canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 23 de diciembre de 2018 

No es otra la clave de la Navidad, ni otra la sustancia y raíz de las celebraciones de estos días que la encarnación de Dios, o sea, su condescendencia extrema con el hombre perdido y desgraciado, amenazado y sufriente; y el origen de esta condescendencia tan extraña es el amor de Dios al hombre. Dios se ha apasionado por el hombre, por todos y por cada uno en concreto, y se ha volcado por entero y sin reserva en favor del hombre, de cada uno de los hombres, para que sea engrandecido, para que tenga la dignidad inviolable de ser hijo querido por Dios, para que encuentre el perdón de sus pecados y goce de la infinita misericordia y de la paz estable y duradera, para que camine en esperanza y conozca la verdad que nos hace libres. Aunque le parezca extraño y le repugne a la “sabiduría” de los “sabios y entendidos” de este mundo, Dios no abandona al hombre en su miseria, asume esa miseria y debilidad. Sin vuelta atrás: Es Dios-con-nosotros.

Ya podemos empeñarnos en ir contra el hombre, en establecer violencia y mentira, en cercenar libertad y eliminar la vida en cualquiera de sus fases, ya podemos empeñarnos en destruir el amor verdadero o en romper la familia, ya podemos pisotear al hombre y su dignidad, ya podemos seguir empeñados en la venganza, el odio o la guerra, y en no admitir la misericordia y el perdón, ya podemos intentar olvidarnos del hermano y cerrarnos en nuestra propia carne o seguir haciendo prevalecer el egoísmo y los intereses propios, ya podemos ir de tantas maneras en contra del hombre negando sus derechos fundamentales o sometiéndolo a los poderes injustos, ya podemos empeñarnos en vaciar al hombre, sumirlo en un nihilismo destructor o en el abismo del sinsentido, ya podemos hacer lo que sea de miles maneras y modos que conculquen o amenacen al hombre en su dignidad, que, a pesar de todo y por lo que ha acontecido una vez por todas hace más de dos mil años en Belén, Dios seguirá para siempre y eternamente apostando por el hombre. Esta es la gran verdad de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Ahí está su omnipotencia, la omnipotencia de su amor, de su condescendencia, de su misericordia, de su rebajamiento hasta esta criatura frágil de un niño. Ahí está su poder: en ese Niño, inerme, que llora al nacer, inocente, frágil, que se está dando todo y se anonada por nosotros, los hombres. Ahí está la paz que Él nos trae y es obra suya.

El poder de Dios es distinto del de los poderosos del mundo. El modo de actuar de Dios es distinto de como nosotros lo imaginamos y de cómo querríamos imponerlo también a Él. Dios en este mundo no entra en concurrencia con las formas terrenas de poder. No contrapone sus divisiones a otras divisiones, sus ejércitos a otros ejércitos. Él contrapone al poder ruidoso y prepotente de este mundo el poder inerme y silencioso del amor, que en el Niño de Belén se rebaja y aparentemente fracasa, pero que constituye algo enteramente nuevo que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios, Reino de amor y de vida, reino de gracia y verdad, reino de justicia y de paz. Dios es distinto y así lo reconocemos en la Navidad. Esto significa que nosotros mismos deberíamos ser distintos, y se nos da el poder ser distintos; deberíamos asumir el estilo de Dios, y se nos da la posibilidad de vivir con ese estilo, que no es otro que el del amor; deberíamos, y se nos concede la posibilidad, ejercer el poder al modo de Dios, amando y sirviendo, y llegar a ser hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia, del amor. Este es el verdadero mensaje de la Navidad, el gozoso y esperanzador mensaje que el mundo, también el de hoy, y si cabe más el de hoy, siempre necesita.

En estos momentos, aquí en España, necesitamos celebrar esta Navidad que trae el perdón y la paz con aquellas actitudes que hicieron posible la “transición” pacífica: perdón, reconciliación, paz, convivencia, unidad, fueron los grandes valores que la Iglesia, fiel a la Encarnación y al Nacimiento de Jesús, proclamó y que la mayoría de los españoles en general vivieron intensamente. En estos momentos y ante la inminencia de la Navidad y su continuación se nos invita a procurar con todas nuestras fuerzas que no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados. Una sociedad, la española, la nuestra, la de todos, que parecía haber encontrado el camino de su reconciliación y distensión vuelve a hallarse dividida y reabre de nuevo viejas heridas, ya olvidadas, por no sé qué memorias selectivas, y aviva sentimientos encontrados que parecían superados. Pido al Niño Dios que nos dé la cordura de su amor y de su sabiduría sin límite, la verdad que se realiza en el amor, para que comprendamos todos y de una vez por todas que algunas de las medidas y posturas que se están adoptando no conducen a un verdadero progreso social y a una armonía de todos, sino más bien a un retroceso histórico y cívico, con el riesgo evidente de tensiones, discriminaciones, violencia y alteraciones de una tranquila convivencia en concordia, verdad, amor, paz y libertad, como la que trae el Niño Dios, Dios con nosotros, que viene para todos y trae paz.

Valencia, unida en oración a Alepo

Es la paz que sigue amenazada y rota en Oriente Próximo, en las tierras que vieron nacer a Jesús, concretamente Palestina, Siria, y muy concretamente Alepo. Ha sido noticia en días pasados la visita que nos hizo a Valencia y a otras ciudades el Obispo de Alepo. Lo que nos contó de destrucción y muerte, de persecución y violencia desatada es realmente sobrecogedor y ningún corazón de carne, humano, puede quedar insensible ante aquella terrible desgracia. En Valencia, la diócesis de Valencia se quiere sentir y estar muy cercana a Alepo y los pueblos de Siria: por eso he imperado que el día 1 de enero, Jornada mundial de oración por la paz, oremos en todas las Iglesias, en todos las misas, en todo acto de culto, oración y adoración, en toda las parroquias, templos y oratorios, intensa y especialmente por la paz en Siria, en Alepo, por nuestros hermanos que allí tantísimo están sufriendo para que el Señor que viene sea su paz, su consuelo, su esperanza. Al mismo tiempo he mandado que en todas las parroquias, templos y oratorios el día 1 y el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía, de los Magos de Oriente, hagamos colectas para aliviar un poquito sus inmensas necesidades, todo cuanto se recoja en esas colectas se envíe a Cáritas o directamente al Arzobispado para este fin: aliviar sufrimientos y necesidades en Alepo. Pido a todos los sacerdotes que animen la generosidad de fieles e instituciones.


Las consecuencias de la ley de género

Por último, en esta Navidad pido a Dios que conceda a la Diócesis de Valencia que los políticos que rigen la Comunidad, la provincia o sus pueblos, tengan sensibilidad para que en todas sus actuaciones busquen por encima de todo el bien común que es el bien de todo el hombre y de todos los hombres y que rectifiquen de una vez el daño que va a causar su ley aprobada, lamentablemente hace unos días, por las Cortes Valencianas sobre ley de género y su incidencia en la educación, en las familias y en los más débiles e indefensos, que son niños y adolescentes. Está en juego en dicha ley el hombre y su futuro y no puedo menos que denunciar con toda mi fuerza y medios a mi alcance el desastre destructivo que cometen con ella. 

La gravedad y la ignorancia de las consecuencias de esta ley conlleva, entre otras cosas impedir que yo sea obispo, que los sacerdotes sean sacerdotes, que los fieles cristianos puedan actuar en verdad y libertad, porque si no se obedece esta ley las sanciones son verdaderamente terribles. ¡Por favor, por amor a todos, por el Niño Dios que viene a traer la paz, señores políticos, señores responsables de la cosa pública, retiren, deroguen esta ley liberticida, tan carente de sensibilidad hacia el hombre, hombre y mujer como somos creados por Dios, hacia los más débiles, tan inhumana y contraria al hombre mismo! ¡Retírenla, suspendan su aplicación, respeten a homosexuales, lesbianas y transexuales! Se lo que me digo y lo que me juego al decir esto y pedir que actúen en verdad con amor por el hombre y el futuro de la humanidad. No exagero. Apelo a la conciencia, y apelo también a la conciencia de los ciudadanos. ¿Creen ustedes que si no fuera importante, crucial, hablaría así y me jugaría todo? ¿Nos hemos vuelto locos para permitir tal ley?
Pero cuento con la maravilla de Dios que se hace hombre, que se hace débil y en esa debilidad manifiesta su poder, no el poder de los poderosos de este mundo que oprimen y dominan, sino el poder omnipotente del amor que se rebaja, se despoja para estar al lado del hombre débil e indefenso, y asumir su humanidad. A todos, a todas las familias, singularmente a quienes sufren, deseo de corazón: ¡FELIZ NAVIDAD! PAZ PARA TODOS, Y LO MEJOR PARA TODOS.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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