Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

Les estoy escribiendo nuevamente desde Roma y hoy estamos celebrando la memoria del Papa San Juan Pablo II, en el 40 aniversario de su elección como Sumo Pontífice.

Y ahora que damos comienzo a la última semana del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, es bueno recordar que fue él quien creó la Jornada Mundial de la Juventud y el que elevó a los altares a muchos jóvenes.

De hecho, en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles hemos inaugurado una nueva capilla para un joven santo que él beatificó: San José Sánchez del Río, martirizado por su fe a los 14 años de edad, durante la persecución que tuvo lugar en México, en la década de 1920.

San Juan Pablo llamó a los jóvenes a cosas grandes, los desafió a entregarle sus vidas a Jesucristo y a tomar parte en su misión. “¡No tengan miedo de ser santos!”, decía él.

El sínodo nos ha estado alentando a todos nosotros, los que formamos parte de la Iglesia, a que hagamos un renovado compromiso de caminar con nuestros jóvenes. La palabra “acompañamiento” ha sido una de las consignas de este sínodo.

Y al avanzar juntos, siempre debemos tener en cuenta que nuestro viaje tiene un destino. Estamos en camino hacia Dios, nuestro Padre, que es la fuente del amor y la razón y el significado de nuestras vidas.

Siempre que acompañamos a los jóvenes en la Iglesia, estamos caminando con Jesucristo, siguiéndolo con amor, viviendo de acuerdo con sus palabras, enseñanzas y ejemplo. De hecho, únicamente podemos llegar a nuestro destino siguiendo el camino que Él nos muestra. Si no estamos caminando juntos y no vamos siguiendo su sendero, sólo estaremos caminando en círculos.

Acompañar a los jóvenes significa llamarlos a la conversión como Jesús lo hizo, llamarlos a abrir sus corazones y a cambiar sus vidas para que puedan conocer el amor de Dios y el plan que Él tiene para la felicidad de ellos.

Esta es la hermosa verdad que la Iglesia está llamada a proclamar al mundo y que debe proclamar de una manera especial a nuestros jóvenes en este momento.

Algunas veces me pregunto si hemos perdido algo de nuestra confianza en esta verdad.

Las penas del mundo, los escándalos, el materialismo abrumador y el consumismo de nuestra sociedad tecnológica tienden, todos ellos, a cegarnos a la presencia de Dios, a cualquier percepción de que existe una dimensión que trasciende a la realidad.

De muchas maneras prácticas, vivimos en un mundo en el que Dios ya no importa. Y se vuelve más difícil creer que en la realidad que percibimos hay algo más de lo que podemos ver y experimentar con nuestros sentidos. Se vuelve más difícil creer que hay verdades permanentes, más allá de lo que podemos descubrir con nuestra ciencia y tecnología.

He estado reflexionando mucho sobre esto durante este sínodo.

Tenemos la verdad y el mundo está esperando nuestro testimonio. Pero no podemos compartir lo que no estamos viviendo.

En este momento de la Iglesia, creo realmente que todos debemos hacer un nuevo acto de amor hacia Jesús. Tenemos que orar, pidiendo una fe más profunda, pidiendo una nueva esperanza en el poder de su cruz y de su resurrección.

Hemos de creer que sólo Jesús tiene las palabras de la vida, que en sus enseñanzas encontraremos, tanto la felicidad que Dios quiere para nosotros en este mundo, como un amor sin final en el mundo venidero.

Esto es lo que los jóvenes buscan en la Iglesia: líderes en quienes puedan confiar para que les digan la verdad sobre la vida.

La palabra “escuchar” ha sido otra consigna del sínodo. A lo largo de este sínodo, todos los días ha habido jóvenes en la sala de reunión, presentes con los obispos, que nos han hablado sobre sus vidas y nos han planteado retos con sus preguntas.

Estos jóvenes quieren conocer la verdad. La verdad real, no nuestras ideas o preferencias personales. Ellos no quieren que se les diga lo que nosotros pensamos que ellos quieren escuchar. Los jóvenes quieren saber cuál es respuesta que Jesús da.

Esto es lo que Juan Pablo II les dijo. Él no tenía miedo de hablar fuerte con los jóvenes. Él los llamó a la grandeza, pero quería también que fueran realistas. El camino de Jesús puede llevarnos a la cruz, pero no hay otra manera de encontrar la verdad y la vida, decía él.

Él hizo notar que junto con la contaminación del mundo natural “existe también una contaminación de las ideas y de la moral que puede conducir a la destrucción del hombre. Esa contaminación es el pecado, del cual nacen las mentiras”.

Palabras fuertes, pero ciertas. Que nos recuerdan por qué la verdad es tan esencial en nuestra misión con los jóvenes.

Oren por mí en esta semana y yo estaré orando por ustedes aquí, en la Ciudad Eterna. Y sigan orando por el papa Francisco, por mis hermanos obispos y por mí, que estamos reunidos aquí en el sínodo.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que ore por la Iglesia, para que podamos llamar a todos los jóvenes a tener el valor de ser santos.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

  

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