canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 4 de noviembre de 2018 

El pasado domingo escuchamos algo sorprendente de boca del Profeta Jeremías que clama: “Gritad de alegría por Jacob, el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel”. Jeremías anuncia el retorno a la patria de los exiliados en Babilonia, liberados del destierro y de la esclavitud por el Señor que los ama: “Seré un padre para Israel, Efraím será mi primogénito”.

El Señor ama a su pueblo como un padre, el Señor nos ama a todos, aunque, cuando las circunstancias por las que nos deja pasar, son dolorosas, y a veces, muy dolorosas, nos cuesta entenderlo. El fruto de esta lectura debería ser dejarnos invadir hasta la saturación de la verdad de cuánto nos ama Dios, y de que todo lo que hace con nosotros es obra de su amor y de su divina misericordia. Es así como saldremos del destierro de nosotros mismos y de los ídolos en su busca y nos adheriremos al Señor que nos ama. Su fidelidad por todas las edades. Su misericordia por siempre. Nos ama tal como somos, y desea que seamos tal como Él nos ha pensado. Somos una idea de Dios, amados por Él antes de nuestra creación y gestación en el seno materno. Amor gratuito y eterno. “Con amor eterno te he amado” (Jer 13, 3). Dios nos ama siempre y nosotros lo olvidamos con mucha frecuencia. Vivimos unos momentos de olvido de Dios, pero Dios no nos olvida, esa es la gran esperanza y el gran futuro para esta humanidad empeñada en alejarse de Dios, cuando Él está tan sumamente cercano y tan empeñado en no olvidarnos ni abandonarnos a nuestra propia suerte que sería nuestra perdición y ruina. El Señor, que tiene alegría porque nos libera del destierro, que simboliza por su parte la separación y alejamiento de Dios, y de la esclavitud del pecado, quiere que todos los pueblos proclamen la alegría de la libertad de Jacob, de su pueblo elegido, símbolo y arras de la humanidad elegida y querida por Dios.

“Se marcharon llorando, pero los guiaré a su patria entre consuelos”. “Ciegos y cojos, mujeres encinta y que han dado a luz recientemente. Retorna una gran multitud”. Los conducirá de oasis en oasis, “a donde hay torrentes de agua”. Hacia el agua viva, fuente de fecundidad y símbolo de la gracia y del consuelo. ¿Por qué tanto miedo, por qué tanto tedio y tristeza, por qué tanta desesperanza como nos asiste hoy, como lacra que corroe tantos y tantos espíritus de nuestra época? No son palabras utópicas y visionarias de alguien iluminado y alienado, son palabras de fe, palabras de revelación, palabras del profeta que se cumplen; ya se han cumplido, en Jesucristo. Palabras que hoy deben tener para nosotros una gran fuerza y deben imprimir en nosotros una esperanza grande y una valentía decisivas, No podemos asustarnos ni arrugarnos ante lo que puede estar sucediendo, no podemos acostumbrarnos ni resignarnos a este destierro y desierto donde se pretende que Dios no cuente. Todo lo contrario. Dios, siempre fiel, nunca, jamás, ha dejado a su pueblo, al pequeño resto de su pueblo, al pequeño rebaño, en la estacada: Él es el guía y pastor de nuestras almas que sale en favor nuestro ante tanta y tanta guerra que los lobos intentan contra ese rebaño suyo.

Mirad también el salmo 125. Este salmo canta el cambio de la suerte de Sion, creían estar soñando, cantando y riendo caminaban. “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. Los que iban llorando llevando la semilla, vuelven entre cantando con las gavillas granadas”. La purificación dolorosa del destierro no ha sido estéril, pues les ha madurado. “Pues ¿qué sabe el que no ha padecido?”, dice san Juan de la Cruz.

Recordemos aquellas palabras que dice el profeta Isaías, en una situación que nos recuerda a la nuestra: “Fortaleced las manos débiles, consolidad las rodillas que flaquean. Decid a los pusilánimes; ¡cobrad ánimo, no temáis! Aquí está vuestro Dios (Is 35, 3-4)”. “Mirad a vuestro Dios, rico en piedad, clemente y misericordioso; su misericordia no se agota jamás”. Mirad a vuestro Dios! ¡Sí!, necesitamos mirar a Dios, poner a Dios en el centro de todo: Dios como centro de la realidad y Dios como centro de la vida. Dios es necesario para el hombre, y no se aleja de nosotros. Sin Él, el hombre perece y carece de futuro; vivirá en la tristeza del destierro, vagando sin futuro, en tierra de nadie, presa y víctima de cualquier cosa. Éste es el drama, el gran problema de nuestro tiempo. No hay ningún otro que se le pueda comparar en su radicalidad y hondura. Pero no estemos cariacontecidos y amedrentados, sin esperanza. Estemos alegres porque viene nuestro Dios, trae el desquite, trae la alegría de su presencia, de su amor y de su misericordia. ¡Mirad a Dios! !Contemplad el rostro de Dios! “Si vivimos bajo los Ojos de Dios, y si Dios es la prioridad de nuestra vida, de nuestro pensamiento y de nuestro testimonio, lo demás es sólo un corolario. De ello resulta el trabajo por la paz, por la criatura, la protección de los débiles y los pobres, el trabajo por la justicia y el amor, que tanto urgen y acucian en un mundo violento e injusto. ¡Mirad a vuestro Dios!, donde se puede contemplar su rostro de bondad y compasión, en Jesucristo, como vemos en la lectura de la Carta a los Hebreos o en el texto evangélico proclamado: en Jesús, Sumo y eterno Sacerdote, “puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados”, “aprendió sufriendo a obedecer”, “Él mismo está envuelto en debilidades”, “cargó sobre sí nuestros sufrimientos”, “sus heridas nos han curado”. “¡Ten compasión de mí!”, le dice reiteradamente, con insistencia, el ciego Bartimeo. “¿Qué quieres que haga por ti? Maestro, que pueda ver, le repuso el ciego. ‘Anda, tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Y al momento recobró la vista”. Este es el rostro donde podemos contemplar el rostro de Dios: Jesucristo, Sumo sacerdote compasivo y fiel, Luz de la gente, sanación de los enfermos, y curación de nuestros pecados y cegueras humanas.

Necesitamos mirar a Dios, necesitamos a Dios, el mundo necesita a Dios, ¿A qué Dios necesitamos? Al que vemos, palpamos, y contemplamos en Jesús, que murió por nosotros en la Cruz, el Hijo de Dios encarnado que aquí nos mira de manera tan penetrante, en quien está el amor hasta el extremo, la compasión y la misericordia sin límites para con nosotros. Este es el Dios que necesitamos: el Dios que a la violencia opuso su sufrimiento; el Dios que ante el mal y su poder esgrime, para detenerlo y vencerlo, su compasión y su misericordia.

El relato de la curación del ciego Bartimeo, confirma que han llegado los tiempos mesiánicos, que se han cumplido las palabras y promesas de los profetas, los que Jeremías, Isaías, o el salmo anunciaban, a la vez que premia la fe del ciego, que ha sabido orar con perfección, reiteradamente y a gritos, y a pesar de que le regañaban para que se callara: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. El ciego ora perseverantemente, pese a la contradicción, hasta que recibe aliento: “ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, símbolo de su vida pobre y andrajosa, expresión de que lo deja todo hasta su pobre manto por ir hasta Jesús y hasta seguirle después; dio un salto en su vida y se acercó a Jesús, y con amor lleno de fe, siguió orando. Consigue que Jesús le escuche. Jesús quiere hablar con él y le pregunta qué quieres que haga con Él. Le pide lo que necesita: ver. Lo pide con fe, y esa fe le cura. El ciego se ha dejado abrir los ojos. ¿No es ésta nuestra situación? ¿Por qué no acercarnos a Jesús con fe, en oración confiada, a pesar de tantas trabas con que nos encontramos, para pedirle los que necesitamos: la luz de Dios, la verdadera luz, la luz de la verdad y de la compasión, la luz del amor y compasión de Dios que se ha hecho carne y está en medio de nosotros?

El pasaje evangélico viene después del tercer anuncio de la pasión y muerte, cuando Jesús camina avanzando hacia Jerusalén, valerosamente, valiente, sabiendo que allí le aguarda la muerte. Los discípulos, en cambio, tenían miedo de la muerte, como nos pasa a nosotros. “Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino”. La fe es seguir a Jesús, como le sigue ahora el ciego, camino de Jerusalén, es decir, camino de la Pascua. Ya nos había dicho antes: “El que quiera venir conmigo, que tome su cruz y me siga”. Con los ojos de Jesús, por la fe, seguimos con el ciego por el camino, alabando a Dios, para darle gracias por tantas maravillas que ha obrado en el mundo y en nosotros, y a recibir el pan de los fuertes, el Pan de Vida, el Pan de la misericordia y de la compasión, donde está todo el Amor, porque ahí está Dios, que es amor.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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