En el camino cuaresmal destaca la presencia del hombre justo, de quien se fio de Dios y dio crédito a su Palabra y a su promesa. San José, el esposo de María, se nos muestra como el mejor ejemplo si deseamos avanzar hacia la Pascua.

Dice el autor de la Carta a los Hebreos que Noé, Abraham, Sara, Jacob…, obtuvieron por su fe la bendición divina. Ninguno estuvo en circunstancias similares a las que vivió el esposo de la joven María de Nazaret.

Cristiano es aquel que da fe a la Palabra de Dios, se fía de Él, como dice san Pablo refiriéndose a Cristo: “Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado” (2Tm 1, 12). De esta actitud depende la posibilidad de superar las circunstancias adversas que parecen contradecir la bondad de Dios y su presencia solidaria. Dice el Libro Santo: “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a

Él y no te separes, para que al final seas enaltecido” (Ecco 2, 1-3).

Nos estamos preparando para participar en los Misterios de la Pasión del Señor, revelación suprema del límite adonde ha querido llegar Dios para hacerse solidario de nuestro sufrimiento en su Hijo. Es frecuente preguntar: “¿Por qué Dios permite el dolor? Y sin especular con lo más sagrado de la experiencia humana, me ha ayudado el pensamiento de que

Dios mismo se ha hecho dolor en nuestro dolor, que no está fuera de lo que nos acontece, sino que se nos manifiesta en la misma circunstancia adversa. “Es verdad que Dios no nos baja de la Cruz, pero permanece a nuestro lado ofreciéndonos su apoyo, su amor, y su futuro, como hizo con su Hijo Jesucristo…” (J.A. García).

Nos disponemos a renovar las promesas bautismales, en las que pronunciaremos de manera consciente: “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en el Espíritu Santo…” No como conceptos, sino como relación. En esa relación es donde el creyente encuentra la fuerza y la luz para convertir la roca del ateísmo, que podría ser la experiencia del dolor, en umbral de una presencia amorosa.

No podemos creer en lugar de otro, pero sí dar testimonio de nuestra fe, de la decisión confiada en las manos de Dios, como hizo san José, como hizo María su esposa, como hizo Jesús en la hora suprema: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Angel Moreno - 


 
 

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