canizareslloveraantonio2carta semanal cañizaresCarta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Domingo 4 de febrero de 2018 

La semana pasada se celebró dentro de nuestra Universidad Católica un Congreso sobre la figura de Santo Tomás de Villanueva que ha pretendido colaborar con sus estudios a la postulación del doctorado universal de la Iglesia para este santo y sabio Arzobispo de Valencia. Ofrezco aquí, a grandes rasgos, la figura de Obispo evangélico ideal que él diseñó y encarnó en su vida.


En primer lugar hay que señalar un dato importante y clave en el episcopado: el que Tomás de Villanueva no buscó el ser Obispo, más aún, lo había rehusado con anterioridad, y solo aceptó el serlo de Valencia por obediencia, por hacer la voluntad de Dios; así mostraba que la única puerta para acceder al episcopado era Cristo, que vino para cumplir la voluntad del Padre en todo, no eran los honores, ni el linaje, ni las influencias, ni las amistades, ni nada de criterios humanos tan normales en aquellos momentos. De entrada desaparecía toda intención o hechos torcidos que le impedirían ser pastor conforme al corazón de Dios, es decir conforme a Cristo, Pastor bueno que se despojó de todo para entregar su vida por puro amor al Padre y a los hombres a los que venía a salvar, redimir y liberar, que vino a servir y evangelizar a los pobres. Quien no entre por esa puerta, Cristo, seguimiento e identificación con Él, será, sin duda un futuro mercenario del rebaño que se le confía, no será pastor, elegido y enviado por Dios con la misma misión y encargo que el Padre le confirió a Cristo.

A Tomás de Villanueva no le importaban las riquezas, ni el poder, ni el rango episcopal, ni la fama, nada, sólo Cristo y la salvación de las almas por las que dio su vida el Buen Pastor. De entrada quedaban en él despejadas la avaricia, la ambición, la soberbia, la mundanización, las dignidades, las rentas, la sumisión a los príncipes o poderosos, los medros, las carreras…, males eternos y profundos del ministerio en la Iglesia, como hoy nos insiste tanto el Papa Francisco; y, al mismo tiempo, aceptar la voluntad de Dios, acceder al episcopado desde la verdad que se realiza en el amor, y con la libertad para hacer lo que Dios quiere y nada más, hacía presumir un apostolado fecundo, como así fue. Buscando rentas y honores no se sigue a Cristo por Él mismo, sino por pan, poder o gloria humana, que son las tentaciones que venció el mismo Jesús y que conduce a no apacentar sino a ser apacentados, a ser lobos que asaltan a las ovejas y las devoran, a llevar una vida aseglarada y de señores. Se explica, desde este ángulo, que santo Tomás de Villanueva suspendiese el juicio ante y contra los obispos que así actuaban y proclamase con verdadera insistencia y energía que los bienes de la Iglesia son bienes de los pobres, a ellos pertenecían y los obispos debían administrarlos como buenos administradores y siervos, y no como señores, y gastar esos bienes y dineros en favor de los pobres, en hospitales para los pobres, como hizo aquel modelo de Obispo que fue san Martín de Tours.

Aquellos obispos, a los que el santo agustino Tomás de Villanueva denunciaba, implicados en negocios y alejados de su rebaño, podrían decir muchas cosas, incluso buenas, pero no lo hacían. Sus vidas no respondían a lo que enseñaban, no eran pescadores de hombres, sino de honores, no ardían ni alumbraban, sólo palabras frías brotaban de su pecho helado. No daban fruto, denunciaban porque no hacían lo que les correspondía: ser pastores y cuidar a su rebaño, sino que se veía cómo se acercaban como consejeros a las cortes de los reyes, abandonando el cuidado de la grey del Señor a ellos confiada, esto es, de su propia diócesis; “la Iglesia está como viuda, decía, porque no hay obispos santos, que son sus esposos”. En esta perspectiva se comprende perfectamente cómo la no residencia de los Obispos fuese de los mayores males que no aceptaba en modo alguno en obispos de su tiempo como atestigua las siguientes palabras suyas duras: “Me atrevo a censurar una sola cosa, porque es muy conocida y no se debe tolerar; a saber: abandonar las ovejas. El pastor en Chipre y las ovejas en Lusitania, es algo intolerable. ¡Oh qué mal imitan éstos al verdadero pastor, que no sólo conduce, sino que además lleva sobre sus hombros la oveja! ¡Cuánta cuenta ha de dar éste de la oveja que no conoce, de su Iglesia en la que no vive!¡Oh cuánto peca¡ ¡Qué inexcusable este pastor, aunque fuese san Pedro! Si por negligencia perece una oveja, él mismo perecerá también por el pecado ajeno, en efecto, por negligencia propia. ¡Qué dolor ser castigado por el pecado ajeno y perecer por el crimen de otro!”.

Qué advertencias tan severas las del Santo Arzobispo de Valencia. Se entiende desde aquí la importancia que él da a estar cercano, conocer a las ovejas, y, por ello, su decisión, de volverse desde Vinaroz cuando ya se disponía a marchar al Concilio de Trento, o también la importancia que le da a la visita pastoral o su convencimiento de que las diócesis no deberían ser superiores o más grandes a lo que el pastor pueda conocer. Sólo en esa cercanía el Obispo, como él lo fue, puede hacer lo que le incumbe por oficio ministerial, esto es: predicar por sí mismo, formar y ordenar presbíteros, confirmar, confesar, consolar, exhortar, reprender… Y es que, como vemos en él mismo, la solicitud por las almas debe ser inmensa, sin parangón; sólo fines bastardos o la ignorancia pueden inducir, por ello, a desear con tanta avidez el episcopado como él detectaba en su época. En la mente de Santo Tomás de Villanueva, de los Obispos depende siempre y en todo momento la renovación de la Iglesia. Son necesarios obispos renovadores que, en palabras del santo Arzobispo de Valencia, “levantan a la Iglesia que cae, reconstruyen la Iglesia destruida, renuevan la Iglesia envejecida y la restauran y convierten a la prístina hermosura”. ¿Quién no ve estas palabras una evocación, como dije antes, de la visión de san Francisco ante la iglesita de San Damián en Asís? Por eso la necesidad que tenemos de elevar la plegaria a Dios y pedir por los pastores para que se “apresten a la reforma de la Iglesia, puesto que como veis todo perece. Si no se lleva a cabo alguna reforma en la Iglesia, no hay esperanza de mejor estado”, y esto es muy grave y decisivo. En los santos y buenos pastores radica la esperanza de renovación en la Iglesia y en el mundo: Obispos santos para un pueblo de Dios y una humanidad renovados.

Para santo Tomás de Villanueva era claro que no todos pueden ser Obispos. Hay hombres buenos que son obispos, pero que no pueden ser buenos obispos, bien porque huyen de su trabajo, bien porque no son aptos para el gobierno, “llevan trigo pero no hacen harina”, dirá, o bien porque no poseen las virtudes que adornan al óptimo prelado conforme al Corazón de Dios, sin olvidar nunca que la elección está en Dios, no en los méritos, siendo así, además, que es Dios quien confiere los méritos y virtudes para desempeñar aptamente el cargo episcopal ya que de Él proceden. Es Dios quien adorna con las cualidades y virtudes necesarias para desempeñar el ‘munus episcopale’; virtudes y cualidades episcopales que no son otras que las que constituyen la imagen perfecta del Buen Pastor, realizada en Cristo, con quien debe estar identificado y a quien además corresponde la propiedad de las ovejas, porque son de Él, ovejas de su rebaño que Él compró con su sangre redentora y su entrega total por ellas.

A los Obispos se les encomienda este rebaño que es de Cristo, de ese rebaño encomendado han de dar cuenta, sobre él han de tener solicitud, a ejemplo de Cristo Buen pastor, que al final de su vida terrena puede decir al Padre: “De los que me diste, no he perdido ninguno”. De Cristo han de aprender los Obispos qué solicitud han de manifestar a las ovejas encomendadas. La solicitud pastoral, la solicitud por todas las iglesias, es fundamental en los Obispos, lo que debe distinguirlos de los demás. Han de salir de sí mismos para pensar en los demás con “solicitud”, con caridad, liberalidad, paciencia, etc. La solicitud y la compasión, la misericordia, son los pilares en los que debe apoyarse la personalidad del Obispo. Sin estas actitudes, cualidades o virtudes, que implican una gama de cualidades complejas, no se da el ideal evangélico del Buen Pastor. Las ovejas se sentirán defraudadas y no reconocerán en el Obispo la voz amada que las llama por su nombre a los nutritivos pastos del amor y de la verdad.

El ministerio de los Obispos altamente cargado de responsabilidad y solicitud ha de comenzar por apacentar a las ovejas a él confiadas con el triple pasto de la doctrina, del buen ejemplo, y del amor, que a su vez corresponde al triple “pasce oves meas”, de Jesús a Pedro. Alimentar al pueblo que se le ha confiado con el alimento de la doctrina es oficio principal y primero del Obispo: alimentarlo con la Palabra de Dios, como hizo el Buen Pastor, que adquirió su rebaño con la encarnación y la predicación, y alimentó con su palabra. Esto conlleva –y en ello insistió y encarnó en carne propia santo Tomás de Villanueva– la necesidad en el Obispo de la sana y verdadera doctrina, una doctrina viva con ardor que penetra en los corazones, como la de los Apóstoles, en los primeros tiempos. Así lo exige la Sagrada Escritura. Muchos de los males que aquejaban a la Iglesia de aquel entonces podrían tener sus raíces en la ignorancia de los prelados y en la ausencia de una predicación verdaderamente evangélica. Ello hace pasar a primer plano en la actividad de los Obispos la administración o servicio de la Palabra, la predicación en sus diversas formas, bien sea directamente por ellos o a través de otros predicadores, ayudantes suyos. Su primer deber es la predicación. En consonancia con esto, el pastor debe poseer ciencia, sabiduría, conocimiento de la verdadera doctrina, debe encerrar en su corazón por encima de todo un profundo conocimiento de Cristo, que ha de manifestar a quien se lo requiera de tantas formas y maneras. 

El buen Obispo, el Obispo conforme a lo que Dios quiere, ha de alimentar a su pueblo con el ejemplo, lo que reclama de él el ser santo. Los Apóstoles fueron enviados a ser pescadores de hombres con la palabra de la predicación y la espada penetrante del testimonio de sus obras y de sus signos o milagros. No era la palabra o el testimonio de los apóstoles como el nuestro, y esto explica que hagan tan poco efecto los predicadores. Santo Tomás de Villanueva lo achaca a la tibieza de los pastores, a su poco celo, a su tímido testimonio de vida. Su vida debiera ser una predicación hasta el final, conforme con la ciencia que enseña y que no se ande con tratos, vicios o codicias. ¿De qué les sirve a los fieles el pasto de la predicación sin el ejemplo? La gente está harta de los que dicen y no hacen; el Evangelio mejor se lee en un santo que en un libro.

Esto quiere decir que el Obispo ha de ser un testigo, un santo. “Enseñe, dirá nuestro santo Tomás, el obispo con una vida de perfección, muestre el camino con su buen ejemplo, porque más es la vida de los hombres, que lo que enseñan”. La santidad de los obispos la exigen los fieles como pasto suyo. Por eso ¡ay de los pastores que no buscan los pastos de sus ovejas, sino que se apacientan a sí mismos y se sirven de ellas para su medro! Si el Obispo debe alimentar con la santidad a su pueblo, no puede dejar su propia vida interior, que ha de alimentar con la oración y el estudio, no puede abandonarse en la contemplación ni en el “trato de amistad” con Jesucristo. Su vida ha de estar nutrida, alimentada para poderse dar y para poder ser signo ante los demás, luz puesta en lo alto del monte para que alumbre, de vez en cuando han de dejar, hemos de dejar las ovejas un poco para ir junto a Jesús y escrutar las Escrituras; y así pertrechados, volver de nuevo a la cura pastoral. “¿Qué es el Obispo?”, se pregunta santo Tomás en alguna ocasión, y responde: “ejemplo de santidad en el pueblo, forma de la virtud para su pueblo”. En los Obispos debiera darse la norma o modelo de la justicia, de la caridad, de la santidad. La santidad en los obispos es una exigencia fundamental de su oficio pastoral. No es suficiente para los obispos llevar una vida común, morigerada, sino que debe ser santa; no se puede contentar con una vida mediocre y del montón, ha de sobresalir en santidad: “para el pueblo basta blanquear como la nieve; pero el obispo es necesario que brille como el sol”, dirá el santo Arzobispo. Padres de las almas y jueces de las mismas, han de responder del puesto que ocupan en la Iglesia, han de sobresalir en la virtud y limpieza de costumbres, han de ser “como el espejo en el que todos se miren, como ejemplar que todos imiten, y como norma que todos sigan”. Como son los obispos así es el pueblo: y así se renovó y reedificó la diócesis de Valencia con el testimonio de santidad de Santo Tomás de Villanueva.

Los obispos, pastores del pueblo fiel han de apacentarlo, alimentarlo, con el pasto o alimento de la caridad, lo que reclama en los obispos una exigencia de caridad, de amor, de misericordia para con los suyos. La caridad y la misericordia han de ser la norma suprema de gobierno: “se han de esforzar con el sentimiento y la fuerza de la caridad en socorrer con limosnas, ayudando y visitando a los pobres”. Toda la obra del pastoreo episcopal, santo Tomás de Villanueva, lo enuclea en torno a la caridad: ese es su centro. Sin la caridad es imposible una imagen leal del buen pastor. La caridad, reina de las virtudes cristianas, que tanta importancia, máxima, entraña en la vida y pensamiento de nuestro santo Arzobispo, ha de ser la virtud que informe y configure la actuación y la persona del Obispo, ha de ser como la estrella polar que oriente y conduzca sus pasos y desvelos. No en balde Jesús exige de Pedro, antes de encomendarle el supremo cuidado de la Iglesia, una triple confesión de amor, por la que manifiesta que le ama, que le ama más que a sus cosas, que le ama más que a sí mismo. Esa caridad llevará a los obispos a conducir a sus fieles con suavidad, no por imposición, con afecto, con el ejemplo, no como dueños o dominadores, con fortaleza y decisión, valentía. Tiene así ante sus ojos el santo Arzobispo la idea de autoridad evangélica, correlativa a la de servicio. Cristo instituyó pastores en su Iglesia “no para que fueran señores, sino para que sirviesen a sus ovejas”. Los obispos son pastores, no señores ni príncipes de este mundo. En el Obispo, la caridad debe ir revestida del manto de la paternidad espiritual, es decir, con el sentido de solicitud y de misericordia. Y así fue santo Tomás de Villanueva.

Los obispos, en consecuencia, son pastores que custodian y guardan a su rebaño. Su preocupación e interés ha de centrase en el cuidado de sus ovejas, en la vigilancia o custodia de sus ovejas; guardianes y vigilantes de su rebaño, han de vigilar sobre su rebaño, no sobre las rentas u honores. De la solicitud que hay que tener por las ovejas nos habla el testimonio del mismo Jesús que por una sola, Tomás, se apareció “el piadoso pastor que no soporta que se pierda una oveja, como había dicho al Padre: «de los que me diste no he perdido ninguno» (Jn 18). Aprendan los obispos qué solicitud han de mostrar a las ovejas a ellos confiadas: si por una sola se apareció el Señor, toda solicitud, todo trabajo es menor que la consecución de un alma”. Igualmente aprendan los pastores a tener solicitud de las descarriadas hasta el final, de tal manera que los obispos “no han de cesar de poner su cuidado por aquellos que se ven absolutamente perdidos y casi incorregibles, puesto que son doce las horas del día”.

Mucha es, sin duda la tarea del Obispo, que ciertamente no podrá estar parado o desocupado. Como cultivador de la viña del Señor ha de podar los sarmientos, arrancar los cardos y los abrojos, arrancar los vicios, plantar buenas semillas. Ha de corregir también como expresión de su caridad pastoral, pero con paciencia, amor, que no están reñidas con la fortaleza. Y, solicitud amorosa suya y principal han de tener con los pobres; más aún, el Obispo ha de ser y vivir pobre: así fue el mismo santo Tomás de Villanueva, el “obispo de los pobres”, siempre pendiente y atento a los débiles o descarriados, a los que en todo momento buscó y puso sobre sus hombros, animándoles a que no se preocupen por el trabajo o fatiga causados y procurando aliviarles de las cargas que los oprimen: desde la carga de los pecados, hasta la carga de los impuestos, si preciso fuere. No ha de colocar sobre ellos un yugo más pesado, sino que ha de aliviarlos y socorrerlos con misericordia y compasión.

Para no alargarme, cito dos acciones principalísimas en el pastoreo de Santo Tomás de Villanueva: El Sínodo diocesano, donde se aprecia la gran densidad de pastor reformador que le caracterizó en los aspectos básicos de la vida eclesial, y la visita pastoral, donde se puede comprobar la verdad del gran y buen pastor que fue en Valencia.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia


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