canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 21 de octubre de 2018 

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El domingo, 21 de octubre, toda la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las misiones, el día del Domund. Este año tiene como lema “Cambia el mundo”. Y es que el cumplimiento de la misión de Jesucristo enviándoles a los apóstoles a predicar el Evangelio a todas las gentes, ha cambiado el mundo. Hacer discípulos es renovar la humanidad: una humanidad nueva, hecha de hombres y mujeres nuevos que viven el arte de vivir de verdad, que se realiza en el amor y hace libres, es vivir un nuevo estilo de vivir que es conforme al Evangelio, verdadero cambio en las relaciones humanas, en las relaciones con el cosmos en las relaciones con Dios. El verdadero cambio está en el Evangelio, la revolución de Dios que hace nuevas todas las cosas por su Hijo Jesucristo, venido en carne y enviado a renovar la humanidad, hacer un mundo nuevo donde reina el amor, que tiene, como Dios en su Hijo, a los pobres como los preferidos y predilectos suyos. Esto sí que cambia el mundo: las misiones cambian en el mundo, han cambiado el mundo, por el Evangelio de Jesucristo, cambio que Dios introduce en nuestro mundo, y la conversión a Él, a este mundo nuevo.

Los discípulos de Jesús, enviados en misión, los misioneros cambian el mundo: recorren a pie, por mar y por aire el mundo entero, sin escatimar esfuerzo alguno, para que el Evangelio sea acogido por los hombres, se conviertan a Jesucristo, y cambien. Este día suscita en nosotros la necesidad del verdadero cambio del mundo por un renovado sentido misionero, por un impulso misionero nuevo y vigoroso, por sentir que la misión y las misiones nos apremia. Por eso en este día del Domund, al menos yo, siento la necesidad de pedir a Dios que nos conceda a todos este espíritu y celo misionero que ha guiado y guía a tantos que han hecho y siguen haciendo posible una nueva humanidad donde se viva con el sentido de las bienaventuranzas y amen con el mismo amor con que somos amados por Jesucristo, que es quién y cómo se cambia el mundo. Misiones para evangelizar, para convertir mentes y corazones que sigan a Jesús: ahí está el verdadero cambio del mundo, en el cambio de las mentes y de los corazones.

No es casualidad que coincida el Sínodo de los Obispos para los jóvenes con el día el Domund con este lema “Cambia el mundo”. Entra, seguramente, dentro de la providencia de Dios, para animar a los jóvenes y a una diócesis, la nuestra, Valencia, urgida y enriquecida por la misión, apremiada por dar a conocer a Jesucristo para cambiar el mundo, para un mundo y una humanidad nueva. Por eso, ante la Santísima Virgen de los Desamparados pido ante esta Jornada Mundial de las Misiones que Dios nos conceda la gracia de ser como la Santísima Virgen María, fieles esclavos del Señor, y, como Ella, recibir y dar a conocer y vivir a Jesucristo, salvador y salvación única de los hombres. Pedimos a Dios hoy que, por intercesión de la Virgen María, nos conceda la gracia de que nuestros corazones ardan en el mismo celo apostólico de tantos misioneros, que nos devore ese celo, esa pasión por la gloria de Dios y el cambio y la salvación de los hombres, que nos consuma la pasión por evangelizar, que nos desvivamos por dar a conocer a Jesucristo por amor a los hombres, y que cuando no podamos hablarles de Él, de Dios -que será muchas veces- no nos abandonemos en esta pasión evangelizadora y le hablemos de ellos, con nombres y rostros concretos, a Jesucristo, a Dios, a la Santísima Virgen, Madre de Dios y de todos los hombres, en este mes dedicado al santo Rosario, que el Papa Francisco, con gran espíritu misionero, nos pide rezar todos los días, en este mes, y yo añado, y siempre.

Que estemos dispuestos a dar la vida por esto, por Jesucristo, por los hombres, porque los hombres conozcan, amen y sigan a Jesucristo. Dispuestos siempre, como los hijos de Zebedeo, a beber el cáliz de la pasión hasta el final por dar a conocer y amar a Jesucristo que es, con mucho, lo mejor que le puede pasar al hombre para cambiar el mundo, que tanto lo necesita. Hemos conocido a Jesucristo, el mayor regalo que hemos podido recibir en nuestra vida. A partir de ahí, nuestra vida no puede ser más que servicio a los hombres, como nuestro Señor Jesucristo estamos para servir y dar la vida por todos. Sin duda el mayor servicio es dejarnos la vida a girones, dar enteramente la vida para que los hombres puedan experimentar el inmenso amor con que Dios nos ha amado y nos ama eternamente en Jesucristo. iCómo cambia todo cuando se vive así, desde este Amor, desde Dios, que es amor y misericordia! Lo nuestro es servir, y no llevaremos nuestro servicio a término si no estamos atentos a la necesidad mayor que los hombres tienen, que es la necesidad de Dios, aún más fuertemente experimentada en estos tiempos de indigencia que vivimos donde Dios no cuenta para tantos y tantos de nuestro hermanos.

Queridos todos, el mundo necesita cambiar, y por eso necesita el Evangelio, porque necesita a Dios. Necesita a Jesucristo, porque necesita a Dios. Sin Dios el hombre se pierde, camina sin sentido, carece de esperanzana ante el vivir y el morir y ante miseria, calamidad y pobreza. El mundo necesita a Dios, revelado, presente, entregado en Jesucristo, para que haya paz entre las gentes y los pueblos. Es una necesidad y una indigencia que llama con fuerza a nuestras puertas, que nos grita hoy. Es verdad que hay una distancia enorme entre muchos hombres de hoy, sobre todo entre los sectores más jóvenes, y lo que les estamos ofreciendo o comunicando; es verdad que, a veces, parecen con los oídos obstruidos para oír, o con los ojos cegados para ver; es cierto que muchos sienten casi una alergia o una notable indiferencia a lo que viene de nosotros, de la Iglesia. Razón de más para que cambien, para que se les haga llegar la fuerza salvadora del Evangelio.

Pero no menos cierto y más verdadero aún es que también el hombre de nuestro tiempo, como el hombre de siempre, quiere encontrar sentido a la vida y a la muerte, quiere ser feliz, quiere llenar su pobre corazón que no se contenta con menos que Dios; es totalmente seguro que el corazón de todo hombre, también el de hoy, está inquieto hasta que descanse en Él; que el hombre, el hombre en cuanto hombre, sea de la condición que sea y viva en las circunstancias que viva, anhela y aspira a verse lleno de lo que le colme plenamente. ¿Quién puede responder a esta demanda sino Jesucristo, el que tiene palabras de vida eterna, que es camino, verdad y vida, que ha venido no a ser servido sino a servir y dar la vida por todos? Sólo Él llena, sólo Él satisface y sacia. ¿A qué esperamos? Sintámonos llamados y enviados a la misión, muy unidos a caminar juntos con los misioneros que ya han seguido esta llamada, acompañémosles con la oración, con la ayuda económica, con nuestra solidaridad en todos los sentidos, y marchando con ellos a las misiones: De manera especial, a los valencianos, nos espera y aguarda nuestra ayuda, nuestra cooperación misionera en los Vicariatos de San José del Amazonas y de Requena, en la Amazonía de Perú, o en la diócesis de Copiapó en Chile, o en Cuba, o en Venezuela, o en otros países de África, donde hay misioneros valencianos que nos aguardan para cambiar el mundo.

¡Gracias por vuestra ayuda y vuestra acogida y respuesta a la llamada que dirijo a todos, a mí el primero, para el cambio del mundo, que nos apremia e importa e incumbe a todos! Para llevar a cabo esta misión a la que Cristo nos envía e impulsa el Espíritu Santo, esto es para evangelizar, para renovar y cambiar el mundo es necesario que Cristo se haya hecho vida nuestra, y que para nosotros la vida sea Cristo; que se vea que nos importa por encima de todo Cristo, que nos ha cambiado y transformado y hecho hombres nuevos, cuya vida y novedad merece vivirse.

Resulta enteramente necesario para llevar el Evangelio hoy, que nos paremos y pasemos, que nos hayamos parado y pasado largo tiempo, muchas horas contemplando el rostro de Dios, que es el rostro de Dios mismo, como la Virgen María, como Santiago y Juan, san Pablo, o san Francisco Javier. Necesitamos contemplar su rostro, el que nos ofrece cada página del Evangelio, el que se nos muestra en esa página tan bella de las Bienaventuranzas en la que Jesús mismo nos ofreció su propio autorretrato, o en la cruz y llagado donde le vemos con su rostro más genuino, el de Dios mismo inclinado a lo más escarnecido del hombre, o en tantos y tantos pobres, humillados, afligidos, hambrientos, enfermos, crucificados de la historia con los que Él mismo se identifica, en aquella página tan única como bella del capítulo 25 de san Mateo, o en los miles y miles, miríadas, de santos y testigos suyos en los que ha quedado plasmado su rostro.

En la situación social y cultural que estamos viviendo, Dios nos pide que encaminemos nuestros pasos por el único camino que conduce a la meta de la esperanza. El camino nos lo traza el mismo Cristo: Él mismo es la meta y el camino, la verdadera fuente y el término de nuestra esperanza. Él es el futuro del hombre, y el futuro del hombre es posible, porque ¡en el presente! está Jesucristo. No busquemos otra respuesta a los grandes desafíos y retos que se nos abren en los pasos de esta nueva etapa de la historia. No hallaremos otro camino verdadero que Éste para los grandes desafíos de nuestro tiempo, 

“No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ´¡Yo estoy con vosotros!`, nos dijo el siempre recordado san Juan Pablo II (NMI 29). Por eso se trata ahora de buscarle de todo corazón y seguirle. ¿No le pedimos con soberana certeza a la Virgen María: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”? Se trata de buscarlo de todo corazón, dispuestos a ir con Él hasta lo último, hasta las periferias del mundo, se trata de venir a Él y oírlo y contemplarlo, de adorarlo, vivirlo, darlo a conocer con obras y palabras. Se trata de enamorarnos enteramente de Jesucristo con verdadera pasión por Él, con confianza plena y sin fisuras puesta en Él, sin dudar de Él. De esta renovada experiencia de fe y de amor a Jesucristo podrá nacer un nuevo ímpetu en la misión de la Iglesia, una nueva fuerza y un renovado vigor en el testimonio de Jesucristo, guiados de la mano de san Francisco Javier, testigo y maestro de la misión, y de tantos y tantos misioneros que han dado la vida por las misiones, siguiendo las huellas y de la mano de la que es la estrella de la Evangelización, la primera evangelizadora, la Madre de la misión, la Virgen María, inseparable de la misión.


+Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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