canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 20 de enero de 2019 

Hermanos y hermanas en el Señor: Tengo la alegría de comunicar a toda la Diócesis de Valencia que he decidido ordenar nuevos diáconos permanentes el día 19, sábado, de este mes de enero en la Catedral; serán ordenados 8 diáconos: sin duda alguna y con toda certeza es una gracia de la que la Diócesis no puede privarse por más tiempo. Por diversas circunstancias de prudencia pastoral, justificadas, durante varios años se había interrumpido la ordenación de diáconos permanentes entre nosotros. Ahora, creo llegado el tiempo favorable y oportuno, gracias a Dios, de reanudar estas ordenaciones. He tomado esta decisión, tras las consultas pertinentes y a la luz de la buena experiencia que durante años tenemos del diaconado permanente desde su instauración en nuestra diócesis, y, sobre todo, atendiendo a la voz de Dios que llega de manera diversa, atendiendo también al bien de la Iglesia que se ve enriquecida con este don de este Sacramento del Orden en el grado del Diaconado, y escuchando, además, la constante petición del Ordo de los diáconos, es decir, de los propios diáconos permanentes y de los aspirantes a serlo.

Como sabéis, y os lo recuerdo, en conformidad con la Tradición Apostólica, atestiguada en el Nuevo Testamento, por los Padres y por los Concilios de los cuatro primeros siglos, desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia latina ha restablecido el diaconado como “un grado propio y permanente de la jerarquía” (LG 29; AG 16). El Papa Pablo VI, con la carta apostólica Sacrum Diaconatus Ordinem (18-6-1967), estableció las reglas generales para la restauración del diaconado permanente en la Iglesia latina; posteriormente, con la carta apostólica Ad pascendum (15-8-1972), precisó las condiciones para la admisión y la ordenación de los candidatos al diaconado. Los elementos esenciales de esta normativa fueron recogidos entre las normas del vigente Código de Derecho Canónico.

Las Congregaciones para la Educación Católica y para el Clero publicaron el 22 de febrero de 1998 las Normas básicas para la formación de los diáconos permanentes y el Directorio para el ministerio y vida de los diáconos permanentes, que han de servir a todas las Iglesias Particulares para la preparación de los candidatos a este sagrado Orden y para su vida y ministerio. La Conferencia Episcopal Española, por su parte, en el ejercicio de sus competencias aprobó unas Nomas prácticas para la instauración del Diaconado Permanente en España, ratificadas por la Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino el 29 de abril de 1978, y el 2 de febrero de 1982, que han servido de pauta a los ya numerosos Obispos que en España, entre otros, el Arzobispo de Valencia, siguiendo orientaciones del Concilio Vaticano II y deseando restablecer la vigencia de la antigua Tradición de la Iglesia, han restaurado el ministerio ordenado del diaconado como grado permanente de la jerarquía.

La misma Conferencia, con el objeto de adecuar las orientaciones mencionadas de la Santa Sede sobre ministerio, vida y preparación de los diáconos permanentes, aprobó en su LXXIII Asamblea Plenaria de noviembre de 1999, unas Normas básicas para la Formación de los Diáconos Permanentes en las diócesis españolas. Y nuestra diócesis de Valencia, atenta a “la voz que el Espíritu Santo dirige a las Iglesias” y a la experiencia acumulada a lo largo de varios decenios en otras iglesias particulares, reconoce que el diaconado permanente es un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia, y por eso, viendo su conveniencia eclesial diocesana, aprobó, oído el Consejo Presbiteral (9 de febrero de 2000) y el Consejo diocesano de Pastoral (2 de diciembre, 2000) la instauración de este ministerio en nuestra Iglesia, siendo ordenados los primeros diáconos permanentes en 2013. 

No se trata de ninguna arbitrariedad ni de ninguna inercia, o que en otras diócesis ya lo tienen. Es una conveniencia grande y un bien para nuestra diócesis. No se trata de una mera suplencia, ni de la promoción de algunos laicos, ni de una mera ayuda, o asistencia a sacerdotes. Los diáconos, como ministros ordenados, tienen una misión propia en la Iglesia que la enriquece en su dimensión sacramental. Los diáconos deben ser vistos y acogidos como lo que son: “diáconos”, con todo lo que ello, su ministerio, significa.

Por ello, os recuerdo a todos, especialmente a los diáconos permanentes, a los que vayan a serlo pronto y a los que soliciten seguir el itinerario de formación para pertenecer a este Orden, conforme a la normativa eclesial, las siguientes reflexiones sobre los diáconos que pueden ser útiles a todos y sirvan para descubrir la importancia y el valor del diaconado en la Iglesia. 

Reflexiones sobre el ser diáconos

Los diáconos permanentes, por pura gracia, son llamados y elegidos para el Orden de los Diáconos, asimilándose sacramentalmente a Jesucristo que está en medio de nosotros como el que sirve: que ha sido entregado por el Padre para que todos tengan vida eterna. Él es la trasparencia del amor de Dios: Los diáconos son ordenados para ser con el auxilio de la gracia trasparencia del rostro misericordioso de Jesús, el único que salva. Habrán de reflejar los mismos sentimientos de Jesús dando siempre testimonio de una inmensa y sincera caridad pastoral: “Tanto amó Dios al mundo, que envió su Hijo al mundo, no para condenar, sino para que el mundo se salve. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. La misión de los diáconos es de salvación como Jesucristo, el único Nombre que se nos ha dado para ser salvos, el único mediador entre Dios y los hombres”.

Deben vivir siempre con la misma preocupación del Señor: salvar al hombre. Su ministerio quedaría vacío de contenido, si en el trato pastoral con los hombres, olvidasen la dimensión salvífica cristiana. Su ministerio no se trata de una mera función de simple ayuda humana, social o psicológica.

Son enviados con el mayor de los servicios que pueden prestar a los hombres: anunciarles que son queridos por Dios, enseñarles que Dios les ama infinitamente y que les espera, hacerles descubrir su vocación de hijos de Dios, despertarles su ansia de vida eterna. Son ordenados como ministros de la Palabra, servidores del Evangelio de Jesucristo, proclamadores en obras y palabras de la Buena Nueva que salva. Esto es lo que esperan los fieles de los diáconos: que sean auténticos ministros de la Palabra. Su predicación habrá de inspirarse siempre en la Palabra de Dios, transmitida por la Tradición y propuesta autorizadamente por el Magisterio de la Iglesia. Han de hablar con valentía, predicar con fe profunda, alentando siempre a la esperanza, como testigos del Señor Resucitado. No se consideren maestros al margen de Cristo, inseparable de su Iglesia, sino testigos y servidores: Han de procurar por todos los medios creer lo que lean, enseñar lo que crean y practicar lo que enseñen.

Ordenado para la evangelización, no pueden aceptar como normal e irremediable una situación en la que la Iglesia en lugar de ganar nuevos miembros corre el riesgo de ir reduciéndose poco a poco a una pequeña minoría sin relevancia apenas ni influencia social. Semejante postura encubriría una negación de la necesidad de la fe para la salvación y cultiva un optimismo casi pelagiano al valorar la autosuficiencia de la razón humana y de los recursos naturales del hombre. Han de llevar a su ánimo la responsabilidad de la difusión de la salvación de Dios en las generaciones futuras.
Los diáconos, en resumen, contribuyen a la misión de la Iglesia “como ministros del altar, proclaman el Evangelio, preparan el sacrificio y reparten a los fieles el Cuerpo y la Sangre del Señor. Además, enviados por el Obispo, exhortan tanto a los creyentes como a los no creyentes, a los fieles como a los infieles, enseñándoles la doctrina sana; presiden las oraciones, administran el bautismo, asisten y bendicen el matrimonio, llevan el viático a los moribundos y presiden los ritos exequiales. Consagrados por la imposición de manos que ha sido heredada de los Apóstoles, y vinculados al servicio del altar, ejercitan el ministerio de la caridad en nombre del Obispo o del párroco. Con el auxilio de Dios trabajan de tal modo que en ellos reconozcamos a los verdaderos discípulos de Aquel que no vino a ser servido sino a servir” (Cf. Ritual, n.14).

En su servicio, incorporados al orden de los diáconos, como testigos del amor de Dios y de la salvación que en Él se nos ofrece, y asimismo en su servicio, como expresión del amor con que han de amar a Jesús, al igual que Pedro y en comunión con él, tomarán parte con diligencia en los duros trabajos del Evangelio, obedeciendo a Dios, antes que a los hombres, y no callarán en modo alguno ni dejarán de enseñar en nombre de Jesucristo, a quien los hombres han rechazado, colgándolo de un madero, y que sin embargo, como el Cordero degollado, ha sido digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.

Desde ese mismo amor que los identifica con Jesucristo y a semejanza de Él, siervo de Dios y por eso servidor de los hombres, que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para que con su pobreza nos hagamos ricos, los diáconos también habrán de mostrar este rostro de Cristo sirviendo a los pobres, mostrando su solicitud por los más desheredados y desvalidos, desde el servicio radical y gozoso en obediencia plena a Dios. Harán realidad, expresamente manifestada en su ministerio, lo que el Evangelio nos pide a todos, a la Iglesia entera, entregar los bienes a los pobres a fin de ser recibidos por Dios en su Casa eterna. Mostrarán el rostro de una Iglesia apacentada por Pedro, confirmada en la fe y en la caridad por él, una Iglesia servidora, cuyos bienes son para los pobres, de una Iglesia que testifica en obras concretas entre los hombres que, a la hora de la muerte, falla el dinero y sólo queda el Amor, sólo queda Dios, sólo basta Dios. No deben olvidar nunca que este servicio exigirá de ellos la defensa arriesgada de los indefensos, la denuncia de la explotación de los débiles, la condena de la injusticia de los que oprimen. No habrán de cerrar sus oídos ante la llamada de los que están pidiendo ayuda. ¡Son tantas las ayudas que piden nuestro acercamiento servicial! Son llamados a servir con obras y palabras.
Habrán de tener presente aquella visión de Pablo en una noche “se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba «Ven a Macedonia y ayúdanos»” (Hch 16, 9). También hoy desde nuestro mundo, desde los hombres y mujeres de nuestro tiempo sumidos en la noche del ateísmo colectivo nos llega una voz poderosa que pide ayuda, un poderoso llamamiento a ser evangelizados, que no podemos dejar de escuchar y atender.

Necesitado de muchas cosas, nuestro mundo de nada está tan falto como de Dios. Un mundo sin Dios es un mundo pobre, un mundo angosto. En esta situación, y ante tal carencia fundamental, la Iglesia debe mostrar su compasión, y hacer, en consecuencia, del anuncio del Dios vivo el centro de su servicio a los hombres. Sería paradójico que la Iglesia, llamada a servir a los hombres y a socorrer sus carencias, no estuviese atenta suficientemente a esta indigencia primera del hombre. Los diáconos que son rostro sacramental de esta Iglesia servidora, habrán de tener una especial solicitud de los que necesitan ser evangelizados, mostrando que Dios es Dios.

En las circunstancias que vivimos, la Iglesia, los diáconos, los cristianos todos, nos sentimos urgidos a ofrecer con sencillez y gozo, confianza y libertad en el Señor, lo que constituye el gran camino de salvación que Dios ha preparado y entregado a todos: Jesucristo, Verdad y Vida. Ante la quiebra de humanidad que padecemos, ante la demanda de ayuda por parte del mundo contemporáneo que solicita nuestra presencia, la Iglesia no tiene otra respuesta que ofrecer, con respeto y libertad, a los hombres y mujeres de hoy, particularmente a las jóvenes generaciones, que la respuesta de Pedro a quien le tendía la mano “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” (Hch 3, 6). Que es tanto como decir: toda la riqueza de la Iglesia es Jesucristo y la vida que El hace posible entre los hombres.
Sólo Jesucristo es la Vida y al margen de Jesucristo no tenemos sino muerte. Solo Él es el Camino y al margen de Él andamos desorientados y perdidos. Solo Él es la Verdad que nos hace libres y la luz que alumbra a todo hombre, y fuera de Él no encontramos sino oscuridad y carencia de libertad. Este es nuestro mejor servicio a los hombres y nuestra más valiosa aportación a la sociedad: hacer posible a todos el encuentro con Jesucristo. La Iglesia y los cristianos no tenemos otra palabra que ésta, Jesucristo. Pero ésta no la podemos olvidar; no la queremos silenciar; no la dejaremos morir. No podemos ni debemos callar a Jesucristo; no tenemos derecho a ocultarlo. No nos pertenece. Es de todos y para todos. Los hombres tienen derecho a Él. Nos lo están pidiendo. Debemos confesar su nombre Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el que revela al Dios invisible, el primogénito de toda criatura, fundamento de todo, maestro de humanidad. Él es nuestro Redentor.

Las gentes, los jóvenes, los ancianos, los pobres, los niños, todos piden la ayuda de conocer a Jesucristo, la riqueza de su misterio, dentro del cual creemos que toda la humanidad, maltrecha y malherida, puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida, de la muerte, de la verdad. Por eso la Iglesia mantiene vivo su empuje misionero e incluso se siente urgida a intensificarlo en un momento como el nuestro.

No será posible afrontar esta tarea si los cristianos, las comunidades cristianas, muy particularmente los diáconos, en comunión con la Iglesia presidida y apacentada por Pedro, no vivimos gozosa e intensamente la fe y la vida del Evangelio de tal manera que se haga visible en nosotros y en nuestras obras la fuerza transformadora del Evangelio de Jesucristo, esto es, su poder de conversión de nuestra vidas que pasan de la negación o del miedo a manifestarse, a la explicitación del amor y a su testimonio público en medio de los hombres, como sucede en Pedro. No será posible el anuncio y la Buena Noticia de la que somos testigos si no mostramos su desbordante capacidad renovadora y liberadora, su firme y permanente vigor para fecundar todas las esferas de la vida.

Los diáconos no deben olvidar en ningún momento lo que nos dice el Señor: “El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar”. Los diáconos son llamados a presencializar sacramentalmente una vida de servidores. Y a un servidor lo que se le pide es que sea fiel. Pues bien, la fidelidad de los grandes momentos se forja, ensaya y demuestra en la fidelidad de las pequeñas circunstancias. La fidelidad a lo grande se prueba antes en la fidelidad a lo pequeño. Ojalá tengan esto presente y no lo olviden, no lo olvidemos, nunca.

Los diáconos han de ser libres, con la libertad de los hijos de Dios. Dios es el único que merece y puede ser servido, Él es el único Dios, no hay otro. Es el centro de la vida, origen, guía y meta de todo lo creado. Quien sirve a Dios no es esclavo de nadie ni de nada; es libre. Pero cuando entre Dios y el hombre se meten otros ídolos, perdemos la libertad y caemos en la miseria. Por ello es necesario que los diáconos intensifiquen la vida de fe, la vida interior, la contemplación y la adoración a Dios, la obediencia y la confianza incondicionada en Él. Habrán de perseverar en la plegaria, y por eso se les entrega la Liturgia que habrán de seguir todos los días fielmente. Desde aquí, con palabras del Ritual de ordenación, pido a los diáconos: Entregaos, cada día con mayor empeño, a la oración y a la escucha de la Palabra. Convertid en fe viva lo que escuchéis, lo que leáis y contempléis de la Palabra, y lo que hayáis hecho fe viva, enseñadlo; cumplid lo que habéis enseñado. Así gozareis de aquella promesa que el Dueño dirige a sus siervos: Entra en el gozo de tu Señor.

Por el ministerio que reciben los diáconos, están vinculados al altar de la Eucaristía. En la Eucaristía, que nos hace ser Iglesia, tenemos la prueba máxima del servicio de Cristo que ha entregado su vida por nosotros, como el Siervo fiel del Padre: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. Precediendo a la Cena, cuyo memorial celebramos en la Eucaristía, Jesús se arrodilló ante los discípulos, como siervo les lavó los pies, y nos dejó el encargo de que nosotros hiciésemos lo mismo. En la Eucaristía se nos da a Aquel en el que vemos cuánto ha amado Dios al mundo, a Aquel que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos. Al participar de la Eucaristía nos incorporarnos al mismo Cristo, para como El ser servidor de todos.
Finalmente, hablando de los diáconos, no podemos dejar de tener presente a la Santísima Virgen María, modelo de todos, y en particular de los diáconos. Que la Virgen María, esclava del Señor y fiel servidora, acompañe, bendiga y ayude a ser fieles en su ministerio a los diáconos permanentes y a toda la diócesis nos haga comprender, valorar y acoger la gran misión y tarea de los diáconos en la Iglesia. Ruego a todos los sacerdotes que reciban y acojan a los diáconos permanentes como lo que son, y que les ayuden a ejercer en verdad su ministerio tan rico y sugerente. Ruego a toda la diócesis que ore por los que van a ser ordenados diáconos permanentes el próximo sábado, día 19. Y demos gracias a Dios por el don que nos hace a nuestra diócesis de Valencia.
Con mi gratitud y mi bendición para todos

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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