Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

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Durante la peregrinación de este año a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, cuando estaba yo rezando ante la sagrada tilma, mis ojos se posaron en la cinta oscura que lleva atada justo por debajo de sus manos, que están unidas en oración.

 

Al estilo de los pueblos indígenas de la época, la posición de la cinta, muy por encima de su cintura, es una señal de que la mujer está encinta. Normalmente, la cinta se colocaría alrededor de la cintura de la mujer.

Y pensé en cómo el niño Jesús estaba creciendo en el seno de la Virgen, justo por debajo de su corazón materno, en lo que ella estaba orando por la gente del nuevo mundo que todavía no lo conocía.

Y pensé en las palabras que le dirigió a San Juan Diego: “Pues yo soy vuestra piadosa madre; tuya, y de todos vosotros juntos los moradores de esta tierra”.

La hermosa verdad de la religión cristiana es que todos nosotros somos hijos, cada uno de nosotros es hijo o hija del Señor que creó los cielos y la tierra.

Esto es lo que Jesús vino a revelar y el motivo por el cual vino al mundo como niño que viene del seno de una madre para crecer en una familia humana formada por un esposo y una esposa llenos de amor.

Jesús nos enseñó a decirle al mundo que el matrimonio entre el hombre y la mujer está en el centro del plan de Dios para la felicidad humana. Él señaló que Dios estableció el matrimonio en los primeros días de la creación, para el amor entre los esposos y para traer hijos al mundo.

A diferencia de casi cualquier otro líder religioso de su tiempo, Jesús prestó atención a los niños y a los jóvenes, los escuchó y los sanó. Incluso puso a los niños de ejemplo de lo que significa ser un discípulo.

Y las páginas finales de la Biblia revelan que la historia se terminará con una gran boda cósmica y con la cena de las bodas del Cordero, una alegría futura que aún anticipamos cada vez que celebramos la Eucaristía.

El amor es el gran mensaje que Cristo vino a traer. Y el “ideal” cristiano del amor siempre ha sido el amor del hombre y la mujer en el matrimonio, un amor que eleva a la pareja a participar en el amor vivificante del Creador.

Esta semana estamos celebrando el 50º aniversario de “Humanae Vitae” (“Sobre el amor humano”), la carta encíclica del Beato Papa Pablo VI sobre la vida humana y el amor.

Viendo hacia atrás, podemos entender mejor por qué el mundo de 1968 no estaba listo para este documento.

Ése fue un tiempo de ideas nuevas acerca de la libertad y el amor humanos y de actitudes nuevas hacia las tradiciones y la autoridad.

Los católicos intentaban captar las enseñanzas del histórico Concilio Vaticano II (1962-1965) y lo que esas enseñanzas significaban para vivir como cristianos en el mundo moderno.

Mucho se ha escrito acerca de “Humanae Vitae” y de cómo se recibió en la Iglesia y en la sociedad en general. Ahora sabemos ya cuánto sufrió el Beato Papa Pablo VI debido a que su mensaje fue malentendido y malinterpretado.

El mundo de 1968 no sabía qué tan necesaria era la encíclica “Humanae Vitae” para él. Y nuestro mundo de hoy la necesita aún más.

Por supuesto, podemos leer “Humanae Vitae” como una profecía.

Mucho de lo que el Papa Pablo VI advirtió se ha cumplido: desde la desmesurada cantidad de divorcios, la infidelidad y la pornografía, hasta los bebés “de probeta”, el aborto generalizado, el “invierno demográfico” y la confusión total sobre el género, la sexualidad y la persona humana, que podemos ver en nuestra sociedad actual.

Pero deberíamos leer “Humanae Vitae” como una promesa.

Esta encíclica es una carta sobre la felicidad y el amor. El Beato Papa Pablo VI escribe sobre “el designio amoroso de Dios”, el camino que Él dispone para nosotros y que nos ha de llevar a encontrar la felicidad. El amor conyugal es parte de ese plan.

El Beato Papa Pablo VI es realista. Él comprende que las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad no son fáciles, que seguir a Jesús requiere disciplina y auto sacrificio. Pero él quiere que sepamos que Dios hace con nosotros este viaje, y nos presenta un destino para nuestras vidas que es a la vez hermoso y verdadero.

Fuimos creados por el Amor y estamos hechos para amar, para amar y ser amados. Y el fruto que bendice el amor en el matrimonio es el milagro de la nueva vida, en la cual el hombre y la mujer se dan cuenta de lo que significa ser creado a imagen de Dios, que es el Autor de la Vida.

Esta es la hermosa promesa de “Humanae Vitae”.

Oren por mí esta semana y yo estaré orando por ustedes. Pidámosle al Beato Papa Pablo VI, que será canonizado en octubre, que nos ayude a leer nuevamente su profética encíclica con una distinta visión y con un corazón abierto. Y que Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra Santísima Madre, proteja y fortalezca cada matrimonio y cada familia; que ella nos ayude a amar puesto que para eso fuimos creados.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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