Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

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Estamos a mitad del camino de nuestro viaje Cuaresmal hacia la Pascua.

Este pasado domingo celebramos el “Domingo Laetare”, ¡el domingo de la alegría y del regocijo! Nos alegramos, por supuesto, porque vemos que el “final” ya está a la vista. Porque estamos anticipando el gozo de la Resurrección.

Durante estas últimas semanas han fallecido algunos buenos sacerdotes aquí, en la Arquidiócesis de Los Ángeles.

Y conforme voy haciendo mis reflexiones sobre la Cuaresma, he estado orando por estos buenos hombres, y pensando acerca de la vida que llevaron. Y me doy cuenta de que he estado pensando mucho sobre el significado de nuestra vocación cristiana.

En mis oraciones, sigo retomando estas palabras de Jesús: “¡Muy bien, siervo bueno y fiel!… ¡entra en el gozo de tu Señor!”.

¿Para qué otra cosa podríamos estar viviendo, si no es para ver realizada nuestra esperanza de encontrarnos un día con nuestro Señor y de escuchar de sus labios estas palabras, dirigidas a nosotros?

Nosotros nacemos en el tiempo pero estamos hechos para vivir por toda la eternidad.

Actualmente llevo casi cuarenta años de haber sido ordenado sacerdote. Y diariamente le doy gracias a Dios por esta hermosa vocación con la que me llamó a ser su sacerdote.

Y doy también gracias cada día por los sacerdotes, diáconos, seminaristas y religiosos que han dedicado sus vidas a servir a Dios y al pueblo de Dios aquí en la Arquidiócesis.

De hecho, este domingo pasado, celebré la Misa por los hombres y mujeres que están en formación religiosa. El día anterior tuve el privilegio de celebrar un Bautismo.

No pude dejar de pensar que en esos dos momentos podemos apreciar todo el hermoso ámbito en el que se extiende la vida cristiana. La vocación cristiana ciertamente no se limita a los que están ordenados o consagrados.

Vocación significa simplemente “llamado”. Y Dios llama a cada alma. Desde el Bautismo, Dios nos habla en las profundidades de nuestras almas: “Te he llamado por tu nombre, tú eres mío”.

A medida que crecemos en nuestra fe y en nuestra relación con Él en la oración, vamos descubriendo más y más su plan divino, la hermosa misión que Dios tiene para nuestras vidas.

Esa es una de las razones de mi nueva carta pastoral —Ustedes nacieron para cosas más grandes—: compartir esta hermosa verdad de nuestra vocación cristiana.

Hay muchos caminos, muchos llamados; tantos caminos como hay cristianos. Su vocación particular —lo que Dios los está llamando a hacer— nadie más está llamado a hacerlo.

Pero casados o solteros, ordenados o consagrados. Dios nos llama a todos. Y Él nos invita a todos a responderle con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida. Nos invita a decir, como dijeron los profetas: “Aquí estoy, Señor, porque tú me llamaste”.

La semana pasada estuve en Washington, D.C., para algunas reuniones que forman parte de mis deberes como vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos.

Mientras estuve allí, tuve la oportunidad de dar una conferencia en la Universidad Católica de América (CUA). Antes de eso tuve oportunidad de cenar con algunos estudiantes, y tuvimos una agradable conversación acerca de nuestra relación con Jesús, y de cómo nuestro encuentro con Él cambia y moldea la dirección que toman nuestras vidas.

Jesús es el principio y el significado de toda vocación. Jesús viene a nuestras vidas y no hay nada más hermoso que conocer a Jesús y encontrarlo en el significado y en el destino de nuestras vidas, en la manera en la que nos ha tocado vivir y en aquello que fuimos llamados a ser.

Esos estudiantes de la CUA me dijeron que es importante para ellos encontrar compañerismo en pequeñas comunidades de fe.

Y es verdad, nuestra fe crece por medio de las amistades. No hay “cristianos solitarios”. Escuchamos el llamado de Jesús y lo seguimos en compañía de otros y nos unimos a una nueva familia: la familia de Dios, la Iglesia.

Estaba pensando en eso recientemente cuando celebramos nuestra Misa anual de Premios a los Servicios Cristianos. Estos hombres y mujeres jóvenes que honramos cada año son un brillante ejemplo de lo que significa seguir a Jesús.

Y tenemos que alentar y apoyar a nuestros jóvenes. Necesitamos encontrar maneras —en nuestros hogares, en nuestras parroquias, en nuestras escuelas— de ayudarles a crecer en su amor por Jesús y en su compromiso de servir a la Iglesia y a la sociedad.

La semana pasada, celebramos la Anunciación, ese gran “sí” de la Santísima Virgen María al llamado de Dios y al plan que Él tuvo para su vida.

Siempre me parece hermoso que seis días antes de la Anunciación, la Iglesia celebra la solemnidad de San José y su vocación a ser el cónyuge de ella y el guardián de la Sagrada Familia y de la Iglesia.

El reflexionar sobre su vocación, sobre su testimonio, nos recuerda que nuestras vidas encuentran su verdadero significado en responder al llamado de Dios y en caminar con Jesucristo en este mundo.

Así que sigamos caminando con Jesús en el camino hacia la Pascua. Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y pidámosles a María y a José que intercedan por nosotros y que nos ayuden a renovar nuestra alegría y a fortalecer nuestro compromiso con nuestra vocación cristiana.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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