Arzobispo de Los Angeles, la arquidiócesis más poblada de Estados Unidos y el primer Arzobispo hispano en ocupar esta importante sede.

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Escribo esto ahora que acabamos de concluir la primera de nuestras celebraciones para la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe.

Fue una bendición ver a tantos de ustedes —varios miles— en nuestras festividades y en la Misa de medianoche que tuvo lugar en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles.

Este año se conmemora el 485 aniversario de las apariciones de Nuestra Señora a San Juan Diego en el Cerro de Tepeyac, que se encontraba en las afueras de la Ciudad de México, en 1531.

Todos conocemos la historia de su aparición y creo muchos de nosotros conocemos también la “historia posterior”. En cierto modo, lo que sucedió en los años siguientes —los frutos de la aparición— puede ser inclusive más asombroso.

La imagen sagrada de la Virgen, que quedó impresa en la tilma de San Juan Diego, inspiró innumerables conversiones. En unas pocas décadas, México se convirtió en la fuente de donde brotarían los misioneros que llevarían la fe a través del continente americano, y que incluso cruzarían los mares, hasta llegar a varias naciones de Asia, Oceanía y el Caribe.

Durante mucho tiempo he pensado que la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe fue el verdadero fundamento espiritual de todas las naciones del continente americano, inclusive de los fundamentos espirituales y morales de Estados Unidos.

Como bien sabemos, el gran padre fundador de los Estados Unidos, San Junípero Serra, al llegar al continente americano consagró su misión a la Virgen, haciendo una peregrinación de más de 300 millas a pie, hasta el santuario de la Virgen.

San Juan Pablo II tenía razón cuando dijo: “Los frutos de la santidad han florecido desde los primeros días de la evangelización de América”·. Esto es cierto aquí en Los Ángeles. Estoy siempre muy consciente de que nuestra ciudad ha sido el hogar de una larga lista de hombres y mujeres santos que han trabajado aquí y han fundado diversos ministerios, algunos de los cuales continúan hasta nuestros días.

Nuestra Señora de Guadalupe es el alma de los pueblos del continente americano, y la misión de la Iglesia continúa bajo sus ojos e intercesión maternales. Y ella sigue siendo una fuente de esperanza para las familias en todas partes del continente americano.

Eso es lo que más me ha impactado durante mis reflexiones y oraciones de este año. Hay tantos pequeños santuarios y signos de devoción a Nuestra Señora en nuestros hogares, en nuestras parroquias y en nuestros vecindarios… Su imagen nos acompaña en nuestros hogares y nos dirigimos a ella frecuentemente para orar por nuestras familias y por nuestros seres queridos, confiándole todas nuestras esperanzas, alegrías y sufrimientos.

Puedo experimentar cómo ella me guía y me protege en el camino de mi vida y en mi ministerio. Y sé que eso no sólo me sucede a mí. Siento su amor y misericordia maternales, casi como si estuvieran entretejidos en la vida de cada miembro de la familia de Dios aquí en Los Ángeles.

Todos vivimos en los tiernos ojos de Nuestra Señora de Guadalupe.

Las palabras de la Virgen a San Juan Diego son una fuente de consuelo y valor para nosotros durante nuestro recorrido por el mundo: “¿No soy yo tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi mirada? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás protegido bajo de mi manto y en el cruce de mis brazos?”.

Este año también me llamó la atención que ése es el motivo por el que Nuestra Señora nos dio la tilma. ¿Por qué lo hizo? Para que tuviéramos así un retrato, una imagen de su rostro. Para que pudiéramos ver la ternura de sus ojos maternales. Es algo increíble pensarlo. Nuestra Señora nos dio un retrato de su rostro. Quiso que pudiéramos comprobar por nosotros mismos lo mucho que nos ama.

Como bien sabemos, tenemos la bendición de tener un pequeño trozo de la tilma en nuestra capilla, en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. ¡Este es el único lugar en el mundo fuera de la Ciudad de México en donde se puede ver una parte de la tilma que San Juan Diego usó y que fue tocada por nuestra Santísima Madre!

Para mí, esta reliquia es un tesoro nacional, una de las grandes piezas simbólicas de la historia del continente americano. Y elevo mis oraciones para que la devoción a la Virgen se incremente y fortalezca en nuestro país, entre todas las personas. Le pido a Dios que todos nos lleguemos a unir como una sola familia, que nos regocijemos de que somos, todos, hijos de la Virgen del Tepeyac y de que la identidad cristiana del continente americano —de todos y cada uno de los pueblos que lo conforman— encuentre su corazón en ella.

¿Y saben cómo llegó a nosotros este pedazo de tilma? Fue un regalo, un regalo de gratitud. Nos fue regalado por el arzobispo de México en agradecimiento y para honrar a mi predecesor, el arzobispo John Joseph Cantwell, por su valor y ayuda al haber protegido a los refugiados que huían de la persecución en México durante la época de los Cristeros. Este legado es importante en este momento de incertidumbre que están viviendo las familias de los inmigrantes y refugiados.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre, la Virgen de Guadalupe que ore por nosotros y permanezca cerca de nosotros como protectora de nuestras familias y como el gran signo del amor de Dios hacia nosotros.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)

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