Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

ArzobispoJosGmez ArquidicesisLosngeles 130117A medida que avanzamos en nuestro viaje espiritual, Dios a veces nos quita cosas en las que nos apoyábamos.

Puede ser la pérdida de un ser querido o tal vez perdemos nuestra salud. A veces nos sorprenden noticias que nunca hubiéramos esperado o cambia algo en nuestras vidas que nosotros pensábamos que siempre seguiría igual.

Algunos de los santos hablan de una “noche oscura del alma”, en el que sienten que Dios los ha abandonado. Creo que cada uno de nosotros se ha sentido así en diferentes momentos de su vida.

Es difícil enfrentar estos momentos. Pero todo lo que ocurre en la creación de Dios sucede por alguna razón y el plan de Dios es siempre un plan de amor para nosotros.

Este es el significado de la Navidad. Jesús viene a redimirnos, a darnos un nuevo comienzo y una nueva esperanza.

Hay una hermosa lectura que escuchamos en la liturgia durante esta época del año. El profeta Sofonías dice: “Él se goza y se complace en ti; él te ama y se llenará de júbilo por tu causa”.

¡Qué hermoso pensamiento! Imagínense: Dios los ama tanto que se llenará de júbilo por causa de ustedes. ¡Esto es Navidad!

Sin embargo, para muchos esta época del año se mezcla con la tristeza pues hay seres queridos que echamos de menos o por los cuales nos preocupamos, heridas antiguas que no han sanado, relaciones que necesitan todavía ser restauradas.

¿Por qué le vienen a la gente estos sentimientos en la Navidad?

Creo que es porque con la Encarnación, con la venida de Jesucristo en nuestra carne humana, podemos ver la gloria, la alegría y el amor que Dios tiene destinados para nosotros.

En Navidad nos damos cuenta de lo mucho que deseamos el don que Jesús viene a darnos: el Espíritu que nos restaura como hijos de Dios, que nos libra del oprobio y del miedo y que nos libera para poder regresar a nuestro Padre en la confianza y el amor.

Tenemos grandes deseos de este don de Dios. Pero estamos todavía aprendiendo, año tras año, cómo hemos de recibirlo.

San Juan de la Cruz fue uno de esos santos que pasaron por la noche oscura del alma y escribieron sobre ella.

A principios de este mes, la Iglesia celebró su fiesta. Un amigo me contó que ese día recibió un mensaje de texto de uno de sus amigos que decía: “He estado usando durante años el programa de antivirus de San Juan de la Cruz para los correos electrónicos: elimino todas las ataduras” [N. de Trad.: en español literalmente: todos los adjuntos; pero esta palabra no expresa el significado de la frase].

Fue un mensaje divertido, que destaca un profundo aspecto espiritual. A través de las pruebas de nuestra vida, a través de nuestras luchas, Dios nos está enseñando a “eliminar” nuestros apegos, a soltar cualquier cosa de nuestra vida que nos impida confiar total y únicamente, sólo en Jesús, sólo en Dios.

Pienso en María y en José. Podemos llegar a olvidar que ellos eran humanos, así como nosotros. Eran un hombre y una mujer que esperaban a su primer hijo, con todas las ansiedades propias de ese estado de la vida.

La Navidad es la historia de la total confianza en Dios que ellos tuvieron. Ellos fueron fieles a la voluntad de Dios para su vida, a pesar de que ésta se vio trastornada por acontecimientos fuera de su control.

Primero, un censo imperial los obligó a emprender un viaje que significaba que su bebé nacería en absoluta pobreza e incertidumbre. Luego se vieron obligados a huir de su país de origen en medio de la violencia política y del caos provocados por un rey despiadado.

Me imagino lo asustados y solos que se habrán sentido.

Es difícil no comparar su difícil situación con la de los millones de familias de refugiados que se encuentran hoy sin hogar, viviendo en la pobreza y la incertidumbre en una tierra extraña, inclusive los miles de personas que esta Navidad están acampando justo al otro lado de la frontera sur de nuestro país.

Lo que quiero destacar no es el aspecto político sino la confianza. Cuando perdemos nuestros apoyos, ¿en qué nos apoyamos? ¿A quién nos dirigimos?

Sólo a Dios; a Dios y sólo a Él. Él es la respuesta.

Un hermano obispo me recordó recientemente esta hermosa verdad. Me envió una cita del Beato John Henry Newman: “La vida pasa, las riquezas se van, la popularidad es inestable, los sentidos decaen, el mundo cambia, los amigos mueren. Sólo Uno es fiel a nosotros. Sólo Uno puede remediar nuestras necesidades”.

Sólo Dios basta. Podemos encontrar la felicidad que Él quiere para nosotros si le permitimos que nos guíe, viviendo siempre en su amorosa presencia.

Todos necesitamos practicar el desapego de mejor manera, poniendo nuestra vida en sus manos, deseando sólo lo que Él quiere; haciendo todo, sólo para complacerlo. Confíen en la voluntad amorosa de Dios y todo estará bien.

No es fácil. Esta es la obra de los santos, la obra de toda una vida. Pero a cada uno de nosotros se nos da toda una vida para amar a Dios y para llegar a ser santos, tal como Él lo dispuso al crearnos.

Oren por mí esta semana, y conforme vayamos avanzando por esta santa temporada y hasta el año nuevo, yo estaré orando por ustedes.

Y que la Sagrada Familia nos enseñe a todos a confiar totalmente en Dios.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

  

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