Nuestra interpretación  natural  de lo que significa sacrificio nos lleva a los padecimientos dolorosos, a las ofrendas penitenciales, a la abstinencia de lo que nos gusta, a ofrendas que nos cuestan.

Sin quitar el valor que puedan tener las acciones generosas, el texto sagrado nos abre  a   una  dimensión   más   amplia  de sacrificio cuando dice: “Acepta nuestro corazón   contrito   y   nuestro   espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados” (Dn 3, 39-40).

En el camino cuaresmal destaca la presencia del hombre justo, de quien se fio de Dios y dio crédito a su Palabra y a su promesa. San José, el esposo de María, se nos muestra como el mejor ejemplo si deseamos avanzar hacia la Pascua.

Dice el autor de la Carta a los Hebreos que Noé, Abraham, Sara, Jacob…, obtuvieron por su fe la bendición divina. Ninguno estuvo en circunstancias similares a las que vivió el esposo de la joven María de Nazaret.

 
 

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