madre cristina gimenezNuestra Hermana, Madre Cristina Giménez de San José, natural de Almería, nació el 11 de diciembre de 1931; fue bautizada, con el nombre de María Giménez Sáez, el 1 de enero de 1932. Desde nuestra casa de Roma, el día 1 de abril de 2018, a los 86 años de edad y 65 de Consagración, pasó presurosa junto al Padre para celebrar con gozo junto a Él, la gran Fiesta de la Pascua.

El día 12 de julio de 1952, ingresó en la Congregación, en el Postulantado de Barcelona; comenzó el Noviciado en Valencia, el 22 de mayo de 1953, donde permaneció hasta su Profesión Anual. Emitió sus Votos Perpetuos en Roma, el 8 de diciembre de 1960, Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Sus destinos fueron: Roma, Cheste, Valle de Abdalajís, Sabaneta, Valencia - Colegio, Zaragoza, Cheste, Gijón - Colegio y Roma, a partir de agosto de 2002.

 

Desde su destino en el Valle de Abdalajís (1970-1973) y posteriormente, desde Zaragoza, septiembre 1980, desempeñó la responsabilidad de Superiora, hasta junio de 2012.

 

Una Madre que convivió con Madre Cristina en Gijón, da testimonio de su amor a la Congregación, de su sentido de pertenencia y, sobre todo, del empeño y apoyo que fue para la Comunidad, a la hora de llevar a cabo la reforma del Colegio, que estaba destinado a desaparecer. Junto a las Hermanas, vivió con grandes esfuerzos, sacrificios e incomodidades las obras, pues, mientras en una parte del edificio trabajan los albañiles, en la otra, seguían dando clase.

 

Muestras de cariño, agradecimiento a Madre Cristina y cercanía a la Congregación, son las llamadas telefónicas, que se están recibiendo, desde distintos lugares, de Sacerdotes que la han conocido y han tratado con ella, en nuestra Casa de Roma.

 

Os transcribo la semblanza que su Comunidad, ha enviado:

“El Señor ha elegido el día de su resurrección para llevarse consigo a Madre Cristina, y compartir el gozo de la vida eterna. El tiempo del deterioro de su salud sirvió de purificación y preparación para este encuentro, supo vivir la voluntad de Dios con generosidad, paz y alegría, nunca perdió su sentido del humor; fruto de un camino intenso de entrega y fidelidad a su vocación de Consagrada.

Le damos gracias a Dios por el tiempo que nos dejó compartir la presencia de Madre Cristina, después del periodo de su rehabilitación cardiológica en la clínica, dándonos un testimonio de abandono en las manos del Padre Eterno, asumiendo con generosidad y paz las limitaciones de su salud. Poco a poco fue integrándose al horario normal de la comunidad, se valía por sí misma y, cuando pudo, continuó haciéndose cargo de responder al teléfono y abrir la puerta, y se fue desprendiendo de comodidades y cosas; por las mañanas agradecía al Señor por otro día más de vida, y decía: “Si Tú lo quieres, si esa es tu voluntad, aquí estoy”. Detrás de esa mujer de carácter fuerte y, a su vez, humilde, ahora, brillaba en sus ojos la bondad y agradecimiento, por todo el bien recibido de parte de Dios. El testimonio que deja a la comunidad, es de una religiosa que se esmeraba en cuidar su vida espiritual, mostraba un delicado amor al Señor, haciendo visitas frecuentes a la capilla; y siempre tenía una palabra para el Señor en el sagrario y para San José. Le gustaba mucho la lectura, en especial la vida de los Santos, a lo que le dedicaba un tiempo durante el día. Su amor a la Virgen lo manifestaba en su fidelidad al rezo del Santo Rosario, media hora, en la que en silencio se le podía observar en recogimiento absoluto.

 

Fue una Madre de Desamparados que vivió el carisma del Amor Misericordioso, aunado a su  carisma personal; se distinguió por su generosidad hacia todas las personas y Hermanas de comunidad; cuando reflexionaba sobre alguna contradicción, sabía reconocer su desacuerdo y pedía disculpas. Muy acogedora, alegre y con sentido del humor, cercana, hablaba desde el corazón y las personas sentían ese cariño en sus palabras, no le gustaba participar de la crítica de otras personas, le molestaba y evitaba esos comentarios.

 

Como Superiora era siempre una religiosa observante de su deber, fiel a las indicaciones de la Madre General, en turno, siempre pendiente de las necesidades de las niñas del Hogar. Al inicio del curso escolar, se hacía acompañar de la responsable del apostolado y con generosidad compraba lo que se necesitaba.

 

Las Madres la recuerdan cuando llegó muy joven destinada a esta comunidad, en donde tuvo la oportunidad de estudiar Magisterio. Colaboró en las clases del colegio, que en ese momento había. Más tarde regresó a esta comunidad como Superiora; conocía todos las alternativas del camino, para evitar el tráfico de esta ciudad, y disponible siempre con alegría, para llevar a conocer los distintos lugares turísticos de la Ciudad Eterna, como buena anfitriona.

 

Madre Cristina, que recibió tanto y ha dado tanto, seguirá dando tanto desde la casa del Padre Eterno.

 

Agradecemos a Dios por todo aquello que nos ha dado en ella”.

 

DESCANSE EN PAZ.  ¡ALELUYA!


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