Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

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(El arzobispo José H. Gomez pronunció este discurso magistral el 4 de junio, en una cumbre patrocinada por la Iniciativa sobre el Pensamiento Católico Social, en la Universidad de Georgetown. La reunión de tres días reunió a 75 diversos líderes católicos durante tres días de diálogo, oración y reflexión sobre el tema: “Aunque muchos, somos uno: superar la polarización a través del pensamiento católico social”).

 Me siento honrado de estar aquí para hablar sobre estos importantes temas de la enseñanza católica social.

Y quiero empezar nuestra conversación ofreciéndoles un breve panorama de nuestra experiencia en Los Ángeles.

 

Como ustedes saben, nosotros somos la comunidad católica más grande del país. Abarcamos un territorio del tamaño de Nueva Jersey: contamos con cerca de 5 millones de católicos dentro de una población total de 11 millones.

Nuestras iglesias están llenas de personas que provienen de otras naciones. Todos los días llevamos a cabo nuestros ministerios en más de 40 idiomas.

Nuestra Iglesia es joven y crece día con día. Sólo para que se den una idea: en Los Ángeles, bautizamos a unos 60,000 bebés cada año. Eso es más que el número total de bautismos infantiles que tienen lugar en Chicago y Nueva York juntos.

Yo le digo a la gente: si quieren ver cómo será la Iglesia en el futuro, deberían venir a Los Ángeles.

Sin embargo, amigos míos, existe otra faceta de Los Ángeles, un conjunto de estadísticas que nos hablan de una realidad más cruda.

Cada noche, en el área de Los Ángeles, tenemos a 55,000 personas que carecen de un lugar al que le puedan llamar hogar.

Ellos duermen en las aceras y debajo de los puentes; en los estacionamientos, dentro de sus automóviles. Ahora hay “ciudades de tiendas de campaña” en muchos de nuestros vecindarios, incluso en los suburbios. La categoría de personas sin hogar con mayor crecimiento es la de los niños.

A la sombra de nuestra catedral, en el centro de la ciudad, tenemos una de las prisiones más grandes del mundo. En total, tenemos cerca de 20,000 hombres y mujeres tras las rejas; la gran mayoría de los cuales son negros y latinos.

Y justo en el otro extremo de la calle en que está la catedral, en un vecindario en el que se habla casi exclusivamente el español, hay nueve clínicas de aborto dentro de un radio de una milla. Y lamentablemente, trabajan activamente. Se realizan más abortos en Los Ángeles que en cualquier otra ciudad, a excepción de Nueva York, y la mayoría de las mujeres afectadas son pobres y pertenecen a minorías.

En todas partes vemos signos de la ruptura de los matrimonios y de las familias. Tenemos 30,000 niños en el sistema de crianza y adopción de Loa Ángeles.

Casi el 20 por ciento de las personas de Los Ángeles viven por debajo del umbral de la pobreza. Y cada día parece que va creciendo la distancia entre aquellos que tienen lo que necesitan para llevar una vida digna y aquellos que no lo tienen.

Vemos esto de maneras obvias y no tan obvias, como en las altas tasas de contaminación ambiental y de contaminación del agua subterránea en nuestras comunidades más pobres.

Finalmente, hay más de 1 millón de inmigrantes indocumentados en Los Ángeles. Y todos los días enfrentamos la realidad de las deportaciones. Eso significa que las madres y los padres son separados de sus hogares, de sus hijos y de sus seres queridos.

Entonces, ése es un panorama general de Los Ángeles, “basado en los números”. Y, por supuesto, para aquellos de nosotros que pertenecemos a la Iglesia, cada uno de estos “números” representa un alma que ha sido creada a imagen de nuestro Creador y que ha sido redimida por el sacrificio del Hijo único de Dios.

Lo que quiero destacar es lo siguiente: los problemas que enfrentamos en Los Ángeles son únicos sólo en cuanto a su escala. Todos los días, en todas las ciudades del país, las comunidades católicas se enfrentan a estos mismos tipos de injusticias y afrentas a la dignidad humana.

La pregunta a la que todos nos enfrentamos es ésta: ¿por dónde empezamos ante tanta miseria humana? ¿Cómo establecemos cuáles son las prioridades? ¿Qué criterios vamos a usar? ¿Cómo cambiamos nuestra sociedad para que haya menos sufrimiento, menos injusticia?

En Los Ángeles, hemos intentado unir todo nuestro trabajo por la vida, la justicia y la paz bajo una sola bandera. Lo llamamos “UnaVida LA”.

Para nosotros, “UnaVida LA” tiene como fin el promover y proteger la santidad y la dignidad de cada persona humana, que es amada por Dios con un amor personal.

Y por la gracia de Dios, estamos haciendo algunas cosas hermosas en Los Ángeles.

Personas humanas olvidadas

En nuestro trabajo en Los Ángeles, hemos llegado a percibir cuál es el gran desafío de nuestros tiempos. Y éste es la desaparición de la persona humana.

Estamos viviendo en una sociedad en la que Dios ya no importa y en la que la persona humana está a punto de ser olvidada también. El sentido de nuestra gran dignidad como hijos de Dios, el sentido del amoroso designio de Dios para la creación y el significado divino de nuestras vidas; todo esto se está desvaneciendo de los corazones y de las mentes de esta generación.

Nos damos cuenta de que este proceso ha sido gradual y de que es algo que ha estado ocurriendo durante mucho tiempo.

Hace cincuenta años, cuando el Papa Juan Pablo II era todavía cardenal, describió nuestro desafío de esta manera.

Dijo: “El mal de nuestro tiempo consiste… en una aniquilación de la fundamental singularidad de la persona humana. A esta desintegración… debemos oponer… una especie de ‘recapitulación’ del misterio de la persona”.

El Papa Francisco ha estado diciendo lo mismo en nuestros tiempos. Él dijo: “Estamos pasando por un momento de la aniquilación del hombre como imagen de Dios”.

Y en todas partes de nuestra sociedad, podemos ver de lo que están hablando. Podemos verlo en la manera en la que, en nuestra economía, las personas son tratadas cada vez más como objetos que pueden ser reemplazados o como herramientas a ser utilizadas para favorecer las ambiciones de los demás.

Y, tristemente, podemos verlo también en la destrucción humana que nos rodea, en las vidas perdidas por las adicciones y en las decisiones equivocadas que conducen a la desesperación y a la degradación. Lo vemos en la crueldad y en la violencia aleatorias, que hemos llegado a aceptar como la realidad cotidiana de nuestra sociedad.

Amigos, en este momento —como Iglesia y como cristianos— necesitamos permanecer unidos en la urgente misión de proclamar y defender el misterio de la persona humana en nuestros tiempos.

Esta es la tarea central de la enseñanza católica social de nuestros días. Es más, es un desafío para todo nuestro proyecto de la nueva evangelización.

Es un tiempo para santos

 Ahora más que nunca, hemos de propiciar una nueva generación de discípulos, una nueva generación de santos.

Éste es un llamado para ustedes y para mí, para todos los que formamos parte de la Iglesia. Necesitamos pensar de nuevas maneras acerca nuestra identidad y misión como cristianos, como seguidores de Cristo.

La iglesia existe para evangelizar. Punto. La Iglesia no tiene otra razón de ser. No estamos llamados a ser trabajadores sociales o defensores de causas. Estamos llamados a ser apóstoles y santos.

Nuestra misión es compartir la buena nueva que Jesús nos ha revelado acerca de quién es Dios y de cuánto nos ama; de quiénes somos y de la manera en que Él nos ha enseñado a vivir.

En nuestro trabajo de evangelización, hemos de tener cuidado de que nuestro mensaje no se mezcle con la política o con las ideas de moda sobre la felicidad o el “bienestar”.

No estamos aquí para ofrecer soluciones a los problemas de la sociedad. Lo que proclamamos es la verdadera liberación, el camino que conduce a la vida eterna.

Podemos cambiar el mundo cambiando los corazones de las personas, haciendo presente el amor de Dios y guiando a los hombres y mujeres a encontrarlo y descubrir su verdadera dignidad como hijos de Él.

Y ustedes y yo, estamos llamados a llevar a cabo nuestra misión cristiana en el mundo, de persona a persona, de corazón a corazón.

La gran apóstol francesa, la Venerable Madeleine Delbrel, solía decir: “La misión significa hacer la obra misma de Cristo donde quiera que estemos. No seremos la Iglesia, y la salvación no llegará a los confines de la tierra, a menos que ayudemos a salvar a la gente en las situaciones mismas en las que vivimos”.

Estas palabras están dirigidas a nosotros, amigos míos.

Tenemos una misión en la vida y esa misión es vivir como hijos de Dios y tratar de volvernos como Jesús: viendo lo que Él ve, sintiendo y pensando como Él lo hace; siendo santos como Él es santo. Y Dios nos está llamando a todos a buscar la santidad, a ser santos, cada quien, a su manera, en las circunstancias de nuestra vida ordinaria. En nuestros hogares, en el trabajo, en la escuela y en nuestras comunidades.

Nos volvemos misioneros al ser buenos vecinos. Cuando buscamos la santidad, ésta abre nuestros corazones para construir el reino de Dios que es de amor, de justicia y de paz. Cuando buscamos la santidad, ésta nos lleva a profundizar cada vez más en la vida de nuestros hermanos y hermanas, en sus alegrías y esperanzas, en sus miserias y desgracias.

No hay santos que se limiten a un solo asunto

 El amor al que Jesucristo nos está llamando es un amor concreto y personal, que se expresa a través del contacto humano de las obras de misericordia y del compartir nuestra vida con la de los demás.

Tenemos una vocación a amar. La gran apóstol estadounidense Dorothy Day dijo una vez: “Nuestras vidas deben ser un acto de amor puro, repetido muchas veces”.

Esta es una hermosa verdad; es la manera en la que estamos llamados a vivir. Estamos llamados a amar como hemos sido amados y, a través de nuestro amor, a revelar a los demás el gran amor que Dios tiene por cada persona.

La salvación que proclamamos a nuestros vecinos es la salvación de la persona entera: cuerpo y alma.

Por eso no hay “polarización” en la comunión de los santos, y no hay santos “que se limiten a un solo asunto”.

Los santos nos enseñan a ver con los ojos de Cristo. Ellos nos enseñan a ver cada vida humana como algo sagrado y especial, sin importar en qué etapa del desarrollo esté o en qué condiciones transcurra su vida. Y los santos nos enseñan que siempre que la vida humana se ve amenazada, que cada vez que la imagen de Dios es obscurecida o violada, estamos llamados a ponernos en acción y a salir en su defensa.

Cuando pensamos en la Santa Madre Teresa, solemos pensar en su caridad hacia los pobres y los moribundos y en su defensa de los no nacidos. Pero la Madre Teresa no se detuvo allí. Ella también levantó una voz profética contra la guerra y la carrera armamentista, contra la pena de muerte y la codicia, y contra la desigualdad que ella veía en la economía global.

El Beato Oscar Romero fue martirizado por su defensa de los derechos humanos y de la justicia social. Pero cuando uno lee sus homilías, es notoria la frecuencia con la que habla en contra del aborto, en contra de la anticoncepción artificial y del divorcio.

De hecho, el otro día estaba yo leyendo una de sus homilías, y quiero compartir este pensamiento con ustedes. El Beato Oscar Romero dijo: “La fidelidad matrimonial y la moralidad de preservar la vida que comienza en el seno de una mujer son temas antiguos, no nuevos. Y la Iglesia debe defenderlos incluso si eso significa perder el aplauso y ser atacado por el público”.

Amigos, en nuestra defensa de la persona humana, tenemos que recordar lo que el Beato Romero y todos los santos saben. Si queremos promover la santidad y la dignidad de la persona humana en nuestros tiempos, tenemos entonces que proteger también la santidad y la permanencia del amor conyugal y hemos de promover la belleza de la vida familiar.

Tenemos que tener también un cuidado especial de defender a los más vulnerables.

En la lógica del amor de Dios, los más débiles y vulnerables de la sociedad siempre deben ser nuestra prioridad en la Iglesia. Por eso el aborto siempre será la injusticia social fundamental y la prioridad en la Iglesia, porque implica el asesinato directo de los miembros más indefensos de la familia humana.

Pero al igual que los santos, no podemos detenernos allí. Tenemos que luchar por la persona humana. Hemos de defender la santidad y la dignidad de la persona en todas partes y tenemos que trabajar por su salvación.

Una vida, un amor

 Amigos míos, permítanme ofrecerles algunas reflexiones finales.

Estamos viviendo en un tiempo de confusión en nuestra sociedad, en el que la realidad de Dios se está desvaneciendo, y en el cual la realidad de la persona humana está desapareciendo también.

Nos estamos convirtiendo en extraños para nosotros mismos. Ya no sabemos quiénes somos o qué es lo que hay dentro de nosotros. Y muchos de nuestros hermanos y hermanas se están quedando en el camino, descartados y perdidos.

Pero Dios no nos deja huérfanos ni nos deja solos. Jesucristo sigue trayendo la libertad a cada corazón humano y su Iglesia sigue siendo la esperanza para un mundo caído.

Eso es para ustedes y para mí.

En este momento, Dios nos está enviando a ser sus testigos. Estamos llamados a dar testimonio de que este mundo todavía habla de Dios, de que la creación es obra suya, y de que Él todavía está desarrollando sus intenciones para la historia, de que todavía está realizando su hermoso plan de amor.

La vida es única y el amor de Dios es único. Una vida, un amor. Estamos rodeados por la bondad de Dios, y Él nos ama con un amor que es más grande que cualquier poder de la tierra.

¡Y estamos hechos para mucho más, estamos hechos para ser divinos! ¡El Dios de toda la Creación quiere compartir su vida de beatitud con nosotros! El Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre, para que ustedes y yo podamos ser hijos e hijas de Dios. Ésta es nuestra dignidad y nuestro destino. Esto es lo que Dios sueña para nuestras vidas.

Hemos de mirarnos al espejo todos los días y hemos de creer realmente que es verdad. Y tenemos que compartir esta verdad con la gente de nuestro tiempo.

Gracias por escuchar. Y espero con gusto nuestra conversación.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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