Nuestra interpretación  natural  de lo que significa sacrificio nos lleva a los padecimientos dolorosos, a las ofrendas penitenciales, a la abstinencia de lo que nos gusta, a ofrendas que nos cuestan.

Sin quitar el valor que puedan tener las acciones generosas, el texto sagrado nos abre  a   una  dimensión   más   amplia  de sacrificio cuando dice: “Acepta nuestro corazón   contrito   y   nuestro   espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados” (Dn 3, 39-40).

En el camino cuaresmal destaca la presencia del hombre justo, de quien se fio de Dios y dio crédito a su Palabra y a su promesa. San José, el esposo de María, se nos muestra como el mejor ejemplo si deseamos avanzar hacia la Pascua.

Dice el autor de la Carta a los Hebreos que Noé, Abraham, Sara, Jacob…, obtuvieron por su fe la bendición divina. Ninguno estuvo en circunstancias similares a las que vivió el esposo de la joven María de Nazaret.

Los que estudian las Escrituras nos hacen comprender mejor el significado de algunos pasajes que contienen imágenes y concurrencias muy ricas y profundas. Por ejemplo, los tres evangelios sinópticos y san Pablo narran la última cena; en cambio, en el mismo marco del Cenáculo, san Juan describe el lavatorio de los pies. Este contraste, sin embargo, es complementario, de tal manera que la institución de la Eucaristía hay que comprenderla desde los relatos de la fracción del pan y desde el gesto humilde del Maestro de ponerse a los pies de los discípulos como siervo, pero también con el mayor gesto de amor.

 
 

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