canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 22 de Marzo de 2015.

 

Celebramos la fiesta de San José en toda la Iglesia, y con un especial relieve la celebramos en Valencia. Esta fiesta no debería apartarnos del camino cuaresmal, al contrario. Porque esta figura excepcional nos lleva de la mano a lo que constituye este camino de Cuaresma. San José, sin duda, es una figura cercana y querida para el corazón del pueblo de Dios, la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia, una figura que invita a cantar incesantemente la misericordia del Señor, porque el Señor ha hecho con él obras grandes, y ha manifestado su infinita misericordia en favor de los hombres. No podemos olvidar que la figura de san José, aun permaneciendo más bien oculta y en el silencio, reviste una importancia fundamental en la historia de la salvación. A él le confió Dios la custodia de sus tesoros más preciosos: su Hijo único, venido en carne, y su Madre Santa, siempre Virgen. A él obedeció Jesucristo, el autor de nuestra salvación; en él tenemos el gran intercesor ante el Hijo de Dios, Redentor nuestro, que nació de la Virgen María, su esposa; de él aprendió a crecer en estatura, en sabiduría y gracia, a trabajar con manos de hombre; en él tenemos el ejemplo del hombre fiel y creyente, y del siervo prudente.

Son poquísimas las alusiones a san José en los Evangelios, sólo en Mateo y en Lucas; sin embargo, con una gran sobriedad, nos ofrecen los trazos que delinean esta figura singular, en la que Dios ha encontrado la docilidad total para llevar a cabo sus promesas. José, desposado con María, era del linaje de David. Así unió a Jesús a la descendencia davídica, de modo que, cumpliendo las promesas sobre el Mesías, el Hijo de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, puede llamarse verdaderamente «Hijo de David». David no verá a su sucesor prometido, «cuyo trono durará para siempre», porque este sucesor anunciado veladamente en la profecía de Natán, es Jesús. David confía en Dios. Igualmente, José confía en Dios, escucha su palabra que le llega a través del Ángel mensajero, la acoge, la obedece, se fía, cuando éste le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo». Y José «hizo lo que le dijo y le había mandado el Ángel».

Mateo dice de José, «como era un hombre justo obedeció al mandato». Ser justo es decirlo todo de José; no solo que era un hombre bueno y comprensivo; es decir, sencillamente, la reciedumbre y solidez de toda su persona que se caracteriza en su identidad más propia, hasta definirlo por vivir de la fe, como «el justo vive de la fe»; por confiar plenamente en el Señor, y, así, ser bendecido enteramente por Dios, como el árbol que crece junto a las aguas del río. El justo es el que camina en la ley del Señor y escucha sus mandatos, el que vive en la total comunión con el querer divino y realiza su verdad, el que permanece firme en la fidelidad inquebrantable de Dios, y toma parte en su misma consistencia, que es la de Dios mismo: el justo es el hombre de las bienaventuranzas bien arraigado en Dios. 

Para José, como el justo que es probado y acreditado, llega el momento de la prueba, una dura prueba para su fe y fidelidad. Prometido de María pero que, antes de vivir con ella, descubre su misteriosa maternidad y queda turbado. El evangelista Mateo subraya, precisamente, que «como era justo, no quería repudiarla y, por tanto, resolvió despedirla en secreto». En la noche, en sueños, el ángel le hizo comprender que era obra del Espíritu Santo; y José, fiándose de Dios, renunciando a sí mismo y a su criterio, a su manera de ver las cosas y a su proyecto propio, accede y coopera con el plan de la salvación: deja a Dios ser Dios, sin imponerle ningún molde o criterio humano previo, preestablecido por el hombre. Cierto que la intervención divina en su vida no podía menos que turbar su corazón, sumida en la oscuridad de la noche y de la falta de luz en esos momentos. Y es que confiarse en Dios no significa ver todo claro según nuestros criterios, no significa realizar lo que hemos proyectado; confiarse en Dios quiere decir expropiarse, es decir, vaciarse de sí mismos, renunciar a sí mismos, porque sólo quien acepta perderse por Dios puede ser "justo", con la justicia o verdad de Dios, como san José; es decir, puede conformar su propia voluntad y querer con Dios, con su designio, y así vivir y caminar en la verdad y la luz.

En la historia, José es el hombre que ha dado a Dios la mayor prueba de fidelidad y de confianza, incluso ante un anuncio tan sorprendente. En él vemos la fe de nuestro padre Abrahán, padre de los creyentes. En José encontramos a un auténtico heredero de la misma fe de Abraham; fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífico. En verdad, como dice la carta a los Hebreos acerca de Abrahán, también José «creyó contra toda esperanza». Se fió enteramente de Dios. Vemos en esa fe, la misma fe de su esposa, María, que dice: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». En esa fe, y por ella precisamente, vemos cómo está unido a su esposa para cumplir la voluntad de Dios, para hacer lo que Dios quiere, para escuchar y obedecer la Palabra de Dios, lo que Dios manda, y así cumplir el designio de Dios: «Dichoso él porque ha escuchado la palabra de Dios», la ha acogido, y la ha obedecido, sin ninguna certeza humana, solamente fiado de lo que el mensajero le ha trasmitido. Como el mismo Jesús, hecho hombre en el seno de María por obra del Espíritu Santo y confiado a la custodia de José: «Me has dado Señor un cuerpo, aquí estoy, ¡oh! Dios, para cumplir tu voluntad».

Esta grandeza de José, que es la grandeza de la fe, como la de María, resalta aún más, porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo –el de la humildad y el del ocultamiento– en su existencia terrena. Es José, como lo dibujaba San Juan Pablo II, el hombre del silencio, del «silencio de Nazaret». Es el estilo que lo caracteriza en toda su existencia: como en la noche del nacimiento de Jesús, o escuchando al anciano Simeón, o cuando Jesús es hallado en el templo y recuerda a sus padres que tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, porque sólo Dios es nuestro Padre y «toda paternidad viene de Dios». Podemos considerar a san José, bendito y dichoso, porque él fue el primero al que se le confió directamente el misterio de la encarnación, el cumplimiento de las promesas de Dios, del Dios con nosotros, Emmanuel. Y, como María, guardó este secreto escondido a los siglos y revelado en la plenitud de los tiempos. Guardó en su corazón y lo custodió: porque el "secreto" era el Hijo de María, a quien El habría de poner el nombre de Jesús, el "Salvador" de todos los hombres, Mesías y Señor. El Padre celestial ha puesto al frente de su Familia a José, servidor fiel y prudente, y le ha confiado, haciendo las veces de padre, el cuidado diario en la tierra de su único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo nuestro Señor; un cuidado realizado en la obediencia, la humildad y en el silencio. A él le cupo el honor y la gloria de criar a Jesús, esto es, de alimentar y enseñar a Jesús, de conducirle por los caminos de la vida para aprender a ser hombre, para aprender a trabajar como hombre, amar como hombre con corazón de hombre, a insertarse en una historia y una tradición concreta, aquella del Pueblo de Dios elegido y amado, educarle como hombre, e, incluso, educarle en la plegaria de aquel pueblo a rezar como hombre. ¡Qué maravilla que el Hijo de Dios se sometiese así a José y aprendiese a obedecer y a caminar en la vida del hombre junto a José!

¡Qué bien refleja todo esto aquel maravilloso cuadro de El Greco en la sacristía de la catedral de Toledo, a decir de los especialistas una de las pinturas más bellas y mejores del pintor toledano de adopción!: Jesús, niño es conducido lleno de gozo por José, que le mira atentamente con una mirada de ternura y de fe incomparables, caminando con él, de la mano de él, con esos ojos puestos en Jesús y, en el horizonte, o mejor en el cielo, recorriendo los caminos de la vida con José. ¡Qué ejemplo tan grande tenemos todos para ser servidores de los otros, para servir a Cristo, para servir silenciosamente a Cristo, que se identifica con los pobres, los enfermos, los que sufren, los desvalidos, los que están solos, . .los ancianos! Dios nos concede un guía y un protector, aliento y luz, con el estímulo sencillo y grande de san José.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 15 de Marzo de 2015.

 

Proseguimos el camino cuaresmal en el que seguimos escuchando un poderoso llamamiento a la conversión, a dirigir nuestra mirada a Jesucristo, a abrir nuestros oídos a la Palabra de Dios. Nuestra mirada está fija de hito en hito contemplando la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Contemplamos el misterio central de la fe, la obra de la salvación realizada por el Señor en su Pascua. Ahí nos encontramos con el misterio del amor desbordante de Dios. Dios nos lo ha dado todo, nos ha dado a su Hijo: ahí está la prueba de su amor.

Dios nos ha dado libremente a su Hijo: ¿Quién ha podido o puede merecer un privilegio semejante? Dios nos ha amado con infinita misericordia, sin detenerse ante la condición de grave ruptura ocasionada por el pecado en la persona humana. Se ha inclinado con benevolencia sobre nuestra enfermedad, haciendo de ella la ocasión para una nueva y más maravillosa efusión de su amor. La Iglesia no deja de proclamar este misterio de infinita bondad exaltando la libre elección divina y su deseo no de condenar, sino de admitir de nuevo al hombre a la comunión consigo. Todo es don de Dios; la vida humana es un don; toda nuestra existencia y nuestra historia está llena del don de Dios, de su amor del que nos hace participar por pura gratuidad suya, y, por eso, nuestra vida no debería dejar de estar puesta gratuitamente al servicio de los demás.

La llamada a la conversión es llamada a abrirnos y aceptar el don de Dios; aceptar a Dios mismo y dejar que su don, su amor, su misericordia configure por completo nuestras vidas. Por eso, como dice el profeta Isaías, lo que Dios quiere de nosotros, la conversión que nos reclama de cada uno es ésta: "liberar a los oprimidos; partir nuestro pan con el hambriento; hospedar a los pobres sin techo; vestir al que vemos desnudo y no cerrarnos a nuestra propia carne". Dios nos insta a convertirnos, a dejar que su amor esté en nosotros ante tantos sufrimientos, carencias y dificultades que aquejan a tantísimos y tantísimos hermanos nuestros.

"Como creyentes hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la gratuidad. Habiendo recibido gratis la vida, debemos, por nuestra parte, darla a los hermanos de manera gratuita. Y el primer don que hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. Como creyentes, hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la «gratuidad», entregándonos a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al prójimo. Amar a los hermanos, dedicarse a ellos, es una constatación de que todo lo hemos recibido gratis de Dios" (Benedicto XVI). No podemos quedarnos sordos y pasivos ante las constantes e inmensas llamadas que recibimos a dar gratis lo que gratis hemos recibido. La pobreza y las necesidades de un número cada vez más creciente de hermanos destruye la dignidad de hombres y desfigura la humanidad entera. El Evangelio de la conversión nos apremia a esto. Cuanto mayor es la necesidad de los demás, más urgente es para el creyente la tarea de servirles, de ayudarles, de darnos a ellos sin esperar nada a cambio.

El mundo valora las relaciones con los demás en función del interés y del provecho propio, dando lugar a una visión egocéntrica de la existencia en la que, demasiado a menudo, no queda lugar para los pobres y los débiles. Por el contrario, toda persona, incluso la menos dotada, ha de ser acogida y amada por sí misma, más allá de las cualidades y defectos. Más aún, cuanto mayor es la dificultad en la que se encuentra, más ha de ser objeto de nuestro amor. Éste es el amor del que la Iglesia da testimonio a través de innumerables instituciones, haciéndose cargo de enfermos, marginados, pobres y oprimidos. De este modo, los cristianos se convierten en apóstoles de esperanza y constructores de la civilización del amor" (Benedicto XVI).

Es la hora de convertirnos a Dios para vivir con sentimientos y actitudes de comprensión, en una lógica de magnanimidad y de fraternidad, de donación gratuita de cuanto somos y tenemos. Es hora de convertirnos a Dios, caridad infinita, viviendo su caridad en nosotros. Es hora de vivir la caridad evangélica, signo privilegiado de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario, "que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación. Es una situación que hoy afecta a grandes áreas de la sociedad y cubre con su sombra de muerte a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia. Quien se dedica solo a acumular tesoros en la tierra, no se enriquece en orden a Dios. No se ha de retardar el tiempo en el que el pobre Lázaro pueda sentarse junto al rico para compartir el mismo banquete, sin verse obligado a alimentarse de lo que cae de la mesa. La extrema pobreza es fuente de violencia, de rencores y escándalos. Poner remedio a esto es una obra de paz por un nuevo comportamiento que tiene en la base el de Dios mismo, dar gratis lo que hemos recibido y es don. Es necesario recordar siempre, y de manera especial en el tiempo cuaresmal de conversión, que no se debe dar un valor absoluto ni a los bienes de la tierra, porque no son Dios, ni al dominio o a la pretensión de dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece, porque todo es de Dios, todo es don gratuito de su inmensa bondad y amor.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

Domingo 8 de Marzo de 2015.

 

"El Seminario es corazón de la diócesis". Esta frase no es ciertamente una frase retórica, ni un slogan publicitario. Refleja la realidad más propia de lo que entraña el seminario. El futuro de una diócesis, en efecto, depende en gran medida del seminario diocesano, porque es, como dijera Benedicto XV, sede "de donde se difunde la vida espiritual hacia todas las venas de la Iglesia". O dicho con otras palabras: el seminario es el lugar, el tiempo, el proceso, el método, y, sobre todo, la comunidad educativa promovida por el Obispo donde se forman los sacerdotes, que, no lo olvidemos, son siempre necesarios e imprescindibles para que exista la Iglesia, "sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).

A los sacerdotes, hombres escogidos por Dios de entre los hombres, en los que se perpetúa sacramentalmente el sacerdocio de Cristo, les son conferidos, por la unción y la imposición de las manos de la ordenación sacerdotal, el poder y la facultad de que la redención salvífica se transmita a la humanidad. Sólo ellos entregan a Cristo mismo en persona por la celebración de la Eucaristía, sólo por ellos nos llega la gracia purificadora y reconciliadora del perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia. Como se ha escrito, si el sacerdocio “desapareciera, todavía podría seguir existiendo la fe, pero lentamente se extinguiría en una agonía implacable la riqueza espiritual antes existente en una comunidad determinada.

Por otra parte, finalizado el "itinerario para la renovación eclesial" en nuestra diócesis, e iniciado el nuevo "itinerario para la evangelización", en el que nos hemos embarcado la Iglesia diocesana, nuestra mirada se dirige a Jesucristo, para contemplar su rostro y seguirle. Tenemos que mirar hacia adelante, debemos “remar mar adentro”, confiando en la palabra de Cristo iNavega mar adentro!... Estos itinerarios deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: “Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62). En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. No ignorando en modo alguno, al contrario, que hay que buscar "ser" antes que "hacer", sin duda "iniciativa concreta", fundamental y empeñativa, absolutamente prioritaria, es ocuparnos de nuestro seminario como instrumento particularmente necesario para posibilitar ese "ser", o suscitar ese "dinamismo nuevo", o alentar "el renovado impulso en la vida cristiana" al que nos empuja el Espíritu en esta nueva etapa de nuestra historia. Si queremos –y ciertamente lo queremos– que nuestra Diócesis, con la primacía de la gracia, recobre un renovado vigor en el seguimiento de Jesucristo, o que se sitúe en el camino de la santidad conforme a su vocación o que se fortalezca su capacidad para el anuncio del Evangelio y apostando por la caridad, sea testimonio vivo de Dios amor y se proyecte hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano, si queremos esto es preciso que nuestro seminario sea lo primero y vaya delante de la comunidad diocesana en el proyecto pastoral.

En este "Día del Seminario", que celebraremos el día 8 de marzo, no puedo dejar de compartir con todos vosotros mi gran preocupación y dolor por el reducido número –aunque sea mayor que en gran parte de las diócesis españolas– de quienes piden el ingreso en nuestro seminario diocesano. Si a esto se añade que la edad media del Clero de la Diócesis se hace cada vez más avanzada y de que crece la amplitud de nuevas necesidades pastorales que atender, sobre todo en la atención a los Jóvenes, hay motivos más que sobrados para inquietarse seriamente.

Me vais a permitir que me exprese con toda sinceridad. Creo, como me decía un viejo amigo, que fue Obispo, que "a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ofrece, hoy por hoy, bastantes espacios de libertad, sana diversión, desarrollo cultural y religioso para que pueda nacer y mantenerse entre ellos una vocación de servicio al hombre y a la comunidad asumida justamente como vocación al sacerdocio. Una sociedad cuyos adultos tienen por valores los más altos el dinero, la comodidad y los goces de la posesión y el consumo difícilmente puede esperar que en su seno surjan vocaciones al sacerdocio. Muchos jóvenes y adolescentes acusan, desde los años tempranos de la niñez, el conflicto inducido en lo más profundo de sus almas por la vida dividida de las familias, que profesan la fe católica y la practican, pero llevan una vida cuyos criterios, fuentes de inspiración y modelos nada tienen que ver con el Evangelio. Este conflicto es de suyo mortal para el nacimiento y mantenimiento de la vocación sacerdotal y aun para la misma fe cristiana y adhesión a la Iglesia". Claro está, esa situación real reclama de nuestra diócesis el que con verdadera decisión y valentía, con creatividad y convicción, nos aprestemos a crear espacios para los jóvenes donde pueda surgir la vocación, que trabajemos con ellos sin ningún temor, y que, al mismo tiempo, nos centremos en una pastoral familiar de la que, a pesar de todos los buenos deseos, necesitamos potenciar y fortalecer.

Por otra parte, creo que estaremos de acuerdo, en general, detrás de casi todas las vocaciones sacerdotales, en el origen de aquellos que han hecho el eje de su vida el ministerio sacerdotal, de ordinario, ha habido un sacerdote que los invitó explícitamente a seguir este camino y, de alguna manera, se les ofreció como modelo que merecía la pena asumir para la propia vida. Con esto quiero decir que es preciso que los sacerdotes invitemos y llamemos explícitamente, de manera personal, en trato de tú a tú, a seguir el camino del sacerdocio. Los sacerdotes, en un trato personal que hemos de fomentar sin temor con los Jóvenes, debemos hablar de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y de una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana; así mismo, en ese trato amistoso, llamémosle diálogo pastoral o acompañamiento personal o dirección espiritual, debemos proponer de modo explícito y firme la vocación al sacerdocio como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y cualidades para ello.
Todos, en la diócesis, estamos implicados en esta urgencia. Y, entre otras muchas cosas que se puedan llevar a cabo, hay una que está en las manos de todos, y que todos podemos y debemos hacer: orar por las vocaciones. No olvidemos jamás que la llamada y la respuesta misma son siempre don de Dios, y hay que implorarlo de quien es el dador de todo don y dádiva que procede del cielo. No dejemos de orar, al menos, en todas y cada una de las Eucaristías que se celebren en nuestra diócesis.

Ayudemos al Seminario, no escatimemos nada para él. Así os lo pido, hincándome de rodillas ante todos, y así lo espero de todos y cada uno de los fieles de la Iglesia que peregrina en Valencia.



+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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