Carta semanal de Mons. Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid

Domingo, 19 de marzo de 2017

carlososoro11

Frente a todas las discusiones con las que hoy nos enfrentamos, la Iglesia, nosotros los cristianos, que hemos sido llamados a la pertenencia eclesial, hemos de creer lo que con gran acierto apuntaba el Concilio Vaticano II: es necesario que nos tomemos en serio hacer pasar por esta humanidad la llama de la fe y el amor que de alguna manera abrase a todos los hombres de buena voluntad, con esa fuerza y capacidad que tiene la Palabra de Dios para allanar los caminos y atraer sobre todos la bondad de Dios, su fuerza transformadora.

La experiencia de quien preguntó a Jesús sobre lo que debía hacer para tener la vida eterna, es decir, la felicidad plena, fue conmovedora y lo sigue siendo hoy: «Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo». Según Jesús, son inseparables. De ahí la parábola del buen samaritano que nos arroja tanta luz sobre cómo ha de ser nuestra vida.

El espectáculo que, en esta hora de la historia, se ofrece a nuestros ojos es claro. El «anda, haz tú lo mismo» que dijo Jesús, después de explicar la parábola del buen samaritano, a quien le preguntaba sobre la vida eterna, ha de ser la gran pasión que impregne a todo cristiano. Hagamos todos silencio en lo profundo del corazón. Dejémonos de palabras. Acojamos su Palabra, mirando a nuestro alrededor: guerras, hambre, muertes violentas, falta de respeto a la dignidad del ser humano, prevaricación de derechos humanos... ¡Qué tarea más apasionante! Debemos continuar en el tiempo y extender sobre la tierra la misión de Cristo. Salgamos al mundo y entreguemos a Jesucristo a todos, respetuosamente, comprensiva y pacientemente, pero invitando a escuchar su Palabra que salva.

La Cuaresma es un tiempo en el que el Señor nos llama a la conversión. Jesucristo ha de ser quien dé nuestra versión de la vida. Este tiempo es una invitación a seguir sus huellas y a afrontar ese combate espiritual contra quien desea que entreguemos otras cosas, buscando riqueza, poder o queriendo ser como Dios. Derrotemos todas las tentaciones que surjan en nuestra vida con la Palabra de Dios. Nuestra palabra no es válida, no sirve para derrotar y eliminar el mal. La Palabra de Dios sí derrota al mal y al maligno. Os invito y me invito a mí mismo a leer, meditar, asimilar y confrontar nuestra vida con la palabra de Dios. Seamos asiduos lectores de la Biblia. El Papa Francisco, hace muy pocos días, nos decía: «Alguno ha dicho: ¿qué sucedería si usáramos la Biblia como tratamos nuestro móvil? ¿Si la llevásemos siempre con nosotros, o al menos el pequeño Evangelio de bolsillo, qué sucedería?; [...] si leyéramos los mensajes de Dios contenidos en la Biblia como leemos los mensajes del teléfono, ¿qué sucedería?». Estoy seguro de que hacer esto nos llevaría a no separarnos nunca ni de Dios, ni del prójimo.

Estoy seguro de que entenderíamos la urgencia que tienen, de una vez por todas, aquellas palabras de Jesús: «Anda, haz tú lo mismo». En ese mandato del Señor, os propongo:

1. Establecer y nunca romper un diálogo con el mundo en el que vivimos: desde una visión superficial, pudiera parecer que el hombre de hoy alcanzó grandes avances de todo tipo en la ciencia, en la técnica, que se embriaga de éxitos espectaculares, que diviniza su propio poder y parece que quiere prescindir de Dios en el escenario en el que realiza su vida; pero aparecen grandes interrogantes, heridas profundas, desasosiegos tremendos, que están pidiendo no solo progreso humano y técnico, sino organizar la sociedad en fraternidad y paz. Para ello, la escuela de Cristo es imprescindible, ya que no convoca a los hombres por ideas o ideologías, sino que es su Persona, su Palabra, la que nos dice con fuerza: «¿Qué quieres que haga por ti?». Como lo hizo con el ciego aparcado en una orilla. Gritos hay muchos. ¿Cómo se responde a los mismos?

2. Creer de verdad que los cristianos somos el alma del mundo: esto no es soberbia, es decir sencillamente que el ser humano conoce y ama al mismo tiempo. Conocer y amar tienen que darse al unísono para dar alma. Veamos lo que nos rodea y nos estimula a conocer y dar respuestas con criterios valientes y creadores de paz, con la sabiduría que viene del Evangelio. Tengamos esta seguridad. Lo avalan 21 siglos de historia. Ha habido acontecimientos y situaciones difíciles, imposiciones dictatoriales de modos de vivir y de ser... Pero nuestra seguridad es esta: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma en el cuerpo [...] El puesto que les tiene señalado Dios es muy elevado y no les está permitido abandonarlo» (Ep. a Diogneto, 6).

3. Recordar la necesidad de la oración para el hombre de hoy: el himno bíblico de la Creación (cfr. Dn 3, 52-90) tiene una vigencia singular en estos momentos. Deseo invitar a todos los hombres y mujeres que viven en el mundo, en el más profano, en el científico, en el económico, en el del pensamiento más dispar y en mayor contradicción con el pensar cristiano, donde todo parece analizado y demostrado, pero donde se manifiestan hastíos tremendos, a retomar este himno. En él se habla al hombre de Dios, y se le está animando a adorarlo. Hoy el ser humano tiene necesidad de hacerse capaz de dialogar humilde y noblemente con Dios. A lo mejor en el silencio, en el desierto, pero se palpan indicios de una espiritualidad que seguro da al mundo una historia y una gloria nueva. A todos a los que antes me refería, que trabajan en el mundo en tareas muy diferentes, os invito a repetir conmigo: «Bendito eres, Señor, [...] a ti gloria y alabanza por los siglos [...] Bendito eres en el templo de tu santa gloria [...] Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos [...] Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Fieles todos del Señor, bendecid al Dios de los dioses, alabadle y dadle gracias porque es eterna su misericordia» (cfr. Dn 3, 52-90).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid


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