madre prado

Madre Prado Moreno de San José, Amelia Moreno Negre, nació en Torrijos, provincia de Toledo, el día 31 de marzo del 1931 y, desde nuestra casa de Arriate, el día 1 de febrero de2018, a los 86 años, el Señor la llamó para celebrar, junto a Él, en plenitud, el día de la Vida Consagrada.

 

 

El 18 de enero de 1960, ingresó en Valencia, donde realizó el Postulantado; inició el Noviciado el 3 de octubre de 1960, que finalizó el día de su Profesión Anual, el 4 de octubre de 1962. Estuvo destinada en las Comunidades de Málaga, San Cristóbal, Andagoya - Chocó, de nuevo San Cristóbal y Guatemala – Hogar. Desde agosto de 1990 hasta junio de 2005.

 

Desempeñó la responsabilidad de Superiora en las Comunidades de Andagoya Chocó, San Cristóbal y Guatemala - Hogar. Llegó destinada al Colegio de Valencia, en enero de 2006; y ha estado en Arriate, desde el día 14 de julio de 2012.

 

Muchos son los testimonios que nos han llegado de Madres y otras personas, que la conocieron y han convivido con ella en Andagoya, San Cristóbal y Guatemala. Os trascribo algunos de ellos:

 

“Hablar de M. Prado, para mí, supone compartir desde el corazón. Se descubría en ella una mujer que tenía muy clara su meta: ser realmente de Jesús y por Él, entregarse incondicionalmente a las tareas que se le encomendaron.

En las misiones, misionera, cien por cien, como enfermera, en los años que atendimos los dispensarios en San Cristóbal, Verapaz, y, Santa Cruz; experta y cariñosa con los enfermos.

 

En el Colegio, como profesora, excelente. Entre los maestros del pueblo su fama era conocida y venían a consultarle dificultades que surgían entre ellos sobre la lengua castellana..., la última palabra la tenía Madre Prado.

 

Colaboraba en la Parroquia, como catequista, y también se encargaba de lavar y planchar la ropa de la iglesia. Mujer eucarística, delicada en todo lo referente al Señor. Buena hija de Madre Petra y, por tanto, mariana y josefina.

Era alegre y con cierta chispa andaluza. Amante de la verdad. A veces le llamábamos: ”Doña Clarita”. De temperamento fuerte y decidido, lo que había que hacer, se hacía. En los duros años de la guerrilla de Guatemala, valiente y decidida - como el resto de la Comunidad - a permanecer en el pueblo, acompañándolos en esa situación de peligro constante y sin sacerdotes.

 

El Carisma de Amor Misericordioso, lo vivió sin merma, con los “patojos”, con las niñas del Hogar que había en la casa, y que, luego prolongaría con los ancianos en Andagoya - Chocó y con todas las personas que trataban” “Madre Prado, mujer de "gran corazón", que se volcaba en los necesitados y no descansaba hasta aliviar sus dificultades, y sus penas. Su vida, centrada en Dios, le hacia actuar con gran generosidad y entrega; trabajadora incansable, responsable, entusiasta, no escatimaba esfuerzos.

 

En el colegio de San Cristóbal, fue una profesora, que se preocupaba por la formación integral, de los “patojos”, les enseñaba con insistencia; era exigente, pero lo hacía con tanto amor... que sus alumnos la visitaban aún mucho después de terminar sus estudios. Ponía gran entusiasmo, tanto con los niños como con los mayores, dando clase por las noches de alfabetización. En todas las actividades que se llevaban en la casa, ella siempre estaba dispuesta para colaborar, las tomaba como algo suyo.

 

Hermana prudente, fiel al superior, humilde, si algo no le había salido bien o si se despistaba (algo que le ocurría de vez en cuando) pedía disculpas, Persona transparente y buena, amante de la comunidad. Aun enferma, con su deterioro cognitivo, mostraba mucho interés por las cosas de Dios, le gustaba ir a la capilla, rezar... ayudar a las residentes; se preocupaba si comían, o si estaban tristes...”

 

“En los años que compartí con ella en la comunidad de San Cristóbal, aprecié su gran temple y entrega, no se arredraba ante las dificultades; muy responsable y trabajadora, estaba completamente identificada con el pueblo, convivía y compartía sus alegrías y penas sintiéndose una más entre ellos. Siempre pensaba en hacer el bien a los demás y cuidaba poco de sí misma. Se le veía feliz, viviendo con plenitud y alegría en las clases diarias del colegio, entre sus “patojos”, como ella los llamaba. Podemos decir de ella que supo encarnar el carisma misericordioso, viviéndolo desde la disponibilidad y el servicio fiel, sabiendo permanecer abierta a la acción de Dios como mostraba

en su obediencia y entrega diaria.”

 

“Madre Prado, ¿Quién no te conocía, entre los más pobres, dando tu acogida, compartiendo tu vida, abriendo tus puertas? Siempre te oímos decir: “casas de puertas abiertas”, arepas y tortillas con frijol para todos. Los voluntarios españoles decían: al lado de Madre Prado se vive el AMOR”.

 

Desde San Cristóbal, nos ha llegado también este testimonio: “El pueblo y todos los exalumnos y alumnos, bendecimos y damos gracias al Señor por habernos permitido compartir y recibir las enseñanzas de Madre Prado: una gran persona, una gran maestra, una excelente religiosa. Su sencillez, humildad, alegría y entrega eran notorias; nos enseñó a compartir y vivir la Palabra de Jesús”.

Gracias, Madre Prado, por tu testimonio de vida, por tu entrega, por la disponibilidad que has tenido en tus largos años de vida.

 

Descansa en paz


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