración del becerro de oro tiene cada día más adoradores. Gracias a Dios, la corrupción no lo invade todo porque hay más fuerza moral de lo que parece, gracias a Él y por esa fuerza moral real que Él mismo infunde y mantiene; ni vencerán aquellos que, sin moral o sin importarles mucho la moral ni el bien ni el hombre, tratan de alcanzar ciertas cotas de éxito o de un pretendido desarrollo o "solución" a problemas, a costa de lo que sea, sin importar demasiado el desorden moral que acarrea; y, gracias a Dios también, los adoradores del becerro de oro sean los que sean, no tienen ningún futuro. Lo cierto es que se ha perdido sensibilidad moral y que existe y se extiende una especie de adormecimiento moral, un no saber discernir ya qué es moralmente bueno y qué es moralmente malo. La sociedad está como dormida moralmente, está como embotada y necesita salir de su aturdimiento. 

Ante la situación que estamos viviendo, no olvido el documento clarividente "La verdad os hará libres" de los Obispos españoles, en 1991, motivado por ciertos hechos sin duda preocupantes, y por la atmósfera que los envolvía, más preocupante aún. Se percibía, entonces como ahora, un cierto adormecimiento de la conciencia moral. La Conferencia Episcopal, tras madura reflexión y prolongado estudio de meses, en continuidad con el abundante magisterio episcopal, en fidelidad al magisterio eclesial, con originalidad y valentía, alumbró su Instrucción Pastoral "La verdad os hará libres", de la que, entonces y ahora, nos congratulamos. 

En este importante documento, que bien iría para meditar y volver a enseñar en esta Cuaresma, podemos leer cosas que parecen dichas hoy y para hoy, como éstas, que transcribo a continuación: "Proponer las exigencias morales de la vida nueva en Cristo, exigencias postuladas por el Evangelio, es un elemento irrenunciable de la misión evangelizadora" de la Iglesia "particularmente urgente en las actuales circunstancias de nuestra sociedad. En los últimos tiempos, en efecto, se ha producido una profunda crisis de la conciencia y vida moral de la sociedad española que se refleja también en la comunidad católica. Esta crisis está afectando no sólo a las costumbres, sino también a los criterios y principios inspiradores de la conducta moral y, así, ha hecho vacilar la vigencia de los valores fundamentales éticos" (n. 1). Y añade el texto: "Nos preocupa muy hondamente este deterioro moral de nuestro pueblo. Y, en particular, nos duele que el conjunto de los creyentes participen en mayor o menor grado de este deterioro, máxime cuando la comunidad católica, de tanto peso en nuestra sociedad, con esta desmoralización no está en condiciones de poder cumplir con sus responsabilidades en este campo y contribuir a la recuperación moral de nuestro pueblo. La Iglesia tiene, en estas circunstancias, una misión urgente: colaborar en la revitalización moral de nuestra sociedad. Para ello los católicos deben proponer la moral cristiana en todas sus exigencias y originalidad". Esto era lo que les movía a ofrecer a los católicos y a todos, algunas "consideraciones sobre la conciencia moral ante la situación moral" de la sociedad (n. 2). Los Obispos ofrecían tal colaboración con humildad, confianza, y la firme convicción de la fe de la Iglesia que es siempre un "sí" al hombre. Por eso afirmaban: "Tenemos unas certezas de las que vivimos y se las ofrecemos a todos... La Iglesia y los cristianos no tenemos más palabras que ésta: Jesucristo, camino, verdad y vida (cf. 14,5), pero ésta no la podemos olvidar, no la dejaremos morir" (n. 3). 

Esta es aportación fundamental y necesaria, entonces y ahora, a la situación que atravesamos y que los cristianos podemos y debemos ofrecer. En las condiciones que estamos, sólo Dios puede salvarnos. En nuestro querido país se ha intentado –sin éxito, por cierto, aunque parezca lo contrario– expulsar a Dios de la vida para que los hombres y mujeres fuesen más dóciles a las órdenes de los poderes de diverso tipo y se entregasen en cuerpo y alma a los imperativos de la economía y de una presunta modernización y liberalización. 

Hay que hablar claro: el desarme moral lo han favorecido muchos intereses y también poderes que han presionado directa o indirectamente la sociedad española para liberar al español de toda preocupación ética y hacer de él un "liberado", un agente dinámico y agresivo en lo económico como valor supremo y un hombre con una libertad casi omnímoda en su actuar. Se ha renunciado al suelo donde hacer pie para poder remontar nuestra caída humana, y, así, se ha pretendido echar a Dios a empujones del centro de la vida de los hombres hacia sus márgenes. Nada queda sobre lo que asentar la vida del hombre, salvo esa Realidad única que se ha pretendido expulsar. Por eso, los cristianos, en estos momentos, hemos de estar en primera fila, sin escondemos, y ofrecer lo que tenemos, la gran riqueza que hemos recibido y es para todos, en la que podemos fundamentar y asentar la vida del hombre y, por tanto, de la sociedad. 

En el estado de cosas en el que nos encontramos, preocupa el repliegue de los cristianos y sus comunidades. En el desplome de los fundamentos de la vida humana los cristianos deberíamos dar testimonio, públicamente y con audacia, además, con firme y alegre convicción, de que sólo Dios puede salvamos y que Dios nos ofrece su salvación en la existencia histórica, muerte y resurrección de Jesucristo. Los cristianos y las comunidades cristianas no podemos dejar de anunciar el Evangelio a todos. Es necesario que al hombre de hoy, enredado en tantas y tales contradicciones de las que no puede salir por sí mismo, le salga al encuentro Dios mismo con su ofrecimiento de una vida nueva y la resurrección. A esto también nos invita la Cuaresma de este año, en la que, además, habría que intensificar la oración por España. 


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 22 de Febrero de 2015.

 

Miércoles de Ceniza. Se abre para los cristianos el tiempo de Cuaresma. A quienes se les impuso la ceniza escucharon unas palabras que resumen el sentido de estos cuarenta días: "Conviértete y cree en el Evangelio". De eso se trata: de convertirse, de volver a Dios, de poner los ojos en Jesucristo, rostro de Dios, y seguir su mismo camino que nos conduce a la salvación, el camino de la verdad y de la misericordia, la senda del amor a Dios y al prójimo. 
Este tiempo nos invita a que aprendamos a ver el mundo con la misma mirada de Jesucristo, es decir, con la misma mirada de Dios: mirada compasiva, mirada de amor. Vio a la muchedumbre que tenía hambre, y sintió lástima; vio al grupo grande que le seguía y lo miró con compasión porque andaban como rebaño sin pastor; con cariño miró al joven rico; miró al ciego de hito en hito que grita a su paso: “¡Hijo de David ten compasión de mí!”, y le pregunta: "¿qué quieres que haga por ti?", "Que vea, Señor", le responde. Mirada siempre compasiva, llena de misericordia, para con la pecadora, para con Pedro que le había negado tres veces; mirada de dolor y lágrimas contemplando la Jerusalén que le rechaza y le va a condenar a muerte; mirada de solidaridad en el sufrimiento con la madre viuda de Naím que acaba de perder su joven hijo. Cómo mira lo hondo del corazón del Buen ladrón en la Cruz. Mira con la mirada de la verdad. Siempre es la compasión, siempre es la ternura, siempre es el perdón. Y con qué alegría y gozo también mira al campo, las flores, los pájaros, las labores del ama de casa, o los trabajos de los labradores y de los pescadores; es la mirada limpia y verdadera de Dios que se goza en su propia creación que hizo buena, muy buena, y se alegra con lo que hace el hombre, fiel a su verdad. 

La mirada conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que, por el proyecto divino, todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes, las defiende de los lobos aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación. ¡Qué bello y esperanzador es contemplar tal maravilla! ¡Qué cambio en el corazón del hombre y en el mundo se opera cuando se mira de este modo! Tener los mismos ojos de Jesús y mirar como Él, es ver las cosas con la mirada de Dios, de verdad y de amor, que cambia la faz de la tierra. Necesitamos ver las cosas como Dios las ve, necesitamos convertirnos a Dios, para ver las cosas como Él las ve y para que cambien de este modo los corazones de los hombres y el mundo en que vivimos, para que todo sea según Dios. Esta es la gran cuestión: convertirse a Dios, volver a Él, dejar que Él entre la vida, pensar como Él, querer como Él y lo que Él quiere, vivir con sus mismos sentimientos, actuar como Él, asumir sus mismas costumbres, seguirle a Él, identificarse con Él: esto es convertirse, esto es mirar con los ojos de Jesús, rostro de Dios, mirar, pensar, querer, actuar de Dios mismo. 

Por ello urge y apremia, a mí el primero, seguir a Jesucristo, emprender el camino, sin retirarse de él, con la mirada puesta en Jesucristo, Hijo de Dios colgado del madero de la Cruz, Salvador y esperanza única, resucitado, vencedor de la muerte y del maligno. Este es el presente y el futuro del hombre, esta es la vida nueva y la humanidad renovada, este es el secreto que conduce a la dicha que nada ni nadie puede arrebatar, la dicha del amor infinito de Dios, el sabernos amados hasta el extremo, inmersos en su misericordia, y haciendo partícipes a todos de ese amor, de esa compasión y ese perdón sin límites que desborda todo. Con sencillez y gozo, ofrezco esto, esta dicha, a todos, no la impongo a nadie; pero tampoco puedo callar ni ocultar este ofrecimiento, pues no sería leal con los demás. 

En Cristo, por gracia de Cristo, accede el hombre a la libertad de la verdad que se realiza en el amor, en Cristo accede a la grandeza de la filiación divina y a la vida eterna, vocación de todo hombre, en Él accede a la salvación plena y eterna vencida la muerte y rotas las cadenas que esclavizan del pecado, del odio, la mentira, la injusticia o la violencia. Sólo Él puede llegar a la verdad de las criaturas y renovarlas. Nada se puede separar de Él y de su amor sin que se altere su verdad y su dignidad. Ningún pueblo ni ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo superado, aunque la mayoría así lo estime; ningún hombre puede conscientemente separarse sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, vale decir también nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. Él es el Señor y reclama espacio en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida: nuestra inteligencia no vive sin esta memoria; nuestra voluntad no se rige sin esta obediencia; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en esta conformidad con Él, esto es en su comunión. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se propone sin cesar a la libre adhesión de todos. Los ojos que lo han contemplado en la fe no pueden mirar más al mundo y a la historia con desesperanza. El corazón que se ha abierto a Él, se ha abierto a todos y cada uno de los hombres, singularmente de los pobres, los despreciados, los malheridos y maltratados por la vida, y no se cierra a su propia carne, ni en sus propias certezas. Esta es nuestra fe, éste es el Evangelio, la gran noticia que el mundo necesita y ofrecemos para ver y mirar con los mismos ojos y la misma mirada del amor, de la compasión, de la verdad, de la misericordia, del perdón, de la ternura y de la esperanza. Convertirse, acoger este Evangelio, acoger a Jesucristo, creer en Él: Este es el mensaje y la llamada de la Cuaresma, que escuchamos al imponérsenos la ceniza, memoria y recordatorio de lo pobre y lo débiles que somos: "Conviértete y cree en el Evangelio". Que nadie tema de Cristo: es quien nos hará capaces de vencer con su amor tanto odio, tanta violencia, tanta falta de entendimiento entre los hombres. 

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 15 de Febrero de 2015.

 

(Finalizo con el siguiente texto la Carta Pastoral a la diócesis de Valencia, cuya publicación inicié hace dos semanas) 

Fortalecer la participación de los laicos 

6.- En nuestra diócesis, gracias a Dios, contamos con muchos, infinidad de fieles cristianos laicos que están comprometidos de verdad con su ser cristianos, viven su identidad cristiana y eclesial con gozo y ánimo. Constituyen, sin duda, una gran riqueza y un notable patrimonio de la Iglesia diocesana. Son muchos los fieles cristianos laicos implicados en tareas eclesiales –en la catequesis, en las obras de acción social y caritativa, en los grupos de animación litúrgica, en la enseñanza religiosa escolar, en los grupos para el Itinerario de Renovación o de Evangelización–, muchos los que pertenecen a grupos, asociaciones y movimientos apostólicos que no voy a enumerar ahora, (nuevos o consolidados ya en otros tiempos en la Iglesia), muchos los laicos en consejos parroquiales, en tantas y tantas realidades que muestran así que está llegando la "hora de los laicos", la participación de los fieles cristianos laicos en la vida y misión de la Iglesia, tan claramente impulsada por el Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II, de la enseñanza de los Papas, de los Obispos, de los nuevos carismas laicales suscitados en los últimos tiempos como un renovado Pentecostés para anunciar con obras y palabras el Evangelio, para tomar parte activa en la misión de la Iglesia. 

Dentro de esta participación de los laicos merece destacarse la presencia de la mujer en toda esta participación, que también es señal de Dios de por donde hemos de encaminarnos, pero que igualmente hay que fortalecer y encontrar su presencia propia que le corresponde en la Iglesia. Hay que buscar y crear nuevos espacios para la mujer en la Iglesia: en la diócesis, en las parroquias, en la acción y presencia de la Iglesia en su misión evangelizadora. 

Precisamente por esta vitalidad de los laicos en la vida de la diócesis, señal de Dios, aún hemos de potenciar y fomentar todavía más, siguiendo las indicaciones de la Iglesia, la participación de los fieles cristianos laicos en la vida y misión de la Iglesia diocesana sea personal o individualmente sea de manera asociada y coordinada. De los laicos depende hoy de manera muy principal la nueva evangelización que urge y apremia. Esta presencia y participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia se ha de mostrar, de manera particular, por el lugar donde están: el mundo, la sociedad, las realidades seculares, en su acción evangelizadora en el mundo, en la sociedad, en la política, en el ámbito de la cultura y de los nuevos areópagos, en el de la familia, en la enseñanza... 

Un signo de este fortalecimiento, potenciación y coordinación del apostolado seglar –en particular de los jóvenes– será, en nuestra diócesis, la destinación del edificio de "San Lorenzo" como "casa del seglar", donde tengan su sede el Foro de Laicos, movimientos de apostolado seglar… con el objeto de que vean los fieles cristianos laicos que ocupan un lugar muy importante y central en la vida de la Iglesia; edificio, además, que también estará destinado a los jóvenes y a nuestro Movimiento Junior, con el objeto de animar, coordinar, ofrecer un espacio donde puedan encontrarse, reunirse, compartir iniciativas de fe, de formación y de evangelización los jóvenes cristianos y hallar juntos su lugar en la Iglesia, que han de sentir como su propia casa y hogar. 
En relación con los fieles cristianos laicos y el apostolado seglar, añado que he observado que en Valencia, sobre todo en la capital pero también en otros núcleos de población mayores, hay un alto número de profesionales (pensad, por ejemplo, en los profesionales sanitarios –médicos, enfermeras– o en el ámbito de la enseñanza). No sé si tenemos una atención específica a este amplio e importante sector de población. Me temo que no. Y esto me preocupa, como también sé que os preocupa a vosotros. Por eso pido que veamos cómo atender eclesialmente, evangelizadoramente, a tantos profesionales, hombres y mujeres, que trabajan en nuestra diócesis. En sus ámbitos se plantean infinidad de problemas éticos, cuestiones que tienen que ver con el diálogo de la fe y la cultura, organización de la sociedad, la vida pública, la política, etc. Todo eso es enteramente cercano al Evangelio. Y la Iglesia ha de hacer presente ahí. 


Fortalecer y potenciar la pastoral educativa 

7.- Un capítulo muy fundamental es el de la enseñanza, en el que también habremos de trabajar con toda ilusión, lucidez y decisión. La diócesis cuenta con casi 70 colegios diocesanos propios, con otro amplio número de colegios regidos por instituciones religiosas, por una Universidad de inspiración cristiana "Cardenal Herrera", con una Universidad Católica "San Vicente Mártir" propia: todo esto constituye un enorme potencial para evangelizar y para educar cristianamente a las nuevas generaciones que hay que fortalecer y revigorizar al máximo. Vivimos una verdadera emergencia educativa y una apremiante urgencia de una nueva evangelización. Pecaríamos con un pecado grave de omisión si estas instituciones no son fortalecidas y conducidas a que cumplan con pleno vigor y decisión la misión evangelizadora y educativa que les corresponde. 
Un capítulo que merece especial atención en el campo educativo es el de la enseñanza religiosa en la escuela solicitada por un amplio número de padres para sus hijos, conscientes de su derecho y responsabilidad, en la que tantos profesores están embarcados y cumpliendo una misión eclesial y social admirable. Apoyar la enseñanza religiosa, atender a los profesores de religión y ayudarles en su nada fácil tarea, a veces llena de dificultades incluso institucionales, es un deber que tenemos en la diócesis. Hemos de hacer todo lo posible por la enseñanza religiosa, por mejorarla y fortalecerla en todo lo que haya que fortalecer, particularmente en la escuela católica, a cuyo ejemplo apelo.

Muy en relación con esto tenemos el gran reto de la evangelización de la cultura donde se juega tanto el futuro del hombre y de la sociedad. La evangelización de la cultura, o mejor, el que la fe cristiana se haga cultura es una de las necesidades mayores que la Iglesia tiene por doquier, también aquí en el momento que vivimos. El futuro del hombre y de la sociedad está jugándose hoy, entre nosotros como en el resto de España o de Occidente en el campo de la cultura. La Iglesia, la diócesis de Valencia en ella, no puede permanecer al margen, en modo alguno, de todo lo que supone el complejo mundo de la cultura. Por lo demás, como ya señaló Pablo VI, "la ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda el drama de nuestra época" (EN 20). Nuestra diócesis ha de buscar un cauce específico, hasta institucional, que encamine y encauce este vasto ámbito de la evangelización de la cultura, en el que incluyo también los medios de comunicación social y cuanto se refiere al arte en sus diversas expresiones. 


Evangelizar la religiosidad popular 

8.- En el poco tiempo que llevo aquí he podido comprobar el valor y vigor de la religiosidad popular entre nuestras gentes. Uno de los signos manifestativos, no el único, de esta religiosidad popular es el de las Cofradías: su número, su crecimiento en los últimos años, etc. Soy consciente de toda la problemática que este fenómeno comporta. Pero es un hecho que está ahí y al que hay que prestarle atención y ayuda pastoral. Me propongo tener encuentros con los representantes, directivos y consiliarios de las Cofradías y estudiar cómo llevar a cabo una evangelización en ellas y desde ellas. Habrá que potenciar entre otras cosas, la formación de sus miembros y encontrar cauces para una mayor inserción en la responsabilidad apostólica de la Iglesia diocesana. 

Mejorar la coordinación pastoral 

9.- Por lo que he podido observar, en nuestra diócesis se trabaja mucho pastoralmente; pero tal vez nos falte coordinación, sobre todo en la ciudad de Valencia, aunque también en los pueblos y en los diversos campos de la acción pastoral. Estimo que tendremos que ver cómo llevar a cabo una mayor coordinación de los esfuerzos y de las acciones pastorales, de las personas que tienen responsabilidades en la acción eclesial, de las estructuras organizativas y rectoras a nivel diocesana, de los movimientos y asociaciones apostólicas, etc. Sé que no es fácil, pero habrá que intentarlo una vez más. Las fuerzas y los efectivos son cada día menores; las exigencias, sin embargo, mayores, y conviene ordenar todo, agilizar y racionalizar nuestros esfuerzos, y no dispendiar fuerzas ni recursos. 

En el plano de la coordinación, y a la luz de la eclesiología de comunión que nos ofrece como clave el Concilio Vaticano II, que siempre deberá ser guía y faro en nuestra diócesis para su renovación interior y constante, nos encontramos con organismos de comunión como los Consejos diocesanos del Presbiterio, de Pastoral, de laicos, los arciprestazgos, las Vicarías territoriales... Todo esto habrá que revisar, corregir lo que sea preciso o conveniente, y, en todo caso, potenciar y fortalecer. En el Sínodo diocesano de hace unos años encontramos abundantes y ricas orientaciones que es necesario retomar: el Sínodo actualiza y aplica el Concilio en nuestra diócesis y hemos de retomarlo de nuevo y proseguir los caminos que en él se nos trazó a toda la diócesis. Desde que he llegado a Valencia, esta puesta en vigor de nuestro Sínodo es una de mis preocupaciones que he manifestado en multitud de ocasiones. 


Hacia una pastoral de santidad como norte y guía de toda pastoral 

10.- Aunque tal vez tendría que haberme referido a lo que voy a decir ahora al comienzo, he preferido dejarlo para casi el final por la importancia que tiene. Valencia es tierra de mártires y de santos. Para mí es una experiencia muy gozosa "palpar" las raíces religiosas, teologales y cristianas de nuestro querido pueblo de Valencia, a pesar de que también se ve azotado, sobre todo en los sectores más jóvenes, por la secularización, el indiferentismo religioso, la increencia y las formas paganas de vida de nuestro tiempo. Por ello, creo que hay que poner todo nuestro empeño –y nuestra confianza en la ayuda de Dios, sin la que nada podemos– en avivar esas raíces y promover una pastoral de santidad. 

Y tratándose de "pastoral de santidad", y de una pastoral que afirme a Dios como Dios, como lo sólo y único necesario, a Dios como Soberano y Señor, "origen, guía y meta del universo", es necesario la potenciación de la liturgia, particularmente de la EUCARISTÍA DOMINICAL. Sobre la Eucaristía dominical pienso ofrecer en breve una carta pastoral, dada la centralidad e importancia que en sí entraña para la Iglesia, a la que la misma Eucaristía hace, y estar en ella la fuente y cima de la vida cristiana, y la fuente y culmen de toda evangelización. En esa carta también me referiré a los años jubilares eucarísticos que, a partir de noviembre próximo, tendremos en nuestra diócesis, D.m., cada cinco años, como indiqué ya en otra ocasión apoyándome en la gran reliquia que Dios nos ha concedido a la diócesis de Valencia: El Santo Cáliz de la Última Cena. 

Esto nos llevará a que, ya desde ahora en este año, potenciemos la adoración eucarística en nuestra diócesis: adoración permanente, adoración nocturna, adoración perpetua, cuarenta horas, jueves eucarísticos, visitas al Santísimo, etc. Muy unido a esto como algo enteramente muy prioritario en la vida cristiana, en la Iglesia, es impulsar en todos, desde el Arzobispo hasta el último de los fieles, o de los niños, la vida de oración. Como he dicho en otras ocasiones y lugares este año debe ser un año de oración y para la oración en la diócesis de Valencia. Inseparablemente de la oración hay que fomentar también en este año, y siempre, la Lectio Divina. 

También habrá de tener muy en cuenta la incorporación plena de los monasterios de vida contemplativa a toda la pastoral; desde el claustro, las monjas contemplativas están sosteniendo nuestra diócesis y están llevando a cabo eficazmente esa "nueva evangelización" de la que tanto se habla que muestra a Dios en el centro, fuente y fundamento, origen de todo bien y de toda dicha. A ellas, al tiempo que les agradezco con todo el corazón su vida escondida con Cristo en Dios, pienso también que mi ministerio debe dedicarles lo mejor y pido que también todos en nuestra diócesis se lo dediquemos: les debemos muchísimo, más de lo que parece y algunos piensan. Debemos ayudarles. 

Y como el centro de la Iglesia santa y llamada a la santidad es la liturgia, principalmente la celebración eucarística, habrá que poner todo nuestro cuidado más exquisito y nuestra atención más viva y gozosa a mejorar la celebración litúrgica en nuestras comunidades y hacer de la celebración dominical de la Eucaristía, de la celebración de la penitencia y de otros sacramentos, el "punto fuerte" de toda nuestra acción pastoral. Habrá que retomar para actualizarla y ponerla en práctica aquella espléndida Instrucción Pastoral, de hace unos años, de la Conferencia Episcopal sobre el Domingo y habrá que recordar también otros documentos del magisterio pontificio sobre el domingo, como también algunos puntos elementales, pero por ello mismo fundamentales, para mejor celebrar. Por lo que he podido observar, podemos mejorar mucho la liturgia, fuente y cumbre de la evangelización. La celebración es el termómetro de la vida de las comunidades y el test de nuestra pastoral: no lo olvidemos. 

Por supuesto que para una pastoral de santidad, para seguir caminos de reforma y renovación, para andar por las sendas de la perfección que es nuestra vocación –"sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto"–, providencialmente Dios nos concede el año jubilar teresiano que estamos celebrando con ocasión del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. 

Necesitamos volver a Santa Teresa de Jesús, conocer su magisterio, su testimonio porque ella es arroyo que lleva a la fuente de agua viva, que sacia el corazón sediento del hombre, sediento de Dios vivo. Ella es resplandor que conduce a la luz. Y su luz es Cristo: "Luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, esperanza de los pueblos, Maestro de sabiduría, libro vivo en que Teresa aprendió las verdades, en el único en que podemos aprender la Verdad de Dios y la verdad del hombre, que nos hace libres con la libertad de los hijos de Dios, piedra angular sobre la que se edifica la historia. Entre nosotros, en nuestra diócesis, con las acciones oportunas, debemos potenciar más y más decididamente este año teresiano, providencialmente coincidente con el Año destinado a la vida consagrada. 


La vida consagrada en el corazón de la diócesis. Año de la vida consagrada 

11.- Necesitamos que este año de gracia que Dios concede a su Iglesia destinado a la Vida Consagrada sea para nuestra diócesis un tiempo en el que la vida consagrada sea mejor conocida, más amada, esté más en el corazón de todos los diocesanos. Que sea un año para fomentar vocaciones a la vida consagrada y un tiempo de oración por todos los que han consagrado a Dios por especial consagración sus vidas a favor también de la Iglesia. Les debemos mucho a nuestros hermanos y hermanas que viven una especial consagración a Dios y a la Iglesia en nuestra diócesis; nunca les pagaremos y agradeceremos cuanto son, significan y hacen en nuestra diócesis, y, en general, en toda la Iglesia. Nuestra Iglesia sería otra sin la vida consagrada. Necesitamos su testimonio para poder caminar en nuestro mundo. Ayudémosles y que ellos y ellas vivan con renovado vigor, fortaleza, autenticidad y fidelidad lo que Dios les pide en estos momentos nada fáciles también para la vida consagrada; que Dios les ayude en su anhelada renovación y revitalización que tanto desean las personas consagradas en la variedad y riqueza de sus carismas. Todos juntos hemos de potenciar al máximo la inserción de la vida consagrada en la diócesis y encontrar y consolidar los cauces para las mutuas relaciones que son tan necesarias como urgentes: por ejemplo, coordinar las parroquias y los colegios, la pastoral evangelizadora de niños y jóvenes, la atención y formación de padres, la acción caritativa y social. Todos juntos, en la comunión eclesial que somos podremos hacer muchísimo con la ayuda del Señor que lo quiere y que no nos falta. 


Conclusión 

12.- He presentado en esta Carta Pastoral algunos aspectos que considero particularmente importantes, necesarios y urgentes, por sí mismos, escuchando lo que el "Espíritu dice a la Iglesia diocesana", escuchándoos también a vosotros. Es verdad que, escuchando a mi Consejo de Gobierno, al Consejo diocesano del Presbiterio y al Consejo diocesano de Pastoral, podríamos matizar, completar y explicitar otros aspectos y acciones que enriquecerían estas indicaciones pastorales de por dónde habremos de caminar y Dios quiere que vayamos la iglesia diocesana. Creo que en estos puntos, de alguna manera, coincidimos todos, y que habremos de enriquecerlos y concretarlos más oyendo a los diferentes Consejos que acabo de mencionar, que deben ser verdaderos "motores" y "cauces" diocesanos y serán tenidos muy en cuenta con toda certeza operativamente. 

Por enumerar sólo algunas sugerencias que se han hecho en esos Consejos señalo: potenciar y formar el voluntariado de Caritas; fortalecer la formación de catequistas tanto en contenido como en pedagogía; cuidar las catequesis de novios en orden a su futuro matrimonio y revisar los cursillos para este fin, y atender pastoralmente los primeros años de matrimonio; avivar la conciencia en toda la comunidad, particularmente de los sacerdotes, de la importancia insoslayable de la pastoral de enfermos; intensificar y abrir cauces nuevos de pastoral con los jóvenes y ofrecer directrices en nuestra diócesis para esta pastoral; cuidar de la pastoral del Bautismo y la recuperación del sentido bautismal en la comunidad cristiana –en general, y en concreto, en las parroquias y familias–, conjuntar la acción educativa escolar de padres, maestros, parroquias, escuelas católicas, centros públicos del Estado; desarrollar la catequesis familiar y ofrecer orientaciones e instrumentos adecuados, tanto para la catequesis familiar como para la pastoral familiar; cuidar con especial esmero la pastoral universitaria que tan descuidada la tenemos en las Universidades del Estado o privadas y potenciarla en la Universidades de la Iglesia, "Cardenal Herrera" y "San Vicente Mártir", ambas queridas y consideradas como parte de nuestra diócesis, "salidas ambas del corazón de la Iglesia"; hacer un plan para toda la diócesis de una pastoral de la enseñanza con el objeto de coordinar y potenciar los esfuerzos en este campo, tanto para los centros públicos como los concertados; atender la presencia eclesial en los medios de comunicación social, la información de la Iglesia y sobre la Iglesia en ellos, y atender a nuestros propios medios en orden a la evangelización; formar en la Liturgia y para una renovación verdadera de la pastoral litúrgica; formar a lectores para las celebraciones, para el canto, para los coros parroquiales, para la animación de toda la comunidad en la participación litúrgica; cuidar más la formación litúrgico-musical; potenciar al máximo los grupos del Itinerario para la Evangelización; ayudar con diversos cauces e instrumentos para la nueva evangelización de los alejados y ofrecer técnicas para la evangelización; cuidar la atención diocesana y de los diocesanos a las misiones y a la vocación misionera de la Iglesia; mejorar las relaciones entre las Comisiones diocesanas y las parroquias u otros ámbitos de Iglesia; fomentar los encuentros interparroquiales, potenciar los arciprestazgos y revisar si es la más correcta la distribución actual de los arciprestazgos en nuestra diócesis; estudiar bien y orientar la pastoral rural también en nuestra diócesis, particularmente en pequeños núcleos de población; fomentar la pastoral del sacramento de la Penitencia; formar a los seminaristas –también a los sacerdotes– para una nueva evangelización, para la pastoral con los alejados, y para el primer anuncio, para una pastoral que llame a la conversión, para no quedarse en una pastoral de solo mantenimiento sino ir a una pastoral misionera: fomentar y cuidar la pastoral vocacional; cuidar a los sacerdotes... Todas estas sugerencias y otras más se han hecho en los Consejos diocesanos del Presbiterio y de Pastoral. Sistematizaremos estos puntos y otros tal vez no mencionados –pero que se dijeron– y los estudiaremos en esos Consejos.

13.- En esta Carta que dirijo a toda la diócesis, como habéis podido observar, no se trata de cosas nuevas sino de atender a los aspectos fundamentales y básicos y de dar un nuevo impulso a nuestra diócesis, animarla y fortalecerla para que recobre el vigor de una fe vivida que la conduzca, bajo la acción del Espíritu, a un nuevo Pentecostés que la lance a la misión, a una nueva evangelización, que es anuncio explícito y testimonio del Señor, obra de renovación de la humanidad con la novedad y vida del Evangelio. Ahí es donde está el futuro de la Iglesia que crece desde dentro. A todos os pido que secundemos estas sugerencias que os hago desde el corazón de pastor y ante el Señor, en oración y súplica para escucharle y hacer su voluntad: sin la oración nada podemos. 

14.- Y concluyo: Ciertamente es mucho lo que tenemos que hacer, muchas las obras a emprender o a continuar, a llevar a cabo. Son obras de Dios, así las sentimos. No podemos abrumarnos: abrumarnos nos paralizaría; con sencillez, humildad y confianza, Dios nos llama a proseguir el camino, sin retirarnos, con la mirada puesta en Jesús, que vino a proclamar la buena y gozosa noticia del Reino de Dios cercano, entre nosotros, y llamar a la conversión. 
Desde lo más hondo de mi persona, os digo y os exhorto a todos: no busquemos otra cosa que a Dios y su voluntad, que a Cristo, crucificado por los pecadores para llamarlos a todos; que Dios sea nuestra heredad y el lote de nuestra vida, la paga de nuestros trabajos. Que vivamos siendo testigos de la gracia de Dios. Que Él nos muestre y nos otorgue su gracia: "su gracia nos basta". Desde aquí todo se baña de luz. Necesitamos esto en momentos de tanto ajetreo y actividad como nos enreda a veces, cayendo en la patología del "martalismo" –por Marta–, en expresión del Papa Francisco. Es bueno recordar ahora, y volver una y otra vez a aquella página tan maravillosa y reconfortadora del cardenal Van Thuan, verdadero mártir de la fe y testigo de la esperanza, de la confianza en Dios y de su gracia y misericordia: "tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo (todas las tareas y afanes pastorales)….; todo eso es una obra excelente, son obras de Dios, ¡pero no son Dios! Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo en seguida, y ¡ten confianza en El! Dios hará las cosas infinitamente mejor que tú. ¡Tú has elegido a Dios solo, no sus obras!... Elegir a Dios y no las obras de Dios. Ese es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. Y, a la vez, la respuesta más auténtica al mundo de hoy. Es el camino para que se realicen los designios del Padre de los cielos sobre nosotros", sobre la Iglesia, sobre la diócesis, sobre la humanidad de nuestro tiempo. 
Cuando releo esta página del cardenal Van Thuan, me digo: "Es verdad, qué sencillo y simple es; ¡qué torpe que soy!, para no darme cuenta de que esto es lo mejor, que es lo único que vale en la vida de un pastor, y de todo cristiano llamado a evangelizar; que lo más importante y decisivo en todo pastor y en todo cristiano es concentrarse en lo único necesario, en lo único que importa por encima de todo: Dios y su voluntad, su gracia y su iniciativa, su designio de salvación; que lo verdaderamente importante no está en nuestra programación ni en nuestros proyectos humanos o en nuestras ideas, por geniales que sean o parezcan, sino en el designio de Dios, plenamente manifestado en Jesucristo, a Quien hay que buscar, escuchar, ver y seguir. Todos nos prodigamos con gran entrega a las obras, también a las obras de Dios, como si todo fuese obra nuestra y elección nuestra. 

Pero siento, personalmente, que tengo que examinarme sinceramente una y otra vez delante de Él y preguntarme: en mi vida pastoral, ¿cuánto es para Él y cuánto para sus obras, que con frecuencia, además, son las mías?" Este habría de ser ahora el sentimiento más profundo que nos embargase, la certeza más firme en que descansasen nuestras vidas. Por ello, la actitud más básica y prioritaria que se nos pide en esta "hora de Dios, de su gracia, de su esperanza que no defrauda", es la del niño pequeño, recién amamantado, en brazos de su madre: la confianza total en el Señor; o, como nos dice Pablo en su Carta a los Efesios; "Tener los mismos sentimientos de Cristo"; o, como diría Santa Teresa de Jesús, ser "amigos fuertes de Dios". Esto es lo que necesita la Iglesia y el mundo: "AMIGOS FUERTES DE DIOS”. 

Con mi agradecimiento a todos, la seguridad de mi afecto y mi oración, y mi bendición. 
Cordialmente en el Señor 

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia


En Valencia, 22, enero, 2015, fiesta de San Vicente Mártir, Patrón principal de la diócesis de Valencia. 

 
 

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