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Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”.
Hechos de los Apóstoles 2, 1-5

 

Con la fiesta de Pentecostés cerramos el ciclo Pascual, es decir, el ciclo de la celebración y reflexión anual del fundamento de nuestra fe: la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Pentecostés quiere decir cincuenta días. Recuerda y celebra el misterio que relata el Libro de los Hechos de los apóstoles, de cómo, luego de la ascensión del Señor, los apóstoles tuvieron una honda experiencia del Espíritu Santo en sus vidas. De esa experiencia nació la Iglesia.

Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías; durante esos días, muchos israelitas peregrinaban a Jerusalén para adorar a Dios en el templo. La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia, sino un acontecimiento fundamental. De hecho, Pentecostés, es el aniversario del nacimiento de la Iglesia. Este día marca el comienzo de la Era cristiana. El mensaje de la muerte y la resurrección de Jesús debía ser proclamado a todo el mundo. Para eso los discípulos necesitaban de la presencia del Espíritu Santo, para que les diera valentía, fuerza y sabiduría. El Espíritu Santo sigue trabajando hoy en día: desde el momento en que nacemos; nos da fuerza, valentía y sabiduría para ser a su vez discípulos de Jesucristo.

La gracia de Pentecostés es parte del aspecto esencial del Plan de Dios y del misterio Pascual: por causa del pecado, los seres humanos perdimos esa primordial relación de amistad con Dios. De ahí la necesidad del misterio pascual, del cual forma parte la gracia de Pentecostés. Ésta fue experimentada por primera vez por Jesús, el día de su Bautismo en el río Jordán, como anuncio de lo que iba a venir.

La gracia de Pentecostés es la activación del poder del Espíritu ya recibido en el Bautismo, pero ahora activado y liberado para servir al Reino de Dios; da poder al individuo para actuar en nombre de Jesús en favor del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y para su fortalecimiento. Es para todos, aunque no todos la reciban.

El papel del Espíritu es santificar y dar autoridad a aquellos que están redimidos y reconciliados, para que puedan ser testigos y sirvan como discípulos de Jesús.

Como creyentes en el Espíritu Santo tenemos el deber de anunciar que Cristo ha muerto y resucitado para nuestra salvación. El Espíritu Santo nos mueve a la oración, a la lectura y meditación de la Biblia; es quien nos impulsa al sacramento de la reconciliación, a levantar el corazón a Dios. Debemos frecuentar el trato con el Espíritu Santo, ya que es El quien nos santifica, quien nos acerca más a Dios. El es el protagonista de nuestra santificación.



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