canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

domingo 23 de noviembre de 2014.

 

Jesucristo es rey Señor, muestra su realeza y hace presente en medio de nosotros su reino –Reino de la verdad y de la gracia, Reino de la paz y de la justicia, Reino del amor, Reino de Dios que es Amor– rebajándose, despojándose de su rango, tomando la condición de esclavo, haciéndose pequeño y ocultándose, como en la Encarnación, identificándose con los últimos, con los pobres, con los necesitados del amor y de la misericordia, obedeciendo al Padre, ofreciéndose en oblación, hasta la muerte y una muerte de cruz. Jesucristo reina desde el madero de la cruz, perdonando, ofreciendo salvación al que la pide y la busca, dando su vida, sirviendo, amando a los hombres hasta el extremo. Ahí, en la Cruz, está toda la verdad, de la que Cristo es el fiel testigo: la verdad de cómo Dios ama sin límite a los hombres, y la verdad del hombre, tan engrandecido y exaltado que de esta manera ha sido y es amado por Dios. Esto acontece en el misterio eucarístico, se hace realmente presente y permanece. El Reino de Dios es Cristo, la Eucaristía misma.

Contemplamos y vemos ese reino en el rostro de Cristo, en la persona de Cristo, en el misterio eucarístico; al contemplarlo y gustarlo en sus sufrimientos y muerte, en el misterio eucarístico, podemos reconocer –lo reconocemos y proclamamos– de manera clara y sin complejos el amor sin límites de Dios por nosotros: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna": Es la carne de Cristo, que se entrega por nosotros. El amor de Dios, su Reino, ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz, en ese amor con que ahí nos ama sin límites. Ahí tenemos a nuestro Dios, Dios único y universal: Señor crucificado, identificado con los que sufren tanto, no espectador de las humillaciones, escarnios, privaciones, injusticias y pobrezas, sino sufriéndolas en su propia carne, que es también la nuestra.

La proclamación de Jesucristo Rey, el ¡Viva Cristo Rey! que brota de lo más hondo y mejor de nuestro corazón, ese grito, que es plegaria y confesión de fe, que estuvo en los labios de tantos mártires, que fue consuelo ante destrucción de vidas, que fue testimonio de que Dios es Dios, es Amor, es misericordia, esa proclamación no es un gesto devocional ni un grito en el vacío, es el gesto que expresa nuestra entrega al Señor. Es contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana, es núcleo de la experiencia cristiana, es motor de la vida cristiana como testimonio de Dios vivo, Dios que es amor y misericordia, redención y salvación, gloria y llamada a dejarse transformar por Dios y su infinita bondad para con nosotros, haciendo del amor la seña de identidad y el móvil de nuestras vidas en todo, anticipo de gloria donde sólo reinará el amor, Dios que es Amor.

Esta fiesta debe ayudarnos a recordar y vivir incesantemente que Él ha cargado voluntariamente con el sufrimiento de los hombres, por los hombres, y se ha identificado con los que sufren. Con esta fiesta, y la correspondiente adoración, no sólo reconocemos, pues, con gratitud el amor de Dios sino que seguimos abriéndonos a este amor, de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él; acogemos el amor de Dios, nos acogemos a Él, para amar con ese amor que hemos recibido, y comunicarlo a los demás.

Quien acepta el amor de Dios interiormente queda plasmado por él. El amor de Dios experimentado es vivido por el hombre como una "llamada" a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que "tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades", nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás; nos abre a la misericordia, para vivir desde ella y haciéndola realidad viva en las obras de misericordia, caridad y amor. La experiencia del amor del Rey y Señor Jesús nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás: "En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hombres".

A la luz de esto, nos adentramos más y más en la página del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo y, "ateniéndonos a las indiscutibles palabras de este Evangelio", conocemos y vemos que "en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo de amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena, atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales". Este Evangelio es una página de Cristología (S. Juan Pablo II).

Es la hora de la caridad a la que nos impulsa la fiesta de Cristo Rey, para que estemos atentos a las nuevas pobrezas de nuestro momento, para que ayudemos a sanar la enfermedad que aflige hoy a la humanidad, y atendamos a la pobreza más honda que es el no tener a Dios, la indigencia de Dios, el pretender edificar nuestro mundo sin Dios, en la soledad de nuestras fuerzas. Con esta fiesta nos entreguemos del todo al Señor, con el amor de nuestro corazón, con una confianza incondicional porque Él es Amor, reconociéndole en aquellos con los que se identifica –pobres, hambrientos...–. Dios nos abre un gran futuro y nos entrega el don de la esperanza que se vive en la caridad.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 


canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

 

Queridos diocesanos: Los cristianos no formamos parte de la Iglesia universal al margen de la Iglesia particular. La Iglesia universal se realiza, de hecho, en todas y cada una de las Iglesias particulares que viven en la comunidad apostólica y católica. El hecho de vivir en otras instituciones eclesiales surgidas al hilo de la historia, por la acción del Espíritu, no dispensa del esfuerzo de integrarnos en la Iglesia particular constituyente del mismo ser de la Iglesia.

El Día de la Iglesia diocesana debería contribuir a fortalecer la conciencia de que somos Iglesia de Dios en Valencia, presencia y manifestación de la Iglesia universal entre nosotros, llamada a trasparentar y hacer presente, en obras y palabras, el amor y la gracia de Dios, que quiere la salvación de todos y la vida para todos, que ha enviado a su Hijo para buscar lo que estaba perdido, que se ha acercado al hombre malherido y maltrecho, despojado en el camino de la vida, para curarlo y devolverle su dignidad y su verdad de hijo.

Necesitamos avivar constantemente el sentido de Iglesia diocesana. Suscitemos el amor a la Iglesia diocesana: el amor filial que le debemos a nuestra santa Madre, la Iglesia católica, se ha de concretar en nuestro amor a esta Iglesia que peregrina en Valencia. Recuperemos y fortalezcamos, pues, el sentido de Iglesia diocesana, presidida por el Obispo, que nos vincula a la Iglesia de todos los tiempos y lugares, que nos une a los mismos Apóstoles. Esto nos conducirá a un renovado vigor, y hará renacer en nosotros el gozo y la esperanza para proclamar la Buena Noticia de Jesucristo en todo lo que somos, creemos, celebramos, hacemos y decimos. 

Este sentido y amor a la Iglesia diocesana ha de traducirse en formas concretas de colaboración apostólica, de comunicación cristiana de bienes, de corresponsabilidad, de coordinación de esfuerzos, de manifestación, en suma, de la comunión eclesial que nos anima. No podemos olvidar que la participación en la misión de la Iglesia de Cristo, encuentra su primera y necesaria expresión en la vida y misión de la Iglesia particular diocesana.

Cada uno, pues, de los fieles que integramos la diócesis de Valencia hemos de ofrecer generosamente y con sencillez nuestra aportación personal. Colaboremos activamente cada uno, conforme a sus posibilidades –no menos– en la vida y misión de nuestra querida Iglesia diocesana. Que ninguno crea que no puede aportar nada a la obra evangelizadora y apostólica de la Iglesia. Todos podemos colaborar por humilde que sea nuestra colaboración y por escasas que sean nuestras fuerzas. La debilidad y la escasez se convierten en fortaleza y riqueza cuando uno aporta lo que puede y lo une a la aportación de los demás.

Colaboremos también con nuestra ayuda económica, para que podamos realizar mejor nuestros proyectos pastorales y podamos atender mejor a las necesidades de tantos hermanos que están solicitando nuestra ayuda: los pobres, hijos predilectos de la Iglesia, hijos predilectos de Dios. Sé de vuestra generosidad probada y, por ello, os alabo y os expreso mi agradecimiento; y confío que esta generosidad se acrecentará de día en día. Nuestra diócesis no es pobre en recursos –otras son mucho más pobres–; sin embargo, son muchas las necesidades en edificación o restauración de templos, en instalaciones adecuadas para la catequesis y actividades pastorales, en la atención debida a los servicios diocesanos, en el servicio que debemos a los sacerdotes jubilados, en la ayuda al seminario...; y, sobre todo, son muy grandes, vosotros lo sabéis, las necesidades de los más pobres y desvalidos, a los que el Señor pide que amemos más. 

Ante esta celebración del día de la Iglesia diocesana, como hijos que aman a su madre, avivemos nuestra conciencia y preocupémonos cada vez más de las necesidades de esta Iglesia a la que tenemos obligación de atender. No olvidemos que estamos llamados a sostener nosotros a la Iglesia y que hemos de dar pasos decididos para que la Iglesia esté en condiciones de atender y subvenir a sus propias necesidades. No puedo menos que recordar aquí las palabras de san Pablo a los fieles de Corinto: "...y como sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en la generosidad" (2 Cor 8,7).

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, Nuestra Señora de los Desamparados, y que nuestros santos patronos protejan a esta Iglesia diocesana; les encomendamos el éxito y el fruto del próximo día de la Iglesia diocesana. Que Dios os bendiga a todos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

canizareslloveraantonio2Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia 

 

 Vivimos momentos cruciales. Sin duda, son muchas las realidades, grandes las necesidades y abundantes los problemas que reclaman la solicitud atenta de la Iglesia. Pero en este momento actual de la historia, el más hondo, vasto y auténtico problema es que “Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos” (Benedicto XVI). Se palpan innumerables signos de cómo hoy nuestro mundo se está alejando de Dios y vive como si Dios no existiese, aunque Dios no se aleje de él e, incluso, hasta tal vez le esté aún más cercano porque necesita más de su misericordia.

Podríamos enumerar múltiples realidades y situaciones en las que hoy se está jugando la suerte del hombre y su futuro; no es difícil señalarlas. Detrás de muchas de ellas, sin duda graves, se encuentra el olvido de Dios, la ausencia de Dios, el caminar en dirección opuesta a Él y a su voluntad. No faltan, incluso, por desgracia para la humanidad, proyectos sociales, globales, para los que Dios debería desaparecer de la esfera social y de la conciencia de los hombres, o reducirlo a la esfera privada. Buena parte de este olvido de Dios lo refleja el laicismo sociológico, reinante, al menos, en Occidente y con tendencia a extenderse al resto del mundo, en el que Dios no cuenta y conduce a vivir como si Dios no existiera; no faltan tampoco quienes consideran que la afirmación de Dios, de Dios único, es fuente de división, exclusión y enfrentamiento. Este olvido de Dios se manifiesta así mismo en una amplia y honda secularización de nuestro mundo, y también en la secularización interna de la Iglesia –la más grave– , o en la apostasía silenciosa de Europa, o la falta de esperanza, sobre todo entre sectores jóvenes. 

Todo ello refleja la pérdida o debilidad del sentido de Dios, la fragilidad con que se vive la experiencia de Dios y la debilidad para vivir la dimensión pública de la fe. En todo ello está la clave de lo que nos sucede: esto conduce a la destrucción del hombre y aboca a una humanidad sin futuro. Lo que, como consecuencia de esto, está en juego es el hombre.

Por eso, “la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo, en Jesucristo crucificado y resucitado. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios revelado en la Biblia, el que hemos visto y palpado en el rostro humano, en la humanidad de su Hijo único, ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo” (Benedicto XVI). 

Ahí radica tanto el impulso urgente y decidido de una nueva evangelización para la transmisión de la fe, como poner en el centro y en la base de la Iglesia y de su actuación la Palabra de Dios y la Liturgia: la Eucaristía, la oración y la adoración. Pocos hablan de adoración en el centro del futuro de la Iglesia y del servicio de ésta a la humanidad. ¡Y depende tanto de ella! Mucho, en efecto, depende de recuperar y vivir la adoración, sobre todo de la Eucaristía, en lo más nuclear de la Iglesia. 

Urge reavivar por doquier el verdadero sentido de la adoración, profundizar y difundir la verdadera renovación litúrgica querida por el Vaticano II, que está empapada del sentido de la adoración; apremia reavivar en las conciencias la necesidad imperiosa de la adoración, de la Liturgia, de la Eucaristía como adoración y para adorarla, si queremos una Iglesia con vida, santa en sus miembros, con capacidad evangelizadora. Si queremos una Iglesia conforme pide “Gaudium et Spes”, es preciso poner en la base “Sacrosanctum Concilium”, como hizo el Concilio Vaticano II. Es necesario dar un nuevo impulso a lo que constituye lo más genuino de la adoración eucarística, tan dentro de la renovación litúrgica conciliar, darlo a conocer, interiorizarlo y aplicarlo fielmente, impulsar un gran movimiento de formación litúrgica, para celebrar bien y para participar adecuadamente en la celebración, haciendo de ella un verdadero acto de adoración, que se prolonga en la adoración eucarística fuera de la Misa.

En todo caso, en estos momentos cruciales, nos vendría muy bien recordar aquellas palabras de la Carta a los Hebreos: “corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia … y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Heb 12,1-3). No nos cansemos de dar razón de nuestra esperanza, que es Cristo, “que tiene palabras de Vida eterna” (Jn 6,68),

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

 
 

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