canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 14 de octubre de 2018 

El domingo 7 de octubre, día en el que coincidía con el 400 aniversario de la beatificación por parte de san Pio V del santo Arzobispo de Valencia, Tomás de Villanueva, celebramos con gozo y agradecimiento la memoria de esta efemérides en la Catedral de Valencia, con asistencia de Colegiales, Antiguos Colegiales, formadores del Colegio de la Presentación de Santo Tomás de Villanueva, y la asistencia de nuestro Seminario Mayor de la Inmaculada y la de un buen número de fieles habituales a la Santa Misa del domingo, un nutrido grupo de agustinos, y el Coro del Monasterio de agustinos de El Escorial. El día 10 celebramos su fiesta litúrgica.

Rasgos más sobresalientes

El 30 de diciembre de 1544, llega a Valencia el religioso agustino Tomás de Villanueva, recién consagrado Obispo por el Arzobispo Primado de Toledo, Cardenal Tavera. Se hacía cargo de una diócesis difícil, comprensiblemente muy difícil por la ausencia y abandono de sus titulares a lo largo de un siglo y dejación de la atención pastoral que se requería. Así nos dice uno de sus biógrafos más importantes, Salom; “Como hacía tanto tiempo que Valencia no era gobernada por sus propios pastores, sino por vicarios, hallóla nuestro buen Padre en las costumbres y vicios estragada y perdida, y con tanta libertad y soltura, que era cosa lastimosa y lo es, ver lo que refieren los testigos de la disolución y perdición de aquel tiempo, no sólo en Valencia, pero en los demás pueblos y lugares de esta diócesis. En los seglares muchos vicios particularmente muchos divorcios y adulterios públicos. Entre los eclesiásticos muchos amancebados públicamente con grande ofensa de Dios y escándalo de los fieles”. A Valencia llegaba, en expresión del Venerable Agnesio, “el mejor médico para la enfermedad que padecía la diócesis”.
Valencia se hallaba disgregada e inmersa en discordias, odios y revueltas entre las distintas clases sociales, excesivamente acentuadas. Por una parte, la nobleza y los burgueses enriquecidos; por otra, el bajo pueblo, y la morería, la grey morisca seguía obstinada y amenazadora, los piratas turcos llegaban a las costas valencianas; los grandes y el Municipio estaban en permanente rivalidad, la justicia estaba prostituida y los cabildos endiosados en sus derechos. El Venerable Agnesio, en su Elegía In mala nostrum temporum nos describe un panorama desolador del clero, degradado, sin formación y sin capacidad para ofrecer el alimento de fe y costumbre que el pueblo fiel necesitaba.

A esta diócesis llegaba aquel monje agustino, que no buscó ser Obispo –cosa rara en aquel tiempo–; de inteligencia aguda, muy bien formado en las aulas de la naciente, prometedora y renovadora Universidad de Alcalá, profesor en ella y en la de Salamanca antes de ingresar en la Orden Agustiniana, curtido después durante años en la vida de la Orden de San Agustín, en la que emprendió e intentó llevar a cabo una profunda, fecunda y enriquecedora reforma. Difícil situación y panorama con el que se encontró en Valencia y difícil tarea la suya, que no acostumbraba a arredrarse ante las dificultades, no escatimaba trabajos ni sacrificios por arduos que fueren, ni cedía su libertad ante los poderes establecidos, y buscaba, eso sí, con pasión la verdad que nos hace libres y se realiza en el amor, en especial a favor de los pobres y más desfavorecidos, ante los que se inclinaba humildemente, los defendía, protegía y servía con una entrega sin reservas.

Así, en seguida, se puso manos a la obra como pastor, sin perder tiempo, como nos dice el Evangelio, sin pararse, con las características del pastor que tanto propugnó desde el púlpito en tantísimos sermones suyos que predicó antes de ser Obispo, urgido por el amor y la caridad de Cristo y de su grey tan amenazada. Llama la atención cómo trabajó incansablemente, lo indecible, como pastor, sobre todo por mejorar la disciplina eclesiástica, sin abandonar jamás sus largas horas de oración y estudio: a los cuarenta días inicia la visita pastoral a toda la diócesis, que reiterará nuevamente. Convocó Sínodos diocesanos reformadores, en los que se decreta cuanto se refiere al culto, administración de sacramentos, costumbres, honestidad y residencia de los clérigos y cumplimiento de cargas beneficiales. Su actuación pastoral es una síntesis preconciliar al Concilio de Trento, que trazó aquellas líneas maestras de la renovación episcopal que tan admirable y luminosamente ejecutarían por ejemplo San Carlos Borromeo, en Milán, o San Juan de Ribera, en Valencia, o el Arzobispo Carranza, en Toledo, o Santo Toribio de Mogrovejo, en Lima, Vasco de Quiroga en la actual Morelia, de Méjico, cuya obra pastoral perdura y se mantiene viva en nuestros días. Vela por la conversión de los moriscos; predicador incansable de la palabra de Dios, la predicación, en la que tanto destacó y enseñó: anuncio de Jesucristo, proclamación del evangelio de la misericordia, llamada siempre a la conversión; llama, por ejemplo, la atención su predicación cuaresmal que hacía cuatro días a la semana con un carácter diríamos hoy, catecumenal o para la iniciación cristiana de adultos, y formaba él mismo a los llamados cuaresmeros, encargados de predicar por toda la diócesis, la predicación que de él había recibido previamente, una especie de anticipo, mutatis mutandis, de los “misioneros de la misericordia” del Papa Francisco en nuestros días.

Sin duda, la mejor predicación fue su propia vida que gasta en la oración, en la proclamación de la palabra a tiempo y a destiempo, de la que tenemos tan fiel testimonio en los 9 volúmenes de sermones publicados, y en su labor de pastor al servicio de los pobres. Socorrió con inagotable caridad a toda clase de menesterosos, recogió y sostuvo a centenares de huérfanos abandonados; libró de la ruina a muchas jóvenes en peligro; clamó sin descanso ante las autoridades civiles por la defensa de las costas contra el intento de penetración de la piratería turca y protegió el patrimonio diocesano, que él consideró siempre de los pobres, frente a la pretensión de ser utilizado por poderes ajenos en la causa turca. Dejó fundado junto a la Universidad o Estudio General, de la que fue Canciller y promotor, el Colegio Mayor de la Presentación, gloria de la diócesis que pervive, para estudiantes de condición humilde aspirantes al sacerdocio, anticipo verdadero de los decretos tridentinos sobre los seminarios, cuyos beneficios han sido tan notables en los siglos posteriores hasta hoy. 

¿Cómo no estuvo en Trento un Obispo así con tanta fuerza para la renovación de la Iglesia? Sencillamente, por ser buen pastor, por no dejar a su rebaño más tiempo abandonado y sin guía con tantos lobos frente a los cuales debía defenderlo, porque hacía más falta en Valencia que en Trento, y prestaría mayor servicio a la Iglesia que en Trento, al que envió, no obstante, un memorial, perdido, pero que intuyo de máximo interés para la Iglesia universal, pendiente de algunos estudios.

En septiembre de 1555 moría pobre el que fue padre de los pobres, en un lecho que no era suyo y lo tenía prestado y debía devolver. Con el despojamiento absoluto y el anonadamiento total con el que vivió, pasó a la Casa del Padre, para ser enriquecido por su misericordia infinita de la que fue testigo singular como siervo y servidor fiel en lo poco y en lo mucho.

Él fue el Obispo mismo que diseñó en su predicación y, encarnando esa figura del Obispo, contribuyó a la reconstrucción de la Iglesia que está en Valencia, haciendo realidad viva la visión de San Francisco de Asís sobre la iglesia de San Damián. 

De aquella reforma y renovación del Arzobispo santo Tomás de Villanueva, tan magnífica y providencialmente prolongada en san Juan de Ribera, estamos hoy gozando y sintiéndonos llamados a continuar de manera nueva y renovada lo que él sembró, lo que dijo e hizo aquí entre nosotros y a favor nuestro.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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