Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

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Como muchos de ustedes, la semana pasada, me desperté en el día la fiesta de los Ángeles de la Guarda, con la noticia de otro tiroteo masivo en Estados Unidos, esta vez en Las Vegas.

Es una escena que ha tenido lugar demasiadas veces durante los últimos años.

Las Vegas nos recuerda nuevamente que el mal es algo real y que nuestras vidas son vulnerables. Valoramos nuevamente lo que San Pablo quiso decir: Cuando uno de nosotros sufre, todos sufrimos.

Oramos por las víctimas y por sus familias, por todos los que están atrapados por la violencia. Nos comprometemos nuevamente a traer sanación y paz, a construir una cultura en la que se proteja a la gente y en la que se respete su dignidad.

Pero al escuchar nuestra conversación nacional en los días posteriores a Las Vegas, me llama la atención que, cada vez más, todo lo que acabo de decir tiene menos y menos sentido. Ya no tenemos el vocabulario necesario para pensar y responder a los eventos de esta manera.

En los medios de comunicación hay indignados debates sobre si podemos llamar “malo” a lo que sucedió en Las Vegas. La idea de orar por esta tragedia provoca escepticismo y, nuevamente, ira.

Un indignado ensayo que apareció en una de nuestras principales revistas católicas, concluye con estas amargas palabras: “Por favor, basta de pensamientos y oraciones. En lugar de ello, hagan algo”.

Vivimos en una sociedad secular y el espíritu de nuestros tiempos, nuestro enfoque sobre la vida, es lo que el Papa Francisco describió recientemente como “materialismo tecnocrático”. Como sociedad, hemos apostado que podemos salir adelante sin Dios, sin ninguna referencia a explicaciones, perspectivas, motivos o valores “religiosos”.

En una sociedad secular, el único lenguaje que tiene sentido es el político y tecnológico. Queremos establecer causas y encontrar soluciones. ¿Quién es responsable de esto y por qué sucedió? ¿Qué necesitamos “arreglar” para que este tipo de cosas no suceda en el futuro?

Por supuesto, tenemos que animar a nuestros líderes a tomar medidas. Necesitamos encontrar maneras de evitar que las personas con armas de fuego acaben con sus propias vidas y con la vida de los demás.

Aún más, tenemos que sanar la enfermedad de una cultura popular que nos invita a entretenernos mirando cómo la gente le hace cosas horribles a otras personas, de una cultura que hace de la violencia y del homicidio un asunto de juego que permitimos que nuestros niños jueguen en nuestros hogares.

Pero los desafíos de nuestra sociedad no son sólo técnicos y políticos; son también espirituales.

Necesitamos luchar contra la mentalidad tecnocrática y contra el espíritu secular de nuestra época. No podemos permitir que la conciencia de Dios se desvanezca de nuestra sociedad. Sin Dios, el mundo no tiene sentido. Todo sucede al azar, la vida se convierte en una lucha de fuerzas ciegas que no podemos ver ni controlar.

Como cristianos, tenemos que dar testimonio de la realidad de la Providencia divina: de que nuestro Dios es el Señor de la historia, de que por medio de su presencia amorosa, Él está actuando en los acontecimientos de nuestro mundo y en los acontecimientos de nuestras vidas, y que no hay nada que esté más allá de sus planes y propósitos amorosos.

Dios permite el mal, es verdad. Permite males físicos como los devastadores huracanes que vimos este verano, males morales como la masacre de Las Vegas, como el sufrimiento de los inocentes que vemos por todas partes en nuestro mundo caído.

Pero aunque Dios permite el mal, no lo causa y no lo quiere. Él es nuestro Padre y su amor es más fuerte que la muerte. Él sacará bien de todo mal.

Esta semana estaba pensando en algo que San Juan Pablo II dijo una vez: “Una mano fue la que disparó y otra la que guió la bala”.

Él estaba hablando de cómo un asesino trató de matarlo el 13 de mayo de 1981, el día en que la Iglesia recuerda las apariciones de Nuestra Señora de Fátima.

En su nuevo libro, George Weigel recuerda que San Juan Pablo creía que “la Providencia, actuando a través de Nuestra Señora… guió la bala. …Él fue salvado, y por un motivo. Tenía una misión qué cumplir, y el Señor de la historia vería que se le diera la oportunidad de completarla.

Nunca sabremos por qué Dios permite que algunas vidas sean conservadas y otras tomadas. Sólo sabemos que Él tiene un plan de amor para cada persona.

A raíz de esta última violencia, tenemos que recordar eso. Y recordemos que Dios nos da a cada uno una misión qué completar. Cada uno de nosotros tiene un papel qué desempeñar en su plan, en la construcción de su Reino en la tierra.

El 13 de octubre nos uniremos a la Iglesia universal para recordar el centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima. Oren por mí; yo estaré orando por ustedes.

Pidámosle de manera especial a Nuestra Señora de Fátima que fortalezca nuestra fe en la Providencia. Que respondamos a su llamada a la conversión y a la oración, con un corazón abierto a la voluntad de Dios y a sus planes para nuestras vidas y para nuestro mundo.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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