canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 31 de Mayo de 2015.

 

Pentecostés, acción de gracias por el don del Espíritu Santo que nos hace ser nuevas criaturas, hijos de Dios, incorporados a Cristo, miembros de su cuerpo que es la Iglesia; que suscita en nosotros la fe que proclama: “Jesús es el Señor”, y que nos conduce ante Dios llamándole “Abba, Padre”. Él reúne a todos los pueblos en la unidad de la Iglesia para llevar a cabo la misma misión de Cristo hasta que Él vuelva, nos conduce hacia la verdad, hace testigos valientes de su Evangelio, infunde en nosotros el amor, la caridad, para que podamos amar con el mismo amor con que Cristo nos ha amado, nos hace santos con la santidad de Dios.

El Espíritu Santo con su gracia actualiza en los santos las mismas actitudes y sentimientos de Jesús en los cuales Dios se ha revelado. Es en los santos donde podemos “ver” de alguna manera a Jesucristo, donde tenemos experiencia de Él y lo palpamos en toda su cercanía, en toda su obra redentora. Por ellos, entramos en comunión con su misma experiencia. Que Dios conceda esta santidad a la Iglesia, que el Espíritu Santo, santifique a toda su Iglesia santa, y a sus miembros. Sólo una Iglesia de santos dará a conocer a Jesucristo, sólo la vida santa, obra del Espíritu de Santidad, conduce a la experiencia del Evangelio; sólo con santos será creíble y audible el Evangelio. Con la fuerza del Espíritu Santo, señor y dador de vida, miremos a los santos y aspiremos a ser santos.

Pidamos el Espíritu de Sabiduría que nos haga llevar la luz y el testimonio de nuestra fe a quienes la tienen debilitada o carecen de ella. Pedimos que venga sobre nosotros la Fuerza de lo alto que nos haga testigos, el Espíritu de la Verdad que nos impulse a anunciar con obras y palabras el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio de alegría y de la caridad, ese evangelio que necesitamos conocer mejor y experimentar con mayor viveza y fuerza. Pedimos el Espíritu Santo para evangelizar, para impulsar entre nosotros decididamente una vigorosa y nueva evangelización, como en los primeros tiempos, con todo ardor y esperanza. Para que entre nosotros acontezca un nuevo Pentecostés, el gran comienzo de la Evangelización.

Pedimos docilidad al Espíritu Santo para dejarnos guiar por Él: hacernos cada vez más semejantes a Cristo y reflejar su imagen. Que nos haga ser hombres y mujeres que han encontrado en Cristo la verdadera esperanza. Él abre caminos de renovación y es preciso dejarnos conducir por donde Él lleva a su Iglesia, por esas vías de renovación, las marcadas por el Concilio Vaticano II, el gran Pentecostés de los tiempos actuales, que debemos conocer mejor e implantar enteramente.

Pedimos que nos conceda el don de fortaleza, don del Espíritu, para dar testimonio de Cristo con valentía y libertad y proclamar su palabra por los caminos arduos y nuevos por donde se nos pide llevar a cabo hoy la misión evangelizadora, escrutando sus caminos, dejándonos conducir por El hasta la verdad completa y siguiendo sus decisiones.

Le pedimos que nos conceda el don de la caridad apostólica, la de Cristo, Buen Pastor, que vino a reunir los hijos de Dios dispersos, buscar a los pecadores, y ofrecer su vida por ellos. Que sintamos el amor de Cristo por los hombres y amemos a la Iglesia como Él la ama, con un amor profundo y fiel. Que podamos anunciar con toda nuestra persona y con nuestras palabras a todo hombre, particularmente a los más pequeños y pobres, que son amados por Dios.

Le pedimos que nos conduzca por los caminos de la unidad. Fortalecer la unidad que todos seamos uno para que el mundo crea que Él es el Hijo de Dios, el Enviado por el Padre para anunciar a la buena noticia a los pobres, para sanar los corazones afligidos, para redimir a los que andan bajo la esclavitud del pecado, para liberarnos de la muerte y así tengamos vida.

Le pedimos que nos conduzca por los caminos de la santidad, que es un presupuesto fundamental y una condición indispensable e insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. En la base de toda evangelización y de toda renovación está la santidad. Sólo siendo santos, hombres y mujeres de Dios, podemos ser signos de Dios en el mundo, revivir hoy en nuestras tierras la obra misionera de los primeros cristianos y anunciar a Cristo de un modo creíble. Que nos haga santos, testigos de la experiencia de Dios para poder decir: “lo que hemos visto y oído ....”

Le pedimos al Espíritu Santo que nos haga llegar nuestra fe, avivada y fortalecida los hombres: “creí, por eso hablé”. Que nos fuerce a llevar esa fe, que nos remueva desde dentro y no nos deje tranquilos hasta que hagamos partícipes de esa fe, que es luz y vida. Pedimos un nuevo Pentecostés que no nos deje encerrados en los muros de nuestras casas, ni de nuestros templos, ni de nuestros refugios, sino que nos haga salir como a los Apóstoles, a las calles, a las plazas, es decir, allá a donde están los hombres, para anunciarles sin complejos que Dios les ama, que Cristo, ha muerto y ha resucitado por ellos.

Que el Espíritu Santo nos atraiga de tal manera y nos mueva de tal modo que dejemos de una vez para siempre el ser cristianos ocultos y acomplejados, y salgamos con toda libertad y valentía a plena luz, para confesar el nombre de Jesucristo, para entregar la riqueza de la Iglesia, que nos es otra que el Evangelio de Jesucristo, fuerza de salvación para todo el que cree.

Que nos dé esa fuerza interior que no nos permita estar parados o cruzados de brazos ante la situación apremiante de indiferencia religiosa, de increencia, de desaliento, de neopaganismo que padecen muchos de nuestros hermanos.

Que el Espíritu Santo rompa y destruya nuestros miedos y temores, nuestras inercias y rutinas, nuestras comodidades y perezas, nuestras cobardías y complejos, nuestra falta de fe, y nos impulse irresistiblemente a buscar a nuestros hermanos y comunicarles la fe, que es fuente de libertad y de vida, raíz de la esperanza y fundamento firme para servir a los hombres.

Anunciar y hacer presente el Evangelio en los nuevos areópagos del mundo moderno, hacerlo presente, particularmente en la familia, medios de comunicación social, política, el compromiso por la paz, la defensa de la vida el compromiso por el desarrollo y la liberación de los pueblos, la atención a las minorías, la promoción de la mujer y del niño, la salvaguardia de la creación, el mundo de la cultura, de la investigación científica o de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida.

Que nos haga sentir el gozo de la fe para comunicarla. Mientras no vivamos la alegría inmensa de la fe, el gozo inconmensurable de creer, y no nos apremie el amor de Cristo y de los hermanos o no vivamos desde el convencimiento firme de que no da lo mismo creer que no creer, difícilmente podremos salir donde están los hombres para proclamarles el Evangelio de la gracia y de la reconciliación.

Para renovar la humanidad: hombres nuevos que rehagan el entramado, el tejido de nuestra sociedad. No podemos seguir manteniendo una situación en la que la fe y la moral cristianas se arrinconan a la más estricta privacidad, quedando así mutilada de toda influencia de la vida pública y social. Esta es una de las trampas peores en que podemos caer: pensar que la fe es para la esfera religiosa en su sentido más estricto y restringido.

La aceptación del Dios vivo se manifiesta y hace efectivo en todos los órdenes de la vida real del cristiano, en su vida interior de adoración y obediencia liberadora a la santa voluntad de Dios, en la vida matrimonial y familiar, en el ejercicio de la vida profesional y social, en las actividades económicas y políticas, en todo lo que es el tejido real y social en el que de hecho vivimos inmersos y nos realizamos como personas, en la cultura.

La mejor contribución que la Iglesia puede dar a la solución de los problemas que afectan a nuestra sociedad –como la crisis económica, el paro que aflige a tantas familias y a tantos jóvenes, la violencia, el terrorismo, la drogadicción– es ayudar a todos a descubrir la presencia y la gracia de Dios en nosotros, renovarse en la profundidad de su corazón revistiéndose del hombre nuevo que es Jesucristo. Fieles a la riqueza espiritual, seamos fermento del Evangelio para la animación y transformación de las realidades temporales con el dinamismo de la esperanza y la fuerza del amor cristiano.

En una sociedad pluralista como la nuestra se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito estrictamente privado, olvidando paradójicamente la dimensión pública y social de la persona humana. Salgamos, pues, a la calle, vivamos nuestra fe con alegría, aportemos a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política. Urge y apremia impulsar, con la fuerza del Espíritu Santo, una nueva evangelización. Esta se encuentra principalmente en manos de los fieles laicos. De ellos depende; sin su mediación activa, sin su incorporación decidida y responsable, no será posible esa urgente e inaplazable obra. 

Con esta ocasión quiero hacer una apelación a la conciencia de todos los que formamos la Iglesia diocesana de Valencia a que fortalezcamos en ella la participación de los laicos, a que hagamos todo lo posible para que los cristianos laicos se incorporen con decisión y valentía a la obra de evangelización, a que pongamos todo nuestro empeño en que cada día haya más cristianos militantes dispuestos a mostrar en nuestro mundo, con obras y palabras, el Evangelio de Jesucristo en todo su atractivo y su fuerza de renovación de la sociedad.

“Todo cristiano está llamado al apostolado; todo laico está llamado a comprometerse personalmente en el testimonio, participando en la misión de la Iglesia” (San Juan Pablo II). Pero junto a este testimonio, personal e intransferible de cada uno, y por sí mismo, es necesario que los cristianos laicos se asocien. Las asociaciones laicales para el apostolado movimientos y grupos apostólicos son un signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo. Por otra parte, la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes. Se trata, como dice el Papa, de “unir y coordinar las actividades de todos los que quieren influir, con el mensaje evangélico, en el espíritu y la mentalidad de la gente que se encuentra en las diversas condiciones sociales. Se trata de llevar a cabo una evangelización capaz de ejercer influencia en la opinión pública y en las instituciones; y para lograr este objetivo se hace necesaria una acción realizada en grupo y bien organizada”. Para ello, el Espíritu Santo ha suscitado en y para la Iglesia diversos grupos y movimientos apostólicos. Todos ellos merecen nuestra atención y nuestro apoyo.

Entre las formas de apostolado asociado, el concilio cita expresamente la Acción Católica, que tanto vigor y frutos ha dado en nuestra diócesis, y que ahora deberíamos alentar, extender y fortalecer. La Acción Católica se ha distinguido por el vínculo más estrecho que ha mantenido con la Jerarquía. Esa ha sido una de las principales razones de los abundantísimos frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo durante sus muchos años de historia. Su fin es la evangelización y la santificación del prójimo, la formación cristiana de las conciencias, la influencia en las costumbres y la animación religiosa de la sociedad. De su grado de fidelidad a la Jerarquía y de concordia eclesial depende y dependerá siempre su grado de capacidad para edificar el Cuerpo de Cristo. Nuestra diócesis, como la Iglesia, necesita una Acción Católica vigorosa, con fuerza militante, que impulse una nueva evangelización, que sea una viva irradiación de la comunidad eclesial en su unidad, en su caridad y en su misión de difundir la fe y la santidad en el mundo.

Pido encarecidamente a todas las parroquias de nuestra diócesis que hagan todos los esfuerzos posibles por implantar, donde no esté, o por fortalecer y extender la Acción Católica renovada, donde esté ya establecida, conforme a las nuevas orientaciones de la Conferencia Episcopal Española. No podemos inhibirnos con el pretexto de los defectos reales o supuestos que pueda o haya podido tener la Acción Católica. Una actitud semejante sería contraria a la acción del Espíritu que nos habla a través del Papa, del Concilio, o de la voz de los Obispos que recomienda y pide esa atención y crecimiento de la Acción Católica. Que Dios nos conceda a la diócesis de Valencia, llamada a impulsar una nueva evangelización, el contar con una Acción Católica vigorosa, como antaño, implantada en todas o casi todas las parroquias de nuestra Iglesia diocesana.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 24 de Mayo de 2015.

 

Acabamos de celebrar la Ascensión del Señor, acontecimiento que nos llena de gozo y alegría, y funda y ensancha nuestra esperanza. Ante este hecho bien podemos repetir las palabras del apóstol San Pablo en la lectura de la carta a los Efesios: «Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro propio corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál es la grandeza extraordinaria de su poder para nosotros, los que creemos». 

Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna del Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado. La humanidad de Cristo, semejante en todo a la nuestra, ha entrado en la gloria de los cielos para siempre; nuestra humanidad está ya en los cielos, a donde hemos sido llamados todos, en Cristo y con Cristo, como cuerpo de Cristo, nuestro Señor, nuestra cabeza. La ascensión de Jesucristo a los cielos, su exaltación como Señor de cielos y tierra, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Él fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad, la gloria de los cielos. «El, ascendido hoy hasta lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos, no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su reino» (Prefacio).

La ascensión a los cielos no es el comienzo de la ausencia de Jesús, porque el que subió lo hizo para llenarlo todo como Señor que tiene el universo como estrado de sus pies. La Ascensión implica el misterio de una presencia nueva de Jesús en la Iglesia: «Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos». Como Señor del universo y de la historia, Cabeza de la Iglesia, Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. El mismo y único Jesucristo está en la Iglesia y la Iglesia en Jesucristo. El Cristo total, el cuerpo de Cristo en su unidad y realidad presente, es la cabeza y los miembros. Al Misterio de Cristo pertenece la Iglesia. A la totalidad del misterio salvador de Cristo pertenece también la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora: «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra». Los cristianos no solo actuamos en el mundo recordando y secundando las palabras o enseñanzas de Jesús; es Él mismo quien, por su Espíritu, se sirve de la Iglesia para la salvación de los hombres. Cristo vive en ella, actúa en ella; por medio de ella cumple su misión, lleva a cabo su obra de redención por la palabra, los sacramentos, la vida de los cristianos. Cristo enseña a través de su Iglesia; en ella y por ella reina y comunica su santidad. Con la Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia donde Cristo está presente y actúa. El está unido para siempre con ella.

La Iglesia existe para hacer presente a Cristo en obras y palabras; existe para dar testimonio de Él; para evangelizar; para hacer presente a Cristo en todo. La Iglesia existe para Cristo, es de Cristo, no sería nada sin Cristo. Todo en ella ha de apuntar a Jesucristo; no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de mostrar a Jesucristo en todo. La Iglesia, hoy como ayer y siempre, como en los primeros momentos en que es enviada por el propio Jesús antes de subir a los cielos, se presenta con el mismo anuncio y testimonio de siempre, con la misma y única riqueza y tesoro de siempre: Jesucristo. En Él, y no en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de esperanza para los hombres, para España, para el mundo entero es Cristo; y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la corriente de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor, que está con sus llagas abiertas intercediendo siempre por nosotros ante el Padre.

En los tiempos que se nos ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a dejar que su amor y su gracia, su salvación y su luz, su obra redentora actúen en nosotros, y, por nosotros, en los demás; y nos transformen, nos cambien, nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres nuevos. Todo debería conducir a que los hombres le conozcamos, le amemos y le sigamos como el camino y la pauta inspiradora, la verdad, de nuestra conducta individual, familiar, social y pública, el único programa válido para la renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino que es la fuente misma de la salvación, la salvación misma.

Abrámonos a Él, constantemente y con confianza plena, sin ningún miedo ni temor, y dejémonos renovar y conducir enteramente por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la verdad, descubre la Vida y recorre el Camino que conduce a ella. Los textos de la palabra de Dios definen nuestro ser y nuestra misión: «Id, evangelizad, enseñad, haced discípulos míos, sed mis testigos, daréis testimonio de todo esto». Por el tenor de la vida y el testimonio nuestro, de los cristianos, los hombres de hoy, los que están lejos o alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a otras religiones, los indiferentes, los escépticos, los agnósticos, podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. Él es la única respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo. La única respuesta a la sed insaciable de felicidad se llama Jesucristo; la única medicina para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. Él es la esperanza de toda persona porque es y da la Vida eterna; Él es la palabra de vida venida al mundo en carne para que los hombres tengan vida; Él nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad. Mirando a Cristo, acogiendo a Cristo, siguiendo a Cristo, siendo testigos de Él, presencia suya, es como nosotros y todos los hombres, nuestros familiares y vecinos, nuestros contemporáneos y amigos, nuestros compañeros de trabajo, podrán hallar la única esperanza que pueda dar plenitud de sentido a la vida.

Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo pasado o superado; ningún hombre puede separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa y decorativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. Él es el Señor y reclama espacios en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en este seguimiento de Cristo. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia humana. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se ofrece y propone sin cesar a la libre adhesión de todos para que la alegría de su amor y de su salvación esté en todos, para que los ojos que lo contemplen y le sigan en la fe no miren más al mundo y a la historia con desesperanza. Por eso, la Ascensión del Señor nos invita a que demos testimonio, anunciemos y hagamos discípulos de Jesucristo, porque es donde está el futuro y la vida.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 17 de Mayo de 2015.

 

Queridos padres que tenéis hijos en edad escolar:

Cuando solicitéis o reservéis plaza para vuestros hijos en los diferentes
colegios, escuelas o institutos, cuando los matriculéis, para el próximo
curso tendréis la oportunidad de elegir la enseñanza religiosa escolar. Es
esta una decisión importante que no se puede trivializar.

La enseñanza religiosa es un aspecto fundamental en la formación integral
de la persona, además de ser un elemento imprescindible en el ejercicio 
del derecho de libertad religiosa, tan básico como que es la
garantía de todas las demás libertades. Los padres habréis de defender
y reclamar este derecho que os asiste. Inhibirse o no reclamar todo lo
legítimamente exigible en este terreno, vale tanto como dejar libre el
camino al recorte de otras libertades y a la desmoralización de la sociedad.
Para los católicos, es un deber muy serio y una necesidad grande
la formación religiosa y moral en los centros escolares, en los que se
forma el hombre y la sociedad de mañana.

Es una cuestión en la que está en juego la persona y la sociedad. La
enseñanza religiosa en el ámbito escolar es decisiva para “aprender a
ser hombre”, “aprender el arte de vivir” y realizarse como persona con
sentido, libre y verdadera. Lo que se haga en este terreno contribuirá al
rearme moral de nuestra sociedad y a la humanización de la misma. Sin
esta humanización no hay progreso digno de llamarse así.

La enseñanza religiosa en la escuela ha de ofrecer el Evangelio de
Jesucristo, para que, conocido, sea aceptado y surja una humanidad
nueva hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad de ese Evangelio.
No podemos contentarnos, con ser mucho, con una mera ense-
ñanza de valores. Con ser importantísima y grande la quiebra moral de
nuestra sociedad, el peor mal que la está aquejando es la ausencia de
Dios. Desaparecido Dios del horizonte de la vida y relegado a los márgenes
de la existencia, se pierde la base donde se sustenta todo valor; y
así se origina una profunda quiebra de humanidad.

Es necesario que en la escuela, en el proceso educativo de los niños y los
jóvenes, se muestren los rasgos y las raíces de un profundo humanismo,
que tiene su fuente en Jesucristo. La alegría, la esperanza, la sencillez, la
misericordia, la generosidad, la entrega de sí mismo en el servicio a los demás, la comprensión, la no violencia, el perdón, la reconciliación, la paz,
el diálogo amistoso, el amor fraterno, la caridad evangélica, la libertad verdadera,
la austeridad, la capacidad de sacrificarse por los otros..., son todo
valores que nos enseñó y encarnó Jesucristo; quien quiera entrar en la escuela
de estos valores que entre en la escuela de Jesucristo. Y, sobre todo,
la existencia de un Dios, Padre, que nos envió como Salvador a Jesucristo,
su Hijo, y nos anima con su Espíritu.

El tipo de personalidad que alcancen los niños y los jóvenes crisitianos
dependerá en buena parte de que en la escuela se les ofrezca
y aprendan esta enseñanza. Dejemos a la escuela desnuda de todo
esto y tendremos hombres y mujeres sin cimientos suficientes para sobrevivir
esperanzadamente frente a la fuerte secularización y la cultura
materialista y hedonista de esta sociedad nuestra a la que faltan, con
frecuencia, valores fundamentales para unos comportamientos morales
dignos del hombre.

Los padres que quisisteis que fueran bautizados vuestros hijos, coherentes
con lo que hicisteis y fieles a lo que prometisteis en su día –educar
a vuestros hijos cristianamente, en la fe–, tenéis el grave deber de poner
los medios necesarios para la formación cristiana de vuestros hijos.
Hoy es muy difícil hacer una persona cristiana y moralmente cabal sin la
enseñanza religiosa en la escuela, colegio o instituto; para alcanzar hoy
la madurez cristiana, un niño y un adolescente necesitan fundir lo que
aprenden y saben de la fe con lo que aprenden y saben de la sociedad,
la historia y la naturaleza. Para lograrlo, el lugar propicio es la escuela.
Y lograrlo está importando mucho en nuestros días.

Solicitad, pues, la enseñanza de la religión y moral católica, en el próximo
curso escolar, para vuestros hijos, a los que tanto queréis. Es lo mejor que
podéis hacer en favor de ellos; además de cumplir con vuestro deber y
responsabilidad de padres. No se trata de un privilegio, ni es una mera
concesión que se os hace. Os asiste todo el derecho.

Con mis mejores deseos para vosotros y vuestros hijos, con la seguridad
de mi afecto y mi oración por todos vosotros, y mi agradecimiento
y felicitación por ser padres y educadores principales e imprescindibles
de vuestros hijos. Que Dios os bendiga a vosotros y a vuestros hijos.

Un abrazo a todos,

Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia

 
 

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